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Europa fija exigencias maximalistas para negociar con Rusia

Kaja Kallas plantea una serie de exigencias maximalistas que Rusia debería aceptar para poder negociar una solución diplomática a la guerra en Ucrania junto a la Unión Europea.
Kaja Kallas plantea una serie de exigencias maximalistas que Rusia debería aceptar para poder negociar una solución diplomática a la guerra en Ucrania junto a la Unión Europea. Fuente: Depositphotos

La Alta Representante de la Unión Europea, Kaja Kallas, ha distribuido entre los Estados miembro un documento que detalla las concesiones que Rusia debería aceptar en el marco de las conversaciones diplomáticas en curso con Ucrania, mediadas por Estados Unidos. El texto, publicado por RFE/RL, reúne un paquete de demandas que abarca desde ajustes militares y retirada de tropas hasta reparaciones económicas y cambios políticos internos en Rusia.

El documento arranca con un primer capítulo titulado Rusia debe respetar la independencia, la soberanía y la integridad territorial de los Estados, cuyo planteamiento central es de simetría.

Si en las conversaciones se discute que Ucrania limite sus niveles de tropas o incluso se retire de determinadas zonas, Rusia debería aceptar condiciones equivalentes. Además, el texto exige que no haya reconocimiento jurídico de los territorios ucranianos ocupados y que esas áreas queden desmilitarizadas.

El segundo capítulo, Una Europa segura y estable, eleva el foco a la seguridad del continente. Entre sus exigencias figura que Rusia detenga campañas de desinformación, sabotaje, ciberataques, violaciones del espacio aéreo e interferencias en procesos electorales, tanto en territorio europeo como en países vecinos.

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Otro de los puntos incluidos establece que no haya armas nucleares rusas en Bielorrusia y plantea la prohibición de los despliegues militares rusos en Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Georgia y Armenia. El texto alude a la presencia histórica de tropas rusas en regiones separatistas bajo control de Moscú, como Abjasia, Osetia del Sur y Transnistria, además de bases en Armenia y Bielorrusia.

En materia de derecho internacional, el documento rechaza cualquier amnistía general por crímenes de guerra, reclama acceso para investigadores internacionales a lugares sospechosos de haber sido escenario de esos crímenes y exige que ninguna ley rusa se sitúe por encima de los tratados internacionales que recogen obligaciones asumidas por Moscú.

La cuestión de las reparaciones también ocupa un lugar destacado. El texto sostiene que Rusia debe compensar y contribuir a la reconstrucción de Ucrania, así como indemnizar por los daños causados a Estados y empresas europeas y por los perjuicios ecológicos provocados.

El documento menciona, además, que la Unión Europea ha congelado alrededor de 210.000 millones de euros en activos soberanos rusos, aunque hasta ahora no ha logrado acordar un método para confiscarlos legalmente o utilizarlos como instrumento para canalizar fondos hacia Ucrania. Sí ha canalizado, en cambio, los beneficios extraordinarios trimestrales generados por esos fondos.

La última parte del texto se adentra en el terreno interno ruso y plantea exigencias de democratización. Pide elecciones libres con observación internacional, la liberación de presos políticos, el retorno de civiles y niños deportados, libertad de prensa, derogación de la ley de "agentes extranjeros" y el fin de normas que criminalizan a la disidencia. También reclama cooperación plena en las investigaciones sobre los asesinatos de los opositores Alexéi Navalni y Borís Nemtsov.

Europa, sin palancas ni asiento en la mesa

La lista de demandas, tal como está formulada, tiene un carácter marcadamente maximalista. La debilidad principal no reside solo en el contenido, sino en el contexto político. La Unión Europea no está sentada, ni ha sido invitada, a la mesa de negociación con Rusia, mientras Estados Unidos actúa como mediador en las conversaciones con Ucrania.

En ese marco, el documento europeo pierde credibilidad como instrumento negociador: exige a Moscú la aceptación de condiciones que equivalen, en la práctica, a una rendición total en los planos militar, económico, jurídico e incluso político interno.

El texto refleja, además, una dificultad notable para reconocer la realidad del equilibrio de poder y de incentivos en la negociación. Europa no dispone hoy de herramientas coercitivas ni de capacidad de intercambio suficiente como para llevar a Rusia a aceptar una retirada regional integral, reparaciones amplias y una transformación política supervisada desde fuera.

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Plantear ese paquete como si fuera una base viable para un acuerdo solo contribuye a que la voz europea sea tomada menos en serio, tanto por Moscú como por Washington.

Todo apunta a que las conversaciones en curso difícilmente desembocarán en resultados a corto plazo. Las posiciones de ambos bandos siguen muy alejadas y Rusia continúa operando bajo la premisa de que el tiempo juega a su favor, con la expectativa de consolidar objetivos en el campo de batalla, donde percibe ventaja.

Cuando llegue un eventual alto el fuego, si llega, es altamente improbable que sus términos se parezcan al listado presentado por el equipo de Kaja Kallas. Y esa distancia entre aspiraciones declaradas y resultados plausibles proyecta una imagen poco favorable de la capacidad estratégica europea ante un asunto de primer orden para la seguridad del continente.

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