Senderos de gloria (III): Viaje a la guerra del Donbass

Patio de una casa abandonada en Marinka, en primera línea del frente, donde se alojan soldados desplegados. Alfons Cabrera.

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Alfons Cabrera. Kyiv/Kurakhoveve (Ucrania)

En el patio han dejado garrafas de aceite, sacos de patatas, lechugas, comida enlatada (sardinas, espadín y cerdo cocido), dos botes con tomate encurtido y uno con pepino fermentado, leche condensada, setas, judías, calabacín, maíz y paté de pavo. Los primeros disparos comienzan a oírse cuando los soldados acaban de descargar la comida en el porche. Nadie se inmuta: ningún gesto, ninguna palabra. No están disparando a la posición en la que nos encontramos, pero tampoco muy lejos. Entre distintas ráfagas, de vez en cuando, se oye un estallido más fuerte, cuando disparan mortero o cohetes. Mientras tanto, unos llevan la comida a la despensa, otros en la cocina preparan la cena, otros miran el móvil. Todo ello se parece poco al anuncio de las Fuerzas Armadas que vi en el tren.

Más allá de lo cotidiano, habrá un cálculo, inconsciente o consciente: si en el frente hay decenas de miles de soldados y cada semana sólo matan uno o dos o ninguno, tampoco hay que hacer aspavientos. Son poquísimas bajas teniendo en cuenta que cada día hay fuego y que unos y otros conocen dónde están las posiciones enemigas. La conclusión inmediata es que a menudo no disparan a matar. El periodista vasco Pablo González, por Zoom, puntualiza: “Periódicamente lo hacen, pero saben que si se les va un poquito de las manos, siempre hay respuesta, pero por ambos lados. Entonces intentan hacerlo de una forma más o menos comedida”. Pablo González es experto en el espacio postsoviético y cubrió sobre el terreno los hechos del Maidan y los primeros meses de la guerra en el Donbass.

Bien, ¿y ahora qué? “Ahora hablaremos con el mando local a ver si da la orden de responder”, dice Eugen. Un par de minutos después me señalan una colina que hay a unos cientos de metros, en zona rebelde, de donde sube una columna de humo marrón. La artillería ha disparado a una cámara de vigilancia que los prorrusos tenían en la cima. Tenían y tienen, porque más tarde comprobarán que han errado el tiro.

Los disparos continúan de fondo, no muy lejos y no muy cerca. Estamos en una casa abandonada, al este de Marinka, que da cobijo a los soldados en primera línea. Dadas las circunstancias, no está mal. Iremos a una posición de tiro, los tres (como siempre, voy acompañado por los oficiales de prensa Eugen y Sergiy). Nos ponemos chaleco y casco antibalas y Eugen coge el kalashnikov. A pocos metros de la casa alcanzamos las trincheras, y cuando apenas hemos avanzado un poco, dejan de oírse disparos; ha durado diez minutos. Pero seguimos hasta la posición de tiro porque tampoco sabes si habrá más, y supongo que también por mí. Allí está Sofía, una soldado de 24 años que lleva cuatro en el frente (con interrupciones, como todo el mundo, cuando su unidad es reemplazada unos meses cada año). Es de Donetsk ciudad, allí mismo a la vuelta de la esquina si no fuera porque está al otro lado de la línea del frente. Cuando le pregunto por qué entró en el ejército contesta que “para terminar la guerra”. La épica está en el mensaje, porque el tono es suave como un bebé de terciopelo. Quiere ser médico .Mientras los soldados conversan, hago fotos. En algún momento había sido consciente de que alguna fotografía podría acabar en un obituario, según vayan las cosas. Estamos en uno de los puntos del frente donde la tierra de nadie es más estrecha: menos de 100 metros.

Sofia, soldado del ejército ucraniano, en una posición de tiro en las trincheras cerca de Marinka. Alfons Cabrera.

Cuando volvemos a la casa, la comida está en la mesa. El resto de soldados han cenado mientras estábamos en las trincheras, así que cenamos los tres solos. Sergiy era fotógrafo profesional en Odessa y entró en el ejército hace sólo tres meses. Tiene poco más de 40 años, y hasta hace unos diez años había sido guitarra en Propala Gramota, un grupo que hacía una mezcla de rock y música tradicional ucraniana: “Antes de la guerra hicimos tres conciertos en Rusia: dos en Moscú y uno en Kazan”. Eugen fue cantante en The Mavials (punk) y guitarra en Red Warhead (metal). Lleva casi ocho meses seguidos en la frente, tiene 29 años y lleva dos en el ejército: “Yo lucho por mi tierra, por mi casa, para que sea un lugar mejor, y para que Europa sea un lugar mejor. Poder elegir tu camino es la definición de libertad, incluso cuando la elección no lleva a nada bueno”. Eugen nació Mariupol, en el Donbass, en la parte que permanece bajo control ucraniano: “He vivido en el Donbass toda mi vida, y vi cómo empezó todo, cómo [los prorrusos] ocuparon los edificios de gobierno. No hace falta que nadie me lo cuente”.

