Dust Bowl (I): La sobreexplotación de la naturaleza que precedió a la catástrofe en Estados Unidos

Escrito por José Ferreira Matos.

Mapa esquematizado de las Grandes Llanuras con las variedades de coberturas originales del suelo. Fuente: Report of the Great Plains Drought Area Committee, 1936.

Primera parte – Segunda parteTercera parte

La Gran Depresión duró el tiempo de varias tempestades. Tempestades de polvo que golpearon, durante toda la década de 1930, la región central de Estados Unidos, las Grandes Llanuras. Al fenómeno se le llamó Dust Bowl, pero fue, por encima de todo, una imprecisa región geográfica, Cuenca de Polvo, que sirvió de metáfora para ilustrar no solo las causas que provocaron la Gran Depresión, sino dos formas políticas de reaccionar frente a una catástrofe: el laissez faire de Herbert Hoover y el New Deal de Franklin Delano Roosevelt.

Domingo negro: El día que la bolsa de Nueva York no se desplomó

Ocho meses después de que Herbert Hoover tomase posesión como 31º presidente de los Estados Unidos, la bolsa de valores de Nueva York se desplomó. El episodio quedó conocido como el crack de octubre de 1929, y su peor día, el 29 de octubre, pasó a denominarse el “martes negro”. Cinco años y medio después, el 14 de abril de 1935, siendo presidente Franklin Delano Roosevelt, varias ciudades de los estados de Oklahoma, Nuevo México, Kansas, Texas y Colorado fueron asoladas por una de las peores tormentas de polvo que afectaban a zonas del suroeste de Estados Unidos desde 1932, un día que pasaría a conocerse como el “domingo negro”.

Tormenta de polvo se acerca a Spearman, Texas, el “domingo negro”, 14 de abril de 1935. Fuente: photolib.noaa.gov.

El día siguiente, el 15 de abril de 1935, “The Evening Star”, un periódico de Washington, publicó un artículo firmado por el periodista de la Associated Press, Robert Geiger, enviado al suroeste de EE.UU., titulado “If It Rains… These Three Little Words Rule Life in Dust Bowl of U.S.” Era la primera vez que aparecía el término Dust Bowl, Cuenca de Polvo, una imprecisa área geográfica situada en el sur de las Grandes Llanuras, Great Plains, una inmensa planicie en el interior de la América del Norte, que se extiende desde el Canadá hasta la frontera con el México, el “Llano Estacado” como le llamaban los Comanches, donde, durante la década de 1930, devastadoras tormentas y ventiscas de polvo arrasaron campos de cultivo, soterraron poblaciones y obligaron al desplazamiento de miles de agricultores. Entre 1932 y 1939 se registraron 345 tormentas de polvo severas que afectaron a zonas de los estados de Kansas, Oklahoma, Colorado, Nebraska, Nuevo México, Texas y Dakota del Norte y del Sur.

Epicentro de la Dust Bowl donde se registraron las tormentas de polvo más severas que afectaron a partes de los estados de Colorado, Kansas, Oklahoma, Nuevo México y Texas entre 1935 y 1939. Fuente: Gill y Lee, 2015.

Entre el “martes negro” de octubre de 1929 y el “domingo negro” de abril de 1935, una gran sequía empezó a golpear, en agosto de 1930, el Midwest y el sur de EE.UU. En la zona de las Llanuras esta sequía duró toda la década de 1930, con períodos de mayor intensidad en los años 1934, 1936 y 1939, regresando la lluvia a finales del año 1940. Modelizaciones meteorológicas recientes determinaron que fue provocada por la combinación del enfriamiento de las aguas superficiales del Océano Pacífico con el aumento de la temperatura de las aguas superficiales del Océano Atlántico. Interacciones anómalas entre la atmósfera y la superficie terrestre aumentaron su severidad.

