Transformación del sandinismo durante los gobiernos conservadores

Violeta Chamorro junto a Daniel Ortega

Nada más lejos de lo esperado, el binomio compuesto por Daniel Ortega y Rosario Murillo se impuso en las elecciones del pasado 7 de noviembre con cerca del 75% de los votos. Misma situación se produjo con la clara victoria del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en los comicios para escoger a los diputados de la Asamblea Nacional y del Parlamento Centroamericano.  De cumplirse la legislatura ambos sumarán veinte años desde su vuelta al poder en 2006.

Su expulsión de las instituciones en 1990 y los dieciséis años de gobiernos conservadores son cruciales para entender la transformación sufrida por el sandinismo. El tiempo de oposición convirtió la vuela al poder en una obsesión para Ortega, dejando de lado la ideología y acercándose a sectores políticos aparentemente en las antípodas. Son años en los que Nicaragua volverá a estar bajo los dictados de los grandes organismos internacionales, y en los que el FSLN verá como muchos de sus miembros se decidirán por abandonarlo.

Primera derrota electoral e inició de cambios estructurales en la economía del país.

La mala situación económica derivada de años de conflicto con la insurgencia armada dirigida y financiada por los Estados Unidos, la “contra”, habían provocado un hartazgo generalizado entre la población nicaragüense. Con un programa centrado en la paz y la recuperación económica, la Unión Nacional Opositora se hará con la victoria en las elecciones de febrero de 1990 con el 54% de los votos, consiguiendo tanto la presidencia como la mayoría parlamentaria. Liderada por Violeta Barrios de Chamorro, se trataba de una coalición heterogénea de hasta catorce partidos de todo el espectro político. Liberales, conservadores, socialdemócratas e incluso el Partido Comunista de Nicaragua se unían con el marcado objetivo de derrocar al sandinismo.

La transferencia de poder a los nuevos gobernantes se produjo de forma pacífica, y fue posible gracias a los acuerdos entre la UNO y el FSLN que fructificaran en el conocido como Protocolo de Transición. Se trataba de unos acuerdos de mínimos que pudieran garantizar la gobernabilidad. Entre otros pactos se decidía la continuación de Humberto Ortega, hermano de Daniel Ortega, como jefe del Ejército Popular Sandinista, organismo que progresivamente debía convertirse en el Ejército de Nicaragua. Mientras, Chamorro se atribuía el cargo de Ministra de Defensa, tomando meses después el control único sobre las Fuerzas Armadas.

Uno de los primeros logros que permitirán la transición pacífica fue la declaración de alto el fuego por parte de la “contra” el 19 de abril, completando su desarme el 15 de junio. Como contrapartida, Chamorro condonará el pago de 17000 millones de dólares impuesto por la Corte Internacional de Justicia con los que Estados Unidos debía indemnizar a Nicaragua por la financiación de grupos insurgentes.  A su vez, ciertos grupos paramilitares continuarán actuando en el país a través de la denominada “recontra”, responsable entre otros actos del secuestro de varios diputados sandinistas en 1993.

Pero donde quizás Chamorro puso más empeño fue en el desmantelamiento del sistema económico instaurado por el sandinismo. Amparada por la mala situación económica y con el apoyo del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional,  inició una serie de medidas liberales tales como la derogación de la reforma agraria, un plan de austeridad en los servicios públicos o la masiva privatización de empresas. Se trataba de reconvertir la economía hacia el libre mercado, haciéndola más atrayente al capital extranjero reduciendo aranceles y devaluando la moneda.

Donde fracasó estrepitosamente fue en la mejora de la calidad de vida de los nicaragüenses. La reducción a la mitad de los presupuestos en sanidad y educación condenaron a la exclusión de estos servicios de buena parte de la sociedad de Nicaragua. A su vez, la privatización del sector público conllevó el despido de miles de funcionarios y trabajadores asociados. Todo ello trajo irremediablemente una fuerte tensión social, con huelgas y manifestaciones a lo largo y ancho del país.

Unido a esto, la coalición gobernante inició una progresiva desintegración en diversos partidos, destacando entre ellos la Alianza Liberal liderada por el Partido Liberal Constitucionalista de Arnaldo Alemán. Para 1994 el único sector que seguía apoyando a Chamorro era el dirigido por su yerno Antonio Lacayo. La falta de apoyos hizo a Chamorro arrogarse cada vez más cargos y a gobernar por decretos, siendo acusada de autoritarismo por gran parte de la población nicaragüense al acrecentar el control estatal de los medios de comunicación. Aún así, consiguió mantenerse en el cargo hasta el final de su mandato, cuando en 1997 el empresario Arnaldo Alemán se hará con la victoria electoral.

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Las discrepancias entre los conservadores favorece al sandinismo

La Alianza Liberal, una coalición de partidos liberales y conservadores, se impondrá a Daniel Ortega con el 52% de los votos. Estas elecciones no estarán exentas de acusaciones de fraude, al constatarse la existencia de urnas repletas de votos con anterioridad a la votación o la manipulación de las actas de escrutinio. Los partidos que formaban la coalición eran en algunos casos antiguos miembros del Partido Liberal Nacionalista, instrumentalizado por la familia Somoza durante los años de dictadura.

