
El martes 3 de febrero fue asesinado Saif al Islam Gadafi, hijo del exmandatario libio Muamar Gadafi. Así lo confirmaba su oficina en un comunicado público en el que afirma que ese mismo día se produjo un enfrentamiento directo con cuatro hombres armados no identificados. Estos habrían irrumpido por la fuerza en su residencia, situada en la localidad libia de Zintan, a unos 130 kilómetros al sureste de la capital Trípoli.
La fiscalía libia ha anunciado el inicio de las investigaciones: un equipo de forenses ya se ha desplazado al lugar de los hechos para examinar las circunstancias de la muerte.
Aún no se sabe con certeza quién está detrás de este acto de violencia y ninguna de las distintas milicias que operan en el terreno ha reclamado, por el momento, la autoría. Sin embargo, y debido a la prominencia pública y política de la figura, ya circulan teorías y acusaciones cruzadas que apuntan a las distintas fuerzas político-militares del país.
Saif al Islam: más allá de su padre
Saif al Islam –"la espada del Islam" en su traducción aproximada al español– era el segundo hijo de Muamar Gadafi. Fue sobre todo a partir del año 2000, y a pesar de no ostentar ningún cargo oficial en el gobierno, cuando destacó como una de las figuras centrales de la última década del régimen gadafista. En esos últimos años en el poder, varios sectores le veían como el sucesor natural de su padre.
Su perfil más occidental –forjado, por ejemplo, por su paso por la London School of Economics– le permitió liderar el reacercamiento libio con la comunidad internacional. Así, realizó una mediación fundamental para el abandono en 2003 del programa de obtención de armas de destrucción masiva por parte de Libia.
Con el inicio de la guerra civil en 2011 y la intervención de la OTAN en el país, Saif al Islam cerró filas en torno su familia y el régimen. Después de sugerir en un primer momento la posible celebración de elecciones –propuesta rechazada tanto por la OTAN como por los rebeldes–, adquirió una postura más enconada.
Sus famosas declaraciones anunciando que el régimen lucharía "hasta el último minuto, hasta la última bala" fueron simbólicas de su defensa férrea del acechado gobierno.
El 19 de noviembre de 2011, aproximadamente un mes después de la captura y asesinato de su padre y de su hermano Mutassim Gadafi en Sirte, Saif al Islam fue capturado por la milicia rebelde Abu Bakr al Siddiq cerca de la sureña localidad de Ubari. Trataba de huir hacia Níger vestido con atavíos típicamente beduinos. Fue trasladado en avión a Zitan. La milicia aseguró que su intención era retenerlo ahí hasta que fuera seguro entregarlo a las autoridades de Trípoli. Esto nunca ocurrió.
Desde junio de 2011 pesaba sobre él una orden de arresto por parte del Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes contra la humanidad. En 2015, un tribunal de Trípoli lo condenó in absentia a pena de muerte por los actos cometidos durante la represión de las fuerzas rebeldes en 2011.
Pese a esto, la milicia –vinculada al general Khalifa Haftar– decidió no entregarlo. En junio de 2017 fue liberado bajo una ley de amnistía general promulgada por la Cámara de Representantes –ampliamente conocida como HoR por sus siglas en inglés–, con sede en Tobruk y vinculada al poder de Haftar.
Un frustrado retorno a la política libia
Ya desde la fecha de su liberación se empezó a especular sobre una posible vuelta de Saif al Islam al escenario político libio. En octubre de 2017, unas polémicas declaraciones de Ghassan Salame –entonces Jefe de la Misión de Apoyo de las Naciones Unidas en Libia (UNSMIL)– apuntaban a que la reconstrucción política libia "podía incluir" al hijo de Gadafi.
No fue hasta mediados de 2021 cuando reapareció parcialmente en la escena pública, anunciando su intención de presentarse a las elecciones previstas para el 24 de diciembre de ese año. La Alta Comisión Nacional Electoral de Libia rechazó inicialmente su candidatura, decisión que Saif al Islam recurrió ante un tribunal de Sebha.