El europeísmo y el nacionalismo ucraniano fueron el sustrato ideológico del Maidan y lo son también de los combatientes del Donbass leales a Kiev. Según a quién preguntes y cuándo, tiene más peso una cosa o la otra. A menudo se habla de la presencia de ultranacionalistas y/o ultraderechistas entre los soldados ucranianos y, por extensión, en toda la sociedad. Como en todo conflicto, más si hay sangre de por medio, no es sencillo determinar si esta reducción es suficientemente precisa. Eugen lo ve así: “La guerra no atrae a la mejor gente, claro. Pero eso ocurre en todas partes, sólo que nosotros nos enfrentamos a la máquina de propaganda más poderosa del mundo”. En el ejército ucraniano hay unos 250.000 soldados activos, y entre ellos los ultras son una minoría. Cuando se reporta sobre el terreno durante unas semanas, existe una limitación fundamental: uno ve una parte minúscula de la realidad, y cualquier extrapolación es una osadía. Sea como fuere, ni en primera línea ni en los pueblos del Donbass, nunca vi simbología ultra. En este viaje.

Por otro lado, también la sociología tiene limitaciones, pero es significativo que la presencia de la ultraderecha en el parlamento nacional es testimonial, y lo ha sido elección tras elección, con resultados muy por debajo de los de España y de otros países europeos. Todo esto es cierto, como también es cierto que la presencia de la extrema derecha en primera línea de combate, desde el Maidan en adelante, no sólo ha sido tolerada (se podría entender aquello del mal menor) sino que también a menudo ha sido premiada por la mayoría moderada. Muchas veces activamente, con el nombramiento de ultras para posiciones de poder o bien asumiendo la narrativa ultranacionalista. Acciones relevantes en esta línea fueron la derogación de la ley que daba carácter de oficialidad al ruso, un error histórico que contribuyó a espolear las protestas del Antimaidán, y la ilegalización del comunismo, que carga de razones a opositores y les suministra material para propaganda. Otras veces, la aquiescencia con los ultras ha sido por omisión, mirando hacia otro lado cuando algún grupo hace alarde de simbología fascista o cuando algunos batallones irregulares perpetraron atrocidades al inicio de la guerra. Ahora las cosas son distintas, y ya hace años que estos batallones se regularizaron. ¿Todos? No. Aún hay batallones como el Pravy Sektor que no se han integrado del todo en el ejército. Pablo González explica qué papel desempeñan: “No van por libre, no exactamente. En un principio tenían total libertad, ahora ya no, hoy en día están muy capados. Hay diferentes visiones, pero en el ejército no siempre gustan, no siempre simpatizan con ellos, y ha habido casos de tiroteos, de asesinatos mutuos. Lo que pasa es que sí pueden utilizarlos en determinados momentos, al no ser fuerzas regulares, para cosas como ataques improvisados, ataques no permitidos, de provocación, para romper el alto el fuego, etcétera”.

La cena estaba muy bien. Las noches en el Donbass, como en todas las guerras, suelen ser tranquilas, y para dormir nos quitamos las botas (“Esto no es Afganistán”). Pero la ropa no, porque aunque no sea Afganistán, las cosas pueden cambiar en un segundo; la noche transcurre de forma anodina. Después del desayuno, me llevan al hotel en Kurakhove. A mediodía, camino del supermercado, una mujer mayor vende fruta en la calle: cinco nísperos por 13 céntimos de euro. Por la tarde he ido a nadar.

Tres horas en el motor de un autobús (600 km)


Nada más salir de Kostyantynivka, está el primer check-point del ejército. Todos los hombres deben bajar del autobús y enseñar pasaporte y, en su caso, también permisos y contestar dos o tres preguntas sobre el motivo del viaje y cosas así. Las mujeres y los niños permanecen en el autobús. No hace falta tentar la suerte para satisfacer una curiosidad, pero el control no es muy estricto y nadie comprueba el interior. La carretera no está mal del todo, pero el autobús y los amortiguadores sí, y todo tiembla y se estremece durante tres horas. El segundo y último check-point está cerca de Pokrovsk y la última parada, en Kurakhove. 17 kilómetros más allá está Marinka, que ya está en ek frente. Pero no hay hoteles pasado Kurakhove y a Marinka sólo se puede llegar en taxi o vehículo privado.