Con un programa económico ultraliberal, Alemán basó parte de su mandato en la restitución de los latifundios expropiados por el sandinismo a los antiguos grandes terratenientes, a la vez que pactaba con los grandes acreedores internacionales la condonación de la deuda externa a cambio de un ajuste estructural del sistema económico. Amplió las relaciones con los Estados Unidos convirtiéndolos en su mayor socio comercial, mientras impulsaba con sus homólogos conservadores de Guatemala, Alfonso Portillo, y El Salvador, Francisco Flores, un plan de integración comercial.

El gobierno de Alemán estará marcado por los escándalos de corrupción que salpicarán a gran parte de los altos cargos de la administración. La construcción de grandes proyectos energéticos y de infraestructuras contaron con diversas denuncias por “sobrecostes”, y desde la Controlaría de la Nación se le acusaba de haber aumentado en un 900% su patrimonio particular desde su llegada al poder. Esto, unido a las desastrosas consecuencias provocadas por el huracán “Mitch”, acabaron de hundir la economía de los más desfavorecidos.

Bill Clinton y Arnaldo Alemán durante la visita del presidente norteamericano a Nicaragua Fuente: The White House

Acosado por masivas protestas y disturbios, el partido decidió la elección de Enrique Bolaños como candidato a la presidencia para las elecciones de 2001. La pérdida de derechos sociales durante los últimos años colocaban al sandinismo en una situación proclive para recuperar el poder, y así lo ratificaban todas las encuestas. Pero contra pronóstico fue Bolaños quién se impuso a Daniel Ortega, perdiendo este unas elecciones por tercera vez.

Al igual que su antecesor, Bolaños fue acosado por diversos escándalos de corrupción y centró su política económica en la continuación de los proyectos de Alemán para la condonación de la deuda. Su política social destacó también por un marcado conservadurismo. Entre otros aspectos fue acusado de crear listas de funcionarios homosexuales, y en 2006 propuso un cambio en el Código Penal que suponía la prohibición total del aborto, incluido los casos de violación o peligro para la madre.

Bolaños tuvo que enfrentarse desde el inicio de su mandato a los sectores de su partido más cercanos al expresidente Alemán. Su intento de cruzada anticorrupción encrespaba al sector alemanista, que no dudó en abandonarlo desde antes de iniciar su legislatura. Con ello, Bolaños contaba con una clara minoría en la Asamblea Nacional, ahora dividida entre el sector conservador partidario de Bolaños, el favorable a Alemán y el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

La división conservadora unida a la grave situación económica visible en una crisis energética sin precedentes, un desempleo galopante y la masiva migración de nicaragüenses hacia los Estados Unidos, provocó la victoria electoral del FSLN en las elecciones de 2006. Con ello, el candidato sandinista Daniel Ortega volvía a erigirse como presidente de la nación, poniendo punto y final a dieciséis años de gobiernos conservadores.

Crisis interna en el sandinismo

Pero el FSLN que gana las elecciones en 2006 ha cambiado mucho desde los tiempos de la Revolución. Muchos de los artífices de esta han dejado el partido en desacuerdo por las políticas de Ortega, quedando para entonces solamente tres miembros de la antigua Dirección Nacional: el propio Daniel Ortega, Tomás Borge y Bayardo Arce Castaños. Por otra parte, su encendido discurso de lucha de clase y transformación social se presenta ahora de forma más moderada y tendente a una política de pactos con empresarios y políticos conservadores.

La derrota electoral sobre Violeta Barrios convirtió la vuelta al poder en una obsesión para Ortega, iniciando entonces un progresivo aumento de su control sobre los órganos del partido. Muchos de sus militantes vieron la pérdida del poder como una oportunidad renovadora, demandando un cambio en el ideario político y una mayor democracia interna. Sin embargo, el Congreso Nacional del FSLN celebrado en julio de 1991, servirá para consolidar la figura de Ortega, ratificándole como secretario general y revalidando el ideario político del partido.

La guerrillera Dora María Téllez junto a Daniel Ortega. Años después dejaría el FSLN enfrentada a Ortega.

Con los primeros meses de oposición fue cobrando fuerza una clara división entre los militantes sandinistas entre aquellos más partidarios de una postura más beligerante hacia las políticas sociales y económicas de Chamorro, respaldada por la mayoría de dirigentes históricos, y los partidarios de reformar el partido y de impulsar acuerdos nacionales para facilitar la gobernabilidad del país. Entre estos últimos se encontraba el antiguo número dos de Ortega, Sergio Ramírez.

Ya en 1994 se da la primera crisis política de relevancia cuando Sergio Ramírez es expulsado de la Dirección Nacional, decidiendo poco después abandonar el partido junto a muchos otros militantes. Nacerá entonces el Movimiento Renovador Sandinista, del que formarán parte antiguos dirigentes históricos como Dora Maria Téllez o Hugo Torres, y que con una clara tendencia hacia la socialdemocracia aglutinará, entre otros, a sectores de la pequeña burguesía que apoyó al sandinismo durante la revolución.

