
La socialdemocracia de Suecia, muy en particular el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores de Suecia –SAP; Sveriges Socialdemokratiska Arbetareparti, en el sueco original– fue uno de los principales paradigmas del consenso socialdemócrata en Europa durante la segunda mitad del siglo XX. El SAP acompañó –e incluso lideró– las tendencias regionales de los partidos socialdemócratas durante los años de la redistribución de corte keynesiana, así como ejecutó el giro liberal en el país en tanto partido hegemónico, virando hacia el socioliberalismo.
La socialdemocracia de Suecia logró colocar primeros ministros de manera casi ininterrumpida entre 1932 y 2006. Solo tres excepciones matizan su dominio en la política del país escandinavo durante esas siete décadas, a saber: la brevísima experiencia de Axel Pehrsson-Bramstorp, de la Liga de los Agricultores, en el verano de 1936; el sexenio liberal de Thorbjörn Fälldin y Ola Ullsten, iniciado en 1976; y el breve gobierno de Carl Bildt, del conservador Partido Moderado, entre 1991 y 1994.
El modelo sueco
Así, a lo largo de setenta y cuatro años, el SAP gobernó sesenta y cinco, de la mano de grandes nombres propios de la socialdemocracia continental como Per Albin Hansson, Tage Erlander u Olof Palme. Aquellos gobiernos fueron definidos por Göran Therborn en los siguientes términos:
“Las administraciones SAP de 1932-1976 tuvieron un gran éxito como gobiernos de reforma social: cautelosos, graduales y bien preparados. Pudieron apuntar al pleno empleo, con una economía abierta próspera y competitiva en los mercados mundiales, un Estado de bienestar generoso y una sociedad igualitaria que, en 1980, tenía las tasas de ingresos y desigualdad de género más bajas del mundo” [...] La “socialdemocratización” del país fue lo suficientemente profunda como para mantener a la coalición de centroderecha de partidos “burgueses” de 1976-82 –como se les conoce oficialmente en Suecia– en el camino hacia el pleno empleo y los derechos sociales”.
En esencia, el modelo de la socialdemocracia sueca de posguerra se basó en un compromiso tácito entre los sindicatos –que atesoraban en torno a un 90% de afiliación–, la clase trabajadora y las empresas. El corporativismo interclasista que el Partido Socialdemócrata ofreció a la sociedad sueca como gran pacto social se fundaba en la promesa del crecimiento continuado de la economía y los salarios; semejante proyección encarnaba en sí misma la contradicción que deshizo años después al proyecto.
El SAP caracterizó su política económica como Folkhemmet –”la casa del pueblo”, en castellano–, concepto que fue popularizado por Per Albin Hansson, primer ministro entre 1932 y 1946, y que, en última instancia, constataba el abandono de la lucha de clases por parte de la socialdemocracia de Suecia. La idea de Hansson, que continuaron después Tage Erlander (1946-1969) y Olof Palme (1969-1976 y 1982-1986), era la de un Estado que controlase a las empresas e, incluso, les diese directrices generales, sin llegar a convertirlas en empresas públicas.
En este sentido, el Partido Socialdemócrata sustituyó el horizonte socialista de la socialización de los medios de producción por el horizonte corporativista de la redistribución. Los gobiernos del SAP pretendieron que las empresas suecas, en particular las medianas y grandes, pagasen contribuciones en tal medida que constituyese, por sí mismo, un desvío indirecto del excedente de la producción capitalista desde el capital hacia el Estado y, desde ahí, hacia las clases trabajadoras receptoras de servicios sociales.
De esta forma, el partido se relacionaba con el sindicalismo nacional desde un prisma de simbiosis. El SAP lograba erigirse como el principal representante político de la clase trabajadora sueca, al tiempo que el sindicalismo consolidaba éxitos económicos gracias a la voluntad del Partido Socialdemócrata de incorporar las demandas sindicales, en parte como fórmula para contener el impulso revolucionario de algunos sectores de la clase trabajadora organizada. La fuerza relativa y los altísimos índices de afiliación de los sindicatos eran causa y consecuencia de su capacidad de presión hacia la socialdemocracia sueca.
