La importancia de Corea del Norte en la estrategia estadounidense en Asia

Reunión entre Kim Jong-un y Donald Trump en Singapur, el 12 de junio de 2018
Reunión entre Kim Jong-un y Donald Trump en Singapur, el 12 de junio de 2018. Fuente: AP Photo/Evan Vucci

Como defiende Claudio Katz, “el imperialismo es el principal instrumento de dominación del capitalismo. Este sistema exige despliegues militares, presiones diplomáticas, chantajes económicos y sojuzgamientos culturales”. Muchos imperialismos ha habido a lo largo de la historia; a día de hoy, justamente, las Relaciones Internacionales se cuestionan con frecuencia cuántos de estos poderes y “bloques” conviven. En nuestro tiempo, sin duda, al menos uno de ellos se estructura bajo el paraguas estadounidense, y los países de ese «eje» se agazapan a menudo tras la agenda de Estados Unidos. Y, en consonancia con una era del capitalismo en la que la mega concentración del capital exige un ensanchamiento nunca antes visto de los mercados para los monopolios, las estrategias de este bloque cobran un sentido común, colectivo, aunque con un especial desequilibrio interno de poder en favor de los Estados Unidos.

En este marco, este bloque «colectivo» estadounidense y sus aliados concentra dentro de sí cinco poderes, a saber: control sobre las tecnologías modernas, sobre los recursos naturales, sobre el sistema financiero global, sobre los medios de comunicación y sobre las armas de destrucción masiva. Bajo la premisa de la conservación y expansión de estas capacidades privilegiadas, este imperialismo «colectivo» desarrolla su estrategia en el mundo entero siguiendo, en muchas ocasiones, las directrices de Washington. En Asia, sin duda, también lo hace. Por ello Corea del Norte es un actor particularmente curioso en tanto se considera un «cuerpo hostil».

Ya sea mediante alianzas políticas, proyectos de cooperación militar y/o mediante aspectos estructurales de dominación económica, este bloque mantiene un relativo control sobre una región que, no obstante, presenta considerables pugnas de poder internacional. India, pese a su afinidad general con la agenda estadounidense, es un actor lo suficientemente grande como para conservar plena autonomía. Gobiernos de corte socialista –como el vietnamita, el laosiano o el nepalí– desafían con mayor o menor beligerancia el statu quo. Grandes actores económicos como Indonesia o Japón impulsan su rol de dirección regional. China juega por su lado mezclando una particular mirada del desarrollo de las fuerzas productivas y una importancia descomunal. Sistemas con firmes lazos político-militares con Estados Unidos empujan en una dirección afín a este (Taiwán o Corea del Sur). En fin, muchos intereses y propuestas se juegan en Asia.

En este contexto, Corea del Norte se erige como un caso único: su mirada del marxismo, alejada tanto del marxismo-leninismo soviético como de las reconfiguraciones pragmáticas en China o Vietnam, su desconexión general de los circuitos económicos del capitalismo monopolista internacionalizado o su particular equilibrio político interno lo distinguen del resto de actores regionales y hacen que deba crearse una categoría específica para él. Sin embargo, ninguna de estas mencionadas características es la que desata la hostilidad de Estados Unidos contra este pequeño estado.

La ideología juche no importa demasiado fuera del país, aunque sí le convierte en un punto de referencia para los relatos anticomunistas a escala mundial. Por otro lado, su diseño político interno a priori sería irrelevante a la hora de relacionarse con el exterior (a menudo, Estados Unidos y sus países aliados dan escasa importancia a este factor a la hora de establecer relaciones diplomáticas y comerciales con terceros países). Además, Corea del Norte es demasiado pequeño como para que su negativa a periferializarse y a servir como lugar para la explotación de la tierra y la mano de obra trastoque la producción y el desvío de plusvalía a escala global. Sin embargo, desafía frontalmente uno de los poderes que aspira a monopolizar el bloque de Estados Unidos y sus aliados: el  poder militar y, en particular, la capacidad nuclear en el campo militar. Desde el norte de la Península Coreana se saca pecho en publicaciones como “Política songun de Corea” afirmando que “ahora nadie se atreve a humillar a Corea, una potencia militar con artefactos nucleares”.

