
La cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump en la Casa Blanca tras la visita de Estado del presidente chino a Washington, celebrada a fines de septiembre de 2026, ha evidenciado la necesidad de Estados Unidos y de la propia China de establecer mecanismos para regular su rivalidad a medida que aumenta su competencia estratégica.
Tanto los discursos como la agenda de temas durante las reuniones entre Xi y Trump fueron escuetos en lo que a resoluciones concretas se refiere, pero posibilitaron que ambos líderes tocasen temas centrales de su disputa.
Desde la llegada de Xi a Washington, la administración de Donald Trump y el propio mandatario republicano estuvieron presentes. El presidente estadounidense acudió personalmente a recibir a su homólogo en la base de Andrews, antes de la ceremonia oficial, que incluyó honores militares y exhibiciones aéreas.
La “estabilidad estratégica”
Xi habló e incidió en el concepto de “estabilidad estratégica”. El presidente chino sostuvo que los intereses de ambas potencias están profundamente entrelazados y defendió una competencia limitada por reglas que evite la lógica de suma cero y que permita superar la Trampa de Tucídides –una referencia que ya estuvo presente hace meses en la visita de Trump a Pekín–.
La retórica del país asiático durante la cumbre incide en la idea de “competir de manera sana”, sin que la victoria de uno implique necesariamente la derrota del otro. El propio ministerio de Exteriores chino lo planteó así en uno de sus comunicados:
“China y Estados Unidos tienen todas las condiciones para lograr ganancias compartidas en la cooperación práctica, contribuir al éxito mutuo mediante una competencia sana, manejar adecuadamente las diferencias buscando mayores puntos de convergencia y construir la paz mediante una mayor confianza mutua, todo ello para que los pueblos de ambos países y de los países del mundo puedan beneficiarse mejor de una relación China-Estados Unidos constructiva de estabilidad estratégica”.
En este marco, Xi planteó también la necesidad de mantener canales de comunicación militar y mejorar los mecanismos para gestionar las crisis. Lógicamente, las disputas potencialmente bélicas entre ambos empujan al líder chino a poner sobre la mesa este asunto.
La competencia tecnológica o la inteligencia artificial fueron elementos persistentes en las reuniones, pero hubo igualmente hueco para la modernización militar y, fundamentalmente, Taiwán, uno de los grandes puntos de fricción entre Pekín y Washington.
IA y competencia tecnológica
La tecnología ocupó una posición destacada en la cumbre. La administración estadounidense y el Gobierno chino consideran la inteligencia artificial una herramienta de competitividad económica y militar, pero declararon que sus intereses convergen también en la necesidad de impedir que un incidente tecnológico termine generando una escalada de inseguridad global.
Antes del encuentro presidencial, las delegaciones económicas habían acordado explorar un canal de comunicación para incidentes relacionados con la IA que pudieran afectar a la seguridad nacional.
Xi, además, defendió que el desarrollo de esta tecnología debe permanecer bajo control humano. Trump, por su parte, situó en la agenda la seguridad, la tecnología y la denominada “superinteligencia”.
De hecho, el líder norteamericano posteó en sus redes sociales al respecto: “Un día importante con el presidente Xi de China. La superinteligencia (SI) será un tema clave de discusión, pero quiero dejarlo exactamente donde está. Esa es también la postura de China. Nuestra salvaguarda es el Departamento de Justicia”.
La potencial aplicación de la inteligencia artificial a sistemas militares, inteligencia, ciberseguridad o toma de decisiones convierte la gobernanza tecnológica en una dimensión adicional de la estabilidad estratégica. La posibilidad de que una aplicación de la IA en el aparato industrial chino pueda generar un efecto multiplicador en su economía preocupa especialmente en la Casa Blanca.
En ese sentido, el establecimiento de un canal de comunicación no equivale a la creación de un régimen de control, mucho menos uno de mutuo acuerdo. Por ahora, es un mecanismo de gestión del riesgo, no un tratado que elimine la competencia ni la desconfianza hacia Pekín.
Los Acuerdos de Busan, renovados
La cumbre entre Xi y Trump ha tratado más temas. Por su parte, la tregua arancelaria, definida en los Acuerdos de Busan de octubre de 2025, ha sido prorrogada dos meses adicionales, prolongando el espacio de negociación entre Washington y Pekín. En concreto, la pausa permanecerá vigente hasta al menos enero de 2027.
La decisión evita una nueva escalada y da aire a la economía estadounidense antes de las elecciones mid-term, pero mantiene pendiente de negociación asuntos tan importantes como los aranceles, las compras chinas, las tierras raras y las restricciones tecnológicas.
Taiwán es un problema distinto y probablemente más difícil de resolver. En este ámbito, el margen para formular compromisos es mucho más reducido. Xi pidió prudencia a Washington y reafirmó la oposición de Pekín a cualquier movimiento orientado hacia la independencia de la isla.

Taiwán conecta la política exterior china con su concepción de soberanía y con los compromisos de seguridad estadounidenses en el Indo-Pacífico. Por ello, incluso aunque ambos gobiernos han decidido mantener abierta la comunicación, la cuestión sigue siendo uno de los principales puntos de fricción estructural… y nada garantiza que se logre un acuerdo de largo recorrido.
La guerra en Oriente Medio y la gestión de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb introdujo una dimensión adicional a la cumbre. Xi defendió la necesidad de buscar una solución negociada al conflicto, pero la administración estadounidense todavía tiene intereses estratégicos en la región que se alejan de la postura china.
El encuentro entre ambos mandatarios evidenció un momento de gestión de la rivalidad. Ni Estados Unidos ni China desean un enfrentamiento abierto entre sí en ninguno de los ámbitos, pero su competencia estratégica no puede resolverse sin que uno de los dos haga grandes concesiones. En otras palabras, Pekín y Washington están pateando hacia adelante las discusiones estructurales que les separan.
Trump calificó el encuentro de muy bueno y ambos dirigentes proyectaron una relación personal cordial. Sin embargo, la ausencia de grandes anuncios sobre los principales asuntos de fricción resulta mucho más significativa que las palabras de halago mutuo.
Trump y Xi tienen previsto volver a encontrarse en noviembre, durante la cumbre de la APEC en Shenzhen, y posteriormente en el G20 de Miami. Estados Unidos y China no han superado su rivalidad, pero han vuelto a evidenciar que ambos consideran necesario administrarla para evitar grandes crisis.
Quizá la gran cuestión de fondo será, por ahora, si los canales abiertos en Washington pueden institucionalizarse y resistir los próximos episodios de tensión. También si el vaivén político-electoral en Washington no torpedea los tímidos –y, en muchos casos, simbólicos– acuerdos bilaterales.
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