Con el tiempo se desarrollaron dos puntos de vista para entender las tormentas de polvo que azotaron la Dust Bowl. Uno, que las consideró un desastre ambiental casi inevitable, provocado por la inexorable fuerza de la naturaleza, ya que tanto las sequías como los incendios, ambos frecuentes en la región de las Llanuras, hacían que fuera normal la ocurrencia de tormentas de polvo, episodios que formaban parte de la economía de la naturaleza. En efecto, en las décadas de 1950 y 1970 volvió la sequía y, con ella, las tormentas de polvo y la erosión del suelo. Sin embargo, otro punto de vista interpreta las tormentas de polvo de la década de 1930, la mayor catástrofe ecológica de la historia de EE.UU., como el símbolo de la descomposición de un sistema agrícola basado en la sobreexplotación y especulación de los recursos naturales. Según este planteamiento, al igual que la Gran Depresión, el Dust Bowl habría sido, como lo definió Donald Worster, una “crisis provocada y liberada por fuerzas socialmente destructivas en la cultura estadounidense moderna”.

Índice de sequía de Palmer de la región de las Grandes Llanuras, donde se observa un periodo de sequía prácticamente ininterrumpido durante toda la década de 1930. Fuente: https://www.ncdc.noaa.gov/cag/.

John Steinbeck contó parte de esta historia en “Las uvas de la ira”, la de los Exodusters, el éxodo del Dust Bowl, la migración desesperada y sin rumbo de miles de agricultores en busca de alguna fuente de sustento, pese a que Tom Joad y su familia, los personajes principales de la novela de Steinbeck, procedían del este de Oklahoma, cerca de Arkansas, una zona alejada del centro de la Cuenca de Polvo, situada más al oeste.

Dorothea Lange y su marido, Paul S. Taylor, contaron la otra parte de la historia en su libro “An American Exodus: A Record in Human Erosion”, publicado en 1939. Combinando fotos y textos, Lange y Taylor retrataron la migración, el éxodo, como la consecuencia del creciente uso de maquinaria agrícola pesada en los campos de maíz y trigo del suroeste de EE.UU. Los agricultores habían sido expulsados de la tierra por fuerzas humanas y no solo por episodios naturales, como la sequía.

Tom Joad, el personaje principal de la novela de Steinbeck, y Florence Thompson, “La Madre Migrante”, una india cherokee nacida en Oklahoma, retratada en 1936 por Dorothea Lange en un campamento de cosechadores de guisantes en Nipomo, California, condensan las consecuencias humanas de la devastación del sector agrícola estadounidense en la década de 1930. El Dust Bowl se prefiguró como la representación simbólica de esa devastación y, en cierto sentido, todos los males del sistema agrícola estadounidense confluyeron en esa mezcla de sequía, erosión y viento.

En el rostro rígido, amedrentado y desesperado de Florence Thompson se vislumbra el temor al hambre, los desahucios, el laberinto errante, la utilidad fugaz de saberse mano de obra efímera y desechable, la ansiedad que sintieron los estadounidenses durante la Gran Depresión, el sueño jeffersoniano del granjero yeoman -aquel que cultivaba su propia tierra- que parecía terminar en una pesadilla, las mismas dudas y miedos por el futuro condensados en las preguntas de Roosevelt: ¿Había sido un error colosal permitir la colonización de la tierra? ¿El modelo del pequeño agricultor jeffersoniano y un pequeño pueblo fue un modelo horrible para las praderas?

Para saber más: Apocalipsis financiero: El crack del 29.

En la fase inicial del New Deal, el secretario de Interior de la administración Roosevelt, Harold Ickes creía que la mejor forma de conservar la tierra era que los agricultores abandonasen las Grandes Llanuras. Si la tierra se había colonizado bajo la condición “una parcela de 65 hectáreas e independencia”, esa misma parcela de terreno podría ser ahora la causa de la muerte de aquellos que la araron. Ickes quería que la tierra volviera al dominio público y tenía el propósito de trasladar a más de medio millón de personas.

Habitantes de Oklahoma rumbo a Oregón a lo largo de una carretera de California. Foto de Dorothea Lange. Fuente: https://www.loc.gov.

