Brasil elige entre las dos figuras políticas más relevantes del país a su próximo presidente

Foto de Bolsonaro: Ton Molina/Fotoarena/Zuma Press; Foto de Lula: Matheus Pe/TheNEWS2/Zuma Press

El próximo domingo dos de octubre, Brasil celebra la primera vuelta de sus elecciones presidenciales. A día de hoy, la mayor incógnita que queda por resolver es si habrá una segunda vuelta entre los dos candidatos más favorecidos en los sondeos, Lula da Silva y Jair Bolsonaro, o si el primero conseguirá más de la mitad de los votos y se convertirá en presidente en la madrugada del lunes. ¿Qué camino has seguido el país para enfrentar a estos dos líderes y que hayan logrado evitar a terceros contendientes? ¿Cuál ha sido la trayectoria de los dos candidatos, dentro y fuera de sus respectivas presidencias?

Las urnas han abierto para una de las elecciones decisivas de 2022: Brasil. El país más grande de América Latina elige a su Congreso Nacional, a sus gobernadores, y a su próximo presidente. El 2 de octubre podríamos ver cómo el lulismo vuelve a dominar la política brasileña o cómo el país profundiza la deriva autocrática dirigida por el actual presidente, Jair Bolsonaro. Todos los actores políticos y sociales del país se juegan mucho en las elecciones, desde volver a ser dominantes tras sucesivos retrocesos hasta lograr mantener su relevancia, o incluso no desaparecer. Con todo, la campaña no está siendo virulenta ni generando grandes titulares, tal vez porque los cañones se sacarán en la segunda vuelta, que de celebrarse se fecha en el próximo 30 de octubre.

Tanto a nivel regional como global, la elección de Jair Bolsonaro en las anteriores presidenciales de Brasil supuso un shock. En el contexto de un auge global de los candidatos de derecha radical populista, suponía un nuevo giro de tuerca que Brasil, uno de los países punta de lanza de la ola rosa a inicios de la década de los 2000, pasase a estar gobernado por un líder cuyas referentes internacionales eran Donald Trump o Vladimir Putin. Ahora, al actual presidente, muy desgastado por la gestión de la pandemia y de la crisis económica, se enfrenta uno de los líderes con más peso de la izquierda global: el expresidente Lula da Silva, candidato del Partido de los Trabajadores.

Situación preelectoral

Brasil es uno de los países más grandes del mundo, con un territorio de dimensiones similares al de todos sus vecinos latinoamericanos juntos, una población de más de 210 millones de habitantes, y el décimo PIB del mundo, el más alto del hemisferio sur y el tercero de América tras EE. UU. y Canadá. Su posición global es clave, tanto por su presencia en organismos internacionales como el G20 o Mercosur como por sus relaciones comerciales, exportando unos 220.000 millones de dólares al año y siendo uno de los productores de materias primas más dinámicos del planeta, liderando en mercados estratégicos como el del hierro, los productos agrícolas, la carne o los componentes electrónicos.

Su posición como líder regional y sus consolidadas relaciones comerciales con Estados Unidos, China y la India le dotan de un estatus extraordinario para un país latinoamericano en el tablero geopolítico mundial. El peso de Brasil en las relaciones internacionales, en parte debido a las buenas relaciones con otras potencias de sus presidentes Cardoso y Lula, permitió por ejemplo que el país jugase un rol clave en el acuerdo nuclear iraní o en las negociaciones climáticas de la pasada década. En 2015, último año completo de Dilma Rousseff como presidenta, Brasil era el cuarto país de América Latina con un índice de pobreza más bajo, un 13.3%. Sin embargo, este prestigio internacional se está viendo diluido durante la presidencia de Jair Bolsonaro, que, al estar políticamente alineado con la extrema derecha, se ha visto a menudo marginado en foros globales.

Luiz Inácio Lula da Silva

Lula da Silva es una de las figuras más relevantes de la izquierda mundial en lo que va de siglo. El político y sindicalista, nacido en 1945, comenzó su trayectoria como trabajador industrial con doce años y fue encarcelado por su militancia en la década de los 70. En 1980, cofundó el Partido dos Trabalhadores (PT), y en 1983 el sindicato CUT. Ambas organizaciones fueron claves para la reinstauración de la democracia en el país. En 1986, Lula fue el candidato más votado del país para el Congreso Brasileño, y en 1989 se presentó por primera vez a la presidencia del país. La logró en 2003, tras cuatro intentos: en 2022, será la sexta vez que compita, con 76 años.

Para ampliar: El Partido de los Trabajadores ante el reto de vencer a Bolsonaro

Tras su victoria, da Silva y el PT implantaron un ambicioso programa de políticas públicas que se ha visto avalado e incluso premiado por instituciones como el Banco Mundial o el FMI. Con programas como Bolsa Família o Fome Zero, la pobreza y el sinhogarismo cayeron en el país, mejorándose las estadísticas en campos como la nutrición, la salud o la educación. Además, se promovieron políticas de integración de los pueblos indígenas y la comunidad LGTBI, y se reconocieron legalmente derechos como el aborto. Con una perspectiva más conservadora pero igualmente social, en 2011 Dilma Rousseff sucedió a Lula, siendo designada por él mismo, y recuperándole años después como su jefe de gabinete.

