Estados Unidos ha intensificado desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca su estrategia para reforzar el control político, económico y militar sobre América Latina y el Caribe. El denominado repliegue hemisférico pretende recuperar posiciones perdidas durante las últimas décadas y convertir nuevamente al continente americano en la principal retaguardia de Washington frente al ascenso de China.
La estrategia comenzó a desplegarse desde principios de 2025 y supone un aumento considerable de los recursos dedicados al continente. Su alcance comprende desde el Ártico hasta Tierra del Fuego e incluye presión diplomática, acuerdos militares, intervención política y medidas destinadas a reducir la presencia económica china.
El término “repliegue” responde precisamente a la necesidad estadounidense de concentrar esfuerzos en una región que tradicionalmente había considerado dentro de su esfera de influencia.
La obligación de volver a asegurar esa posición refleja la pérdida relativa de poder de Washington y las dificultades para mantener simultáneamente una hegemonía global frente al crecimiento económico, tecnológico y diplomático de Pekín.
Marco Rubio, secretario de Estado y una de las principales figuras de la administración republicana, ocupa una posición central en esta estrategia. Durante su etapa como senador ya había destacado por su oposición a los gobiernos latinoamericanos de izquierda y por impulsar sanciones, bloqueos y medidas de presión especialmente contra Venezuela, Cuba y Nicaragua.
Su llegada al Departamento de Estado reforzó la corriente partidaria de establecer una primacía hemisférica. Esta posición parte de que, ante las dificultades para impedir que China alcance una posición predominante en Asia-Pacífico, Washington debe garantizar primero un dominio claro sobre América.
Más gobiernos alineados con Washington
La posición estadounidense en América Latina se ha reforzado durante el primer año y medio del segundo mandato de Trump. Cuando regresó a la presidencia, cuatro gobiernos de la región mantenían una orientación particularmente próxima al trumpismo: Argentina, Ecuador, Panamá y El Salvador.
Posteriormente se sumaron Chile, Perú, Colombia, Costa Rica y Honduras. La llegada de estos gobiernos ha permitido que Washington pase de contar con cuatro administraciones abiertamente alineadas con Trump a nueve.
También se ha reducido el número de gobiernos definidos como abiertamente antiestadounidenses. Al comienzo del mandato se incluían Venezuela, Nicaragua, Honduras y Cuba.
Honduras cambió de orientación política tras las elecciones, mientras Venezuela quedó sometida a una intervención estadounidense que provocó un cambio dentro del propio movimiento chavista y un acercamiento de Caracas a Washington. Nicaragua y Cuba permanecen como los principales gobiernos regionales enfrentados con Estados Unidos.
La dimensión militar se articula alrededor del denominado Escudo de las Américas, un foro de coordinación impulsado bajo el argumento de combatir el narcotráfico y el crimen organizado. La iniciativa permite a la Casa Blanca aumentar su capacidad de coordinación sobre las Fuerzas Armadas latinoamericanas.
Entre sus participantes aparecen Estados Unidos, Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay y Trinidad y Tobago.
China como objetivo de fondo
La recuperación de la influencia estadounidense tiene como uno de sus principales objetivos reducir la presencia de China. Las negociaciones con distintos gobiernos latinoamericanos incluyen presiones para limitar acuerdos económicos, infraestructuras críticas y cualquier eventual acceso militar de la potencia asiática.
Panamá constituye uno de los ejemplos más relevantes. Una empresa de Hong Kong controlaba dos puertos estratégicos vinculados al canal de Panamá, pero las autoridades panameñas declararon inconstitucional el contrato. Washington también consiguió que Panamá rompiera su acuerdo relacionado con la Nueva Ruta de la Seda (BRI, por sus siglas en inglés).
Las presiones siguen una lógica similar en Argentina, Colombia o Ecuador: ampliar las facilidades militares estadounidenses y, paralelamente, disminuir los vínculos estratégicos con China.
Esta dimensión mantiene abierto el debate sobre la relación entre el repliegue hemisférico y el pivot to Asia, la estrategia iniciada bajo Barack Obama para concentrar recursos estadounidenses frente al ascenso chino en Asia-Pacífico.
Ambas doctrinas siguen siendo compatibles por ahora. Estados Unidos puede concentrar mayores capacidades en América Latina precisamente para debilitar a China fuera de Asia. El repliegue hemisférico podría funcionar así como una adaptación del pivot to Asia al enfoque de Trump.
Su evolución dependerá, sin embargo, de cómo Washington interprete la competición con Pekín durante los próximos años. Si mantiene la aspiración de disputar la hegemonía global a China, ambas estrategias podrán continuar simultáneamente.
Si Estados Unidos concluye que el ascenso chino resulta irreversible, el repliegue americano podría convertirse en una doctrina destinada a asegurar su posición como segunda potencia mediante el control del continente.
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