
La violencia en América Latina lleva en su seno un inconfundible sello estadounidense. Todos los años, una oleada de armas ligeras y municiones parte de la potencia norteamericana para terminar alimentando el poder de grupos criminales. Washington arma indirectamente, al amparo de la Segunda Enmienda, a los mismos actores cuya política exterior pretende erradicar del hemisferio occidental.
El circuito atraviesa dos fronteras: la que separa el mercado legal estadounidense del tráfico clandestino y la que conecta ese tráfico con las disputas cr
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