Como parece ser la tendencia en la izquierda latinoamericana tras los triunfos de Boric en Chile o Petro en Colombia, Lula también está desarrollando una política de alianzas con partidos y organizaciones ubicados en todo el espectro ideológico. El llamado lulismo, línea de pensamiento y práctica política que sigue el modelo impulsado por el PT y por Lula durante su trayectoria a principios de siglo, se basa precisamente en la búsqueda de puntos de encuentro entre intereses contrapuestos y la no confrontación. El ejemplo paradigmático es la negociación entre empresas y sindicatos, pero también pasa por la articulación de espacios políticos que superen las barreras ideológicas, al estilo del peronismo.

El expresidente Lula da Silva
El expresidente Lula (PT) en campaña | Foto: Ricardo Stuckert

Tampoco es una novedad en su praxis: en sus anteriores candidaturas y gobiernos, Lula incorporó a figuras y formaciones de la derecha. El mejor ejemplo es José Alencar, vicepresidente entre 2003 y 2010. Alencar, un multimillonario del sector textil, había defendido liberalizar los mercados y otras propuestas alejadas del lulismo como senador, pero aceptó ser el candidato para la vicepresidencia con da Silva. A pesar de la buena relación personal entre Lula y él, Alencar se posicionó en ocasiones contra las políticas aprobadas por su gobierno, si bien fue defensor de los sistemas sociales puestos en marcha por el PT. Alencar falleció en 2011 a causa de un cáncer que padecía desde 1997.

En 2014, Lula fue procesado, junto a otros militantes de su partido y a empresarios del país, en la operación Lava Jato (“lavacoches”). El juez Sergio Moro ordenó el registro de su casa por una posible implicación en una trama de cobro de sobornos de la empresa Petrobras, y posteriormente da Silva fue condenado a 12 años de prisión. Moro fue después elegido ministro de Justicia de Jair Bolsonaro. En cuanto a los cargos contra Lula da Silva, terminaron por ser anulados por la Corte Suprema de Brasil, que consideró favorablemente su puesta en libertad. Tras finalizar el litigio, da Silva se reincorporó a la política activa y anunció su candidatura a un tercer mandato.

En estas elecciones, Lula se presenta también con un vicepresidente de centroderecha, Geraldo Alckmin, que fue su rival en la segunda vuelta de 2006. Este político era uno de los líderes del liberal PSDB, afiliado ahora al PSB, de ideología socialdemócrata. Vinculado al Opus Dei, el compañero de papeleta de da Silva ha ocupado diversos cargos en el estado de São Paulo, donde el PT no suele obtener buenos resultados. Su nueva afiliación parece, de hecho, deberse a que el PSDB no quiso nominarlo como gobernador para un quinto mandato. El perfil de Alckmin recuerda al de José Alencar, y ambos apelan a un electorado similar: capas medias de la sociedad reacias a cambios profundos en el sistema económico pero interesadas en políticas sociales. Su presencia no ha impedido que formaciones como el Partido Comunista de Brasil apoyen la candidatura de da Silva.

Jair Messias Bolsonaro

El éxito de Jair Bolsonaro en las elecciones de 2018 sacudió a la región y le convirtió en una de las figuras mediáticas más seguidas a nivel mundial. General retirado y metido a político, Bolsonaro adquirió una enorme notoriedad en Brasil cuando, durante el juicio político a Dilma Rousseff en 2016, dedicó su voto a favor del proceso al militar que dirigía la unidad de torturas donde la entonces presidenta había sido represaliada en su juventud.

Para ampliar: El regreso de la extrema derecha a Brasil

Bolsonaro logró la presidencia tras casi vencer en la primera ronda a las candidaturas de una izquierda que concurría dividida a las elecciones. Siendo entonces el candidato del Partido Social Liberal, que terminaría por abandonar como presidente, sus propuestas se alineaban con las de Donald Trump en Estados Unidos y Marine Le Pen en Francia, poniendo el foco en desarrollar políticas de seguridad y orden público, y proponiendo liberalizar la economía y la venta de armas, terminar con las políticas de igualdad y restringir los derechos LGTBI.

El presidente brasileño Jair Bolsonaro
Jair Bolsonaro critica el uso de la mascarilla en la pandemia | Foto: Adriano Machado/Reuters

Bolsonaro y la pandemia: Brasil: A contramano del mundo

La popularidad de Bolsonaro cayó en picado durante su presidencia, siendo incapaz de evitar manifestaciones masivas en el país en su contra y sin dar estabilidad a su gabinete, que ha pasado por modificaciones a menudo. En la pandemia, sus declaraciones quitando importancia a los efectos del COVID y cuestionando la eficacia de las vacunas generaron graves problemas de salud pública en el país. Brasil terminó por ser el país más afectado en América Latina y el segundo con más muertos por COVID. El candidato, ahora afiliado al Partido Liberal, también superó un intento de impeachment el año pasado, vinculado a la gestión de la pandemia.

