Senderos de gloria (I): Viaje a la guerra del Donbass

 Eugen, oficial de prensa del ejército ucraniano, en una trinchera cerca de Marinka, en el Donbass. Alfons Cabrera.

Un hurón y un gato juegan con una araña de goma. A continuación, unos soldados descienden con cuerdas desde un helicóptero que levita a pocos metros del suelo; cambio de escena y ahora unos soldados avanzan con blindados por la nieve; luego, muchos disparos y misiles, y luego imágenes de visión nocturna y de cámaras de calor. Por último, después de esta sucesión frenética de escenas, una invitación a alistarse al ejército de Ucrania. El anuncio se proyecta varias veces en el tren que va desde Kiev al Donbass, intercalado entre muchos vídeos de gatitos y de pasteles que son el grueso de la programación del hilo visual del trayecto. En el vagón hay un silencio germánico y absolutamente nadie lleva mascarilla: dos comportamientos contrapuestos donde uno puede ver reflejada la posición de bisagra, geográfica y cultural, que Ucrania ocupa en el mapa y en el tablero geopolítico. Pero en realidad, siempre que se busque y se fuerce, se puede encontrar alegorías que confirmen una idea casi en cualquier lugar.

La última estación es Kostyantynivka. Las vías siguen Donbass adentro, pero el tren no: la siguiente estación ya se encuentra en la autoproclamada República Popular de Donetsk, al otro lado de las trincheras.

Día 1: Guerra en las trincheras

Durante los primeros 17 meses de la guerra, los más crudos con mucha diferencia, la línea del frente se desplazó a oeste, este y oeste, hasta que los acuerdos de Minsk II, en septiembre de 2015, dejaron un trazado que desde entonces apenas ha sufrido cambios. Que la línea de contacto pase por Marinka y no por el pueblo de al lado se debe a una concatenación de hechos tan extensa que no es muy impreciso llamarle azar. Minsk II también frenó el baño de sangre, pero la guerra continúa a otro ritmo.

El taxi aparca en la parte trasera de un edificio en el este de Marinka, medio en las afueras, donde un soldado armado hace guardia. A partir de este punto hay que llevar chaleco y casco antibalas. Un camino de tierra, ancho y llano, rodea lo que había sido una escuela. Hay algún edificio derrumbado; la mayoría, sin embargo, permanecen en pie aunque en un estado ruinoso y con impactos de bala y artillería. Al inicio del camino, un cartel pequeño y rojo con una calavera recomienda no salir del camino por la presencia de minas antipersona. A ambos lados, la vegetación es densa y esto impide ser vistos por un posible francotirador. En algunos tramos, sin embargo, hay una especie de lonas para cuando en invierno los árboles deshojados ya no hagan su función protectora. Las zonas más expuestas también están indicadas con señales. A partir de ahora, y mientras narre cómo son las cosas en la frente, utilizaré la primera persona.

En todo momento iré acompañado de dos soldados, Eugen y Sergiy, que no se separarán de mí ni un instante. Es su tarea principal: explican cómo sobre todo reciben a periodistas ucranianos que acuden después de que haya habido algún muerto y graban una pieza para el telediario. En el extranjero hay ahora poco interés desde que el goteo de muertos se volviese lento y rutinario. Sin embargo, esta primavera hubo un repunte del interés desde fuera cuando hubo movimientos de tropas y artillería ucranianos y rusos, pero quedó en agua de borrajas y pronto los focos se apagaron. Esta semana, sin embargo, ha habido un interés (de momento) fugaz después de que, por primera vez en el Donbass, se han usado drones para atacar posiciones enemigas: el ejército ucraniano ha destruido artillería de los rebeldes prorrusos mediante drones Bayraktar TB2 de fabricación turca. En cualquier caso, ir acompañado en todo momento por dos soldados ucranianos, más allá de la seguridad y de cómo facilita el acceso a muchos rincones del frente, no deja de ser una especie de censura. Blanda y legítima, pero no inocua: veré más o menos lo que ellos quieran que vea, y todos los soldados hablarán de lo suyo con su sesgo (faltaría más). Un tercer soldado, armado con un AK-74, también nos acompaña esta mañana.