Aunque el programa de reasentamiento fue controvertido, el gobierno federal no obligó a un gran número de propietarios e inquilinos a abandonar las tierras de la Dust Bowl. Aparentemente, la mayoría de los agricultores dentro de las áreas del proyecto se mudaron con sus propios recursos y se reubicaron en lugares de su propia elección. Al fin y al cabo, la región de las Grandes Llanuras siempre estuvo marcada por constantes movimientos migratorios de agricultores provocados por la inestabilidad e inseguridad derivadas de su condición de arrendatarios. Para una amplia mayoría, el alquiler de las granjas duraba poco más de un año y medio, siendo muy reducida la proporción de agricultores que tenía un alquiler estable por periodos superiores a 10 años. Se estima que, entre 1930 y 1936, no menos de 165.000 personas, o aproximadamente 40.000 familias, se mudaron de la zona de sequía de las Grandes Llanuras, principalmente rumbo a California. Una proporción pequeña, si se tiene en consideración que, en 1930, vivían en las granjas de las Llanuras 2,2 millones de personas.

Un desastre humano

Las controversias estadísticas sobre el número real de habitantes de las zonas de las Llanuras que tuvieran que abandonar sus tierras como consecuencia de las tormentas y ventiscas de polvo -y, de entre estos, cuántos se dedicaban a la agricultura-, revela un razonamiento idéntico al surgido sobre si el Dust Bowl fue una catástrofe exclusivamente natural o si la acción humana fue su factor desencadenante. Al fin y al cabo, algunos autores (como Paul Bonnifield) sustentan que el impacto del Dust Bowl no fue tan devastador como sugieren los relatos publicados en la prensa de la época. Para ello, habría contribuido el inicio de la explotación, en 1926, del campo de gas natural de Hugoton (que se extiende por las mismas zonas de Kansas, Oklahoma y Texas más afectadas por las tormentas de polvo severas), que habría absorbido mucha mano de obra, así como el espíritu indomable de los colonos y pioneros, acostumbrados a privaciones y penurias muchos más extremas que las producidas por el Dust Bowl.

Durante toda la década de 1930 la región sur de las Grandes Llanuras sufrió una despoblación acentuada. En los condados más afectados por las tormentas de polvo, la población disminuyó un 20%. Pero esta despoblación se debió, por un lado, a la fuerte caída de la inmigración interna, procedente de otras regiones fuera de la Cuenca de Polvo; y, por otro, a las elevadas tasas de migración entre estados y condados en las regiones del sur de las Llanuras. Esto es, los migrantes del Dust Bowl se desplazaron de forma más local, tendiendo a permanecer en las regiones de las Llanuras menos afectadas por la erosión del suelo.

Quizá por el motivo anterior, la mitología no coincida con la estadística. Del millón de migrantes de todo el país que viajaron a California durante la década de 1930, un tercio procedía del suroeste de EE.UU., de los cuales, entre 130.000 a 200.000 serían agricultores de la Cuenca de Polvo. Terminaron, en su mayor parte, en las comunidades agrícolas de los valles de Imperial y San Joaquin. Ahí descubrieron que la agricultura familiar, que siempre había sido su fuente de sustento, no existía en los vastos campos de California dominados por los grandes terratenientes y propietarios agrícolas. Las enormes granjas californianas necesitaban ejércitos estacionales de mano de obra migrante barata para trabajar en sus plantaciones de frutas, nueces, hortalizas y algodón.

Los migrantes del Dust Bowl buscaban trabajo, no ayudas. “I’d Rather Not Be on Relief”, un poema escrito en 1938 por Lester Hunter en un campamento de migrantes en Shafter, California, narra la situación de penuria, la suya y la de miles de personas que se vieron forzadas a abandonar la Cuenca de Polvo. No es un lamento, sino una reivindicación de trabajo con un sueldo digno que permitiera a los trabajadores agrícolas superar una condición que era peor que la de un vagabundo. El poema, que se convertiría en la canción de los habitantes del campamento, ya reverberaba en un telegrama enviado al Congreso, unos años antes, por 1.500 habitantes del sur de las Llanuras azotados por las tormentas de polvo: “Estamos luchando desesperadamente para mantener nuestros hogares, escuelas, iglesias y varias empresas para satisfacer las necesidades locales. No queremos subsidio de desempleo o alivio directo. Queremos trabajar”.