En la estación de autobuses de Kurakhove y en el mercado al borde de la carretera, el desorden y los precios son casi de sudeste asiático. Sin embargo, el caos y la relativa decadencia que hay en las inmediaciones de las estaciones ucranianas (de autobuses o de trenes) no son un reflejo fiel del país. Kurakhove es una ciudad pequeña en la orilla derecha de un lago que forma el río Vovcha. Las dos chimeneas enormes de la central eléctrica sacan un humo negrísimo de forma constante y, como en Badalona y como en Sant Adrià de Besòs, una construcción industrial acaba siendo un icono de la ciudad. Hay un Lada en cada esquina; otro icono, ese soviético, que causa una especie de nostalgia por una historia no vivida. El mercado está lleno todas las mañanas, también la playa del lago cuando hace bueno, y por la tarde muchos se sientan al fresco frente a sus casas. En Kurakhove no se ven soldados ni llega el ruido de los disparos, y cosas como tener el frente del Donbass en el pueblo de al lado o que haya quien tiene familia al otro lado de las trincheras, se han convertido en una cotidianidad transparente sólo interrumpida, de vez en cuando, por el anuncio de otra muerte en el frente. Es cierto que la guerra está a sólo 20 kilómetros.

Dos monumentos, Kyiv

El museo de la Segunda Guerra Mundial de Kiev está bajo la gigantesca estatua a la Madre Patria y hasta julio de 2015 se llamaba Museo de la Gran Guerra Patriótica, que es como se conoce el conflicto en Rusia y en alguna antigua república soviética. La estatua, inaugurada en 1981, sostiene una antorcha en la mano derecha y, en la izquierda, el escudo de la URSS, con la hoz y el martillo: la madre patria que homenajea no es Ucrania, y de momento las leyes de descomunización no se han atrevido con este monumento. Museo y estatua están sobre una colina a la orilla derecha del río Dniéper, rodeado de un conjunto escultórico brutalista y de exposiciones de vehículos y armamento de guerra. Solamente entrar en el edificio, antes de llegar al museo en sí, hay un espacio dedicado a la Guerra del Donbass. Unos paneles recuerdan a algunos soldados muertos en combate, con su foto y una prenda de ropa militar que les pertenecía, y con una breve biografía que culmina con las distinciones recibidas (desgraciadamente para ellos, todas póstumas). Varias vitrinas por toda la sala exhiben objetos de los soldados: parches con el escudo de la brigada, walkie-talkies, machetes, móviles obsoletos, planos, un peluche, relojes, linternas, un calendario de cartera de 2014, pulseras, estampas religiosas, mecheros, cascos, un cómic de las Tortugas Ninja, gorras, muñecas tradicionales ucranianas (motanky), un ipad reventado, dibujos de niños, una baraja de cartas. En las paredes, la narración del curso de la guerra, y cifras e imágenes: todo, evidentemente y legítimamente, barriendo para casa. Todos los museos de historia del mundo son propaganda, y en este caso, cuando el conflicto está bien vivo, la propaganda es más indisimulada.

 Exposición sobre la Guerra del Donbass en la antesala del Museo de la Segunda Guerra Mundial, en Kiev. Alfons Cabrera.

Como el nombre hace la cosa, cómo nos referimos a todo es una de las batallas que se libran en cualquier conflicto. Hablar de territorios rebeldes o de territorios ocupados, de pro-rusos o de rusos, referirse al Maidan como una revolución o como un golpe de estado: cualquier término tiene unas connotaciones y cualquier elección, críticas. La economía del lenguaje y las reducciones a las que obliga el reportaje obligan a elegir uno, haciendo un equilibrio entre consenso y precisión. La propaganda rusa enmarca el conflicto en la lucha contra el fascismo, del mismo modo que Ucrania se presenta como la primera línea de defensa de Occidente ante una invasión rusa, obviando que en el Donbass la revuelta fue interna y que la mayoría de combatientes rebeldes son ucranianos. Son rusos, en cambio, la mayor parte de mandos y especialistas, y es determinante el apoyo logístico y económico de Moscú. Sin embargo, aunque en las filas del ejército ucraniano no hay extranjeros más allá de algunos voluntarios, es conocido (y publicitado) el apoyo que les da la OTAN, y muchos de sus estados miembros a título individual, en forma de armamento y con la ejecución de ejercicios conjuntos. Las adversativas podrían seguir indefinidamente y siempre quedarían matices.

