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Camboya en el siglo XX: decadencia, genocidio y resurrección

Fotos de víctimas expuestas en el Museo del Genocidio Tuol Sleng (S-21), en Camboya.
Fotos de víctimas expuestas en el Museo del Genocidio Tuol Sleng (S-21), en Camboya. Fuente: ...your local connection - bajo CC BY-NC-SA 2.0

7 de enero de 1979. Los soldados de las fuerzas armadas de Vietnam y del Frente Unido Kampuchea para la Salvación Nacional (FUNSK) se abalanzaron contra Nom Pen. Bajo sus botas, la Kampuchea Democrática de Saloth Sar “Pol Pot” se desvanecía. Los renombrados Jemeres Rojos huían a la frontera con Tailandia para librar una guerra de baja intensidad contra sus antiguos aliados.

Con los vietnamitas llegaron las cámaras de televisión. Militares y periodistas paseaban por una ciudad fantasmagórica. La antigua capital colonial yacía vacía. Desocupada en medio de un mar de cadáveres. Camboya se había convertido en un gran matadero en el que todo era punible. La clase social, la religión, la etnia, la crítica política y hasta los roles de género eran susceptibles de transformarse en una condena a muerte.  

Los entre 1.200.000 y 2.800.000 fallecidos suscitan feroces disertaciones éticas. Camboya es el ejemplo utilizado por antonomasia para criticar las atrocidades que acarrearía consigo el comunismo. Y de todo lo contrario; del horror en el que deriva la fusión de revisionismo ideológico e intereses capitalistas.

Sin embargo, ambos postulados tienen algo en común: su carácter baladí. Ninguno de los dos “mira el rostro” de víctimas y verdugos. Una ceguera que obvia deliberadamente la realidad más cruda del país asiático: su rol central en las disputas geopolíticas por Asia-Pacífico.  

Guerra Fría, nacionalismo y clivaje urbano-rural

Para 1953, el recién independizado pueblo khmer constituía un elemento altamente inflamable en medio de un incendio geopolítico. Las décadas de caos y humillación de China frente a Occidente habían entronizado a Mao Zedong.

El “reino del centro” reclamaba su liderazgo y amenazaba la recién conquistada hegemonía estadounidense en el Pacífico. El nacionalismo vietnamita brotaba en el Delta del Río Rojo y hacía estremecer a París. Y un Bangkok nunca colonizado buscaba su encaje internacional.   

Las tensiones de la Guerra Fría y la descolonización llegaban a un país derrotado por el transcurso de la historia. Para cuando los colonizadores franceses arribaron a Camboya, Angkor Wat hacía siglos que era la sombra de un pasado glorioso.

Los sucesivos reinos jemeres habían perdido la hegemonía en el Sudeste Asiático frente a sus homólogos tailandeses y vietnamitas. Sobre este trauma colectivo se articulará la adhesión de Nom Pen al Imperio Francés y, posteriormente, el recelo a sus vecinos marcará todos y cada uno de los cálculos políticos de las diferentes facciones.  

Camboya era un país que sufría de bipolaridad. Monarcas, aristócratas y militares se habían mimetizado con la administración colonial gala, logrando que Nom Pen, junto a Saigón, fuera uno de los pilares de la presencia del Elíseo en Asia.

La Camboya cosmopolita hacía parte de la acumulación de capitales colonial y veía en las metrópolis europeas la redención de un pasado reciente decadente. Pero ello no era más que una enajenación. En el campo la realidad aparecía desnuda. Todas las aspiraciones se sostenían sobre un sistema feudal cuya base era la mezcla de culto a la persona del rey y budismo theravada.  

Para ampliar: Camboya, pivotando entre potencias

En ese ambiente crecieron y teorizaron los protagonistas del siglo XX camboyano: el rey Sihanouk, el general Lon Nol y el guerrillero Saloth Sar “Pol Pot”. Sihanouk confiaba el futuro del país a la neutralidad geopolítica, Nol hacía lo propio con el alineamiento con Washington y Pol Pot atribuía la prosperidad a la autarquía jemer. Pero ninguno de sus planes iba a sobrevivir a las tendencias macroeconómicas y políticas regionales. 

