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El intento de golpe en Benín y las grietas de su sistema político

El intento de golpe de Estado en Benín evidenció las grietas de su sistema político en una África Occidental cada vez más inestable.
Guardia de honor de las Fuerzas Armadas de Benín en el desfile militar del Día de la Bastilla de 2013 en los Campos Elíseos de París. Fuente: © Marie-Lan Nguyen - Wikimedia Commons - CC-BY 2.5

“Un grupúsculo de soldados protagonizó un motín con el objetivo de desestabilizar el Estado y sus instituciones". Estos fueron las palabras utilizadas por el ministro del Interior de Benín para referirse al intento fallido golpe militar del 7 de diciembre, añadiendo que “las Fuerzas Armadas beninesas y su cúpula, fieles a su juramento, han permanecido republicanas".

Los términos referidos desde los canales oficiales de Benín pretenden eliminar todo tipo de relevancia al intento de golpe, tratándolo más como un incidente desafortunado que como un intento de socavación democrática, fruto de su desgaste reciente.

La madrugada del 7 de diciembre en Benín podría ser resumida con una palabra: volatilidad. Benín descubrió esa misma mañana que el modelo ampliamente celebrado por la comunidad internacional de estabilidad pudo haberse esfumado en el momento en el que soldados fuertemente armados irrumpían en la televisión estatal para anunciar la disolución del gobierno, la suspensión de su Constitución y la caída del presidente Patrice Talon. 

El contexto político y económico de Benín

Los primeros años del camino de Benín como república independiente fueron bastante convulsos, pues estuvieron plagados de subidas en tasas de desempleo, descontento social, convulsiones políticas y golpes de Estado.

Entre 1963 y 1972, se produjeron diversos cambios de gobierno por medios militares, lo cual marcó décadas de inestabilidad e intervenciones constantes de las fuerzas armadas. En 1974, se proclamó la República Popular de Benín, que atravesó distintas etapas: una fase nacionalista inspirada en el marxismo-leninismo, un periodo de orientación socialista y, posteriormente, una apertura hacia Occidente y el liberalismo económico.

Precisamente, el deterioro económico, la presión social y la urgencia de reformas estructurales en el país africano llevaron a una profunda transformación política a finales de la década de 1980. La Conferencia Nacional de 1990 sentó las bases del nuevo orden constitucional y abrió la puerta a las primeras elecciones pluripartidistas en 1991, que inauguraron un periodo de alternancia relativamente pacífica.

A pesar de que durante los años 90 y principios de los 2000 el país fue considerado un referente democrático regional, ese prestigio comenzó a erosionarse progresivamente a partir de la llegada al poder de Patrice Talon en 2016.

Su administración impulsó un proceso de reconfiguración institucional que, aunque presentado oficialmente como una modernización del Estado, ha sido interpretado por expertos y observadores internacionales como un giro restrictivo del pluralismo político.

Para ampliar: El golpe fallido en Benín que redefine África occidental

Reformas electorales que aumentaron los requisitos para registrar partidos, ajustes legislativos que redujeron la participación de la oposición y una creciente concentración de poder en la figura presidencial generaron un debate sobre la calidad real del sistema beninés. 

Asimismo, algunas organizaciones han señalado un deterioro de la independencia judicial, especialmente por la cercanía de magistrados clave al entorno gubernamental y por decisiones consideradas desfavorables para figuras opositoras. Aunque el marco institucional continúa funcionando formalmente bajo principios democráticos, es considerado un "régimen híbrido" por indicadores occidentales como el Índice de Democracia de The Economist.

En paralelo, el desempeño económico del país exhibió avances significativos que contribuyeron a sostener la imagen de estabilidad. Durante las dos últimas décadas, Benín mantuvo tasas de crecimiento relativamente altas impulsadas por el comercio regional, el dinamismo del puerto de Cotonú, la agricultura y la expansión progresiva de actividades industriales y de servicios.

Respaldando estos datos, se encuentran diversos informes del Banco Mundial, los cuales registraron mejoras en indicadores básicos de desarrollo: incremento del ingreso nacional bruto per cápita, reducciones moderadas en la pobreza, mejoría en la esperanza de vida y ampliación del acceso a la educación. 

Sin embargo, este crecimiento coexistió con características estructurales de vulnerabilidad que continúan sin resolverse: una economía profundamente informal, limitaciones persistentes en infraestructuras, disparidades sociales entre regiones urbanas y rurales, así como escasa diversificación productiva. Todos estos factores han alimentado un sentimiento de fragilidad socioeconómica que no siempre coincide con los indicadores macroeconómicos positivos.

Soldados del Ejército de Benín participan en un desfile militar.
Soldados del Ejército de Benín participan en un desfile militar. Fuente: BOKOSSA Aurele Rufu5 - bajo CC BY 4.0

En el ámbito regional, Benín enfrenta una situación geopolítica compleja. Su posición estratégica en la costa occidental africana lo convierte en un corredor comercial relevante, pero también en un territorio expuesto a tensiones transfronterizas.