Aquellos que se quedaban en la Dust Bowl corrían el riesgo de, a cada tormenta de polvo, sufrir enfermedades pulmonares, principalmente la denominada “dust pneumonia”, la “neumonía por polvo” o silicosis, pero también otras infecciones respiratorias (como laringitis y bronquitis) e infecciones oculares. En un informe, probablemente de 1938, el Servicio de Conservación del Suelo advertía sobre los problemas de salud detectados en la población del oeste del condado de Baca, uno de los territorios en el centro de la Cuenca de Polvo: “Gran parte del notable aumento de enfermedades en el área afectada parece deberse directamente al aire cargado de polvo”.

En Kansas, en los primeros seis meses de 1935, los responsables sanitarios comunicaron un aumento de entre el 50% y el 100% de casos de neumonía en sus respectivas comunidades en comparación con los mismos meses de 1934. Además, la tasa de mortalidad por infecciones respiratorias era superior en los condados más afectados por las tormentas en comparación con el resto del Estado. Refiere el “Public Health Reports” del 4 de octubre de 1935: “Varios pacientes estaban moribundos cuando fueron admitidos [en los hospitales] y fallecieron a las pocas horas. Muchos casos llegaron desde una distancia considerable, a menudo durante tormentas de polvo severas, y probablemente su resistencia se redujo aún más debido al largo viaje y la inhalación de polvo”. No solo el polvo, sino las elevadas temperaturas eran una amenaza para la salud. Solo en el verano de 1934, 300 personas murieron por hipertermia en el Estado de Kansas, un valor cuatro veces superior al anterior máximo de 75 muertos registrado en 1931.

Y, en mitad de la sequía más larga, empezó a llover. Entre mayo y junio de 1935, al mismo tiempo que las tormentas de polvo golpeaban Garden City, una ciudad situada en la zona oeste de Kansas, más al este, a lo largo de los ríos Solomon, Republican, Blue, Marias des Cygnes y Neosho se registraron importantes inundaciones provocadas por lluvias intensas. Las inundaciones alcanzaron nuevos niveles máximos, provocando la destrucción de casas, cultivos, ganado, puentes, carreteras y propiedades públicas. Murieron, por lo menos, 100 personas.

Pese a la devastación de los campos de cultivo, el aumento de las enfermedades respiratorias, los casos de malnutrición y hambre, las inundaciones, el paro y los sueldos miserables, la tasa de mortalidad en EE.UU. disminuyó durante los años en los que los efectos de la Gran Depresión fueron más violentos (entre 1930-1933 y 1938). La única excepción fue el aumento de los casos de suicidio que, en todo caso, representaron menos del 2% de las muertes. Según el análisis “Life and death during the Great Depression”, de 2009, en el periodo en el que las tormentas de polvo fueron más severas (entre 1935 y 1936) se registró un importante descenso de la esperanza de vida, al mismo tiempo que en el período inmediatamente siguiente, entre 1936 y 1937, se verificó un aumento de la tasa de mortalidad. A falta de estadísticas fiables que permitan determinar la mortalidad provocada por el hambre y malnutrición, las enfermedades que originaron mayor número de muertos a lo largo de la década de 1930 fueron las cardiovasculares y renales.

La calificación del Dust Bowl dentro de la categoría de catástrofe natural, en la que subyace la premisa de que ninguna mediación entre la acción humana y la naturaleza pudo haberla provocado, además de naturalizar el desastre, lo despolitiza. La única acción política es reactiva: ¿cómo mitigar la devastación provocada por las cíclicas, imprevisibles e indomables fuerzas de la naturaleza? Frente a la catástrofe, toda la política se resume a la temporalidad de la emergencia. La respuesta política de Herbert Hoover partió de la premisa de que, superada la emergencia, todo volvería a ser como antes. Por otro lado, Franklin Delano Roosevelt utilizó la emergencia para crear algo nuevo. Porque, por sus consecuencias, sino principalmente por sus causas, el Dust Bowl no fue un simple desastre natural. Al fin y al cabo, toda catástrofe siempre está mediada social y políticamente.