París, humillado en Dien Bien Phu, se esfumaba del Sudeste Asiático y generaba un vacío de poder que iba a ser llenado por Hanói. Hồ Chí Minh, interpretado en Estados Unidos como un simple subordinado de Moscú y Pekín, alimentaba la popularidad de la “Teoría del dominó” en la superpotencia americana. Así, soldados y dólares no tardaron en llegar para proteger lo que antaño había sido la espina dorsal de la colonia gala.  

Ante ello, Shianouk firmó su sentencia de muerte política. La neutralidad abrió la puerta a las inversiones occidentales, las cuales terminaron de polarizar el país. En la urbe, la incipiente burguesía se lanza a la occidentalización e invierte los capitales extranjeros en la extracción de recursos en la periferia.

Por contra, en el ámbito rural, la destrucción del sistema feudal despoja a miles de campesinos de sus tierras, quienes perciben a sus pares urbanitas como extranjeros. Se masca el ambiente prebélico. El monarca está atrapado entre el campo y la ciudad, entre Lon Nol y Pol Pot. Y huye hacia adelante. La debilidad del rey camboyano es olfateada por todos. La guerra no pide permiso.

El Viet Minh canaliza el descontento rural e integra en sus filas a un número creciente de jemeres, quienes posibilitan el uso de Camboya en su guerra contra Estados Unidos. Nixon y Kissinger ordenan secretamente el bombardeo indiscriminado del país neutral y posibilitan el golpe de Estado de Lon Nol. Sihanouk, ya exiliado, se refugia en China para convertirse en una carta más de Pekín en su disputa por la hegemonía en Asia. Camboya estalló.  

El infierno: guerra civil y genocidio en Camboya

El mundo rural se sublevó contra Lon Nol. La política del general era una basada en la prevención del “contagio comunista”, perspectiva que lo llevó a multiplicar el tamaño de sus fuerzas armadas y a apoyar el bombardeo estadounidense del territorio nacional.

Ello terminó por desestructurar el país. La nueva élite vio en la intervención occidental la consecución última de sus aspiraciones. Por su parte, la oposición formaba una precaria coalición. Monárquicos con comunistas, maoístas con leninistas y China y Vietnam formando un tándem.

Durante aproximadamente un año, Camboya fue un apéndice de la guerra de Vietnam (1955-1975). La intensidad de los combates endurece a cientos de miles de campesinos hasta transformarlos en una maquinaria de guerra con el único objetivo de asaltar Nom Pen. Pero su liderazgo no es homogéneo. Las tensiones nacionalistas entre chinos, vietnamitas y jemeres se fusionan con las disputas teóricas entre Moscú y Pekín para formar dos bloques comunistas: China y Camboya, por un lado, Vietnam y la Unión Soviética, por el otro.  

En medio del caos y en sigilo, un hombre aparentemente inofensivo se hace con el poder. Saloth Sar, desconocido hasta para el público camboyano, observa en el estilo de vida autárquico de la etnia Loeu un modelo para emancipar Camboya de toda injerencia extranjera.

Así, inicia su camino hacia la utopía, enarbolando el nacionalismo jemer contra los elementos del partido comunista alineados con Hanói. La retórica antivietnamita traspasa trincheras y desde el bando contrario también se desatan persecuciones contra la minoría Cham.  

Para ampliar: Indonesia 1965: el genocidio que redefinió el país

Los bombardeos secretos norteamericanos machacan la sociedad rural camboyana hasta unificarla bajo las utopías pol potianas. Por su parte, los dólares disipan cualquier tipo de barrera organizativa entre las fuerzas armadas y el sector empresarial. La guerra se transforma en un negocio disipando la capacidad operacional del ejército. Nom Pen era defendido por un “tigre de papel”. Y la capital cayó. 