Dos soldados de las Fuerzas Armadas de Ucrania observan los restos de un edificio a medio derrumbar en Marinka, en el frente del Donbas. Alfons Cabrera.

Una escalera de madera lleva a la entrada de un edificio de la antigua escuela. Bajo la escalera hay un perro. Por toda la primera línea del frente hay gatos y perros, e incluso hay una cuenta de Twitter, @UAarmy_animals, dedicada a ellos. En una doble relación simbiótica, los soldados cuidan de los gatos y de los perros, los perros acompañan a los soldados durante las guardias y los gatos se comen los roedores. Y a veces una mina mata un perro o un gato. Dentro del edificio, entre salas oscuras (hay parapetos en las ventanas) y llenas de escombros, alguna se ha adaptado como dormitorio, cocina o lavadero. Todo es muy rudimentario, por supuesto, pero tienen para ir tirando dignamente, si no fuera porque cada soldado permanece en el frente seis meses seguidos, a veces más, y porque en invierno las temperaturas pueden estar permanentemente bajo cero durante días, y en ocasiones bajar hasta -20. Y luego está el tedio más absoluto de hacer guardia durante horas sin que pase absolutamente nada. “Es aburridísimo”, dice Eugen con desgana. “Nuestro trabajo es como el del segurata de un supermercado, pero con artillería”.

Recorremos pasillos y subimos escaleras hasta llegar a una pista de baloncesto: solo queda parquet en un lateral, hay marcas de balas por todas las paredes y algún agujero grande en el techo, y de una de las canastas cuelga un saco de boxeo. Al fondo, una escalera lleva a un cuarto donde un soldado hace guardia. La sala tiene dos grandes agujeros en sus paredes; los agujeros están parapetados y cubiertos por alfombras, cada una de las cuales tiene una pequeña abertura, y por ahí apuntan y, cuando procede, disparan. A la izquierda de cada alfombra hay un plano con la ubicación de las posiciones de tiro enemigas: “Nosotros sabemos dónde están ellos y ellos saben dónde estamos nosotros”.

Es casi mediodía y, cuando salimos del pabellón, retomamos el mismo camino y poco más adelante nos sumergimos en las trincheras: un laberinto de zanjas serpenteantes, perfectas, reforzadas con maderas y con algún tramo subterráneo. Avanzamos en un plano secuencia y retrocedemos 105 años. Como ocurrió durante parte de la Primera Guerra Mundial, la del Donbass se ha convertido en una guerra de trincheras. Las posiciones son permanentes y, en ausencia de grandes ofensivas, el objetivo fundamental es mantener el control del territorio. Al menos, por ahora.

Desde un punto algo elevado del recorrido, momentáneamente fuera de las trincheras, se ve la República Popular de Donetsk. Uno no puede pararse demasiado a ver qué ve para no dar tiempo de apuntar a un francotirador con ganas de ruido. Es uno de los lugares donde la tierra de nadie es más estrecha, poco más de 100 metros les separan: “Desde aquí, a veces les podemos escuchar reír o hablar”, dice Eugen. Pregunto si se dicen algo unos a otros, gritándose, y me dan a entender que alguna vez sí. Unos metros más allá, una especie de casetas son a la vez posiciones de vigilancia y dormitorio. En una de ellas, el soldado Tortuga (es su nombre de guerra), se levanta del escritorio, saluda y acto seguido se sienta en la cama y empieza a montar su AK-74 justo en ese momento en que estamos allí. Esta demostración corona la extraña sensación de irrealidad que tengo desde que nos hemos bajado del taxi. En un escenario bélico sin ruido de disparos, con más hastío que tensión, el recorrido por las trincheras tiene como finalidad única que yo vea cómo son las cosas allí. De modo que todo se convierte en una especie de visita cultural y las trincheras, en un decorado. Con todo, los tours para periodistas no son algo exclusivo de esta guerra. El taxista me explica que los intercambios de disparos son más habituales por la tarde.

