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El ataque iraní a Ras Laffan: riesgo para el gas global… y la estabilidad de Catar

El ataque de Irán contra Ras Laffan pone en serios aprietos a Catar, que depende de este enclave energético para sus exportaciones de gas.
El ataque de Irán contra Ras Laffan pone en serios aprietos a Catar, que depende de este enclave energético para sus exportaciones de GNL y su modelo económico. Fuente: Stefano Campolo - bajo CC BY-NC-SA 2.0

La guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos ha abierto un nuevo frente con potencial para sacudir durante años los mercados energéticos mundiales: Ras Laffan, la gran ciudad industrial del norte de Catar y el principal centro gasístico del emirato.

Lo ocurrido allí debe leerse como un golpe directo al corazón del modelo económico catarí. Tras los ataques iraníes del 18 y 19 de marzo, Doha no solo afronta una crisis de seguridad, sino también una disrupción estructural de su principal fuente de riqueza.

Ras Laffan, corazón energético de Catar

La importancia de Ras Laffan es difícil de exagerar. Situada a unos 80 kilómetros al noreste de Doha, esta instalación alberga el mayor complejo exportador de gas natural licuado del mundo y concentra las infraestructuras con las que Catar procesa y embarca el gas del North Field (Campo Norte), la porción catarí del mayor yacimiento gasístico del planeta, compartido con Irán, donde recibe el nombre de South Pars.

Ras Laffan no es solo una planta más dentro del sistema energético catarí, sino su auténtico centro neurálgico. Allí se concentran los trenes de licuefacción, las instalaciones de almacenamiento, el puerto de salida del gas natural licuado (GNL) y buena parte de la capacidad para procesar otros derivados como gas licuado de petróleo (GLP), condensados –principalmente butano y propano–, helio o azufre.

En términos prácticos, hablamos del nodo del que depende casi toda la capacidad exportadora de gas del país y una parte sustancial de su industria energética. Por eso el ataque iraní marca un salto cualitativo.

No se trata simplemente de dañar una infraestructura relevante, sino de golpear el punto donde convergen la seguridad energética de Catar, sus ingresos estatales y su peso en los mercados internacionales. De hecho, la magnitud del daño empieza ya a medirse con cifras concretas.

Para ampliar: La guerra en Irán desata una crisis energética en el Sudeste Asiático

Según explicó Saad al-Kaabi, consejero delegado de QatarEnergy y ministro de Energía, los ataques han dejado fuera de servicio dos de los 14 trenes de GNL y una de las dos plantas gas-to-liquids, eliminando el 17% de la capacidad exportadora catarí de GNL –es decir, 12,8 millones de toneladas anuales– durante un periodo estimado de tres a cinco años.

El impacto económico de esa pérdida es enorme. QatarEnergy calcula unos 20.000 millones de dólares de ingresos anuales perdidos, a lo que se suma la posibilidad de declarar fuerza mayor en contratos de largo plazo con compradores de Europa y Asia.

Además, el daño no afecta solo al GNL. También caerán las exportaciones del resto de derivados anteriormente mencionados, comprometiendo múltiples cadenas industriales dentro y fuera de la región.

Todo ello tiene una traducción directa sobre la estabilidad interna del emirato. Los hidrocarburos representan el núcleo del modelo fiscal catarí, y el gas ocupa una posición central dentro de ese sistema.

Si Ras Laffan queda seriamente degradada durante años, aumentará la presión sobre las cuentas públicas y se verán afectadas la capacidad inversora del Estado y la imagen de Catar como proveedor seguro. No implica un colapso inmediato, pero sí plantea una cuestión de fondo sobre la resiliencia del Estado catarí si la guerra se prolonga y las reparaciones no pueden acometerse con rapidez.

El impacto global de Ras Laffan

Ras Laffan no solo es vital para Catar; también lo es para el equilibrio energético mundial. El emirato produce 77 millones de toneladas anuales de GNL y representa cerca de una quinta parte del comercio global de este combustible. Eso convierte cualquier interrupción prolongada en un problema internacional de primer nivel.

Los primeros efectos ya se están dejando sentir en los mercados. Los precios del gas se han disparado en Europa y Asia, mientras el petróleo también ha subido con fuerza por el temor a una crisis energética más amplia en el golfo Pérsico.

La razón es sencilla: en el mercado global del GNL apenas existe capacidad ociosa. A diferencia del petróleo, el gas natural licuado depende de infraestructuras muy específicas para licuar, transportar y regasificar, por lo que sustituir rápidamente una pérdida del tamaño de Catar resulta extremadamente difícil.

Los países más expuestos son los asiáticos, destino principal del gas catarí. Economías como Pakistán y Bangladés, más dependientes del mercado spot –mercado al contado– y con menos margen financiero, figuran entre las más vulnerables.

Pero Europa también sufrirá el impacto, ya que desde la guerra de Ucrania depende mucho más del GNL para compensar la pérdida del gas ruso. Si Ras Laffan tarda años en recuperar su capacidad, el resultado será una presión prolongada sobre precios, consumo industrial y coste de vida.

La escalada energética

El ataque sobre Ras Laffan no marca el inicio de la guerra contra la infraestructura energética del golfo Pérsico –esto ya es una realidad desde hace días–, pero sí supone un salto cualitativo en su intensidad y alcance.

Desde los primeros compases del conflicto, los ataques contra infraestructura petrolera, puertos y buques en el estrecho de Ormuz ya habían convertido el comercio y la energía en un campo de batalla indirecto.

Sin embargo, lo ocurrido ahora es diferente. Irán ha pasado de perturbar los flujos energéticos a golpear directamente uno de los nodos más críticos del sistema gasístico mundial como respuesta al ataque israelí contra South Pars. En ese sentido, la lógica es clara: si la infraestructura energética iraní es objetivo, la del golfo Pérsico tampoco queda fuera del alcance.

Para ampliar: La energía europea, golpeada por la guerra de Irán

Las palabras de Saad al-Kaabi refuerzan esta lectura. El dirigente catarí había advertido en repetidas ocasiones a responsables estadounidenses y a ejecutivos del sector de las consecuencias de atacar instalaciones energéticas en Irán, anticipando una respuesta en espejo. Esa dinámica se ha materializado, ya que la guerra ha entrado plenamente en una lógica de represalia energética entre actores interconectados.

Lo ocurrido en Ras Laffan erosiona además una de las principales fortalezas de Catar: su imagen de país seguro, estable y fiable para la inversión y el suministro energético. Durante años, Doha había logrado proyectarse como mediador diplomático y proveedor confiable en una región convulsa.

Ahora, esa percepción ha quedado dañada. Si la guerra continúa y las reparaciones se alargan, Ras Laffan puede convertirse no solo en símbolo de la vulnerabilidad energética del Golfo, sino también en el punto donde se empiece a medir cuánto puede resistir realmente el modelo catarí.

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