Walter Braga Netto, el compañero de fórmula de Bolsonaro, es como él un militar del ejército brasileño. Durante el mandato del PT, fue coordinador general de la asesoría para los Juegos Olímpicos de 2016. El número dos de la papeleta bolsonarista no acompañó al presidente en sus primeras elecciones, ganando relevancia cuando en 2020 se le nombró jefe de gabinete y debió asumir tareas ejecutivas mientras Jair Bolsonaro estuvo ingresado en un hospital con COVID-19. Tras ello, Braga Netto ha sido ministro de Defensa desde 2021.

Para ampliar: Bolsonaro, tocado pero no hundido

Las elecciones

El domingo es el día ‘D’ para da Silva y Bolsonaro. Se espera una elevada participación y una amplia hegemonía electoral de ambos candidatos, que no tienen opositores con posibilidades reales de competir. El PSDB, partido del expresidente Cardoso, carece de opciones en estas elecciones. El partido nominó a João Doria, figura mediática de derecha y exalcalde y exgobernador de São Paulo, tras unas primarias especialmente tensas. Tras meses en los que ninguna encuesta le daba más de un 5% de los votos, el PSDB le retiró el apoyo, forzando su dimisión. Tras meses de debate, el partido no tiene candidatura propia y apoya a la opción de “tercera vía” de Simone Tebet, que tampoco tiene opciones de pasar a la segunda ronda. En la misma situación se encuentra el exministro de Lula Ciro Gomes, que rompió con el presidente al no ser nombrado su sucesor en 2010. Sergio Moro, también considerado presidenciable, decidió en abril no concurrir a las elecciones.

El sistema brasileño es presidencialista, y su funcionamiento electoral se parece al francés: si ningún candidato consigue la mitad de los votos de la primera votación, se celebra otra entre las dos opciones más votadas. La participación suele ser masiva, con hasta un 80% de votantes ejerciendo su derecho en las elecciones presidenciales, ya que el voto es obligatorio. Por tanto, los escenarios poselectorales se resumen en dos: que un candidato gane en primera vuelta o que se enfrenten en la segunda los dos más apoyados, que en 2022 serán con toda seguridad Lula y Bolsonaro.

Lula y Bolsonaro durante el debate presidencial
El actual presidente Jair Bolsonaro y Luiz Inacio Lula da Silva, en Sao Paulo, Brasil, el domingo 28 de agosto de 2022 durante el debate presidencial | Foto: Andre Penner / Associated Press

Una de las grandes preocupaciones de las formaciones de izquierda, que dan por hecho su triunfo el domingo, es qué hacer en las elecciones de 2026. Si Lula ganara, su mandato finalizaría en 2026, cuando tenga 80 años. Parece poco probable que fuese a presentarse de nuevo, pero no hay ningún candidato con opciones reales a sucederle: su vicepresidente no tendría el apoyo de una mayoría de las formaciones de izquierdas, muchos de sus antiguos colaboradores ya no están en la primera línea de la política, y las nuevas voces están lejos de estar consolidadas. Los candidatos de 2018, Fernando Haddad y Manuela d’Ávila, cuentan con cierta presencia pública, pero la memoria de su derrota ante Bolsonaro sigue presente. Haddad suena para repetir su cargo de ministro de Educación con Lula, posición que ocupó ya de 2005 a 2012.

Como es habitual en otras organizaciones del entorno de la extrema derecha, el candidato también ha empezado a sembrar dudas sobre la legitimidad de los resultados electorales. Bolsonaro ha señalado que es probable que Lula se vea favorecido irregularmente por el recuento de votos. A su narrativa ha contribuido la elección del juez Alexandre de Moraes como presidente del Tribunal Superior Electoral. El magistrado, exministro de Justicia con Michel Temer y secretario de Seguridad del candidato a vicepresidente Alckmin, ha sido crítico con la administración de Bolsonaro por sus casos de corrupción – llegando a ser el juez de algunas causas que han terminado con diputados encarcelados– y sus presiones sobre el sistema judicial. Bolsonaro anunció que no cumpliría las sentencias del TSE que le fuesen desfavorables.

La clave para Lula da Silva está en obtener más de la mitad de los votos en la primera vuelta, evitando así la segunda ronda: la mayoría de las encuestas publicadas antes de verano ubicaban al candidato del PT en más de un 45% de votos en la primera vuelta, y Bolsonaro no ha mejorado sus expectativas de voto con su campaña. Aun así, incluso en caso de ir a un balotaje, parece que la victoria de Lula está garantizada. Con EE. UU. dispuesto a reconocer sin ambigüedad al ganador y un panorama regional muy distinto al de 2018, la etapa de gobierno de la derecha populista en Brasil podría terminar el próximo domingo. Si no es así, el 30 de octubre se cerrará la elección presidencial.


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