
Hay encuentros diplomáticos que son, en substancia, negociaciones sobre precios y aranceles. Y hay encuentros que son, en esencia, negociaciones sobre el mundo. La cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping, celebrada en Pekín, pertenece sin lugar a dudas a la segunda categoría.
Es cierto que los dos líderes discutieron sobre aranceles, déficits comerciales e inestabilidades geopolíticas, desde las tensiones en el estrecho de Taiwán hasta el desorden en el estrecho de Ormuz, cuya persistente agitación, alimentada por el conflicto entre Washington y Teherán, inquieta a China, uno de los principales importadores de petróleo del golfo Pérsico.
Pero en el centro de esta conversación, bajo todo el lenguaje diplomático y los comunicados cuidadosamente redactados, habita una cuestión de un orden diferente y más fundamental: quién empuñará el instrumento que prefigura el poder en este siglo.
Ese instrumento central es la inteligencia artificial (IA). Una tecnología que, en su materialidad física, depende de semiconductores fabricados con tolerancias nanométricas en instalaciones que cuestan decenas de miles de millones de dólares, concentradas principalmente en Taiwán –no por casualidad, el punto de máxima tensión militar entre las dos potencias–, donde TSMC produce más del 90% de los chips más avanzados del mundo para empresas como Nvidia, Apple y AMD.
No es de extrañar, por tanto, que Jensen Huang, presidente de Nvidia, haya integrado la delegación estadounidense en Pekín, acompañado de figuras como Elon Musk y Larry Fink. La presencia de estos ejecutivos del sector privado en una reunión diplomática oficial indica que el centro de gravedad de las negociaciones se ha desplazado del simple comercio de bienes a la pugna por el control computacional del futuro.
Desde 2022, Washington ha ido imponiendo restricciones progresivamente más severas a la exportación de chips avanzados a China, con el objetivo de privar a su adversario de la infraestructura computacional indispensable para los modelos de IA a gran escala. Pekín ha respondido con restricciones a la exportación de elementos de tierras raras y minerales críticos, sin los cuales la producción occidental de semiconductores se enfrenta a limitaciones estructurales.
Aunque durante esta cumbre se suavizaron algunas restricciones, incluida una flexibilidad parcial de China en materia de tierras raras y señales estadounidenses de una posible apertura en los controles de semiconductores, lo cierto es que la rivalidad tecnológica persiste y siempre persistirá más allá de cualquier estabilización táctica.
La comparación entre la carrera por la inteligencia artificial y la carrera armamentística nuclear de la Guerra Fría es recurrente y parcialmente acertada. Pero esta vez no hay armas destructivas sobre la mesa; lo que está en juego es una tecnología que construye y persuade, a una velocidad y a una escala sin precedentes en la historia de la humanidad.
La geopolítica de la inteligencia artificial
La geopolítica de la inteligencia artificial obedece, en esencia, a las reglas del realismo político, en el que los Estados buscan obtener ventajas significativas, tratan las tecnologías como activos estratégicos y desconfían constantemente de las intenciones de sus adversarios.
Sin embargo, el tecnonacionalismo que caracteriza tanto a Washington como a Pekín no se limita al realismo clásico, ya que incorpora una dimensión civilizacional que transforma la disputa tecnológica en una cuestión de identidad histórica.
Para Estados Unidos, la supremacía en materia de IA se presenta como una condición para la supervivencia del orden liberal internacional, una narrativa de estructura casi escatológica, en la que una derrota tecnológica equivaldría a una derrota hegemónica.
Cabe hacer aquí una precisión: aunque a menudo se interpreta a Donald Trump como un actor iliberal, un análisis más atento de los hechos revela que su lema America First ataca al liberalismo progresista cosmopolita, no a la hegemonía estadounidense como tal. Su estilo político no debe confundirse con la estructura de su régimen.
Para China, por su parte, la soberanía digital es un imperativo existencial aprendido del colapso del régimen soviético, del que fueron testigos de primera mano, y de décadas de dependencia tecnológica percibida como una vulnerabilidad política fatal.
El informe anual del Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence confirma que China ha reducido considerablemente la brecha con Estados Unidos. Si bien los estadounidenses mantienen su ventaja en materia de capital e infraestructuras, los chinos lideran el ámbito de las patentes y la IA física, así como en robótica y sistemas de automatización que están transformando las cadenas de producción globales.
La aparición de DeepSeek en enero de 2025, con capacidades comparables a las de los modelos estadounidenses más avanzados a una fracción del coste computacional, fue el momento en que esta convergencia se convirtió en una realidad demostrada.
La conmoción sufrida por los mercados financieros estadounidenses, con Nvidia perdiendo cientos de miles de millones en capitalización bursátil en cuestión de horas, fue la medida más precisa de lo que realmente estaba en juego y sirvió como una contundente advertencia para los estadounidenses.