La cosa está ahora más caliente que nunca desde los acuerdos de Minsk de 2015. No tanto por la virulencia de las hostilidades como por la expectativa de una ofensiva rusa durante los próximos meses. Está por ver si la presencia de tropas rusas cerca de la frontera con Ucrania, con decenas de miles de soldados desplegados, es el preludio de una gran ofensiva o si sólo es una medida diplomática para conseguir concesiones (esto es, en primer término y como trasfondo de cualquier otra razón, frenar la pulsión expansiva de la OTAN hacia el este). Aunque desde el lado ucraniano muchos periodistas y activistas de Twitter alertan de un peligro inminente e incluso se ha publicado que algunos civiles están formando unidades de resistencia irregulares, fuentes anónimas del ejército (por DM en Instagram , en conversación informal) consideran que la invasión es poco probable, una visión que también sostienen la mayoría de analistas. En medio de las tensiones por todo esto, Biden y Putin mantuvieron una reunión telemática hace dos semanas. Putin exigía frenar la expansión de la OTAN hacia el este y Biden amenazaba con más sanciones económicas “y de otro tipo” si Rusia escalaba el conflicto. Hay que distinguir el grano de la propaganda, pero al fin y al cabo Estados Unidos hace tiempo que hacen maniobras en el mar Negro y Rusia anexionó Crimea en 2014.

El Kremlin sostiene que el despliegue de tropas es una medida defensiva, pero Putin hablaba de Ucrania y Rusia, en una carta abierta el pasado julio, como “un solo pueblo”, y ha repartido miles de pasaportes rusos entre la población de los territorios rebeldes. La diplomacia occidental trata de evitar lo evitable y pone el foco en el Protocolo de Minsk. Más allá de que ninguno de los beligerantes ha respetado nunca el alto el fuego, sí se han adherido a otros puntos como el cese de las ofensivas o la aceptación de la monitorización de la OSCE. Sin embargo, la medida (estrictamente) política capital depende fundamentalmente de Kiev: llevar a cabo una reforma constitucional que diese gran autonomía a las regiones de Donetsk y Lugansk. En conjunto, son unos acuerdos envenenados para el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky, que ni quiere volver a la guerra total de 2014 y 2015, ni puede implementar una reforma constitucional que podría volver a llenar el Maidan. El equilibrio de Zelensky no es sencillo; y mientras hace poco denunciaba un plan secreto de golpe de estado para derribarlo (algo que nadie se acabó de creer), mientras alerta en todo momento de una inminente ofensiva rusa, su figura es cada vez más prescindible.

Ucrania es especialmente vulnerable frente a cualquier crisis política. 30 años después de su independencia, sigue siendo un estado en construcción. Es uno de aquellos lugares donde el capitalismo llegó de forma abrupta, y resultó una democracia con rasgos autoritarios y dominada por oligarcas. Además de la fragilidad inherente a esta naturaleza híbrida, es un país dividido identitariamente y en permanente disputa geopolítica. La guinda del pastel es la crisis económica sistémica: la escasa diversificación industrial, la dependencia energética de Rusia y la corrupción son algunos de los males endémicos de la economía ucraniana. Tiene el PIB per cápita más bajo de Europa y una distribución de la riqueza muy desigual. Es palpable, y ejemplos hay muchos: mientras en las zonas rurales y en la periferia de las grandes ciudades hay muchos coches de más de 40 años, en el centro de Kyiv (en medio minuto, un mediodía concreto) bajan por la avenida Khreschatyk un Porsche Panamera, un BMW X1, un Lexus NX y dos Mercedes G55.

Arco de la Amistad de las Naciones, en Kiev. Alfons Cabrera.

Al final de Khreschatyk, abajo de todo y junto al río, hay otro de los monumentos más conocidos de la ciudad: el Arco de la Amistad de los Pueblos. Es una especie de arco iris de titanio de 50 metros de diámetro. Se levantó en 1982, y los pueblos a los que se refiere son el ucraniano y el ruso. En 2016, anunciaron planes para desmontarlo, pero sigue estando en pie, igual como sigue estando en pie el monumento a la Madre Patria. En 2018, unos activistas pusieron una pegatina alargada y negra, imitando una gran grieta, y desde entonces parece como si el arco estuviera roto. Ni la concejalía de patrimonio cultural ni los servicios de limpieza se han esforzado por deshacer esta bella metáfora.


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