
Esteban Hernández Jiménez (Madrid, 1965) es periodista y ensayista, especializado en el análisis político y social. Actualmente es corresponsal político en El Confidencial, medio en el que también fue jefe de Opinión.
En sus análisis se ha ocupado de desentrañar las nuevas tendencias políticas y los cambios sociales, con especial atención a factores como la geografía o las brechas económicas que fracturan a las sociedades contemporáneas. Crítico con la izquierda, a la que acusa de no haber entendido el contexto en el que vive la sociedad actual, ha retratado también la evolución de la derecha y las transformaciones del capitalismo global.
Es autor de varios ensayos, entre los que destacan El fin de la clase media (2014), Nosotros o el caos: así es la derecha que viene (2015), El tiempo pervertido: derecha e izquierda en el siglo XXI (2022), y El nuevo espíritu del mundo: Política y geopolítica en la era Trump (2025).
[Pablo del Amo] La primera pregunta es sobre la elección de Donald Trump. ¿Consideras que ha sido un shock muy grande su vuelta en las élites europeas y en las élites demócratas? Los medios de comunicación y líderes europeos parecían muy desorientados.
[Esteban Hernández] Forma parte de la desorientación europea y también de las élites demócratas en Estados Unidos, porque era fácil ver que Trump podía ganar. Si examinabas los medios estadounidenses más relevantes en las semanas previas, había tesis enormemente peregrinas: que las mujeres republicanas iban a votar a Kamala sin que sus maridos se enterasen. Vivían en una burbuja que les impedía ver otros factores.
Yo tenía cierta convicción de que Trump iba a ganar, porque había hablado con republicanos que lo decían con claridad: “Es probable que gane”. Pero esa posibilidad nunca se consideró en Europa; se daba por descontada la victoria de los demócratas, también en España.
Entonces llega el momento y europeos y estadounidenses quedan enormemente sorprendidos frente a una realidad que habían despreciado. De repente se encuentran con esa realidad de frente.
En cierto sentido, recuerda a lo que ocurrió aquí con Sánchez: todas las encuestas señalaban una cosa y, de repente, la realidad fue otra. La derecha quedó en shock. Esto fue igual, pero al revés. En las redacciones de periódicos nacionales no podían creerse lo que estaba ocurriendo.
Eso tiene que ver con la separación de las élites respecto a sus poblaciones. Como no las conocen, tienen muy pocos mecanismos de predicción y también de reacción.
[P.D.A] ¿Y crees que ha sido más fuerte el shock ahora, en 2024, que en 2016? Porque en 2016 también lo hubo, pero me da la sensación de que este es un golpe mucho más duro.
[E.H] Sí, es mucho más duro. En 2016 se consideró que Trump era un accidente, algo incontrolable. Había una idea muy instalada: esto es un paréntesis que terminará en 2020. Trump ha llegado por azar, apoyado en el malestar de la gente, sobre todo de los sectores más pobres. Pero como es un desastre, fracasará y se olvidará todo. Y cuando llega el asalto al Capitolio, esa idea aún se refuerza.
Pero en 2024 la situación es distinta. Trump ya tiene bases establecidas, un programa, parte del establishment de su lado. El sector tecnológico del venture capital, la industria fósil, empresas puramente estadounidenses… Ha conformado una base social y política.
El golpe es más fuerte porque empieza a cumplir lo prometido. Por ejemplo, con los aranceles. Muchos decían que era imposible, que sería un desastre. Pues lo hizo. Y eso es la constatación de que el orden anterior ha desaparecido. Mientras en 2016 se pensaba que aún podía reconducirse, ahora ya no.
Sin embargo, esa constatación no la están asumiendo ni los europeos ni los demócratas, que siguen desorientados y sin saber qué hacer frente a lo que ocurre, porque no terminan de creérselo. Creían estar en un sistema que duraría mucho tiempo. En 2016 pensaban que podían borrarlo en cuatro años. Pero en 2024 se dan cuenta de que no era un accidente y de que las cosas han cambiado del todo.
La dificultad para reconocer esa realidad tiene que ver con que lo que está ocurriendo es, en gran medida, la historia de su fracaso. Y es muy difícil hacer autocrítica.
[P.D.A] ¿Tú crees que esta vez Trump es diferente? Has hablado de que tiene parte del establishment con él, pero también es una figura más vengativa y, sobre todo, más preparada.
[E.H] Sí. Él ha tenido una experiencia de cuatro años en la que el establishment general estuvo en su contra y esta vez lo ha sabido manejar. Ahora cuenta con unas bases mucho más potentes y con gente de mayor confianza en puestos clave. Eso lo hace más fuerte.
