Senderos de gloria (II): viaje a la guerra del Donbass

Militares ucranianos en Donbás. Alfons Cabrera.

Alfons Cabrera. Kiev/Kurakhove (Ucrania)

El antiguo cuartel de la policía aguanta en pie pero por poco. En estado ruinoso, tiene impactos de bala y de metralla por toda la fachada, e incluso un agujero grande en un extremo: “Fue un tanque, en 2014. Lo sé porque fue mi brigada la que liberó Marinka”. Hay varias pintadas y en todas la misma palabra en ucraniano, МІНИ, que advierte que el edificio está lleno de minas. Los rebeldes prorrusos soltaron lastre antes de retroceder hacia el este. Frente al cuartel minado, en un parque conviven tres memoriales: a los caídos en la Segunda Guerra Mundial, a los caídos en la Guerra de Afganistán y a los muertos de Chernóbil. Eugen señala cómo la tragedia es el hilo conductor de su historia. Al otro lado del parque, hay un edificio abandonado que había albergado la oficina de turismo (“¿Puedes creer que aquí venían turistas?”) y una iglesia que, como ocurría en Kostyantynivka, es lo único que tiene un aspecto fantástico.

En Marinka viven unas 9.000 personas, 2.000 menos que antes de empezar la guerra. No está mal, teniendo en cuenta que otros pueblos del frente prácticamente han quedado desiertos y que Marinka está junto a la ciudad de Donetsk, la zona más caliente desde que el conflicto se enfrió. Cada día hay unas 5, 10,  15 violaciones del alto el fuego, más o menos, a lo largo de los 400 kilómetros de la línea de contacto (siendo demasiadas, no son muchas), y casi siempre alguna tiene lugar en la cercanía de Donetsk. El último muerto del conflicto, un soldado ucraniano, fue este viernes pasado. Este año ya van más de setenta soldados ucranianos muertos. A la salida del pueblo, de nuevo en el coche, una pancarta saluda a los que vienen de frente: “Bienvenidos a Marinka. Marinka es Ucrania”.

La bandera de Ucrania representa un campo de trigo bajo un cielo azul; vamos por una carretera rodeada de campos de girasoles, y el efecto es el mismo. Un grupo de soldados nos espera frente a una casa en las afueras de Krasnohorivka, 8 kilómetros al norte de Marinka. Desactivo la ubicación del móvil cuando me lo piden y tomamos un camino que atraviesa un campo minado. El camino es estrechísimo y vamos en fila india, luego se ensancha bastante y al final, como todos los caminos cuando uno va suficientemente al este, nos adentramos en las trincheras. Junto a una de las zanjas hay un carro de combate modelo T-64 convertido en un esqueleto de hierro oxidado desde que en 2015 fuera destruido por una mina antitanque. Debajo aún queda otra, sin estallar, y por eso el tanque continúa allí. Llegamos hasta la cocina, literalmente: es subterránea, y en una pared, al lado de la despensa, hay dibujos de niños con mucho azul y amarillo; los hacen en las escuelas y las escuelas los hacen llegar al frente. Más adelante, en un ensanche de la trinchera donde está el comedor, hay un cartel que da consejos sobre cómo prevenir y afrontar el estrés postraumático. Pasado el comedor, en otro cuarto subterráneo, un periscopio permite observar el skyline del extrarradio de Donetsk, al otro lado de la tierra de nadie.

Los soldados que acompaño hablan ruso entre ellos, lo cual es una muestra de cómo en Ucrania la lengua materna a menudo no determina la identidad nacional de sus hablantes. Más tarde, entrevistaría al periodista ucraniano Mykola Berdnyk, y él hila más fino: “Si una brigada tiene la base en una región occidental con mayoría de hablantes de ucraniano, los soldados reflejarán esto; y en brigadas con base en el sur o en el este, naturalmente será al revés”. Y a continuación remachaba el clavo: “No hay hostilidad entre hablantes de ruso y de ucraniano en el ejército. Incluso muchos nacionalistas ucranianos tienen el ruso como primera lengua”. La brigada a la que acompaño son los Caballeros de la Cruzada de Invierno, y tiene su base en Odesa, una ciudad en el sur del país con mayoría rusófona. El nombre rinde homenaje a aquellos que contra los bolcheviques por la independencia de Ucrania, en la Guerra Soviético-Ucraniana, hace poco más de cien años. No es necesario extenderse más: todas las trincheras son iguales, sobre todo cuando no las conoces, y el tiempo se detiene cuando no hay fuego cruzado. Regresamos al coche.