La irrupción de la masa campesina y la huida despavorida de gobierno y extranjeros pusieron punto y final a las aspiraciones prooccidentales de la élite nacional. Aproximadamente 2.000.000 de ciudadanos se encontraron frente a frente con los jemeres rojos. El muro invisible que separaba campo de ciudad, burgués de campesino y progreso de miseria acababa de derrumbarse. Y empezó la venganza.

El entendimiento del genocidio acaecido entre la evacuación de Nom Pen en 1975 y la victoria vietnamita en 1979 pasa por el análisis de dos estructuras teóricas: las dinámicas sociológicas en las que habían crecido los integrantes del jemer rojo y el proyecto político del propio Saloth Sar. Ambos factores retroalimentaron la sensación de injusticia y la percepción hostil de la realidad de los perpetradores de las masacres.  

Camboya llevaba siglos rigiéndose por el honor. La prez convertía a la vindicación en ineludible, mientras que la ausencia de una concepción individualista del mundo conllevaban la necesidad de aplicar la defección completa del enemigo. Esto es, acabar físicamente con el rival y con su entorno, al tiempo que todo aquello que representaba es sistemáticamente degradado. Dicho esquema, diseñado para mantener el orden en el sistema feudal, terminaría por devorar el país.    

La rigidez social se fusionó dramáticamente con la inflexibilidad teórica de Pol Pot. La mezcla de experiencias vitales antagónicas habían generado una aspiración política incoherente. Angkor Wat debía ser emulado a partir del agrarismo y el repudio a occidente, la religión, considerada contrarrevolucionaria, impregnaba las doctrinas inapelables de la cúpula, el resurgir nacional sería ponderado sobre la “guerra de clases” y la feroz oposición a Vietnam conllevó la dependencia total de China.    

Miembros del tribunal camboyano encargado de juzgar a los líderes supervivientes de los Jemeres Rojos, en 2017.
Miembros del tribunal camboyano encargado de juzgar a los líderes supervivientes de los Jemeres Rojos, en 2017. Fuente: Khmer Rouge Tribunal (ECCC) - bajo CC BY 2.0

El genocidio no sería un asunto homogéneo. En las granjas colectivizadas fallecían de hambre o ejecutados los antiguos “burgueses” e “intelectuales” de la capital, quienes eran reeducados mediante la experiencia agraria. Sin perjuicio de que eso desviara recursos de las masacres contra las minorías vietnamitas, chinas y musulmanas. Y no impidiendo que la estructura de los jemeres rojos sufriera continuas purgas internas que pretendían limar con la violencia los continuos choques de ego y diferencias programáticas de sus miembros. 

Honor e incoherencia programática hacían que el enemigo estuviera en todas partes y en ninguna. Los jemeres rojos estaban inmersos en un bucle de violencia que estaba consumiendo tanto a su estructura como a su país. Y, nuevamente, la debilidad sería olfateada por todos.

Saloth Sar se encuentra, una década después, en la misma posición en la que se encontró el príncipe Sihanouk: atrapado en un choque de gigantes con un poder inexistente. China y Estados Unidos constituían ahora el poder hegemónico en Asia-Pacífico. Poder que solo podía ser desafiado por una alianza entre Vietnam y la Unión Soviética. Ambos bloques necesitaban una victoria decisiva, y Camboya era el escenario ideal para la misma.

El golpe lo terminaría asestando exitosamente Hanói. De la prisión de Tuol Sleng, el asesinato del líder jemer So Phim y la masacre antivietnamita de Ba Chúc nacería el Frente Unido Kampucheano para la Salvación Nacional (FUNSK).

Esta era una organización paraguas que aglutinaba a todos los enemigos que Pol Pot se había granjeado en su breve reinado. No tardarían en ser catapultados al poder por Vietnam. Las tropas vietnamitas desbordaron con extrema facilidad a lo que quedaba de la maquinaria de guerra jemer y pusieron punto y final a la Kampuchea Democrática. 

La agonía de los jemeres rojos y el ascenso de Hun Sen

Las botas militares vietnamitas se posaban sobre una tierra arrasada. Doce años de violencia extrema habían convertido a Camboya en una tierra de desesperación. El pavor a las represalias y la falta de perspectivas empujaron hasta 500.000 jemeres al lado tailandés de la frontera. Allí, las masas de refugiados se toparon de frente con lo mismo que había causado su desgracia: las intrigas geopolíticas.

