
13 de enero. La borrasca Goretti se ceba con Europa central y oriental. El condado de Szabolcs-Szatmár-Bereg, la región más al este de Hungría, está completamente cubierto de nieve. Hasta allí va Peter Magyar desde Budapest, un abogado de 44 años que aspira a destronar a Viktor Orbán en las elecciones del 12 de abril.
Su agenda política y electoral está llena de mítines y encuentros, pero este 13 de enero decide desplazarse al pequeño pueblo de Balkány –menos de 6.000 habitantes– a recoger leña para llevar al hogar de una pareja de ancianos. Magyar conversa con ellos: convergen en la ineficiencia del sistema de leña social que gestionan las autoridades locales e incluso tienen tiempo para acariciar a un gato callejero.
Durante el período electoral, es habitual ver a políticos de alto nivel inmiscuirse en quehaceres habituales de pequeñas ciudades. Pero el simbolismo de esta visita a Balkány se ve por partida doble: por una parte, Magyar reafirma su estrategia de luchar por el mundo rural que dice haber abandonado su oponente, Orbán.
Por otra, pone sobre el tablero la cuestión energética cuando se refiere a la leña que apenas calienta los hogares rurales húngaros. Todo ello en uno de los países más dependientes del gas ruso que, hasta ahora, ha sido una de las voces europeas contrarias a la idea de acabar con las importaciones procedentes de Moscú.
Pero ahora todo podría estar a punto de cambiar. A poco más de dos meses de las elecciones, algunas encuestas vaticinan una victoria de Tisza –el partido de Magyar– frente a Fidesz –el grupo de Orbán–. El fin del orbanismo puede ser no solo un nuevo capítulo en la historia política de Hungría, sino también una nueva etapa en la búsqueda de consensos en el club comunitario.
Hasta ahora, la voz disonante del líder húngaro ha encabezado un pequeño grupo de disidentes en Bruselas –al que se han unido el líder eslovaco Robert Fico o el checo Andrej Babiš–. Su marcada política exterior y su lucha por el mantenimiento de relaciones saludables con Moscú les ha valido a todos ellos el atributo de “prorrusos” en el seno de la Unión Europea.
Es ahí, en asuntos internacionales, donde radica una de las mayores diferencias entre Magyar y Orbán. El candidato de Tisza apuesta por una Hungría más discreta en el bloque comunitario; por eso ha integrado su grupo en el Partido Popular Europeo (PPE) del Parlamento.
No obstante, Tisza, que se ha descrito a sí mismo como un partido de centro-derecha, ha demostrado tener discrepancias con el PPE y no ha cumplido con la disciplina de voto en todas las ocasiones. Por ejemplo, en la votación que trató de aprobar el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur, los de Magyar no apoyaron la moción y por ello sus siete eurodiputados fueron sancionados por los de Úrsula von der Leyen.
Peter Magyar en clave interna
El enorme contrapeso político que ha sido Orbán en Europa ha acaparado su agenda con una gran actividad internacional. Y es ahí, en el vacío que deja el presidente húngaro en su propio país, donde Peter Magyar está llevando a cabo su estrategia de campaña.
Sus apariciones están centrándose mayoritariamente en zonas rurales, donde se reúne con vecinos para hacer valer su campaña hablando o incluso haciendo piragüismo con ellos. Tisza está denunciando la degradación de los servicios públicos, la elevada tasa de inflación, la emigración de jóvenes talentos y la caída de la natalidad.
Tisza es un partido relativamente joven. Nació en 2020 como un movimiento alternativo y opositor a las políticas de Viktor Orbán. El ascenso meteórico en intención de voto llegó cuando Peter Magyar abandonó Fidesz por las profundas contradicciones ideológicas que decía tener con Orbán, y a cuya administración acusa de encubrir casos de maltrato infantil y de corrupción generalizada.
En estos casi seis años de andadura, esta alternativa al orbanismo ha tratado de convertirse en un partido de masas y ha tenido como objetivo atraer el mayor número posible de votantes y adeptos. Pero esta estrategia en sí misma le ha traído problemas para definirse ideológicamente. Se sitúa en el centro-derecha, se considera un partido europeísta y está “a favor de la normalidad democrática”.
Pero más allá de la adjetivación, no han dado a conocer un programa electoral ni un manifiesto intencional que le sirva de hoja de ruta si alcanzan el poder. Magyar y su equipo no han aportado hasta el momento propuestas concretas sobre fiscalidad, educación, sanidad o sistema de pensiones.
La tibieza de Magyar fue enormemente significativa cuando el gobierno de Orbán prohibió la celebración del Orgullo LGTB de Budapest. Un día después del anuncio, el líder de Tisza publicó en su muro de Facebook un manifiesto a favor de la libertad de asociación sin ninguna mención a la marcha prohibida ni a los derechos de las personas LGTB.

Tampoco acudió a la movilización, que finalmente se celebró, a la que acudieron 200.000 personas en compañía de un nutrido cortejo de líderes europeos y que sirvió más como un pulso contra Orbán que una marcha por la diversidad sexual.
La ausencia de Magyar en la manifestación puede entenderse como una estrategia calculada para no perder un perfil de votante conservador. Algo nada desdeñable en uno de los países europeos con los índices más bajos de aceptación del matrimonio igualitario: solo un 42% de los húngaros lo aprueba, frente a un 72% de media de la Unión Europea–.
Magyarország nem működik –“Hungría no está funcionando”–, reza un rótulo de enormes dimensiones en la web del grupo que pretende arrebatar la presidencia a Viktor Orbán. Todo parece ser un juego de palabras.
Tisza es un compuesto de dos vocablos: tisztelet –respeto– y szabadság –libertad– y, casualmente, también es el nombre del segundo mayor río de Hungría. Magyar también es en sí misma una palabra con fuerte connotación: el apellido del líder liberal se traduce por el adjetivo “húngaro”. Marketing del puro azar.
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