
Historia en directo. Decenas de periodistas se agolpaban en el interior del senado de Filipinas con la pretensión de capturar la instantánea de la detención de Ronald “Bato” Dela Rosa, exjefe de la policía nacional y uno de los arquitectos de la guerra contra las drogas del expresidente Rodrigo Duterte. Sin embargo, las cámaras han terminado capturando la huída de sus portadores ante el inicio de un tiroteo entre el acusado y los agentes de seguridad.
Reina la confusión en Manila. No hay reportes claros de víctimas ni de la autoría de las detonaciones. El edificio ha sido evacuado, viéndose la entrada al mismo de policía con uniformes de tipo militar y armas largas. El caos y las especulaciones se apoderan de la opinión pública y alimentan un clima de tensión política que es la causa última de estas escenas históricas.
Filipinas asiste al último episodio de la cruenta guerra entre las dinastías Marcos y Duterte por el poder. Tras la detención y puesta a disposición de la Corte Penal Internacional (CPI) de Rodrigo Duterte por crímenes de lesa humanidad cometidos en el marco de la guerra contra las drogas, la batalla se ha trasladado a los dos grandes activos del clan aún activos en política: su hija Sara Duterte y Ronald “Bato” de la Rosa.
La lucha política tras Dela Rosa
Un movimiento de pinza se cierne sobre los Duterte. El 11 de mayo de 2026, el parlamento filipino aprobó por una mayoría de 257 votos a favor frente a 25 en contra y 9 abstenciones la destitución de Sara Duterte de su cargo de vicepresidenta del país.
Acusada de desviar hasta 10.000.000 de dólares de las arcas públicas, la heredera de los Duterte se convirtió en la primera persona en la historia política de la nación en ser sometida exitosamente a un impeachment.
Pero, al igual que sucedió en 2025, la victoria inicial de los Marcos no tiene por qué ser definitiva. La batalla de verdad se libra en el Senado. Con tan solo 24 escaños, la fuerza de los diferentes bloques políticos se mide realmente en la cámara alta. Y allí es donde el Palacio de Malacañang tiene todas las de perder.
Acto seguido a la aprobación del impeachment de Sara Duterte en la Cámara Baja, se dio un “golpe dutertista” en el Senado. Vicente Soto III, presidente de la cámara alta, fue destituido y reemplazado por Alan Peter Cayetano, considerado un estrecho colaborador del clan Duterte. La operación ha sacado a la luz la debilidad de la coalición que sostiene a Ferdinand Marcos Jr. en el poder.
El bastión legislativo de los Duterte está compuesto por una amalgama de clanes políticos cuyas motivaciones mezclan pragmatismo y enemistad con el “círculo presidencial”.
Imee Marcos, hermana del presidente, se ha prestado a dicho movimiento debido a las crecientes tensiones intrafamiliares con su primo Martín Romuáldez –presidente del parlamento– y con su cuñada Liza Araneta. Unas reticencias que han sido claves para movilizar a importantes familias oligárquicas como los Villar, líderes del Partido Nacionalista (PN).
Pero la columna vertebral de la defensa de Sara Duterte son los tres senadores del Partido Democrático Filipino (PDP), entre los cuales se encuentra Ronald “Bato” Dela Rosa. La CPI como “arma de guerra”. Mientras se llevaba a cabo la destitución de la delfín de los Duterte, la corte de La Haya confirmaba públicamente la validez de la orden de arresto contra Dela Rosa emitida en noviembre de 2025.
Empezaba una nueva etapa de la crisis política que lleva arrastrando el país desde 2023. Perseguido de cerca por agentes de la Oficina Nacional de Investigación (NBI), Dela Rosa se refugió en el edificio del Senado, donde el presidente Alan Cayetano informó que dicha institución solo aceptaría su detención de ser juzgado por un tribunal filipino.
Una condena a Dela Rosa no es una simple impugnación del “dutertismo”, sino que es un ataque a todo un sistema político. Al calor de la lucha contra las insurgencias comunista e islamista, se ha articulado con el paso de las décadas todo un ecosistema paramilitar, el cual tuvo la posibilidad de consolidar su institucionalización gracias a la guerra contra las drogas.
No va a haber cuartel militar o policial en el que no se siga atentamente el destino del hombre que durante una década se ha perfilado como el rostro visible del mismo.
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