
14 muertos confirmados y a la espera de que la cifra aumente, decenas de edificios destruidos o dañados –incluidas las embajadas de Estados Unidos y Francia–, un país sin acceso a agua potable e incomunicado por vía aérea. Esta es la instantánea de Vanuatu que dejó el sismo del día 17 de diciembre de 2024, cuyo epicentro se ubicó a tan solo 37 kilómetros de la capital, Port Ville, y que presentó una magnitud de 7.3 en la escala de Richter.
El que ha sido catalogado como el terremoto más potente en 20 años amenaza con dinamitar la frágil estabilidad que Vanuatu había tratado de lograr a través del endurecimiento de las normativas sobre el funcionamiento de la política interna. Esta venía convulsionando sistemáticamente por la suma de recurrentes desastres naturales, efervescencia geopolítica y profundas brechas en el entendimiento del Estado-nación Ni-Vanuatu –el grupo étnico mayoritario–.
La tragedia no puede ser más geopolítica. Establecido como condominio británico-francés en el siglo XIX, el archipiélago de las Hébridas ha desarrollado el rol de confluencia entre las principales potencias regionales. Así, Vanuatu trata de recomponerse entre los intereses cruzados de los siguientes actores: Australia, Francia y China.
Canberra, sumergida en una ofensiva diplomática que la ha llevado a firmar relevantes acuerdos en materia de seguridad con Nauru y las Islas Salomón, está encabezando el despliegue de la ayuda humanitaria en vistas de mejorar su posición en la misma nación que dejó morir la propuesta de pacto securitario con Australia en 2023. Se pretende que el personal médico y los grupos de rescate realicen parte de la labor diplomática que desde el suburbio de Yarralumla han sido incapaces de lograr por los canales formales.
Sensiblemente más modesta está siendo la reacción de sus competidores estratégicos. Pekín está desplegando ayuda tras la muerte de dos conciudadanos en la catástrofe. La presencia de dichos sujetos y la inmediatez de la puesta en marcha de las actividades de rescate dan muestra de lo que es un secreto a voces en el archipiélago: la omnipresencia de China en Vanuatu. La potencia asiática está inundando el país de sus productos y financiando todo tipo de proyectos de infraestructura.
Finalmente, el Elíseo corre el riesgo de quedar fuera de la ecuación. París, ocupado en sus propias crisis tanto en el hexágono galo como en Nueva Caledonia y Mayotte no ha realizado más actuación que una tibia promesa de ayuda. Si la situación no es revertida con la máxima brevedad, esto puede ser el inicio del fin de la influencia francesa en Vanuatu.
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