
Joe Biden ha tirado la toalla. Tras cuatro semanas de crecientes presiones públicas y privadas por parte de los grandes donantes y próceres del Partido Demócrata, que no veían en Biden un candidato capaz de vencer a Donald Trump ni de continuar al frente del país otros cuatro años, el presidente ha decidido hacerse a un lado y abandonar su campaña para la reelección. En un comunicado publicado en X el 21 de julio, Biden confesaba haber llegado a la conclusión de que el interés de su partido y del país le exigían ahora retirarse, y prometía dedicarse en exclusiva a sus funciones hasta el final de su mandato.
Un mes para la historia
Pocos minutos después, el presidente publicaba un nuevo mensaje en X en el que dejaba claro su apoyo a la vicepresidenta, Kamala Harris, para que los delegados de la Convención Nacional Demócrata, que se celebrará en Chicago del 19 al 22 de agosto, acepten su candidatura como nominada presidencial del partido.
Aunque, como el propio Biden reconocía en su carta a la ciudadanía estadounidense, su intención inicial había sido buscar la reelección, la situación en los últimos días se había vuelto insostenible. Su intervención en el debate contra Trump el 27 de junio, calificada de "catastrófica" por la mayor parte de los analistas, mostró ante los ojos del público lo que desde hacía meses se rumoreaba en los mentideros de Washington, pero nadie de la órbita demócrata se había atrevido a reconocer abiertamente: que el presidente, aquejado de signos claros de deterioro cognitivo, no se encontraba en condiciones de continuar la campaña ni de revalidar su mandato.
Las consecuencias de aquel debate, que Trump ganó por goleada según la opinión de la práctica totalidad de los medios y de los espectadores encuestados, no se hicieron esperar. A lo largo de los siguientes días, comenzó a producirse un goteo de peticiones de renuncia por parte de algunos pesos pesados del partido, a las que se sumaron los editoriales del New York Times y otras cabeceras de línea progresista, las filtraciones a los medios de comunicación –que transmitían las declaraciones privadas de muchos otros altos cargos que también exigían su retirada–, la avalancha de encuestas internas y externas que afianzaban la ventaja de Trump a nivel nacional y en todos los swing states, y las presiones de los grandes donantes de la campaña de Biden, tales como George Clooney o Abigail Disney, que congelaron la entrega de los fondos previstos hasta que este abandonase la carrera.
En los días previos al atentado contra Trump, el goteo incesante se había convertido en un torrente contra el que ni siquiera la férrea voluntad de Biden de continuar en la campaña podía ya resistir demasiado. A lo largo de la semana posterior al intento de magnicidio, la renuncia del presidente se daba por descontada: la cuestión no era ya si claudicaría, sino cuándo lo haría.
Y, aunque en los últimos días se había barajado que pudiese esperar a la visita de Benjamin Netanyahu a Washington para anunciar su decisión, los acontecimientos se precipitaron de manera inesperada en la mañana del domingo 21 de julio. Para entonces, 31 miembros de la Cámara de Representantes y 4 senadores de su propio partido habían exigido públicamente su renuncia. Según algunos medios, el propio Barack Obama, en cuya Administración sirvió Biden como vicepresidente, habría tratado de maniobrar para conseguir que diese un paso atrás.
Biden toma la decisión de retirarse cuando apenas quedan 100 días para unas elecciones que no serán precisamente un camino de rosas para el Partido Demócrata. Se produce así una situación sin demasiados precedentes históricos, en la que los delegados que Biden ganó en las primarias podrán decidir a quién respaldar, en una convención abierta. Con su renuncia a continuar en la campaña, Biden pone fin a una carrera política de más de medio siglo –fue elegido senador por Delaware en 1972– y se convierte en el primer presidente que decide no presentarse a la reelección desde Lyndon B. Johnson en 1968.
