
La evolución del frente en la guerra en Ucrania ha dado lugar a una narrativa cada vez más extendida según la cual Kiev habría logrado revertir la dinámica del conflicto, recuperando terreno, iniciativa e incluso superioridad en determinados ámbitos como los ataques en profundidad.
Sin embargo, esta interpretación no refleja con precisión el equilibrio real de la guerra, que sigue definido por factores estructurales que continúan favoreciendo, en gran medida, a Rusia.
Ucrania se adapta
En el plano táctico, las fuerzas ucranianas han mejorado notablemente su posición respecto al año anterior. Ucrania ha conseguido equilibrar la situación en el frente de guerra, intensificar sus contraataques y mejorar su capacidad para eliminar posiciones avanzadas rusas.
A ello se suma una expansión significativa de su campaña de ataques en profundidad, especialmente mediante el uso innovador de drones de media distancia, que están afectando a la logística rusa, particularmente en el sur. Esto ha permitido a Kiev ejecutar operaciones más quirúrgicas y orientadas a degradar capacidades militares concretas de Rusia en el corto y medio plazo.
En contraste, Moscú continúa apostando por una estrategia de desgaste, menos precisa en lo táctico pero centrada en objetivos estructurales, como debilitar el sistema energético ucraniano, erosionar su resistencia o forzar eventualmente un colapso sistémico. En este sentido, Rusia mantiene una ventaja determinante: su capacidad de ataque de largo alcance.
La superioridad en volumen de misiles, incluidas plataformas balísticas, contrasta con las limitaciones ucranianas en interceptores y la creciente vulnerabilidad de su infraestructura energética. Esta dinámica adquiere especial relevancia ante la proximidad del invierno, cuando el sistema de calefacción vuelve a convertirse en un elemento clave.
A nivel territorial, Rusia avanza, aunque a un ritmo más lento que el año anterior. Entre el 1 de enero y el 21 de mayo, las fuerzas rusas han conquistado aproximadamente 700 kilómetros cuadrados de territorio, una cifra intermedia entre los 598 kilómetros cuadrados de 2024 y los 1.022 kilómetros cuadrados de 2025.

Los principales ejes de avance se concentran en el norte de Donetsk, el sector de Lyman, el este de Kramatorsk y zonas clave como Kostiantynivka, que actúa como una ciudad fortaleza en la defensa ucraniana. También se registran movimientos en los frentes de Zaporiyia y Gualipolé.
La estrategia rusa parece ser la misma que en 2025, siendo la captura completa del Donbás el objetivo final. Sin embargo, la ralentización de los avances sugiere un conflicto más prolongado, en el que ninguna de las partes logra un desenlace decisivo en el corto plazo.
En paralelo, Ucrania enfrenta crecientes desafíos internos. El endurecimiento del régimen de movilización ha provocado tensiones sociales visibles, con protestas e incidentes con los reclutadores. Estas tensiones reflejan el desgaste acumulado tras años de guerra y plantean dudas sobre la sostenibilidad del esfuerzo militar a largo plazo.
Por su parte, la sociedad rusa cada vez nota más la factura de la contienda debido a los ataques ucranianos a su territorio –y no solo contra su infraestructura energética–. El Kremlin parece que sigue rehuyendo la posibilidad de realizar una movilización que aumente los costes sociales y políticos, a pesar de la lentitud de los avances.
La dimensión política de la guerra
Más allá del ámbito militar, la estrategia ucraniana incorpora una dimensión política clave. Kiev busca mantener y reforzar el apoyo occidental, especialmente europeo, al tiempo que aumenta la presión diplomática para avanzar hacia negociaciones en condiciones favorables. En este contexto, la escalada de sus acciones también cumple una función política que se basa en demostrar capacidad de resistencia y relevancia estratégica.
El objetivo de Ucrania parece claro, evitar una normalización entre Europa y Rusia sin un acuerdo que cuente con su participación. En otras palabras, asegurar que la futura arquitectura de seguridad europea se construya en torno a Ucrania, y no a costa de ella.
Por su parte, los países europeos gestionan su propio equilibrio. Por un lado, necesitan justificar ante sus electorados el apoyo continuado a Kiev; por otro, buscan prolongar el desgaste de Rusia mientras ganan tiempo para su propio rearme. Esta convergencia de intereses mantiene el flujo de ayuda, pero también contribuye a la prolongación del conflicto.
En conjunto, la guerra se encuentra en una fase en la que ambas partes intentan mejorar su posición negociadora. Ucrania ha logrado avances tácticos relevantes y ha demostrado capacidad de adaptación e innovación.
Sin embargo, estos progresos no han alterado el equilibrio estratégico, que sigue condicionado por la capacidad rusa de sostener una guerra de desgaste y explotar sus ventajas estructurales.
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