Durante el proceso, miembros de la brigada Tareq Bin Ziyad, vinculada al general Haftar, se personaron en el tribunal para ejercer presión. Finalmente, y pese a las presiones, el tribunal de Sebha revocó la decisión de la comisión electoral y habilitó su candidatura. Esta sucesión de eventos fue clave para que finalmente se terminaran postponiendo las elecciones previstas para diciembre de 2021.
Actualmente sigue pendiente su celebración. Las dos principales fuerzas políticas del país –el Gobierno de Unidad Nacional con base en Trípoli, reconocido por la ONU y liderado por el primer ministro Abdul Hamid Mohammed Dbeibah; y la Cámara de los Representantes del este con el apoyo del coronel Khalifa Haftar– no consiguen acordar un marco para la celebración de elecciones.

En este contexto, Saif al Islam trataba de erigirse como una figura política capaz de romper el impasse, situación a la que la mediación de Naciones Unidas –a través de la UNSMIL y, más recientemente, su Comité Consultivo– poco ha aportado.
La potencial ascendencia política de Saif al Islam no era bien vista por ninguna de las dos grandes fuerzas políticas sobre el terreno. En una fecha tan relativamente reciente como 2022, Dbeibah seguía insistiendo en que Saif al Islam debía entregarse a la CPI. A Haftar, por su parte, tampoco le convenía: una encuesta realizada a inicios de diciembre de 2021 situaba a Saif al Islam por encima de Haftar en intención de voto.
Además, durante esos años, diversos informes apuntaban a que el hijo de Gadafi estaba realizando movimientos para recabar apoyos externos. En un contexto profundamente atravesado por los intereses de potencias extranjeras, y en un terreno en el que Saif al-Islam contaba con cierta ventaja –al haber sido durante años el principal rostro internacional del régimen gadafista–, Haftar corría el riesgo de ver erosionada parte de su propio patronazgo exterior en beneficio de aquel.
En el plano interior, lo que Saif al Islam trataba de explotar era el sentimiento de hartazgo del estamento político dominante tras la caída del régimen gadafista. Buscaba, pues, apelar al sentimiento de nostalgia de aquellos aires autoritarios, pero relativamente estables, que su padre imprimió durante décadas al país.
Quería complementar esto con la recuperación de al menos parte de las alianzas tribales que posibilitaron la emergencia y asentamiento de su familia en el poder. Así, no es casualidad que anunciara su candidatura presidencial desde Sebha, donde reside gran parte de la tribu Gadafa, de la que proviene su familia.
Pese a sus aspiraciones, el proyecto de Saif al Islam carecía de muchas limitaciones, siendo la principal la ausencia de una unidad militar leal definida y significativa. Esta cuestión, sumada a la larga lista de enemigos que acumulaba –no olvidemos su enemistad con los dos centros de poder al este y oeste del país, y su antiguo papel como cara visible de la represión gadafista– tenía graves afectaciones sobre su seguridad.
Esto explicaba sus contadas apariciones públicas y es una de las hipótesis potenciales tras su violenta muerte. Las diferentes reacciones populares a la noticia –un visible duelo público en Sirte que contrasta con los vítores oídos en las calles de Misrata– atestiguan las profundas divisiones político-sociales que todavía sumen a Libia en la confusión y la fragmentación institucional.
Aunque su figura había sido en el pasado un obstáculo para la celebración de elecciones, no está claro que el asesinato del último descendiente de Gadafi presente en Libia vaya a acelerar o mejorar un proceso de transición ya de por sí prolongado.
Todo apunta, más bien, a que el episodio contribuirá a aumentar la crispación y a ensanchar la brecha entre los bandos enfrentados, en un contexto marcado por la violencia política y el riesgo de acusaciones cruzadas.
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