La vecindad con países sometidos a golpes de Estado recientes –como Guinea-Bissau, Malí, Níger o Burkina Faso–, crisis políticas recurrentes o presencia de grupos insurgentes y fundamentalistas han incrementado la presión sobre las fuerzas de seguridad y han obligado al gobierno a adoptar medidas de vigilancia reforzada.

Esta dinámica regional, sumada a los efectos colaterales de crisis económicas y movimientos migratorios, ha contribuido a un clima de incertidumbre que se ha infiltrado tanto en la percepción ciudadana como en las decisiones gubernamentales y en organismos internacionales como la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) o la Unión Africana (UA).

Los momentos previos al 7 de diciembre

Durante las semanas previas al intento de Golpe de Estado eran observables diversas señales de tensión política y militar que pueden llegar a explicar el escenario previo que se respiraba en Benín, y que el hecho no fue aleatorio ni aislado, sino que fue el punto de ebullición de desavenencias latentes. 

Diversos medios de comunicación documentaron malestar en sectores de las fuerzas armadas, rumores y testimonios respecto a divisiones internas sobre la gestión de la seguridad en regiones fronterizas del norte.

Por otro lado, el calendario electoral tensó evidentemente el ambiente: las elecciones próximas de abril de 2026 pusieron en relieve el debate de la sucesión presidencial y acusaciones de concentración de poder en torno al poder ejecutivo, lo cual generaron quejas y protestas en sectores de la oposición.

A todo ello debemos sumar el clima de “contagio” político de la región de África Occidental. La sucesión reciente de golpes de Estado exitosos en países y la percepción de éxito en resultados políticos por parte de movimientos militares en ciertos casos alentaron narrativas que concebían la intervención armada como solución a problemas de seguridad y gobernanza. 

La tentativa de golpe de Estado en Benín

En la madrugada del 7 de diciembre de 2025, un grupo de militares, autodenominado Comité Militar para la Refundación (CMR) y bajo la supuesta dirección del teniente coronel Pascal Tigri, irrumpió en la escena política nacional con el objetivo declarado de “refundar” el Estado.

La sublevación se manifestó inicialmente a través de la ocupación simbólica y estratégica de la televisión pública nacional, donde los amotinados leyeron un comunicado anunciando el derrocamiento del presidente Patrice Talon, la disolución de las instituciones, la suspensión de la Constitución y el cierre temporal de fronteras.

La acción se articuló como un mensaje político de emergencia, diseñado para proyectar control y legitimidad ante la población y la comunidad internacional. Si bien las primeras horas fueron de informaciones cruzadas y contradictorias en forma, la situación es cierto que no iba a ser prolongable, ya que contaban con bajo apoyo militar, territorial e institucional.

Durante las primeras horas, se registraron enfrentamientos armados limitados en varios puntos de la capital, Cotonú, incluyendo las proximidades del palacio presidencial y otras zonas estratégicas. Estos hechos generaron alarma y confusión entre la ciudadanía, así como preocupación entre misiones diplomáticas extranjeras, que emitieron alertas preventivas a sus nacionales. 

La reacción de las fuerzas de seguridad leales al gobierno fue rápida. La Guardia Republicana y otras unidades fieles recuperaron el control de la televisión pública y de los accesos claves de la capital en cuestión de horas.

Para ampliar: El golpe de Estado en Guinea-Bissau: cómo pasar de la urna al fusil

Estas fuerzas contaron además con el apoyo del ejército de Nigeria, que ingresó en el país y asumió el control del espacio aéreo para facilitar el desalojo de los golpistas tanto de la televisión nacional como de un campamento militar en el que se habían reagrupado. Con ello se restauró la normalidad institucional y se procedió a la detención de más de una docena de militares implicados, aunque algunos de sus líderes lograron escapar temporalmente.

También ha sido revelado que Francia ha realizado un “apoyo en materia de vigilancia y observación y apoyo logístico” a las fuerzas armadas de Benín, a petición de Cotonou, de forma similar a Nigeria.

Así pues, el presidente Talon reapareció en la escena pública compareciendo esa misma noche del 7 de diciembre ante la nación, reafirmando que la situación estaba plenamente controlada y que los responsables serían procesados conforme a la ley, afirmando que “esta aventura no quedará impune”.

En su mensaje televisado, los amotinados del CMR justificaron la acción argumentando la existencia de una crisis institucional profunda y una supuesta incapacidad del gobierno para garantizar la seguridad, tanto de la población general como de los efectivos militares y sus familias. Denunciaron negligencia respecto a los soldados caídos o excombatientes y el abandono de regiones fronterizas, particularmente en el norte, donde la inseguridad es fuerte.

Los golpistas plantearon la necesidad de una “refundación” bajo un “nuevo orden republicano”, que implicaba no solo un cambio de liderazgo, sino también una transformación de la estructura política y administrativa del Estado, señalando lo que consideraban fracturas críticas entre la ciudadanía y las instituciones.

