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Los riesgos que implicaría el minado del estrecho de Ormuz

El minado del estrecho de Ormuz por parte de Irán agravaría aún más las disrupciones en el tráfico marítimo de la región y en los mercados energéticos globales.
El minado del estrecho de Ormuz por parte de Irán agravaría aún más las disrupciones en el tráfico marítimo de la región y en los mercados energéticos globales. Fuente: Mohammad Sadegh Heydari - bajo CC BY 4.0

Irán habría minado el estrecho de Ormuz, según varias fuentes estadounidenses, en un movimiento que supondría un nuevo paso en la escalada de la guerra y aumentaría la presión sobre una de las principales rutas energéticas del mundo.

El minado del estrecho de Ormuz

La eventual confirmación del minado del estrecho de Ormuz empeoraría una crisis que ya estaba teniendo efectos visibles sobre el tráfico marítimo y los mercados energéticos globales.

En los días posteriores al estallido de la guerra, la navegación por la zona ya se había visto afectada por ataques contra embarcaciones, el aumento de las primas de seguro y la tensión militar en el golfo Pérsico. Sin embargo, el despliegue de minas podría llevar un paso más allá la situación al añadir un obstáculo físico a las líneas de navegación. 

La relevancia de Ormuz explica la dimensión del problema. Según la Administración de Información Energética de Estados Unidos, en 2024 pasaron por el estrecho unos 20 millones de barriles diarios de petróleo, el equivalente a cerca del 20% del consumo mundial de líquidos del petróleo.

A ello se suma una parte muy importante del comercio global de gas natural licuado, en particular las exportaciones de Catar. Cualquier interrupción sostenida del tráfico en este paso repercute con rapidez en el precio del crudo, en los costes del transporte y en el suministro de energía hacia Asia y otros mercados internacionales.

Debemos entender, además, que el impacto económico no depende de un cierre total y hermético del paso. En un corredor tan estrecho y sensible, basta con que aumente el riesgo para que navieras y aseguradoras reduzcan su actividad o la encarezcan de forma notable.

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Un impacto económico que, por otra parte, ya se estaba apreciando antes del supuesto minado, con una caída del tráfico y nuevas presiones sobre el mercado petrolero. La confirmación de la presencia de minas añadiría un factor que puede prolongar la alteración de la navegación incluso si no se producen nuevos ataques directos. 

La cuestión del paso del estrecho ha pasado a estar en el centro de la respuesta estadounidense. Donald Trump declaró que, de confirmarse el minado, Irán tendría que retirar de inmediato los artefactos o enfrentarse a consecuencias militares de gran alcance, mientras las fuerzas de Estados Unidos han intensificado los ataques contra activos navales iraníes.

Sin embargo, también se ha informado de que, por el momento, la Marina estadounidense ha descartado escoltar buques mercantes por el estrecho debido al nivel de riesgo existente.

Los precedentes en el golfo Pérsico explican parte de esa preocupación. Durante la guerra de los petroleros en los años ochenta, Irán recurrió a minas navales y ataques contra buques para presionar el tráfico comercial en la región.

En abril de 1988, la fragata estadounidense USS Samuel B. Roberts resultó gravemente dañada tras impactar con una mina en el golfo Pérsico. El episodio desencadenó la operación Praying Mantis, con la que Estados Unidos atacó varios objetivos iraníes y sigue siendo una referencia habitual al evaluar hasta qué punto el uso de minas podría alterar la navegación. 

El problema de las minas

Para entender por qué la presencia de minas convertiría la situación en el estrecho de Ormuz en un problema especialmente delicado hay que entender las principales características de estas.

Estamos hablando de unas armas relativamente baratas, discretas y muy eficaces contra el objetivo de mantener abiertas las líneas de navegación. Una vez desplegadas, localizarlas y neutralizarlas es un proceso lento, metódico y complejo. 

Detectar una mina exige distinguirla del fondo marino, de restos metálicos, de objetos civiles y de otras anomalías submarinas, algo especialmente complejo en aguas congestionadas o poco profundas.

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Por ese motivo, las labores de limpieza rara vez se desarrollan en condiciones ideales cuando el conflicto sigue abierto. Antes de despejar por completo una ruta, suele ser necesario contener otras amenazas presentes en la zona, desde embarcaciones rápidas hasta drones o nuevos intentos de minado. 

La importancia de este problema se agrava por las limitadas capacidades antiminas de Estados Unidos en la actualidad. La Marina estadounidense retiró en septiembre de 2025 sus buques especializados clase Avenger desplegados en Baréin y prevé sustituirlos por buques de combate litoral (LCS) con módulos antiminas.

El primer LCS equipado con ese paquete llegó a Baréin en mayo de 2025, pero el relevo sigue siendo reciente y su capacidad de operar en condiciones adversas está por probarse. En otras palabras, Washington tiene capacidad antiminas en la región, pero la tiene en un momento de relevo doctrinal y material que genera dudas sobre la capacidad de gestionar el posible minado del estrecho en el corto plazo.  

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