
El Consejo de Transición del Sur (STC) ha anunciado el comienzo de un proceso de independencia en el sur de Yemen. La organización político-militar secesionista difundió una declaración en la que comunica la apertura de una fase transitoria de dos años que, según su planteamiento, culminaría con la celebración de un referéndum.
Junto a ese anuncio político, el STC publicó un segundo documento, un primer texto constitutivo del nuevo “Estado del Sur de Arabia”, formulado como declaración constitucional y concebido como marco fundacional del nuevo ente.
El propio STC introduce, no obstante, un matiz decisivo: aunque sitúa el horizonte de aplicación de ese marco en enero de 2028, advierte de que la independencia podría ejercerse antes, incluso de forma inmediata, si el proceso político es bloqueado o si continúa lo que describe como una “agresión” contra el sur. Estas acciones llegan tras un mes de escalada que ha tensionado la arquitectura de la coalición antihutíes.
Desde comienzos de diciembre, el STC lleva a cabo una ofensiva en el este del país, especialmente relevante en la región de Hadhramaut. El gobierno yemení internacionalmente reconocido, a través del Consejo de Liderazgo Presidencial (PLC), intenta frenar su avance en un contexto de fricciones abiertas entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.
Combates en Hadhramaut
Desde comienzos de diciembre, el STC ha lanzado una ofensiva para extender su control desde sus bastiones tradicionales en la costa del golfo de Adén hacia las gobernaciones del este.
Según su propia narrativa, busca consolidar una continuidad territorial que abarque, en la práctica, la mayor parte del espacio histórico del antiguo Yemen del Sur, incluyendo regiones clave como Hadhramaut y al-Mahra, y reduciendo el margen de maniobra del gobierno internacionalmente reconocido.
El 2 de enero de 2026, las fuerzas progubernamentales respaldadas por Arabia Saudí lanzaron una contraofensiva en Hadhramaut para recuperar posiciones y campamentos tomados por el STC durante diciembre.
Autoridades locales alineadas con el gobierno han presentado la operación como un esfuerzo “ordenado” para retomar instalaciones militares, mientras que el STC afirma que la ofensiva ha incluido ataques aéreos y que sus unidades permanecen en alerta. Sobre el terreno, los avances parecen limitados y concentrados en puntos específicos, con reportes de combates y bombardeos en torno a bases en el valle de Hadhramaut.
Para el bando gubernamental, la operación se enmarca en un esfuerzo por restablecer la autoridad estatal en una provincia que consideran vital tanto por su tamaño como por su salida al mar Arábigo y su cercanía a la frontera saudí. Para el STC, en cambio, estos movimientos son descritos como una escalada inducida desde el exterior, dirigida a frenar su consolidación en el este.
El choque tiene un componente territorial, pero también político. Hadhramaut es un espacio donde el STC intenta extender su proyecto más allá de su núcleo tradicional en Adén y áreas del antiguo Yemen del Sur, mientras que el PLC y sus aliados buscan impedir que la ofensiva se traduzca en un mapa irreversible. Esta disputa explica por qué la región ha pasado, en cuestión de semanas, de retaguardia secundaria a convertirse en el centro de gravedad de la crisis.
En este contexto, la declaración del STC sobre el comienzo de un proceso de independencia agrava de forma significativa la crisis por dos razones. En primer lugar, introduce un horizonte político de ruptura institucional que eleva el valor estratégico de cada posición tomada o recuperada en el este. En segundo lugar, reduce el margen para salidas intermedias.
Si el choque en Hadhramaut se percibe como una disputa militar acotada, todavía es posible contenerlo. Si pasa a entenderse como un pulso sobre el futuro del sur, cualquier contraofensiva se interpreta como un intento de bloquear el proyecto secesionista, endureciendo las posturas y aumentando el riesgo de escalada entre patrocinadores regionales.
Movimientos de Arabia Saudí y Emiratos
El conflicto en Yemen vuelve a proyectar efectos más allá de sus fronteras porque expone con claridad las grietas internas de la coalición árabe. La secuencia de ofensivas, ultimátums y declaraciones políticas ha vuelto a traer a un primer plano la divergencia de agendas entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, dos socios cuya coordinación ha sido un pilar central del esfuerzo militar y diplomático en Yemen.
La crisis entre ambos países estalló cuando el PLC, respaldado por Riad, lanzó un ultimátum a Abu Dabi exigiendo la retirada de sus fuerzas y el cese de vínculos con actores armados, al tiempo que Arabia Saudí acusaba a Emiratos Árabes Unidos de respaldar la ofensiva del STC en el este y elevaba el asunto a la categoría de amenaza para su seguridad nacional.
La tensión se materializó con el bombardeo saudí sobre un cargamento en el puerto de Al Mukalla, que Riad vinculó al apoyo emiratí al STC, mientras Emiratos Árabes Unidos rechazó la acusación y sostuvo que el material iba destinado a sus propias tropas.
En paralelo, Abu Dabi anunció el repliegue de sus unidades antiterroristas de Yemen, aunque nada indica que haya renunciado a su relación política y operativa con el STC.

Tras ese anuncio, Arabia Saudí ha redoblado su presión sobre el STC mediante una combinación de medidas militares y de control logístico. Por un lado, ha intensificado los ataques aéreos contra posiciones afiliadas al STC en el este y, por otro, ha anunciado el despliegue de fuerzas navales en el mar Arábigo bajo la fórmula de “intercepción de contrabando” e inspecciones.
Aunque la operación se presenta en el marco de la lucha contra el contrabando, en la práctica implica control de rutas y presión logística con efecto de bloqueo sobre un litoral que el STC necesita para sostener su expansión en el este.
La decisión encaja, además, con la lógica del último mes, en el que Riad ha intentado elevar el coste del avance secesionista, primero con declaraciones sobre su seguridad nacional y después con acciones militares y medidas de control. En este escenario, los hutíes pueden ser uno de los principales beneficiarios indirectos.
La escalada entre fuerzas apoyadas por los dos pilares de la coalición erosiona la cohesión del campo antihutíes y desvía atención, recursos y capital político hacia una disputa interna que complica cualquier estrategia común. Cuanto más se prolongue el pulso entre sus adversarios, más margen tendrán los hutíes para consolidar posiciones y aprovechar la fragmentación del conflicto yemení.
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