Las reacciones internacionales

Si bien es cierto que el golpe de Estado se desvaneció con relativa rapidez y fue declarado fallido con cierta celeridad, tuvo consecuencias evidentes, más allá de la detención de más de una docena de soldados sublevados. En primer lugar, es evidente que la exposición del sistema a un intento de toma de poder reveló vulnerabilidades latentes en la estructura de seguridad y en la percepción pública sobre la estabilidad institucional.

La restitución rápida del control permitió que las instituciones continuaran funcionando, pero puso de manifiesto la necesidad de fortalecer la cohesión interna, la confianza ciudadana, los mecanismos de supervisión sobre las fuerzas armadas y, por supuesto, la protección de instalaciones críticas, así como el establecimiento de sistemas de alerta temprana entre autoridades militares, políticas y civiles ante potenciales suspicacias y disidencias.

Por otro lado, la reacción internacional al intento de golpe de Estado en Benín fue inmediata, reflejando tanto la preocupación por la estabilidad interna del país como la importancia estratégica de la región para la seguridad y la gobernabilidad de África Occidental.

A nivel regional, la CEDEAO condenó la tentativa como “una subversión de la voluntad del pueblo beninés” y anunció la activación de su fuerza de reserva para apoyar al gobierno legítimo y garantizar la preservación del orden constitucional.

Patrice Talon, presidente de Benín, se reúne con su homólogo ruandés, Paul Kagame.
Patrice Talon, presidente de Benín, se reúne con su homólogo ruandés, Paul Kagame. Fuente: Paul Kagame - CC BY-NC-ND 2.0

La organización enfatizó la necesidad de proteger los procesos democráticos y subrayó que no se tolerarían alteraciones del poder por la fuerza en ninguno de sus Estados miembro. Este despliegue implicaba no sólo la movilización de tropas, sino también el fortalecimiento de mecanismos de vigilancia conjunta y la coordinación entre las fuerzas armadas de los países integrantes, enviando un mensaje de disuasión frente a futuros intentos de sublevación..

En el ámbito continental, la Unión Africana expresó su rechazo firme y categórico al golpe, reiterando su compromiso con la gobernanza democrática y civil en todos sus Estados miembros.

La UA subrayó que cualquier intento de derrocamiento militar constituye una amenaza directa a la estabilidad regional y socava los valores fundamentales de los tratados africanos sobre democracia y derechos humanos. Además, la organización instó a la comunidad internacional a brindar apoyo político y técnico para la restauración del orden, la protección de las instituciones democráticas y el fortalecimiento del Estado de derecho en Benín.

A escala global, las Naciones Unidas emitieron declaraciones de condena rotunda. El Secretario General advirtió que la sublevación militar representaba un riesgo significativo para la estabilidad de África Occidental y podía generar precedentes peligrosos en la región. Asimismo, las potencias internacionales con intereses en África Occidental, incluyendo Francia, Estados Unidos, España y la Unión Europea, emitieron comunicados de apoyo al gobierno legítimo. 

El horizonte político de Benín

Los hechos ocurridos el 7 de diciembre en Benín amplían aún más la incertidumbre sobre el horizonte político del país en los próximos meses y años. Cabe destacar que Benín tiene previsto celebrar elecciones en abril de 2026, a las que el actual presidente no puede volver a concurrir, habiendo designado ya a un candidato oficialista para sucederle.

Esta decisión es bastante controversial, y el hecho de que en los meses previos haya existido una tentativa de golpe de Estado puede aumentar las tensiones internas y provocar un escenario bastante más tensionado de lo que se pudiera imaginar.

Si bien la rápida intervención podría actuar como un garante institucional de la confianza ciudadana, proyectando en el nuevo candidato la posibilidad de una renovación democrática más natural y paulatina.

Para ampliar: Mali, Níger y Burkina Faso abandonan la CEDEAO

El episodio, por otro lado, deja una visión bastante interesante: un “grupúsculo” –como declaró el ministro del Interior beninés– basta para sacudir el orden si las tensiones y la seguridad no se abordan con total contundencia, afrontando Benín, a partir de ahora, el reto de cerrar esas grietas para evitar el riesgo de nuevos intentos de desestabilización.

Por otro lado, el despliegue de la fuerza de reserva de la CEDEAO y del ejército del aire de Nigeria y Francia, junto con las condenas de la UA, la ONU, de Estados Unidos o de países de la Unión Europea, implican que la comunidad internacional vigila de cerca la situación. Este escrutinio refuerza la responsabilidad interna del gobierno de Benín de respetar la legitimidad institucional, así como sus propias instituciones y la Constitución.

El futuro inmediato del país pasa por las próximas elecciones como gran prueba de fuego: si Benín logra realizar un proceso electoral limpio, una transición de poderes justa y reconstruir la confianza institucional, los benineses podrán hablar del 7 de diciembre de 2025 como un pequeño capítulo oscuro en su historia; si todo lo previamente estipulado no se efectúa, se podría vaticinar una crisis más profunda aún.

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