La Cosmotécnica entre Washington y Pekín
Para comprender verdaderamente lo que está en juego es necesario ir más allá de la contabilidad estratégica y llegar al plano filosófico que la sustenta. Es aquí donde el pensamiento del filósofo de Hong Kong Yuk Hui ofrece una perspectiva que la narrativa dominante de la rivalidad tecnológica ignora sistemáticamente. Hui propone un concepto que subvierte la forma en que habitualmente solemos pensar sobre la tecnología: la cosmotecnia.
La idea central es que la tecnología no es universal. No existe una única tecnología humana que avance de forma lineal y que todas las culturas adopten con mayor o menor retraso.
Existen, más bien, múltiples relaciones entre el cosmos, la moral y la técnica, moldeadas por distintas tradiciones filosóficas y culturales. Como señala el propio Hui, tendemos a cometer un error generalizado al suponer que todos los productos artificiales y técnicos pueden reducirse a una única interpretación y comprensión de la tecnología.
La incómoda pregunta que plantea este concepto es si tanto Estados Unidos como China, a pesar de toda su retórica civilizatoria, no son más que variantes en conflicto de la misma racionalidad técnica occidental.
Esta es precisamente la provocativa aserción de Yuk Hui. La tecnología moderna, con su lógica continua de dominación sobre la naturaleza y su enfoque cuantitativo de todos los seres como recursos disponibles –lo que Martin Heidegger denominó "Gestell"–, parece haberse extendido a escala planetaria. Y al extenderse a escala planetaria, absorbió y anuló otras formas de relación con la técnica, incluidas las de la propia China.
El modelo estadounidense es el más transparente en este sentido. La IA estadounidense surge de la competencia de mercado, sirve al individuo como instrumento de optimización y consumo, y se concibe según una lógica en la que la seguridad se aborda como un problema de ingeniería, una cuestión de solidez técnica más que de orden social o moral.
La innovación está descentralizada, el Estado actúa principalmente como un financiador discreto, y el progreso se mide por el crecimiento económico y el dominio global de las plataformas.
A primera vista, el modelo chino parece partir de premisas diferentes. China se modernizó a lo largo del siglo pasado adoptando las categorías tecnológicas de Occidente sin haber desarrollado una filosofía de la técnica arraigada en sus propias tradiciones.
Tal y como anticipó Heidegger en sus Cuadernos negros, China se volvió "libre para la tecnología", lo que significa, en este contexto, que quedó cautiva de ella y se ve incapaz de cuestionarla desde una cosmología propia. Y, sin embargo, la tradición filosófica china contenía los recursos para una relación genuinamente distinta con la técnica.
En el pensamiento taoísta y confuciano que explora Yuk Hui, la técnica se asemeja a un instrumento de armonización más que de dominación. Los dos conceptos fundamentales son el Dao (道), la fuerza vital que impregna todas las cosas, el camino que se encuentra más allá de cualquier herramienta, y el Qi (氣), el utensilio concreto que solo adquiere significado en relación con el Dao que lo anima.

La tecnología moderna se desarrolló bajo el dominio de la razón instrumental, orientando las herramientas hacia la superación y el control de la naturaleza en lugar de hacia una relación armoniosa con ella.
Es precisamente en esta oposición donde reside la diferencia entre la cosmotécnica china y la racionalidad técnica occidental, una diferencia que el actual proyecto tecnológico de Pekín parece diluir progresivamente.
Los planes estratégicos de China en materia de IA, con sus objetivos de liderazgo mundial en patentes y publicaciones científicas, operan según la misma lógica de aceleración y dominación que caracteriza al modelo estadounidense. Xi Jinping ha resucitado el confucianismo como alma de la nación, pero este renacimiento sigue siendo, por ahora, en gran medida retórico.
Lo que China ha construido es un capitalismo digital gestionado por el Estado en el que la IA está al servicio de la estabilidad política y la soberanía nacional, no de la armonización con la naturaleza ni del florecimiento de la diversidad cultural. La diferencia con respecto al modelo estadounidense es real, pero se trata de una diferencia de arquitectura institucional, no de filosofía de la técnica.
Un destino tecnológico por decidir
Lo que reveló la cumbre de Pekín, para quienes saben mirar más allá de los comunicados oficiales, es que nos enfrentamos a una rivalidad que el lenguaje geopolítico convencional no puede describir en su totalidad.
No se trata simplemente de una competencia por los mercados o por la supremacía militar. Es una contienda entre dos variantes de la misma racionalidad instrumental, dos formas de gestionar el dominio tecnológico sobre el mundo, sin cuestionarlo realmente.
Ninguna negociación diplomática podrá responder a la pregunta de si sigue siendo posible imaginar futuros tecnológicos distintos, arraigados en cosmologías diferentes. Lo que Trump y Xi negocian en Pekín son, en definitiva, las condiciones de la coexistencia en un mundo que la inteligencia artificial está transformando a un ritmo más rápido del que la diplomacia puede seguir.
Un mundo en el que la frontera entre el instrumento y el entorno se ha vuelto irreconocible. En un horizonte en el que la máquina deja de ampliar las facultades humanas para redefinir la propia condición de lo humano, se desarrolla una carrera febril por la innovación tecnológica definitiva, por la creación del último cíborg.
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