El gran arado y la Gran Guerra

Las Grandes Llanuras, que abarcan lugares mitológicos como el Gran Desierto Americano y la Tierra de Nadie, eran el territorio de búfalos e indios. Los Comanches fueron derrotados en el Río Rojo en 1875. Cinco años después se mataba el último bisonte. Se cumplía el mandato del General Sheridan proferido en 1875: por el bien de una paz duradera, los búfalos deberían ser cazados, despellejados y vendidos hasta su total exterminio. Solo entre 1872 y 1873 fueron enviadas desde Dodge City, en Kansas, más de tres mil toneladas de lenguas de búfalo.

La única vegetación existente en las Grandes Llanuras era hierba. Pasto para los búfalos. Buffalo grass, hierba de búfalo, como le llamó el geólogo J.W. Powell en su informe sobre las tierras de la región árida de EE.UU., publicado por primera vez en 1878. “La hierba es dulce y nutritiva, pero su principal valor consiste en su poder para resistir a las inclemencias del tiempo, ya que se regenera naturalmente.” No solo hierba de búfalo, sino pasto alto, como flechilla, semilla de pradera, grama. La mejor parte de la tierra, su parte más fértil, estaba en la superficie, como decían los vaqueros.

Imagen captada por la Expedición Hayden, en 1870, donde se observa la cobertura original del suelo , formada por hierba de pasto, en el condado de Natrona, Wyoming. Fuente: The Future of the Great Plains, 1936.

Desde el final de la Guerra de Secesión hasta 1886, el ganado se extendió por vastas áreas, desde el Texas hasta Montana. No necesitaba ninguna atención especial, excepto durante las redadas y recorridos por senderos. La industria de ganadería floreció y promotores agresivos atrajeron capital especulativo de lugares tan lejanos como Europa. El General James Brisbin describió, en 1881, los detalles de esta lucrativa actividad económica en un libro sugestivamente titulado “The Beef Bonanza; or How to Get Rich on the Plains”. El pastoreo excesivo, el continuo cercado de tierras por parte de los colonos (para eso la invención del alambre de púas fue importante), prácticas financieras dudosas, el colapso repentino del mercado y la sequía entre los años 1886 y 1895 se combinaron para poner fin a la industria ganadera de “campo abierto” en las Llanuras.

La Enlarged Homestead Act de 1909 -una actualización de la original Homestead Act de 1862- fue la respuesta al movimiento de la agricultura de secano que empezó a crecer a principios del siglo XX. Las tierras que se creía que eran solamente útiles para el pastoreo se volvieron valiosas a medida que los agricultores empezaron a adoptar técnicas de arado profundo, compactación, barbecho durante el verano y siembra de cultivos resistentes a la sequía. Solo en 1914, el año en el que se registró el mayor número de solicitudes de tierra por parte de los colonos en todo el siglo XX, fueron solicitadas 53.000 parcelas en la región de las Grandes Llanuras. Empezaba “el Gran Arado”, “the Great Plow-up”.

La mayor parte de esta superficie fue cultivada con trigo de invierno, que no necesitaba irrigación. Sembrado en el otoño, cuando la humedad haría surgir los primeros brotes, dejado inactivo en el invierno hasta que las primeras lluvias de primavera reactivasen los cultivos, se cosechaba en el verano. Este ciclo, unido al desarrollo tecnológico de la maquinaria agrícola, proporcionó el surgimiento de un tipo especial de agricultor, el “agricultor de maleta”, suitcase farmer, categoría donde se incluían banqueros, farmacéuticos o maestros. Sembraban sus cultivos de trigo, volvían a sus trabajos regulares en la ciudad y esperaban a ver qué pasaba con el mercado de futuros de granos de Chicago. El dinero en la agricultura era muy fácil. Se suponía que el trigo era la forma más sencilla de obtener riquezas del suelo.

