
Los días 17 y 18 de enero han supuesto uno de los mayores vuelcos territoriales y políticos en Siria desde la caída del gobierno de Bashar al-Asad y la derrota del Estado Islámico.
Las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) han perdido, en un plazo muy reducido, el control efectivo sobre amplias zonas del norte y este del país en favor del gobierno de Damasco, en un proceso que comenzó como una retirada pactada y terminó derivando en una descomposición acelerada de la Administración Autónoma del Norte y Este de Siria (AANES).
El repliegue inicial de las SDF de las zonas situadas al oeste y sur del río Éufrates dentro de la gobernación de Alepo fue presentado por su comandante en jefe, Mazloum Abdi, como un “acto de buena fe” destinado a reducir tensiones con el gobierno central.
Sin embargo, el avance posterior de las fuerzas gubernamentales sirias –apoyadas de forma decisiva por combatientes de clanes tribales árabes– superó ampliamente lo acordado, alcanzando Raqqa y provocando la retirada total de las SDF de Deir Ezzor, región estratégica por su peso energético y su posición en el valle del Éufrates.
De Alepo al colapso kurdo
El 17 de enero, las SDF comenzaron su retirada de las posiciones que mantenían desde 2015 en el este de la gobernación de Alepo, incluyendo localidades como Deyr Hafer y Maskanah, que fueron ocupadas por el ejército sirio desde primeras horas del día.
Este repliegue se producía tras una semana de tensiones crecientes, con intercambios de artillería y refuerzos militares, y en un contexto aún marcado por la reciente ofensiva gubernamental en los barrios kurdos de Alepo entre el 6 y el 8 de enero, que concluyó con la rendición de las fuerzas de seguridad kurdas, las Asayish.

Un día antes, el 16 de enero, un convoy militar estadounidense se desplazó desde Kobane hasta Deyr Hafer con el objetivo de evitar una escalada mayor y presionar al liderazgo de las SDF para que aceptara la retirada al este del Éufrates.
Tras una reunión entre mandos estadounidenses y dirigentes kurdos en la localidad, Mazloum Abdi anunció la orden de retirada, enmarcándola en el Acuerdo del 10 de marzo, auspiciado por Washington y orientado a un alto el fuego general y una eventual integración de las SDF en las fuerzas armadas sirias. Sin embargo, el repliegue no se desarrolló de forma ordenada.
Las SDF denunciaron que las fuerzas gubernamentales entraron en varias localidades antes de que se completara la operación, lo que derivó en enfrentamientos puntuales en zonas como Maskanah y Dibsi Afnan, así como en rendiciones masivas de combatientes de las SDF, en su mayoría de origen árabe, que entregaron las armas al ejército sirio.
Los kurdos pierden Raqqa y Deir Ezzor
Pese a que el pacto inicial limitaba el avance gubernamental a la gobernación de Alepo, las fuerzas de Damasco continuaron ganando terreno durante la noche del 16 al 17 de enero ante una resistencia mínima.
La toma de Tabqa, enclave estratégico por albergar una de las principales presas del país, marcó el salto definitivo más allá de lo pactado. Aunque las SDF destruyeron varios puentes para frenar el cruce del Éufrates, las fuerzas gubernamentales lograron atravesarlo mediante barcazas y pontones, incluso con vehículos y armamento pesado.

En Deir Ezzor, la combinación de una geografía desértica y una demografía mayoritariamente árabe, estructurada en clanes tribales históricamente hostiles al dominio kurdo, facilitó una toma de control extremadamente rápida por parte de combatientes tribales alineados con Damasco. Estos grupos avanzaron hacia el norte, alcanzando localidades al sur de Hasakah, uno de los principales bastiones kurdos.
En Raqqa, también de mayoría árabe, se confirmó el colapso completo de las SDF y la toma de la ciudad por combatientes tribales, acompañada de celebraciones públicas con la bandera siria y la retirada de símbolos vinculados a las milicias kurdas.
En este caso, todo apunta a que el ejército sirio regular tuvo un papel limitado, siendo los propios clanes locales quienes asumieron el control antes de anunciar su entrega a la administración central. El componente tribal árabe se revela así como el factor decisivo que ha precipitado el cataclismo de las SDF desde el interior de los territorios que gobernaban.
Nuevo equilibrio en el noreste sirio
El 18 de enero, las SDF y Damasco negociaron un acuerdo de 14 puntos que buscaba formalizar el nuevo equilibrio de poder en el noreste de Siria, pero las conversaciones finalmente no llegaron a buen puerto. El texto contemplaba, en esencia, la reintegración política, administrativa y militar de los territorios controlados por las SDF dentro del Estado.
Entre los puntos más relevantes destacaban el alto el fuego inmediato, la entrega formal de las provincias de Raqqa y Deir Ezzor al gobierno central y la integración de todas las estructuras civiles de Hasakah en la administración estatal. Damasco asumiría además el control de todas las fronteras, campos de petróleo y gas, así como de las infraestructuras estratégicas de la región.
En el plano militar, el acuerdo establecía la integración completa de las SDF en las estructuras del Ministerio de Defensa de forma individual, descartando cualquier reconocimiento como fuerza autónoma o como unidades diferenciadas.
Se contemplaba también la retirada militar de Kobane –bastión histórico sirio-kurdo y símbolo de la resistencia kurda al ISIS–, sustituida por una fuerza de seguridad local afiliada al Ministerio del Interior, y la integración en el Estado de las fuerzas responsables de la custodia de las cárceles y campamentos que albergan a combatientes y familiares del Estado Islámico.
El texto incluía, asimismo, compromisos sensibles para Ankara, como la expulsión de todos los miembros no sirios y vinculados al Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), y la entrega de listados de antiguos combatientes del régimen presentes en zonas bajo control de las SDF.
En el plano político y simbólico, el acuerdo se apoyaba en el reciente decreto presidencial que reconoce ciertos derechos culturales y lingüísticos kurdos, aunque sin garantías explícitas de autonomía futura.
En conjunto, Damasco ambicionaba consagrar con este acuerdo su clara victoria estratégica en el este de Siria, que recupera territorio, recursos y control fronterizo, y supone un retroceso histórico para las SDF, que pasan de ser el segundo actor sirio más poderoso a una fuerza en proceso de absorción en cuestión de dos días.
Para Estados Unidos, el resultado de la derrota kurda evidencia una pérdida significativa de su influencia en Siria, mientras que Turquía emerge como beneficiario indirecto al ver neutralizado al principal actor kurdo armado en su frontera sur.
Numerosos analistas coinciden en que las SDF difícilmente podían resistir un levantamiento tribal árabe a gran escala en el valle del Éufrates. Durante años lograron contenerlo mediante alianzas locales y concesiones, pero el equilibrio era frágil.
Otros señalan como factor clave la falta de una estrategia clara ante un posible escenario de caída del gobierno de Al-Asad y de fortalecimiento de un Damasco respaldado por Turquía, principal enemigo de las SDF, a las que Ankara considera una extensión del PKK.
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