En cualquier caso, Johnson comunicó su decisión a mediados de marzo, poco después de su victoria pírrica en las primarias de Nuevo Hampshire frente a un candidato prácticamente desconocido. Biden lo hace en pleno mes de julio, a menos de un mes de la convención del partido, destinada en su origen a formalizar su nominación como candidato. El riesgo, en esta ocasión, es evitar que se reproduzca una situación como la que protagonizaron los demócratas en la campaña de 1968: la convención de aquel año, celebrada unos meses después de los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy –favorito para obtener la nominación– sirvió para escenificar las divisiones del partido y resultaría en la derrota del cartel demócrata, encabezado por Hubert Humphrey, frente a Richard Nixon.
Donald Trump vs. Kamala Harris
Por ello, los dirigentes de la formación se han apresurado esta vez a cerrar filas en torno a la vicepresidenta, Kamala Harris, que en apenas 24 horas ha logrado el apoyo explícito de 181 de los 212 representantes demócratas, 41 de sus 47 senadores, 20 de sus 23 gobernadores y, al menos, tres cuartas partes de los delegados que necesita para ganar la convención.
Además, en ese mismo espacio de tiempo la campaña de Harris ha logrado recaudar más de 80 millones de dólares. Es evidente que el paso atrás del presidente ha servido para insuflar ánimos en los cuadros del partido, que ya daban las elecciones por perdidas, pero que están convencidos ahora de que el súbito rejuvenecimiento del cartel electoral –Harris es 22 años menor que Biden– será suficiente para ganar las elecciones a un Trump que continúa generando un profundo rechazo entre amplias campas de la población y que dista, por lo tanto, de ser un candidato perfecto.
El problema, quizá, es que Harris tampoco lo es. Y aunque sí constituye, seguramente, la mejor opción para preservar la unidad del Partido Demócrata en estos momentos –y la única que puede hacer uso de forma legal de los más de 200 millones de dólares recaudados por la campaña de Biden–, a lo largo de su vicepresidencia ha demostrado ser una figura impopular.
Definida por sus críticos como oportunista y carente de principios, ha tenido grandes dificultades para conectar con la masa de votantes cuyo favor aspira ahora a ganarse. Kamala Harris, que, de salir elegida, rompería el techo de cristal contra el que se estrelló Hillary Clinton y se convertiría en la primera presidenta mujer y de ascendencia asiática, así como la segunda de origen afroamericano, es para muchos el símbolo de una izquierda urbanita e identitaria que parece vivir a espaldas de los problemas de la clase trabajadora blanca estadounidense, residente en los estados del Rust Belt que Trump ganó en 2016 y que, ocho años después, podrían devolverle a la Casa Blanca.
En busca de un compañero de fórmula
Puesto que la nominación de Harris se da por hecha, las miradas se centran ahora en los posibles aspirantes a acompañarla en el ticket presidencial. Según los analistas, su compañero de fórmula será, con toda probabilidad, un hombre blanco de perfil moderado procedente del Rust Belt o de alguno de los otros swing states –conocidos en castellano como «estados púrpura» por no ser rojos ni azules– que tal vez decidan las elecciones, a fin de atraer a aquellos sectores demográficos que puedan ver con mayores recelos la figura de la candidata. Son muchos los nombres que se manejan, pero cuatro han resonado con fuerza en las últimas horas:
- Roy Cooper, gobernador de Carolina del Norte desde 2017. Aunque Obama ha sido el único demócrata que ha logrado imponerse, en 2008, al candidato presidencial republicano en el último medio siglo, Carolina del Norte sigue considerándose un estado púrpura, pues las victorias electorales no lo son por grandes márgenes. La designación de Cooper obligaría a la campaña de Trump a centrar buena parte de sus recursos en un estado que, de otro modo, daría por ganado.
- Josh Shapiro, elegido gobernador de Pensilvania en 2022. Procedente de un estado clave en la carrera presidencial de este año, que Trump ganó por los pelos en 2016 después de tres décadas de dominio demócrata –y Biden le arrebató en 2020 por un estrecho margen–, Shapiro se reconoce como judío practicante y defiende abiertamente a Israel en el conflicto con Palestina, lo que podría alienar a los votantes más jóvenes y a los árabe-americanos.