El pulso entre bloques estaba lejos de acabar. Mientras China reaccionaba a la caída de Pol Pot invadiendo Vietnam, Bangkok iniciaba los preparativos para consolidar su liderazgo regional a través de la tragedia camboyana. Y es que con la masa de desplazados habían llegado también a suelo tailandés las principales figuras políticas de los anteriores statu quo. En Tailandia, a la insurgencia de los jemeres rojos se le sumarían las del Frente de Liberación Nacional del Pueblo Jemer (KPNLF) de Son Sann y las facciones leales al príncipe Shianouk.  

Los combates entre camboyanos y vietnamitas seguirán por años en la frontera entre Tailandia y Camboya. El esquema del conflicto era el siguiente: los jerarcas militares tailandeses proporcionaban cobertura estratégica a cambio de una porción de los beneficios de la extracción de recursos naturales y del comercio transfronterizo, mientras que los líderes camboyanos, convertidos en meros señores de la guerra, luchaban por ampliar sus respectivas cuotas de influencia en la insurgencia antivietnamita. Todo, alineado con un suministro inagotable de armas proveniente de Washington, Pekín y Londres.

Hanói se estaba quedando aislado. La Unión Soviética acudía a su cita con el destino en Afganistán, y un Vietnam agotado por la guerra debía mantener su ocupación frente a una insurrección avivada por superpotencias. ¿Cómo evitar verse arrastrados por semejante situación? La respuesta resultó ser a través del liderazgo local. De las filas del FUNSK surgiría la figura de Hun Sen con un nuevo proyecto de país.  

Para ampliar: Los intereses tras el conflicto armado entre Tailandia y Camboya

Sen, en su camino al poder, traía consigo la estrategia del “pan o palo”. De un lado, pretendía enterrar la miseria a base de inversiones internacionales en industria ligera y pacificar el país mediante una narrativa simple, pero sencilla: los crímenes del pasado permanecerían impunes siempre y cuando se demostrase la lealtad al nuevo gobierno. Del otro lado, solo restaba represión y condena por las atrocidades pasadas.  

La sencilla propuesta hizo añicos a las fuerzas opositoras. El Frente Unido para una Camboya Independiente, Neutral, Pacífica y Cooperativa (FUNCINPEC) de Sihanouk terminó incorporándose al nuevo régimen cuando su líder recuperó su papel de rey. En el KPNLF, el liderazgo de Son Sann se disolvió entre las cuotas de influencia de sus comandantes militares, hasta el punto de que su unidad no sobreviviría a los acuerdos de paz. Pero ninguno de ellos sufriría un proceso de fragmentación tan agónico como el de los jemeres rojos.    

En la provincia fronteriza, en la más absoluta miseria, Saloth Sar “Pol Pot” enfrentó su propio fin. Los frecuentes choques de egos entre caudillos destrozaron la organización. La cúpula en bloque de los jemeres rojos desertó y se acogieron a las condiciones de Hun Sen. Todos menos Pol Pot. En la que sería su última guerra, asesinó al líder comunista Son Sen. Craso error. Con ese homicidio propició la traición final de sus camaradas, quienes lo vendieron como un trofeo. Un trofeo que servía en Nom Pen para cerrar oficialmente una etapa.

Mientras el mundo recordaba la tragedia camboyana con el juicio a Saloth Sar, Hun Sen daba el golpe definitivo. Carente de legitimidad por sus conexiones vietnamitas, perdió las elecciones de 1993 frente a las facciones realistas. Obligado, pactó con ellas en una asociación en la que él proporcionaba el músculo militar a cambio de admisibilidad popular. Un acuerdo que no duraría más de un lustro.

En 1997, un golpe de Estado fallido disolvió el consenso. Sen pondría en vereda a sus rivales y se dispuso a gobernar, ya sin oposición, el charco de sangre en el que el siglo XX había transformado a Camboya.

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