Además, los demócratas están descolocados. Se ha demostrado la debilidad del Partido Demócrata y la fortaleza del trumpismo. Trump ha logrado una alianza de clases dentro de Estados Unidos que va desde los MAGA hasta los evangélicos, pasando por sectores tecnológicos o los obreros de Pensilvania. Es un conjunto muy diverso de intereses que tendrá que satisfacer para ganar en 2028, sea él o quien le suceda.
No está tan claro que lo consiga, porque siempre habrá sectores que se desplacen hacia otro lado. Pero más allá de la venganza, que es un recurso retórico, la idea central de los republicanos trumpistas es cambiar Estados Unidos. Cambiar las élites, instaurar un sistema económico distinto, controlar más la transmisión de la comunicación, introducir mucho más la tecnología en seguridad y defensa, y también en la reconfiguración de empresas y administración estatal.
Fíjate en los acuerdos de Starmer con Estados Unidos o en la presencia de Palantir y otras empresas en la administración británica: son indicios de lo que viene. Si miras el programa de Blair y lo que hace Blair, está actuando casi como un consejero del futuro para Estados Unidos.
Eso muestra que Trump trae un intento real de transformación. Puede revestirlo de venganza, como en el caso de Kirk, pero no es un asunto puramente personal. Es un intento de cambio social profundo en Estados Unidos y en Occidente. Lo que ocurre es que a menudo damos demasiada importancia a las extravagancias de Trump, a sus formas, y no nos fijamos en el fondo de lo que está ocurriendo.
[P.D.A] ¿Y cómo ves al Partido Demócrata? ¿Crees que la figura de Zohran Mamdani, el nuevo alcalde de Nueva York, puede ser una esperanza para reconfigurar al partido, dejando atrás figuras muy criticadas como Sanders u Ocasio-Cortez, sobre todo por sus posiciones en la guerra de Gaza?
[E.H] Sí. A Ocasio-Cortez le ha hecho mucho daño su postura en ese tema. Sanders mantiene mayor respetabilidad por su trayectoria, pero también sufre críticas. La irrupción de Mamdani es interesante porque introduce ideas nuevas. Cuando se presentó a las primarias llevaba dos propuestas centrales: Gaza y ayudar a los neoyorquinos a poder costear la vida en la ciudad.
Eso implica una intervención en el mercado a la que no se habían atrevido los demócratas del establishment. Su éxito marca una diferencia, porque muestra que hay otra forma posible. Habrá que ver hasta qué punto tiene capacidad de contagio.
El problema de fondo, en mi opinión, es que existe una percepción generalizada en las poblaciones occidentales de que las cosas no van bien. Hace falta una propuesta política con proyecto de futuro. Los republicanos la tienen y saben venderla. Incluso con sus excesos, transmiten la idea de que habrá un cambio radical y positivo.
Los demócratas y las élites europeas parten de la base de que el sistema funciona y hay que conservarlo. Esa es una política defensiva, y electoralmente perdedora, porque la mayoría de la gente también quiere transformaciones. Su vida está cambiando mucho y perciben que no llegan.
En general hay una sensación de que las instituciones no funcionan. Vas al médico y te dan cita para dentro de meses; intentas un trámite con una gran empresa y es un calvario; los trenes de cercanías no llegan; el metro está hecho una pena; la vivienda es inalcanzable. La gente percibe que esto no va bien.
En otras partes del mundo la sensación es distinta. En China piensan que, con todo, les va bien; aquí ocurre lo contrario. En esas circunstancias necesitas un proyecto nuevo que genere esperanza, y los demócratas no lo tienen.
El neoliberalismo para élites urbanas, para quienes pueden permitírselo, no funciona para la mayoría. Y cuando no tienes nada que ofrecer, es difícil competir electoralmente. Mamdani puede ser la semilla de otra cosa. Veremos su recorrido, pero al menos indica que el éxito electoral podría venir de un cambio de enfoque.
[P.D.A] ¿Y cómo ves la situación en Europa? Porque tengo la sensación de que en Estados Unidos todavía hay esperanza: se ven fuertes, siguen viéndose como la primera potencia, incluso entre los demócratas. Pero en Europa se nota un mayor pesimismo.
[E.H] Sí, porque nosotros somos, en muchos sentidos, la parte perdedora. Es evidente que en esta transformación Estados Unidos pone algo nuevo sobre la mesa del orden internacional y busca ganar poder. Como no puede hacerlo a costa de China, lo hace a costa de sus socios. Y eso significa exigir más recursos, más vinculación… más tributo.