- Mark Kelly, exastronauta y veterano de la Armada. Electo senador por Arizona en 2020, es el primer demócrata en ocupar el puesto desde 1962. Con fama de moderado, fue capaz de articular una coalición de votantes compuesta por mujeres blancas y jóvenes hispanoamericanos que resultaron fundamentales para conseguir su escaño y darle la victoria a Biden en este estado.
- Andy Beshear, gobernador de Kentucky desde su elección en 2019. Nacido en 1977, tiene solo 46 años, por lo que es el más joven de los candidatos. Su escasísima victoria en las elecciones de Kentucky, un estado sólidamente republicano donde Trump había derrotado a Clinton por 30 puntos porcentuales solo tres años antes, fue atribuida a la suerte, pero, tras haber revalidado su mandato con mejores resultados que en 2019, se ha consolidado como uno de los perfiles más potentes del partido. Llegó incluso a barajarse como posible reemplazo de Biden y no oculta, además, sus ambiciones de dar el salto a la política nacional.

Se ha sugerido también la posibilidad de que Harris opte por Gretchen Whitmer, la gobernadora de Michigan, que se temió que pudiera querer enfrentarse a Harris en la convención, aunque ha acabado por expresarle su apoyo. Los nombres de Pete Buttigieg, actual secretario de Transporte, Wes Moore, gobernador de Maryland, o Tim Walz, gobernador de Minnesota, también se encuentran en las papeletas. Por último, Gavin Newsom, gobernador de California, se encontraría descalificado en virtud de la duodécima enmienda a la Constitución estadounidense, que prohíbe que ambos candidatos del ticket presidencial provengan del mismo estado.
Rumbo al 5 de noviembre
Se abre así un escenario incierto e inexplorado en la historia reciente de Estados Unidos. Las dudas sobre la capacidad de Harris de derrotar a un Trump que se ve a sí mismo más fuerte que nunca sobrevuelan las mentes de muchos demócratas, pero la sensación mayoritaria es que, al contrario de lo que podía pensarse hace apenas unos días, no todo está perdido.
Tras el éxito de la operación para hacer claudicar al aún presidente, los mismos que le dieron la espalda se deshacen ahora en halagos hacia su figura para agradecerle los servicios prestados. Mientras tanto, los republicanos han aprovechado para atacarlo por su flanco más débil: "Si Biden no se encuentra en condiciones de optar a un segundo mandato, tampoco puede seguir al frente del país durante los siguientes meses, por lo que ¿no debería dimitir de inmediato? En caso contrario, ¿por qué han robado la nominación al candidato elegido por los votantes? ¿Es este el partido que dice defender la democracia?".
Joe Biden lanzó su campaña de 2020 con la intención de tender una presidencia puente que sirviera para "reparar el daño" causado por Trump y pilotar la transición hacia una nueva generación. La elección de Harris como candidata a vicepresidenta se percibió entonces en ese sentido. Sin embargo, las cosas no han salido como estaba previsto.
La polarización social ha ido en aumento, y la "amenaza" de Trump no solo no se ha desdibujado, sino que regresa en estas elecciones con más fuerza que nunca. Biden cambió entonces de parecer: solo él podía volver a frenarlo. Ahora, sus compañeros de partido parecen haberle hecho entender que no comparten su opinión, y, habiendo dado su brazo a torcer, el presidente ya solo espera que, el 20 de enero de 2025, pueda cerrar con broche de oro su carrera política asistiendo a la inauguración de su sucesora, Kamala Harris.
En ese caso, el sacrificio que se le ha exigido y que tanto le ha costado aceptar habrá cumplido su objetivo y librado a la democracia estadounidense de un segundo mandato de Trump. Pero existe una posibilidad muy real de que la imagen de ese mismo 20 de enero sea una muy distinta. Por el momento, Biden prefiere no pensar en ella.
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