En cierta medida, la hegemonía del SAP se debía a su compenetración con los sindicatos, que gozaban de una muy notable popularidad entre la clase trabajadora. Entre 1936 y 1988, el Partido Socialdemócrata osciló en cifras entre el 42,7% y el 53,8% en las diecisiete elecciones generales celebradas en Suecia, ocupando siempre la primera posición. Por detrás, las fuerzas conservadoras, liberales y los comunistas.
El viraje de la socialdemocracia en Suecia
Paradójicamente, el pacto implícito entre la socialdemocracia de Suecia y la clase trabajadora albergaba dentro de sí las condiciones para su propia ruptura. La promesa de crecimiento ininterrumpido de los salarios y de las prestaciones sociales, de la mano de la robustez organizativa del sindicalismo nacional, empoderaba cada vez más a los sindicatos. A medida que los trabajadores elevaban su nivel salarial y su participación relativa en las empresas privadas, se fortalecía su posición en relación a la patronal.
En 1969, los trabajadores de la minera estatal Luossavaara-Kiirunavaara Aktiebolag iniciaron una huelga que, en el marco de la efervescencia política generada en Europa tras el ciclo movilizatorio de mayo de 1968, tensó las relaciones entre la izquierda comunista del Vänsterpartiet-Kommunisterna y obligó al Partido Socialdemócrata a impulsar un paquete de reformas de corte redistribucionista, probablemente la última gran expansión del estado del bienestar en Suecia.
Tras ello, durante la década de los setenta, la confederación sindical Landsorganisationen tensó las relaciones con el gobierno de Olof Palme al presentar el plan Meidner. El proyecto del sindicalismo pretendía un aumento continuado y acelerado de los salarios y la participación de la clase trabajadora en las empresas del país a punto tal que se alcanzase una suerte de punto de no retorno en el que, de facto, los trabajadores se convirtieran en dueños de las empresas.
Así, la izquierda comunista y los sindicatos colocaron al Partido Socialdemócrata en una compleja disyuntiva: ya no era posible, desde su perspectiva, sostener el modelo corporativista, y el SAP debía tomar partido decididamente por uno de los lados de la relación capital-trabajo. La patronal presionó al gobierno a rechazar el plan y exigió un giro por parte de la socialdemocracia de Suecia hacia posiciones menos alineadas con los sindicatos.
Aunque en el partido había sectores favorables al plan Meidner, la posición mayoritaria era la de no transigir con los sectores que lo impulsaban y limitar en adelante la fuerza de los sindicatos, y así fue. El gobierno de Palme no aprobó las demandas de Landsorganisationen y, además, el SAP cambió profundamente. Orgánicamente, el partido se vació de cuadros procedentes del sindicalismo, la clase trabajadora organizada y los intelectuales, al tiempo que economistas y tecnócratas de corte liberal –a menudo favorables a las tesis de la escuela de Chicago– escalaron posiciones.
En los años posteriores, en particular bajo el liderazgo de Ingvar Carlsson, primer ministro entre 1986 y 1991 y entre 1994 y 1996, el partido transformó definitivamente sus bases y su programa, prescindiendo de su carácter clasista. El gobierno de Carlsson se caracterizó por la eliminación de cuantiosos impuestos que afectaban a las empresas y por el paso de un Estado enfocado en la consecución del pleno empleo a uno que piorizase la política antiinflacionaria.
Perspectivas en Suecia
Desde la década de los noventa, el Partido Socialdemócrata de Suecia ha experimentado un sostenido descenso en sus expectativas electorales. En las elecciones de 1991, bajaron del suelo de 40% que habían mantenido ininterrumpidamente desde 1928. A pesar del repunte en las generales de 1994 (45,25%), ciertamente el SAP nunca volvió a los guarismos que cosechó durante buena parte del siglo XX: aunque gobernaron entre 1998 y 2006 –con Göran Persson– y entre 2014 y 2022 –con Stefan Löfven–, desde 2010 apenas han superado el 30% de los sufragios.
Las elecciones de 2022 fueron un punto de inflexión para la política sueca en general y para el Partido Socialdemócrata en particular. Sverigedemokraterna –por su traducción, los Demócratas de Suecia– escalaron hasta la segunda posición y, más importante aún, se erigieron como el principal partido del amplio campo “a la derecha” de los socialdemócratas. Más concretamente, Sverigedemokraterna fue en estos comicios el principal partido del espacio anti inmigración, uno de los principales clivajes del país y para el que Jimmie Åkesson, su líder, defiende una línea “cercana a cero” en cuanto a la política de asilo.