Por la calles de Krasnohorivka, como en Marinka, los soldados van desarmados y sin chaleco antibalas. La gente les trata con naturalidad o con indiferencia. No hay datos sociológicos fiables, pero aquí los prorrusos probablemente son mayoría. Eugen reconoce que “seguro que hay gente a la que no les gustamos, pero ¿qué pueden hacer?”. No sólo no hay ningún gesto de hostilidad contra los militares, sino que tampoco se ven pintadas reivindicativas ni banderas de Rusia o de las autoproclamadas repúblicas. “Es ilegal, y no debe extrañar teniendo en cuenta que estos aliados de los rusos están haciendo la guerra contra Ucrania”, explicaría después Mykola Berdnyk. Con Berdnyk había coincidido en Chasiv Yar, cerca de Kostyantynivka, cuando recogíamos la acreditación para trabajar en el frente, y más adelante le entrevistaría por mail.

El resto de soldados quedó en primera línea, pero por el pueblo sigo acompañado por Eugen y Sergiy, los oficiales de prensa. Entramos a un café. En la puerta hay una bandera ucraniana: el dueño invita. Casualidades de la vida, hace exactamente siete años que la artillería de los rebeldes prorrusos destruyó su local. Aunque cuando lo reconstruyó montó el bar, hasta 2014 había sido un estudio de fotografía. Nos muestra vídeos del día después del bombardeo, del estudio en ruinas y la calle destruida. Cuando luego le pregunto qué le gustaría que pasara, el sentido de la pregunta era político: “Poder ir a Donetsk. Nací allí y allí es donde están enterrados mis padres”.

Maidan (Kiev)

Después de meses de negociaciones del gobierno de Ucrania con la Unión Europea por la firma del Acuerdo de Asociación, Yanukovich aplazó la firma a última hora. Ante el acercamiento a Europa que se había estado gestando, Rusia amenazó con un bloqueo comercial a Ucrania: más allá de los vínculos históricos y culturales entre ambos estados, Rusia es el principal socio comercial de Ucrania. La posición europea de cerrar la puerta a cualquier acuerdo a tres bandas, empujaba a Kiev a alinearse con unos u otros. Esta elección, fuera en el sentido que fuera, sacudiría las raíces de la división social y cultural que hay en Ucrania.

Aunque es un país muy llano, sin fronteras geográficas, sí hay divisiones culturales y lingüísticas. El sur y el este del país son predominantemente rusófonos; el norte y el oeste, ucraniófonos. Y aunque la distribución lingüística a menudo no coincide con la identidad nacional, esta división se ha visto siempre reflejada en los resultados electorales, con mapas de voto coincidentes con los de las mayorías étnico-lingüísticas en cada región. La demografía juega a favor de quienes se identifican como ucranianos. Sin embargo, un candidato oriental y prorruso puede vencer si no toca demasiado la cuestión nacional ni se acerca demasiado a Moscú. Fue el caso de Yanukovich cuando ganó las elecciones de 2010, y fue el caso de Yanukovich cuando su aparente alejamiento de Europa fue la chispa que encendió el nacionalismo ucraniano, iniciando un ciclo de protestas masivas y permanentes. Del conflicto diplomático internacional se pasó a una crisis política interna.

El Maidan comienza como un movimiento proeuropeo, pero en pocas semanas muta en movimiento nacionalista revolucionario que pretende tumbar a Yanukovich, y que canaliza el malestar por la situación económica y la rabia contra los oligarcas y la corrupción. No sólo las aspiraciones iniciales fueron a más, también fueron a más los métodos de protesta. La estructura horizontal del movimiento, que no estaba capitalizado por la oposición parlamentaria, y la represión ejercida por parte de los antidisturbios (a veces inoperante, a veces excesiva) llevan a la radicalización del Maidan, . Aunque Kiev es el centro de todo, hubo movilizaciones por todo el país, hasta el punto que las autoridades pierden el control de algunas regiones del oeste. Con un Yanukovich cada vez más solo y más autoritario (con episodios de represión informal que incluyeron la tortura y el asesinato) y unos manifestantes cada vez más organizados y más radicales, la escalada de violencia alcanza su punto álgido a partir del 18 de febrero de 2014: en tres días, más de un centenar de muertos (entre los cuales, más de 10 eran policías) y decenas de desaparecidos. El 22 de febrero el parlamento votó destituir a Yanukovich, mediante un procedimiento ilegal y con la cámara rodeada de manifestantes. Sea como fuere, la noche anterior ya había huido de la capital y pocos días después ya estaba en Rusia. El 25 de mayo habría elecciones generales, pero ya se había abierto la caja de Pandora.