A 600 kilómetros del frente: azul y amarillo

Kiev es imperial y es decadente, es una capital europea con una evidente huella soviética; vibrante y empobrecida. Es más o menos como uno espera que sea, pero con muchos tenderetes de fruta en las calles y casi una veintena de tiendas militares. Allí se vende de todo menos armas de fuego: chalecos y cascos antibalas, cargadores de rifles, navajas y machetes, escopetas de airsoft, ropa táctica (de camuflaje o no), utensilios de acampada, botiquines de primeros auxilios, simbología nacionalista, etcétera . No hay muchas más cosas que, en Kiev, den pistas de que el país está en guerra. A 600 kilómetros del frente, como no podía ser de otra manera, la vida transcurre en la más absoluta normalidad.

 Memorial de homenaje a los combatientes caídos en la Guerra del Donbass, en el centro de Kiev. Alfons Cabrera

Hay más detalles que recuerdan que, aunque sin la crudeza de años atrás, las hostilidades continúan en el este del país. En el centro de Kiev, junto al Monasterio de San Miguel, hay un memorial a los caídos en la Guerra del Donbass que es un mural de unos 90 metros de largo con las fotos de los miles de muertos durante el conflicto (de su bando, claro). El último tramo del muro llega hasta el 21 de julio de 2020; tienen pendiente actualizarlo con las decenas de muertos de los últimos 15 meses. Más cosas: en las calles de la capital, hay más anuncios de los cuerpos de seguridad de los que pueda haber en Budapest o en Madrid (“La Guardia Nacional defiende el orden legal”, “¡Las fuerzas armadas nos preocupamos por tu seguridad! ¡Protegemos el futuro!”). Y después está la omnipresencia de los colores de la bandera ucraniana. No es que haya muchas banderas ondeando (las hay en los lugares donde siempre ondean las banderas nacionales) sino que los colores de la bandera son utilizados, juntos el azul y el amarillo, para todo: en los juegos de los parques infantiles, en metro y tranvía y autobuses, en los patinetes de alquiler, en los andamios de las obras, en las barandillas, en los carteles de la estación de tren, en las jardineras, en la caseta de los trabajadores de la obra, en la pulsera de un festival de música: por todos lados. Sin embargo, en una sublimación excelsa de nacionalismo banal, esto perfectamente podría pasar desapercibido si uno no tiene los ojos bien abiertos.

Pero todo esto es epidérmico, y por debajo de esta normalidad con memoriales y tiendas militares, hay una realidad más dura: las cosas son distintas para los que forman parte del ejército, para los veteranos de guerra y para los miles de refugiados del Donbass. Según datos del Consejo Noruego para los Refugiados, en 2020 había 734.000 desplazados internos en Ucrania: del Donbass al centro y al oeste del país. También los órganos de gobierno de Donetsk abandonaron la capital regional para ir primero a Mariupol y después a Kramatorsk, dos ciudades en la parte del Donbass controlada por el estado ucraniano. Incluso el Shakhtar Donetsk, el equipo más fuerte del fútbol ucraniano en los últimos veinte años (y trampolín de Chygrynskiy para dar el salto Barça, y estrellarse), dejó Donetsk en 2014, y después de dos años en Lviv y tres en Kharkiv, desde la pasada temporada juega en el Olímpico de Kiev, donde recibió al Real Madrid hace unos días.

La bandera nacional ucraniana en el centro de Kiev. Alfons Cabrera

Y si bien la guerra transcurre relativamente lejos de la capital, el origen de la tormenta hay que buscarlo en el centro de Kiev. La Plaza de la Independencia (Maidan Nezalezhnosti, en ucraniano) no es especialmente bonita. Todo el mundo la conoce simplemente como Maidan: que se refieran a ella como la Plaza, de entre todas las plazas que hay en Ucrania, da la medida de su relevancia. Y no es tanto por ser céntrica, como por haber sido históricamente el lugar donde ocurren las cosas. En este siglo, ha sido el centro de la Revolución Naranja de 2004, contra Yanukovich, y de la Revolución del Maidan entre 2013 y 2014… contra Yanukovich. La primera, contra su reciente victoria en las elecciones, fue capitalizada por la oposición parlamentaria. Vertical, pacífica y exitosa, la gente se movilizó contra un fraude electoral y, tras la repetición de elecciones, Yanukovich fue defenestrado antes de tomar posesión del cargo. En 2010 volvió a ganar las elecciones, esta vez legítimamente, pero cuatro años después fue derrocado. A finales de 2013, muchos ucranianos salieron a las calles por un futuro mejor. Nadie podía prever las consecuencias.

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