Europa queda en una posición muy negativa. Además, los demócratas han externalizado parte de su resistencia hacia Europa. Somos nosotros quienes cargamos con el papel de oponernos a Trump. Eso podría funcionar si realmente existiera una resistencia real. Pero cuando llega el momento de los aranceles y ves escenas grotescas –Trump firmando en un campo de golf, rodeado de banderas–, queda claro que estamos derrotados.
Desde la llegada de Trump, cualquier cosa que ha pasado ha supuesto un problema para Europa. En el plano retórico, decimos que Trump es horroroso, pero en la práctica lo único que hemos hecho ha sido decir “sí, señor".

¿Dónde empieza a variar esto? Con Israel. En ese terreno, la oposición más clara no ha venido de Europa en bloque, sino de algunos mandatarios como Petro o incluso desde Canadá, que han planteado posturas diferentes. Esa es la excepción.
Fuera de eso, todo son derrotas. Es significativo, por ejemplo, el cambio en las relaciones entre Rusia e Israel, países históricamente muy vinculados. También China, que hasta ahora mantenía una postura prudente, está adoptando posiciones más agresivas respecto a Israel. Todo está cambiando.
En esta pugna entre el viejo y el nuevo establishment occidental, los principales beneficiados son los países fuera de Occidente, porque nosotros no tenemos un proyecto claro ni una dirección definida, y ellos sí. Saben que deben reposicionarse en el nuevo contexto. Mira el acuerdo defensivo entre Pakistán y Arabia Saudí. Altera equilibrios que antes estaban anclados en Estados Unidos. Ahora cada cual mueve piezas, menos nosotros.
[P.D.A] ¿Entonces crees que Europa se está quedando atrás?
[E.H] Sí, en todo. Vamos con retraso porque no hemos asumido el momento. Trump tiene claro que este orden no funciona y que hay que avanzar hacia otro. Esa visión no ha sido asumida en Europa.
En el momento en que el imperio te exige más tributos y, además, te insta a separarte de China, la reacción china es inmediata: busca más espacio. Europa, en cambio, adopta un papel pasivo. Nuestros logros más destacados son acuerdos como el de Mercosur o el de Indonesia, que ya llegan tarde. Queremos mantener un mundo que ya no existe.
Por eso somos los perdedores de la época. No hemos querido reconocer que estamos en otra. Internamente se percibe la falta de cohesión social. Eso explica que Marine Le Pen lidere encuestas en Francia, que Giorgia Meloni gobierne en Italia, que Alternativa por Alemania (AfD) esté arriba en Alemania o que en Reino Unido Nigel Farage haya vuelto a escena. Algo se ha roto.
[P.D.A] Decías que algo se ha roto en Europa. ¿Cómo lo ves en relación con el auge de la derecha populista y extrema?
[E.H] Ese algo llevaba roto tiempo. Quien mejor lo entendió en su momento fue la izquierda, pero cuando a Syriza le doblaron el brazo en Grecia, ahí se acabó la izquierda europea como alternativa. Podemos también perdió recorrido, en parte por ese ejemplo griego de fondo.
Esa falta de alternativa ha hecho que el espacio se desarrollara más por la derecha. Hoy tenemos una serie de fuerzas populistas y extremas de derecha en Europa que, con todas sus especificidades, comparten un horizonte común y unas ideas claras.
Hay cinco puntos centrales que todas defienden: apoyo a Israel, defensa de la “libertad de expresión” en el sentido de controlar mejor los medios, oposición a ciertos desarrollos tecnológicos, rechazo a la inmigración y cuestionamiento de la integración europea.
Les funciona porque hay un contexto general de descontento. La única opción de cambio que perciben muchos ciudadanos está representada por estas fuerzas. Por eso es lógico que la gente quiera probar con ellas.
[P.D.A] ¿Y cómo se traduce eso en el panorama político europeo actual?
[E.H] Ahora mismo tienes al Partido Popular Europeo con sus viejas alianzas de socialistas, liberales, verdes y demás. Y luego tres partidos de derecha distintos, con posiciones propias, pero bastante coordinados a la hora de impulsar iniciativas comunes.
Obviamente hay matices: Hungría, Italia y España tienen diferencias según su situación nacional y geográfica, pero en conjunto su irrupción ha provocado dos efectos. Primero, que algunos de ellos hayan llegado a gobernar, como en Europa del Este o en Italia con Meloni. Segundo, que allí donde no gobiernan hayan mostrado la enorme inestabilidad en la política nacional, como en Francia, España o Alemania.
