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Las implicaciones de la destitución de Serguei Shoigu como ministro de Defensa ruso

Serguéi Shoigu, hasta ahora ministro de Defensa ruso, junto con el presidente Vladimir Putin.
Serguéi Shoigu, hasta ahora ministro de Defensa ruso, junto con el presidente Vladimir Putin. Fuente:  Kremlin.ru – bajo CC BY 4.0 DEED

Sergei Shoigu ha sido destituido como ministro de Defensa después de dirigir durante más de una década el principal estamento político ruso sobre las Fuerzas Armadas. Su destitución ocurre en el contexto de la inauguración del nuevo gabinete del presidente Vladimir Putin, quien resultó reelecto en las elecciones de marzo con un contundente 87,28% de los votos. Estos comicios se destacaron por la limitada competitividad de los candidatos opositores y una notable participación del 77%.

Las primeras informaciones que surgieron acerca del nuevo gabinete confirmaron a Mijail Mishustin como primer ministro, de corriente tecnócrata, centrado en asuntos de gestión económica y de la vida civil. Este nombramiento es relevante puesto que, tras el estallido de la invasión a gran escala de Ucrania, el mando militar ha sido fuertemente contestado, incluso internamente con la pugna con Wagner como epítome. Mientras tanto, la gestión económica ha sido alabada desde parte de la élite rusa, vendiendo cómo se ha evitado un colapso tras los enormes paquetes de sanciones aprobados desde Occidente contra el país.

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Poco después se anunció que Andrei Belousov, uno de los vice primeros ministros rusos pendientes de reasignación, sería nombrado como el nuevo ministro de Defensa. Esta designación abre varias posibilidades significativas. Por ejemplo, refleja la decisión de Putin de confiar en el sector liderado por Mishustin para la gestión de los recursos bélicos, lo que podría resultar en la priorización del desarrollo de un complejo militar-industrial más robusto. Este enfoque tendría como finalidad fortalecer aún más la capacidad industrial rusa destinada a la defensa y al manejo del conflicto con Ucrania.

La salida de Shoigu del ministerio de Defensa resalta como uno de los escasos cambios en la cúpula del aparato de defensa e inteligencia ruso, sugiriendo que existen razones significativas para esta renovación. Una de las posibles causas para su destitución podría ser atribuirle los fracasos de los objetivos militares iniciales en Ucrania, donde la operación no consiguió provocar el colapso de las Fuerzas Armadas ucranianas y el Gobierno dirigido por Volodímir Zelenski. Además, Shoigu se mostró reticente a asignar los recursos necesarios para una ocupación, como demandaban las facciones más belicistas. Sin embargo, parece que Putin opta por simplemente relegarle, dejando abierta la posibilidad de atribuirle responsabilidades en un futuro. Dos puntos sirven para entender esta decisión.

Por un lado, el jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas rusas, Valeri Gerasimov, continuaría en su cargo. Esto es de gran significación ya que Gerasimov ha estado al mando de la “operación militar especial” en Ucrania especialmente tras la destitución de Sergei Surovikin como representante de una línea más dura en la campaña bélica.

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Por otro, Shoigu asumirá el puesto de secretario del Consejo de Seguridad, reemplazando a Nikolai Patrushev, quien también será reubicado tras haber estado más de quince años en el cargo y haber formado parte de la misma élite que definió los objetivos iniciales de la invasión. Además, Shoigu continuará involucrado en la coordinación de las exportaciones de armas y la comisión militar-industrial como adjunto en el Servicio Federal de Cooperación Técnica Militar, aunque este órgano ya no estará bajo el mando directo del ministerio de Defensa.

Será de gran relevancia comprobar si se realiza alguna purga a medio-largo plazo tras los fracasos militares en la guerra de Ucrania y aprovechando el trámite electoral que supuso la reelección de Putin; si los cambios de puesto son pasos previos hacia una salida de las cúpulas de poder; y si estos movimientos con el tiempo provocarán modificaciones en la estrategia militar –con especial interés en la figura de Gerasimov– o en la planificación militar-industrial con el ascenso de perfiles especializados en gestión tecnócrata –como el propio Belousov– y una “economía de guerra” más marcada.

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