 “El Frente Sandinista al que yo me incorporé hace veinte años ya no existe” afirmaba entonces Ramírez, mientras otros antiguos simpatizantes como el defensor de la Teología de la Liberación Ernesto Cardenal Martínez abandonaban también el partido alegando el “caudillismo” existente. En la misma época, Ortega será también acusado por su hijastra Zoilamérica Narvaéz, quién denunció haber sido abusada y violada sistemáticamente por él desde que era una niña. Acusación que sin embargo consiguió dilatar en el tiempo hasta ser considerada prescrita.

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Acercamiento a empresarios y a la Iglesia

La segunda derrota electoral en las elecciones de 1996 convencieron a Ortega de la necesidad de cambios si quería llegar de nuevo a la presidencia. Pese a unos primeros años de legislatura muy combativos desde la bancada sandinista hacia las reformas estructurales demandas por el FMI y evitando la restitución de latifundios, tanto Alemán como Ortega vieron en un acercamiento como algo ventajoso para sus objetivos. En este contexto se suscribe el histórico pacto del año 2000 entre Daniel Ortega y Arnaldo Alemán.

En apariencia de ideologías irreconciliables, ambos políticos contemplaron en el acuerdo la posibilidad de conservar sus propias parcelas de poder. Excluyendo de este al resto de formaciones políticas, ambos dirigentes pactaron una reforma integral del sistema político incluyendo cambios en la Constitución y en la ley electoral. Se repartieron entonces los cargos en los principales organismos administrativos y se decidió la rebaja del 45% al 40%, o 35% en caso de una diferencia de cinco puntos,  para proclamarse presidente en la primera vuelta en las elecciones. Por su parte, Alemán obtendría inmunidad judicial de cara enfrentarse a sus numerosos procesos por corrupción.

Daniel Ortega junto al empresario y dirigente conservador Arnaldo Alemán. Fuente: La Prensa

El FSLN supo canalizar entonces un ambiente enrarecido de luchas y protestas sindicales con la obtención de las alcaldías de importantes ciudades como Managua, Granada o León. A su vez,  iniciaba un giro ideológico hacia el centrismo y la moderación dejando de lado la retórica revolucionaria con gestos simbólicos de cara a las elecciones de 2001 como el uso del color rosa en la propaganda, marginando el hasta entonces omnipresente rojo y negro.

La tercera derrota electoral, esta vez en manos de Bolaños, no hizo más que profundizar en la pérdida de ideología por parte de Ortega. Su propio hermano Humberto Ortega no dudó en acusar-lo de “renegar de los principios que habían motivado la lucha contra el somocismo”. Su cambio ideológico fue también visible en un acercamiento a la Iglesia Católica, a través de la alianza de con el cardenal Miguel Obando. Este bendijo su matrimonio con Rosario Murillo, y Ortega se erigió en el defensor de la Iglesia apoyando iniciativas legislativas como la que en 2005 prohibió el aborto bajo cualquier circunstancia.

El FSLN supo jugar bien sus cartas durante la legislatura de Bolaños y se vio favorecido por el enfrentamiento abierto entre los principales líderes conservadores. Ortega utilizó entonces la corrupción para desacreditarlos a ambos, lo que unido a la mala situación económica con casi un 80% de los nicaragüenses bajo el umbral de la pobreza, convertían las elecciones de 2006 en el momento propicio para su vuelta al poder.

Con la expulsión de militantes críticos como el alcalde de Managua Henry Lewites, el líder sandinista consolidaba su férreo control sobre el partido y consiguió ser elegido una vez más como candidato presidencial. Una tendencia hacia la izquierda en los gobiernos de América Latina con dirigentes como Hugo Chávez en Venezuela o Hugo Morales, provocaban una coyuntura favorable para que la izquierda tomara también las instituciones nicaragüenses.

Con una campaña basada en un discurso de unidad y reconciliación, Ortega supo moldear su discurso según la circunstancia, intercalando proclamas de mejoras sociales con invocaciones a Dios y a la propiedad privada. Favorecido por el citado pacto con Alemán, tanto el FSLN como Daniel Ortega ganaron las elecciones con menos del 40% de los votos. La división de los conservadores les colocó en clara desventaja al sumar tanto la Alianza Liberal Nicaragüense, como el Partido Liberal Constitucionalista un 26% de los votos en las elecciones legislativas. Bastante más lejos quedaría el Movimiento Renovador Sandinista, que con un 8,6 de los votos se haría con 5 escaños.

Se inicia entonces el segundo periodo de gobierno para Daniel Ortega y el FSLN que durante sus primeros años revertirá parte de las políticas sociales de casi dos décadas de conservadurismo. Sin embargo, tantos años fuera del poder marcaron de forma crucial al mandatario sandinista, que iniciaría entonces una política tendente al personalismo y a la concentración de poderes. Una política que ha alejado aún más a su gobierno de los antiguos simpatizantes con el sandinismo, mientras los más jóvenes que no conocieron la revolución han visto como sus demandas se ven duramente reprimidas.


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