En Reino Unido lo hemos visto también: el Partido Conservador absorbió en parte el espacio de Farage, luego se hundió, entraron los laboristas y Farage volvió a convertirse en una figura central. Todo esto complica la gestión de la política interna, de la europea y de la coordinación entre países para seguir una línea común.
[P.D.A] ¿Qué salidas ves a esa fragmentación?
[E.H] Hay dos posibles. Una, avanzar hacia una Unión Europea más integrada, con instituciones capaces de tomar decisiones más fácilmente y coordinar reacciones colectivas.
Otra, la preferida por la derecha, es avanzar hacia una mayor descentralización: dar más margen a los Estados frente al derecho europeo y las instituciones comunitarias. Y ese es justo el momento en el que estamos.
Alemania es clave en esto. Está intentando resolver su crisis industrial en términos nacionales, con inversión en infraestructuras y defensa. Es un proyecto pensado para Alemania, no para Europa.
Puede que le funcione a ella, pero no al conjunto. Y si el país más importante de la Unión Europea no logra dar cohesión al conjunto, iremos más hacia la separación que hacia la integración.
[P.D.A] Y quería terminar con España. Somos un país periférico, con mucha menos influencia que Alemania o Francia. ¿Cómo ves la situación española dentro de la Unión Europea y ante los cambios internacionales? Se percibe al Gobierno actual muy defensor de un mundo que ya está en declive, aunque parece que esa postura le funciona electoralmente.
[E.H] Sí, lo estamos viendo con la cuestión palestina. Sánchez es consciente de que internamente no puede hacer gran cosa: no tiene la aritmética parlamentaria. Por eso juega la carta del defensor de la democracia y de los derechos humanos, para intentar mantener una posición de prestigio exterior.
En lo ideológico, insiste en defender un mundo que ya no existe. El reconocimiento internacional que ha recibido en la ONU va en esa línea. Su programa gira en torno a la defensa de la migración, la lucha contra el cambio climático, la digitalización y los derechos. Ese es su marco.
El problema es que esas posiciones son justo lo contrario de lo que defienden las derechas: no a la inmigración, no al cambio climático, los derechos vistos como excesos que oprimen a otra parte de la población, “la gente real” con valores distintos. Esa es la confrontación ideológica que se da en España.
El PP queda atrapado en medio. No puede decir que está contra la migración, porque no lo está ni podría estarlo, pero tampoco puede adoptar el discurso de Sánchez de que la migración es positiva. Con las políticas climáticas ocurre lo mismo. No pueden rechazarlas del todo porque forman parte de la agenda europea, hay muchas inversiones en renovables y España no tiene otra fuente de energía. Así que el PP trata de hacer equilibrios.
Los polos ideológicos los marcan el PSOE y Vox. El PP hace lo que puede, que básicamente es atacar a Sánchez. Personalmente, por la corrupción, por su familia, por la dificultad para gobernar, por sus socios.
En este terreno, la posición de Sánchez se ve fortalecida porque la población está de su lado en la cuestión de Palestina. Si ese factor desapareciera, todo lo demás sería discutible. La gente le respalda porque percibe a la extrema derecha como una amenaza. Esa carta ya se jugó en las elecciones del 23J.
En Moncloa, Sánchez está rodeado de tecnócratas de la vieja escuela, que ya no funciona. Lo que mantiene al Gobierno son dos elementos. Por un lado, la macroeconomía y las cifras, que son buenas en general; por otro, la distancia con la vida cotidiana, que es distinta. Joe Biden también presumió de grandes cifras, pero eso no evitó que la gente percibiera otra realidad en su día a día.
[P.D.A] ¿Y en España, qué margen real hay para pensar de manera estratégica?
[E.H] Hay algunas posibilidades, pero no se están pensando como Estado. Para tener una visión estratégica, una visión de Estado, necesitas un enfoque distinto al del contexto anterior, cuando te limitabas a gestionar lo que venía: exportar, atraer turistas o traer recursos puntuales. Ese esquema ya no vale.
Ni Estados Unidos, ni China, ni Rusia, ni Turquía, ni Arabia Saudí, ni India, ni siquiera Alemania, piensan así. Si no empezamos a pensar en España de un modo estratégico, eso implica que el Estado tenga algo que decir. Y en España aceptar que el Estado tenga un papel propio es muy complicado.
