
Corea del Norte ha destruido carreteras y vías férreas que conectaban con Corea del Sur como parte de una escalada que se intensificó el 11 de octubre. Aquel día, el Estado norcoreano denunció que Seúl había introducido drones hasta Pyongyang, su capital, para esparcir propaganda antinorcoreana. El lanzamiento de panfletos es una práctica habitual desde el sur, particularmente llevada a cabo por organizaciones civiles, si bien el gobierno de Kim Jong-un ha solicitado reiteradamente a Seúl que tome medidas para evitar estas acciones.
No obstante, en esta ocasión la acusación era frontal, pues Pyongyang insistió en que los drones habían sido enviados directamente por el ejército surcoreano. A su vez, advirtió que tomaría respuestas si este incidente volvía a repetirse, a lo que Corea del Sur respondió negando la participación de sus fuerzas armadas en el evento. Como primera medida, el ejército norcoreano despachó nuevamente globos con basura y materia fecal hacia el sur, una práctica que ha repetido en varias ocasiones a lo largo de 2024.
Este no ha sido el primer capítulo de la nueva escalada en la península que, a su vez, enlaza con otras etapas de empeoramiento de las relaciones, proceso que se agudizó desde la llegada al gobierno sureño del anticomunista Yoon Suk-yeol, del Partido del Poder Popular (PPP). Previamente, Pyongyang avisó de que pretendía destruir todas las carreteras y vías férreas que todavía conectan ambas Coreas –aunque se hallan, en la práctica, inutilizadas–, reiterando que se trata de una medida de “autodefensa” que busca “inhibir la guerra y defender la seguridad del país”.
Tras las primeras reacciones, emergieron reportes según los cuales Corea del Norte había puesto en alerta total a sus tropas de ofensiva en la frontera con el sur, inmediatamente después de una reunión parlamentaria. El cruce de amenazas entre Seúl y Pyongyang, que había sido una dinámica habitual desde 2022, se intensificó en esta ocasión: el sur advirtió al norte de que presenciaría “el fin de su régimen” en el caso de que dañase al pueblo surcoreano; simultáneamente, Kim Yo-jong, habitual portavoz del Estado norcoreano, publicó el siguiente comunicado:
“Hemos obtenido pruebas claras de que los gánsteres militares de la República de Corea son los principales culpables de la provocación hostil de violar la soberanía de la República Popular Democrática de Corea al invadir el cielo sobre su ciudad capital. Los provocadores tendrán que pagar un alto precio”.
Tras el encontronazo diplomático, realmente hubo consecuencias prácticas: Corea del Norte destruyó sectores de carreteras y vías férreas en su territorio que conectaban directamente con el sur; a su vez, el ejército surcoreano realizó disparos de advertencia al sur de la línea fronteriza.
Las versiones de ambos Estados en torno a la crisis específica de los drones difieren. A pesar de que Corea del Sur niega las acusaciones norteñas, sus fuerzas armadas han desarrollado de manera considerable las capacidades tecnológicas de sus drones en los últimos años, en parte motivados por las infiltraciones de globos norcoreanos. Tres posibles explicaciones se han consolidado: a) en efecto Corea del Sur envió esos drones, negando posteriormente las acusaciones de Pyongyang; b) los drones fueron enviados por activistas antinorcoreanos en el sur, disponiendo así de una tecnología que no se les conocía hasta el momento; c) Corea del Norte realizó una denuncia de falsa bandera.
Ni Corea del Norte ni Corea del Sur desean un conflicto directo mutuo, pero no están dispuestos a renunciar a sus premisas básicas de seguridad: desde la perspectiva norcoreana, los ejercicios militares conjuntos del sur con Estados Unidos y Japón suponen una amenaza existencial que refuerza su apuesta por la proliferación nuclear; en reversa, la proliferación nuclear norcoreana habilita a Seúl, desde su propia perspectiva, a reforzar sus capacidades militares y sus lazos con sus aliados en la región.
En cualquier caso, lo decisivo es que el actual episodio ha conducido a una nueva escalada en el marco general de las tensiones en la península, probablemente la más importante desde enero de 2024. Con ambos actores enrocados y con las vías de negociación y desescalada siendo sistemáticamente desactivadas por Pyongyang y Seúl, el escenario securitario se complejiza en Corea. A priori, el presidente Yoon tiene mandato hasta 2027, por lo que no es esperable que Corea del Sur rebaje sus presiones contra el gobierno norcoreano ni viceversa.
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