Para ello bastaría con seguir los consejos que el mayor especialista en agricultura de secano en las Llanuras, Hardy Campbell, recogía en su libro “Soil Culture Manual”, publicado en 1907. La técnica más destacada de todas se denominaba abono o mantillo de polvo, “dust mulch”, que ponía en práctica la creencia de que un subsuelo firmemente compactado y una capa superficial de suelo suelta y finamente disuelta minimizaría la pérdida de agua de las capas inferiores del terreno.

Otras supersticiones adquirieron la condición de teorías. La más extravagante de todas era la convicción de que la lluvia llegaría después del arado de la tierra, “rain follows the plow”, ya que arar la tierra provocaría perturbaciones atmosféricas que harían llover. Siguiendo el mismo orden de ideas, la construcción de líneas de telégrafo y el vapor de las locomotoras de los trenes también atraerían la lluvia. La creencia de que los periodos de mayor pluviosidad siempre se habrían seguido a las grandes batallas militares llevó a que el magnate de los cereales de desayuno, C. W. Post, escenificase una serie de batallas, no sin rigor militar, en las que se detonaban grandes cantidades de explosivos con el único propósito de hacer llover.

Trigo a lo largo de tres fases de crecimiento. Fuente: Campbell’s 1907 Soil Culture Manual; https://babel.hathitrust.org.

La pradera más grande del mundo, una tierra alta y fría, casi sin árboles, azotada por el viento y con precipitaciones irregulares se transformaba así en el mayor granero de trigo del mundo. Solo entre 1914 y 1919, la superficie cultivada de trigo en los estados de Kansas, Colorado, Nebraska, Oklahoma y Texas se extendió por 5,4 millones de hectáreas, de las cuales, 4,4 millones de hectáreas eran pasto autóctono. “Riches in the soil, prosperity in the air, progress everywhere. An Empire in the making!” (“Riquezas en la tierra, prosperidad en el aire, progreso en todas partes. ¡Un Imperio en construcción!”), fue la consigna utilizada por W.P. Soap, un empresario inmobiliario de Iowa, para vender sus parcelas en las Llanuras.

Entre 1917 y 1920 el precio del trigo producido en EE.UU. fue fijado y regulado por el gobierno federal, en concreto, por el presidente Woodrow Wilson. Cuando dejó de serlo, en junio de 1920, los precios bajaron y con ellos la agricultura estadounidense entró en una fuerte depresión, que duró toda la década de 1920. Paradójicamente, el bajo precio del trigo estimuló, en realidad, un aumento de su producción, ya que los agricultores seguían necesitando de los cultivos comerciales con la esperanza de poder cubrir sus costes operativos, el pago de alquileres, de los intereses por la nueva maquinaria recién adquirida y de las hipotecas de las tierras que habían comprado a precios exorbitantes en las épocas de bonanza. Si los precios altos fomentaron la especulación y el aumento de producción, los precios bajos también llevaron a que los agricultores cultivasen más intensamente, pero ahora por pura supervivencia económica. En las Grandes Llanuras se siguió arando. Entre 1919 y 1929, la superficie cultivable en los ocho estados incluidos, parcialmente, dentro de las Llanuras, aumentó en 6 millones de hectáreas.

En abril de 1917, los EE.UU. entran en la Primera Guerra Mundial. Una ley, tanto como la participación militar, marcó su intervención en el conflicto. La Ley de Control de Alimentos (Lever Food Control Act), aprobada en agosto de 1917, concedió al presidente de EE.UU. el poder de regular el precio del trigo y sus derivados, además de otorgarle la autoridad de conceder licencias de importación, fabricación, almacenamiento y distribución de la producción agrícola y la requisición de alimentos. Y creó la US Food Administration (Administración de Alimentos de EE.UU.). Su administrador fue Herbert Hoover, aquel que sería el 31º presidente de los Estados Unidos.