Si miras al exterior, ves que China utilizó al Estado durante la globalización para impulsar su desarrollo. Corea del Sur y Taiwán también lo hicieron a su manera. Y ahora Estados Unidos recurre a un capitalismo de Estado con características propias. Rusia opera con economía de guerra. Turquía, Israel… todos utilizan al Estado.
Menos nosotros, que parecemos no darnos cuenta de que todos los demás están jugando contra nosotros. El gran desarrollo europeo de posguerra se produjo precisamente porque el Estado tenía algo que decir. Quizás haya que aprender esa lección.
[P.D.A] ¿Entonces España, como Europa, está atrapada en un marco que ya no funciona?
[E.H] Exacto. Si miras la política europea entre 1945 y 1975, daba igual que fuese socialdemócrata: las bases eran las mismas. A partir de los años ochenta ocurrió igual. Podías tener variantes socialdemócratas o neoliberales, pero el neoliberalismo era el sistema dominante.
Hoy hemos entrado en un nuevo marco. Y si estamos en un nuevo marco, los partidos principales deberían pensar de otra forma: uno desde la derecha, otro desde la izquierda. Pero la época anterior se acabó. Meter esto en el discurso es muy difícil, porque supone reconocer que lo que hemos hecho hasta ahora ya no vale. En España tenemos un gobierno tecnocrático, muy vinculado a Bruselas y a la ideología de la etapa anterior, tanto en lo político como en lo económico.
[P.D.A] ¿Y qué ocurre entonces con Sánchez y la izquierda?
[E.H] Sánchez tiene un núcleo de votos que incluso puede ampliar, pero no le alcanza para gobernar. Necesita algo a su izquierda que lo complemente, y eso está roto.
El problema es que la derecha ha tenido atrevimiento para proponer otras opciones, mientras que la izquierda no. Lo único que ha hecho es intentar asegurarse puestos o enredarse en luchas internas. Para que la izquierda crezca, haría falta una alternativa distinta a Sánchez, desde la izquierda, pero diferente de él. Y no la hay. Todos son complementos del PSOE.

Incluso Iglesias, que critica a Sánchez, en el fondo lo sostiene. No propone nada nuevo. Lo mismo ocurre con el resto. Simplemente amplían lo que ya dice el PSOE. Si el PSOE propone un salario mínimo, ellos piden además reducir la jornada. Si el PSOE habla de Palestina, ellos van un paso más y piden romper relaciones con Israel. Pero siguen dentro del marco de Sánchez.
Por eso no crecen. El supuesto pragmatismo, tanto en el centro como en los extremos, no es útil electoralmente. Para pensar distinto tendrían que decir que el esquema actual está equivocado. Y nadie se atreve a decirlo.
[P.D.A] ¿No crees que hay cada vez más mediocridad en las élites españolas? En España y también en Europa. Pero aquí es especialmente evidente. Habría que cambiar el sistema, porque el actual ya no sirve.
Sin embargo, políticos, periodistas y élites prefieren limitarse a pensar en las siguientes elecciones. La política se ha convertido en pura comunicación política.
Noto una clara regresión intelectual. Las élites viven de tertulias y opinadores de televisión. Ya no son expertos, son comentaristas. Es un círculo vicioso. Todos saben que algo está roto, pero poner manos a la obra lo ven demasiado difícil. Prefieren el día a día: qué ha dicho Sánchez, qué ha dicho Ayuso.
[E.H] Varias cuestiones. Sobre el supuesto pragmatismo de ganar elecciones desde el centro está sistemáticamente desmentido por lo ocurrido en las últimas convocatorias, también en España. Trump demuestra que no es así. El crecimiento de la ultraderecha catalana tampoco viene del centro.
Sobre la falta de ideas en las élites españolas. España lleva al menos treinta años sin pensar por sí misma. Durante mucho tiempo recibimos las ideas de fuera, las tendencias internacionales, y las aplicábamos aquí. Si eras consultor o miembro de un think tank, leías lo que se hacía en otro sitio y lo trasladabas a España.
El gran intelectual colectivo de las élites era The Economist, no un pensamiento propio. Ahora que habría que pensar por uno mismo, no saben. Se han acostumbrado a recibir las ideas de fuera.
Las élites se han formado en contacto con el exterior, con estudios fuera, buen inglés, acentos impecables… pero sin ideas propias. Y cuando las fuentes externas dejan de alimentarles, no saben qué pensar. Se vuelven hostiles con quien plantea algo distinto, porque no tienen alternativa que ofrecer. Ese es el problema. Nuestras élites se han educado para seguir a otros, no para generar un pensamiento propio.
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