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El asesinato de Alí Larijani amenaza el equilibrio interno de Irán

El asesinato de Ali Larijani por parte de Israel podría alterar los equilibrios internos iraníes y reforzar el protagonismo del aparato militar tras la guerra.
El asesinato de Ali Larijani por parte de Israel podría alterar los equilibrios internos iraníes y reforzar el protagonismo del aparato militar tras la guerra. Fuente: Mostafameraji - bajo CC BY-SA 4.0

Conforme avanzó la jornada del 17 de marzo, fueron aumentando los rumores sobre el posible asesinato de Ali Larijani en un bombardeo de Israel. El anuncio, difundido a primera hora de la mañana por fuentes militares hebreas, fue respondido con un silencio sepulcral desde el lado iraní. Solo a última hora del día, Teherán confirmó su muerte en el ataque.

Desde hacía un año, Alí Larijani había comenzado a desempañar un papel fundamental en la toma de decisiones iraníes. Su nombramiento en agosto de 2025 como secretario de Consejo Supremo de Seguridad Nacional confirmó la renovada importancia que estaba llamado a tener en el proceso de reorganización geoestratégica e interna de la República Islámica tras la Guerra de los Doce Días en 2025.

Incluso el nuevo Líder Supremo, Mojtaba Jameneí, había buscado contar con su apoyo para liderar la nación durante la guerra con Israel y Estados Unidos. Su experiencia, más política que militar, y sus vínculos con el clero y otras facciones situaban a Alí Larijani como un nexo fundamental entre un espacio de decisión eminentemente militarizado y el resto del aparato político.

Qué supone la muerte de Alí Larijani

En este sentido, la desaparición de su figura del tablero iraní no representa un problema inmediato para el desarrollo de la guerra, sino un desafío para el proceso de reconstrucción posterior a la contienda.

Independientemente del desenlace militar, cada vez resulta más evidente que la amenaza a la República Islámica no se disipará con el cese de las hostilidades; más bien al contrario.

Las decisiones adoptadas por Teherán desde el ataque inicial israelí-estadounidense que asesinó a Alí Jamenei se han orientado a salvaguardar la cohesión del Estado en el corto plazo. Por ahora, estas medidas se han mostrado suficientes.

Irán continúa lanzando misiles y drones tras más de dos semanas de guerra; la toma de decisiones militares se ha rearticulado y los ataques entre las distintas células de la IRGC se han coordinado; Teherán, Hezbolá y las Fuerzas de Movilización Popular han avanzado hacia una coordinación más estrecha, logrando maximizar sus golpes; parte de la sociedad iraní se ha movilizado masivamente en torno a los fundamentos republicano-islámicos del país; etcétera.

Tal escenario ha sido adecuadamente captado por Israel. El Estado hebreo ha comprendido que el cambio de régimen deseado no es posible desde la mera presión militar. Por ello, Tel Aviv ha reorientado su estrategia: ya no busca hacer caer a los ayatolás a través del fuego aéreo ni confiar en que este, por sí solo, desencadene un levantamiento popular que cada día parece más lejano.

En su lugar, apuesta por desgastar al máximo al Estado iraní. Debilitar, cuando no destruir, su aparato militar y represivo, a la espera de que, una vez se alcance una tregua, la asfixia económica lleve al país a un punto de no retorno que termine generando un descontento popular capaz de poner en jaque a la República Islámica mientras sus fuerzas de coerción pierden capacidad operativa.

Para ampliar: ¿Un Bonaparte en Irán para salvar a la República Islámica?

En esta estrategia de asfixia y presión, Israel parece estar apostando por aislar lo máximo posible al estamento militar del resto de instituciones políticas. Forzar una desconexión entre ambos que debilite simultáneamente la unidad entre las diversas facciones políticas iraníes debido a la ausencia de elementos intermedios que les unan.

Así, no solo busca abonar el terreno para futuros levantamientos sociales, sino también sentar las bases de una posible fractura en el seno de la élite dirigente iraní. Esta ruptura ha sido y es una sombra que desde Mahmud Ahmadinejad ha sobrevolado las dinámicas internas.

No obstante, la figura del Gran Ayatolá a modo de árbitro y su preocupación por garantizar un equilibrio entre las corrientes políticas clericales, ultraconservadoras y reformistas había evitado el agravamiento de la situación. La actuación de Mojtaba Jamenei como nuevo Líder Supremo puede ser diferente.

Sus claros vínculos con la Guardia Revolucionaria pueden transformar el carácter bonapartista que revestía el cargo de Líder Supremo –y que hacía de Irán una suerte de Estado bonapartista congelado en el tiempo– en una figura dirigente representativa de una facción concreta: la castrense. Una situación que podría empujar a la República Islámica hacia una dictadura de corte militar.

Pues bien, el asesinato de Alí Larijani puede apuntar en esa dirección. El hecho de que el círculo más cercano a Mojtaba Jameneí haya perdido a una figura capaz de aportar una perspectiva política por encima del plano militar amenaza con forzar y desestabilizar los nuevos equilibrios en proceso de consolidación entre las distintas fuerzas iraníes.

Sin Alí Larijani, el futuro equilibrio político puede decantarse en beneficio de la Guardia Revolucionaria de una forma que resulte perjudicial para acabar por, una vez finalice la guerra, quebrar los ya de por sí débiles vínculos y compromisos existentes entre estas facciones.

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