Lanzamiento de misiles por parte de Corea del Norte
Lanzamiento de misiles por parte de Corea del Norte. Fuente: vídeo publicado por KCNA

Que Corea del Norte dispone de arsenal militar de destrucción masiva casi nadie lo niega; que este hecho, en el marco de una búsqueda del control de Asia por parte de Estados Unidos y del resto de estados agrupados tras él, es una gran amenaza para la seguridad internacional, difícilmente puede negarse también. Salvo que tenga lugar un poco probable cambio en la política interna del país a medio plazo, y mientras persista el interés de este bloque sobre la Península Coreana, puede afirmarse que persistirán las hostilidades entre este y Corea del Norte y, en consecuencia, persistirá la situación de amenaza global.

Por el contrario, las expectativas inmediatas son de todo menos halagüeñas. La victoria electoral del anticomunista Yoon Suk-yeol, alejado por completo de los postulados de la Política del Sol que, desde el sur, pretende una mayor autonomía de Corea y acercamientos progresivos con Corea del Norte, augura una intensificación de las tensiones intercoreanas que en nada beneficia a la seguridad internacional. Yoon es un firme aliado de Estados Unidos. Su pretensión de permitir una mayor presencia militar estadounidense en el país se está concretando ya, e incluso estaría pugnando por una mejor relación con Japón, miembro fundamental de este bloque cuyo turbulento pasado imperial siempre dificultó sus relaciones con las dos Coreas.

Con cerca de 30.000 tropas estadounidenses en Corea del Sur, un armisticio frágil sobre el que se asienta la tensa paz en Corea y la consideración de Estados Unidos sobre Corea del Norte de ser un “estado canalla”, la política songun –que valida la priorización de lo militar en Corea del Norte– cobra cierto sentido en el país. “Sin una poderosa capacidad militar es imposible defender la soberanía y existencia del país y la nación, proteger el socialismo y construir un Estado próspero y poderoso”, dijo Kim Jong-il (padre de Kim Jong-un). En estos términos se mueve la política norcoreana.

El bloque de Estados Unidos y sus aliados ve en Corea del Norte un verdadero cuerpo hostil en Asia. Políticamente único, económicamente aislado y militarmente soberano, el país niega a este bloque el control total de un enclave central como es la Península Coreana. Es cierto, como recuerdan a menudo los analistas, que el desarrollo de su armamento nuclear legitima a escala internacional la presencia de tropas estadounidenses en Corea. No obstante, seguramente Estados Unidos preferiría una península reunificada luego de un proceso de absorción del sur sobre el norte. Efectivamente, este hecho probablemente conduciría a la marcha de las bases y tropas norteamericanas del país, pero lo haría a cambio del semi dominio a través de una Corea unificada que sería aliada y adscribiría a la agenda estadounidense en Asia. Perdería el control directo del enclave a cambio de la desaparición de uno de sus grandes sujetos de hostilidad internacional. Esta Corea unificada formaría parte del bloque liderado por Estados Unidos de la misma forma que otras potencias como Japón.

Así, en este esfuerzo por reducir a una anomalía histórica al marxismo coreano y al Partido del Trabajo de Corea (como ya se logró en el sur), Estados Unidos ha tratado de poner punto y final a la Guerra de Corea en su propio beneficio. La presión sobre Corea del Norte se intensificó luego del final de la Guerra Fría. Por aquel entonces, se dio por inevitable el colapso interno del país que, por cierto, pudo haberse dado en el marco de la crisis alimentaria que sufrió en el último lustro del siglo XX, agravada por las sanciones y el bloqueo económico. Sin embargo, este colapso no sucedió, y el Partido del Trabajo y la familia Kim se reafirmaron políticamente a nivel interno.

Desfile militar en Corea del Norte organizado en abril de 2017
Desfile militar en Corea del Norte organizado en abril de 2017. Fuente: Wong Maye-E / Associated Press

Corea del Sur es, pese a su poderío económico y cultural, un socio menor de este bloque. Es soberano políticamente, con clivajes ideológico-identitarios autónomos que rigen el desarrollo histórico de su lucha de clases y sus procedimientos electorales; sus grandes empresas monopólicas compiten internacionalmente obteniendo posiciones de explotación ventajosas. Sin embargo, la situación particular de la Península lo convierte en un subordinado militar que hace las veces de enclave para Estados Unidos y el eje «colectivo». La reticencia del norte a aceptar la agenda del adversario sobre el territorio coreano, junto a la persistencia del imperialismo sobre el «cuerpo hostil» impiden la resolución de un conflicto nacional que es arrastrado desde los años de la Ocupación Japonesa. En este contexto, Pyongyang se mantiene como uno de los grandes enemigos a batir por Estados Unidos y sus estados aliados en la región.


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