Tras aquellos comicios, fue investido como primer ministro Ulf Kristersson, líder del Partido Moderado, quien en 2019 había declarado el fin del “cordón sanitario” contra Sverigedemokraterna. La imposibilidad de moderados y socialdemócratas de fraguar una suerte de “gran coalición” en el período 2018-2022 amplió el abanico de opciones de gobierno para el centro-derecha.
Tras las elecciones de 2022, y a través del acuerdo de Tidö –Tidöavtalet, en sueco–, cuatro partidos lograron un marco para la gobernanza en Suecia: Kristersson habría de dirigir un gobierno de coalición junto a los demócrata-cristianos y los liberales que sería apoyado externamente por Sverigedemokraterna.
Aquel pacto a cuatro bandas selló el peor momento del Partido Socialdemócrata en más de un siglo. Aunque ya había quedado fuera de otros gobiernos anteriormente –sin ir más lejos, durante las administraciones del moderado Fredrik Reinfeldt entre 2006 y 2014–, la aritmética nunca había sido tan desfavorable para el SAP: la suma de los verdes, la izquierda y la socialdemocracia sueca solo alcanzaba 155 asientos de los 349 el Riksdag.
Además, los Demócratas de Suecia, con 73 diputados, fueron efectivamente la primera fuerza por detrás del Partido Socialdemócrata quien, a su vez, con 107, obtenía el segundo menor porcentaje de bancas desde 1914, solo por detrás del 2018, donde apenas obtuvo 100. Así, no solo los socialdemócratas quedaban muy lejos de una formación de gobierno realista, sino que el nuevo Ejecutivo nacional estaría condicionado de forma mayoritaria por Sverigedemokraterna.
Desde la conformación del gobierno de Ulf Kristersson, el SAP ha logrado recomponer en cierta medida su base electoral, según indica una parte de la demografía política de Suecia, pero está lejos de recuperar la posición hegemónica de la que disfrutó hasta la década de los noventa. El Partido Socialdemócrata, hoy liderado por Magdalena Andersson –primera ministra entre 2021 y 2022, tras la moción de censura contra su compañero de partido Stefan Löfven–, es el líder de la oposición a la administración Kristersson, relativamente desgastada, aunque todavía con opciones de revalidar en 2026.
El SAP no puede siquiera pensar en una estrategia de gobierno en solitario de cara a 2026. A la luz de las encuestas, incluso de aquellas que arrojan un escenario más favorable para los socialdemócratas, el best-case scenario para Andersson sería la consolidación del relativo crecimiento que muestran los Verdes –Miljöpartiet, en sueco– y la izquierda –Vänsterpartiet, en sueco– y la consecución de una correlación de fuerzas en el Riksdag que permita un gobierno a tres bandas.
No obstante, incluso si el actual esquema de gobierno formado por moderados, demócrata-cristianos, liberales y derecha anti inmigración no lograse una nueva mayoría de 175 escaños en el poder legislativo, es probable que el Partido Socialdemócrata tuviera que adherir al centrista Centerpartiet, quien sería llegado el caso llave del nuevo Ejecutivo sueco. Las “dos almas” del partido, hoy liderado por Muharrem Demirok, la pro inmigración, por un lado, y la económicamente liberal, por el otro, complican su apoyo a un gobierno que pacte bien con Sverigedemokraterna, bien con el Vänsterpartiet.
Sea como fuere, si bien el liderazgo de Magdalena Andersson parece haber renovado en cierta medida la proyección electoral del SAP, ni la agenda ni la estrategia del partido apuntan a un retorno a las lógicas previas a la década de los noventa. El Partido Socialdemócrata ha aceptado su posición de partido de Estado en Suecia. De hecho, desde la llegada de Andersson a la presidencia del bloque, se modificó la histórica posición del partido respecto a la OTAN, apoyando la adhesión del país a la organización –concretada en marzo de 2024–, evidenciando así la postura europeísta y atlantista de la socialdemocracia de Suecia.
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