Con el bloqueo turco al suministro de cereales por parte de Rusia, el mayor productor y exportador de trigo del mundo -al que se unió una importante disminución de la cosecha de 1917 en comparación con las cosechas de los años anteriores a la guerra-, los países europeos (Reino Unido, Francia y Bélgica) acudieron a EE.UU., a las Grandes Llanuras, en busca de alimentos. Se decía en Washington que el trigo ayudaría a ganar la guerra. “Food will win the war”, “la comida ganará la guerra”, fue uno de los eslóganes utilizados por la Administración de Alimentos de Hoover.

Eslogan “Food will win the war” utilizado en un cartel de la US Food Administration, liderada por Herbert Hoover, durante la Primera Guerra Mundial (izquierda) y en el título de la película de animación producida por Walt Disney, encargada por el Departamento de Agricultura de EE.UU., bajo la administración Roosevelt, durante la Segunda Guerra Mundial. (derecha).

La conceptualización de Hoover sobre la administración nacional de alimentos era una combinación de fe y confianza en el servicio voluntario durante una emergencia nacional -rasgo que consideraba inseparable de la grandeza e ilustración de la república estadounidense-, con la creencia en la honestidad e integridad básicas de la gran mayoría de los hombres de negocios de EE.UU., que se reflejaría en su capacidad de gobernarse y controlarse en tiempos de necesidad nacional.

En la práctica, el control ejercido por la Administración de Alimentos se asentaba en tres poderes: alcanzar acuerdos voluntarios; conceder licencias y prescribir reglamentación para la concesión de licencias; y comprar y vender alimentos. Al margen de la estricta configuración de la nueva agencia, subyacía todo el ideario de quien la administraba: para Hoover, el control alimentario solo se aplicaría para reparar las eventuales roturas de suministro de productos básicos, no interfiriendo sobre el libre funcionamiento de la oferta y la demanda, ni imponiendo nuevas teorías y sistemas económicos. Todo se arreglaría, si la democracia valía para algo, con sacrificio, cooperación y trabajo voluntario.

Estas mismas premisas marcarían su estrategia para enfrentar las consecuencias iniciales de la Gran Depresión. Al fin y al cabo, la primera acción de Hoover después del desplome del mercado bursátil fue pronunciar discursos tranquilizadores. La recuperación económica dependería de la reactivación de la inversión privada. Para que eso sucediera, sería necesario “confiar en los negocios”. No solo eso, sino que toda la política agrícola de Hoover siguió la misma línea conceptual que adoptó en cuanto administrador de alimentos de EE.UU.: las ayudas directas a los más necesitados recaerían sobre las comunidades locales, organizadas en comités de autoayuda mutua, conservando el espíritu de caridad del pueblo “americano” a través de donaciones voluntarias. Durante su presidencia, se formaron 3.000 comités locales independientes, integrados, según las propias palabras de Hoover, “por hombres y mujeres dedicados e inteligentes con la responsabilidad de asegurar que nadie pasara hambre o frío”.

Una de las primeras medidas adoptadas por Hoover en agosto de 1930 para paliar los efectos de la sequía que empezaba a afectar a las Llanuras fue que las ayudas directas a las familias necesitadas se hiciesen a través de la Cruz Roja, organismo que recibió una asignación inmediata de 5 millones de dólares, posteriormente aumentada hasta los 15 millones de dólares mediante una campaña de donaciones. En el fondo, era la materialización de lo que afirmara en su comparecencia ante el Comité de Agricultura del Senado, el 19 de junio de 1917: “Nuestra teoría de la administración es que debemos centralizar las ideas y descentralizar la ejecución”.

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Worster, Donald (1979): Dust Bowl: The Southern Plains in the 1930s. Nueva York, Oxford University Press. ISBN: 0-19-503212-8

Licenciado en arquitectura por la Universidad de Lisboa y con el curso en análisis de inteligencia del Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad de la Universidad Autónoma de Madrid. Interesado en historia y geopolítica. En el ámbito de la seguridad, atraído por la seguridad alimentaria.

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