
Lugar de relativa calma durante la mayor parte de la guerra sudanesa iniciada en abril de 2023, el escenario principal de los combates se ha trasladado en las últimas semanas al norte del país. El pasado 11 de junio, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) se hicieron con el control del llamado Triángulo –territorio fronterizo entre Libia, Sudán y Egipto–, una zona con un alto valor estratégico. Poco antes, las Fuerzas Armadas Sudanesas anunciaron que habían ordenado la evacuación de sus efectivos por “arreglos defensivos”.
Aunque mayoritariamente desértico, este territorio es clave para el suministro de armamento a las RSF, además de conectar con la única capital de Darfur que aún se encuentra en las manos de milicias aliadas al ejército, El Fasher.
En un comunicado emitido tras la toma del Triángulo, las RSF calificaron su “liberación” como “un paso cualitativo que tendrá implicaciones significativas en varios ejes de combate, particularmente en el desierto del norte”. A ello se suma la relevancia económica de este punto fronterizo, clave en las conexiones comerciales entre el este y el oeste del continente, así como la presencia de hidrocarburos y minerales en su subsuelo.
Por si fuera poco, la supuesta involucración de tropas libias ha añadido todavía más complejidad a la contienda. Tras su retirada, las fuerzas sudanesas acusaron a combatientes alineados con el comandante Khalifa Haftar de haber participado de forma directa en los enfrentamientos dentro de territorio sudanés, calificándolo de “flagrante agresión” y de “extensión de la conspiración internacional y regional contra nuestro país”.
En numerosas ocasiones durante la guerra, el gobierno sudanés ha acusado al Ejército Nacional Libio (LNA) de suministrar armamento a las RSF procedente de Emiratos Árabes Unidos, pero es la primera vez que señala a Haftar por intervenir directamente en el conflicto. Por su parte, las fuerzas de Haftar calificaron las acusaciones de "falsas”, argumentando que se trata de “un intento flagrante de exportar la crisis interna de Sudán y crear un enemigo externo imaginario”.
En cambio, desde el Gobierno de Unidad Nacional (GNA) –autoridad paralela a la de Haftar, con sede en Trípoli y enfrentada a este en la inconclusa guerra libia– no descartaron la presencia de tropas libias en Sudán, pero rechazaron firmemente la participación de ciudadanos libios en conflictos externos y reiteraron su compromiso con una solución pacífica a la guerra de Sudán.
Sea como fuere, los actuales acontecimientos no hacen más que profundizar el más que probable entrelazamiento de las guerras libia y sudanesa. Uno de los grandes beneficiados de la toma de la zona fronteriza son los Emiratos Árabes Unidos, que logran unir a sus principales socios en ambos conflictos: Haftar y las RSF.
Desde hace años, han aprovechado la porosidad de las fronteras y el inhóspito desierto para el intercambio de armamento y combatientes entre ambos grupos, situación que ahora se vería aún más favorecida por la implementación de un gobierno afín en la totalidad de Darfur y el norte sudanés.
La guerra sudanesa, lejos de su final
Todo ello no hace más que confirmar lo lejana que se encuentra la paz para el pueblo sudanés. La toma de Jartum por el ejército el pasado mes de marzo supuso un punto de inflexión en el conflicto entre este y el grupo paramilitar, pero desde entonces los combates se han trasladado a otros territorios o incluso se han recrudecido en algunos de los ya afectados.
Entre estos últimos se encuentra El Fasher –capital de Darfur del Norte–, asediada desde hace meses por las RSF. Este grupo paramilitar ha llevado a cabo varias masacres en los campos de desplazados que circundan la ciudad y lanza frecuentes ataques contra lugares de alta densidad de población, como los mercados.

Con la captura de esta urbe, las RSF buscan el control completo de todo Darfur, lo que consolidaría el gobierno paralelo formado por estas y la división en dos del país. A su vez, el grupo paramilitar ha sido acusado en diversas ocasiones de intentar llevar a cabo una limpieza étnica en este territorio. En este sentido, también se han estado produciendo nuevas matanzas en Darfur Occidental, así como avances de las RSF en el sur de Kordofan.
En el primer caso, los combates amenazan con extenderse a Chad y, en el segundo, hacen lo propio con Sudán del Sur, lo cual, unido a lo ocurrido en la frontera libia, podría trasladar la guerra sudanesa a varios países del continente.
A esto hay que sumarle los recientes ataques con drones por parte de las RSF en Port Sudán, ciudad hasta ahora relativamente ajena al conflicto y que funciona como capital de facto del bando liderado por Al Burhan. Los ataques se dirigieron a infraestructura crítica como depósitos de combustibles o el puerto, complicando todavía más la situación humanitaria de la población sudanesa.
Tras más de dos años, la vida de la inmensa mayoría de sudaneses es extremadamente dura y los últimos acontecimientos no hacen más que empeorar la situación. Las hostilidades han obligado a más de 10 millones de personas a huir de sus hogares, y más de la mitad de la población está en riesgo de hambruna, mientras enfermedades graves como el cólera amenazan con extenderse por todo el país.
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