 Dos estaciones (600 km)

Alrededor de la estación de Kostyantynivka a menudo se ven soldados yendo y viniendo. Al lado de uno de los accesos, hay una tienda militar. Y por delante de la estación de tren, al otro lado de la carretera, hay un aparcamiento prácticamente vacío, y en el perímetro de éste, tiendas y bares, la estación de autobuses y una iglesia, y luego cruzando la carretera, un puente que se cae en pedazos. De hecho, todo está muy dejado menos la iglesia, impecable y relativamente majestuosa, si es que la majestuosidad admite grados.

La ciudad estuvo controlada por los rebeldes durante unos meses en 2014. “La artillería de nuestro propio país nos bombardeaba, mataron a muchos civiles”. Vladimir (no es su verdadero nombre) es tendero y habla ruso, que es el idioma predominante en el Donbass. El Donbass (acrónimo de Donetskiy basséin, la cuenca del río Donetsk) es una región histórica y cultural sin límites bien definidos pero que más o menos coincidiría con la unión de las regiones administrativas de Donetsk y Luhansk, fronterizas con Rusia. Vladimir siente nostalgia de los tiempos de la URSS: “Desde la independencia [de Ucrania, en 1991], la gente cada vez vive peor. En Bielorrusia la gente come pero no puede hablar. Pues aquí es al revés. Las fábricas han echado a muchos trabajadores, y eso las que no han cerrado”. Aunque se entiende que tira más hacia Rusia, el foco de su ira son los oligarcas, ucranianos y rusos, y por eso anhela un Donbass independiente, una postura minoritaria entre aquellos que apoyan a los rebeldes. Sin embargo, la vida (es decir: la incapacidad de Ucrania para recuperar el territorio perdido y los cálculos del Kremlin para no anexionar las zonas rebeldes) ha llevado las cosas a la situación actual (y de los últimos seis años) en que una parte del Donbass es independiente de facto, aunque dividido en dos repúblicas: la República Popular de Donetsk y la República Popular de Luhansk.

Cinco días después del defenestramiento de Yanukovich, Rusia había iniciado la ocupación de Crimea. Con una población mayoritariamente prorrusa y teniendo como ya tenían una base naval allí mismo en Sebastopol, fue un paseo militar. Nunca mejor dicho: milicias locales junto con fuerzas de élite rusas (con uniformes que no les identificaban) tomaron el parlamento regional y bloquearon las bases militares ucranianas. A la eficacia de este bloqueo ayudó la deserción de una mayoría de soldados de las fuerzas armadas ucranianas para alistarse en  el ejército ruso. La anexión a Rusia se culminó en menos de tres semanas, habiéndose saltado la legislación internacional y tras un referéndum apresurado y con las tropas desplegadas, pero a su vez sin apenas oposición local y sin necesidad de usar la violencia. Espoleados por todo esto, y después de que el triunfo del Maidan ensanchara la grieta identitaria, otras regiones del sur y del este se sublevaron, pero estas revueltas sólo se asentaron en el Donbass. Tras la ocupación de edificios gubernamentales y tras la convocatoria de un referéndum de secesión, el presidente de Ucrania en funciones envió al ejército. Kiev también estaba espoleada por los hechos de Crimea: no permitirían que continuara la desintegración de la nación sin oponer resistencia.

Tras una expansión inicial de los rebeldes en que casi llegan a controlar todo el Donbass, el ejército ucraniano recupera prácticamente toda la región durante el verano de 2014. En la posterior contraofensiva de los rebeldes, ahora con un apoyo determinante de Rusia, éstos vuelven a desplazar la línea de contacto hacia el oeste hasta que la firma del Protocolo de Minsk II en septiembre de 2015 pone fin a los meses más sangrientos de la guerra. Pero lejos de ser una solución, Minsk II congela el conflicto. La línea del frente conserva hoy, más o menos, el trazado de entonces, y las zonas rebeldes siguen constituidas en dos repúblicas independientes de facto que abarcan algo más de un tercio de todo el Donbass. Con escasas y breves excepciones, las hostilidades nunca han cesado. Por parte de unos y de otros. Pero ya no hay grandes operaciones militares, y la cascada de muertos del inicio de la guerra ha dado lugar al actual goteo (trágico, pero goteo al fin y al cabo): de los más de 10.000 durante el primer año y medio de guerra, a unos pocos cientos por año desde entonces. Por no hablar de los cientos de miles de desplazados empujados por la violencia o por la miseria.

Pero Vladimir se queda: “No puedo irme. Amo al Donbass. Y creo que las cosas algún día irán bien. ¿Cuándo? No lo sé”.

 

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