
El pasado 31 de agosto partimos en la Global Sumud Flotilla (GSF) desde el puerto de Barcelona como una misión civil internacional con el objetivo declarado de romper –al menos simbólicamente– el bloqueo marítimo que Israel impone sobre la Franja de Gaza y llevar ayuda humanitaria.
A bordo viajábamos una veintena de medios de comunicación acreditados, entre los que se encontraba Descifrando la Guerra. Tras un mes de navegación, formábamos un convoy de 45 embarcaciones –incluyendo dos barcos de observación internacional– y cerca de 500 participantes de 46 nacionalidades.
El último tramo de este periplo lo navegamos en solitario porque las unidades navales desplegadas inicialmente por Italia, Turquía y España se detuvieron a unas 150 millas náuticas de la costa de la Franja de Gaza y no escoltaron a los barcos hasta la zona próxima al enclave. Esa decisión anticipaba la más que previsible intercepción, una acción anunciada por las fuerzas israelíes y repetida en los más de 38 intentos previos contra otras flotillas.
Israel intercepta la Global Sumud Flotilla
Tras el conato de intercepción de la noche del 30 al 1 de octubre, cuando varios barcos de la armada israelí rodearon a los principales navíos de la flotilla, la jornada del 1 al 2 de octubre estaba marcada en el calendario.
Pasadas las 20:00 de la tarde –hora local palestina–, aparecieron en el radar de la Global Sumud Flotilla una docena de embarcaciones de gran tamaño no identificadas que se aproximaban a gran velocidad. La organización activó el protocolo, que consistía en que permaneciésemos en la cubierta del barco en posición pacífica, con las manos en alto y pasaportes en mano. Antes ya habíamos lanzado todos los objetos susceptibles de ser interpretados como “armas”, incluyendo cuchillos y otros utensilios de cocina.
El primer objetivo de la armada israelí fue el navío Alma, considerado el buque madre de la flotilla. Minutos después, el Sirius y el Adara –este último con 23 personas de 13 nacionalidades, incluyéndome a mí– fueron abordados por comandos armados que actuaron desde lanchas rápidas desplegadas por un navío militar de mayor porte.
El procedimiento combinó varios elementos tácticos: anulación de las comunicaciones VHF y satelitales, uso de chorros de agua y gases irritantes, y abordajes con grupos de quince a veinte soldados que nos encañonaron.
Las unidades desplegadas portaban fusiles de asalto y armas mortales que nunca fueron empleadas, ya que en todo momento mantuvimos una actitud pacífica. Tan pronto como los soldados entraron en el barco, los miembros de la Global Sumud Flotilla lanzamos los móviles y ordenadores que portábamos, siguiendo las indicaciones dadas por la organización, que advirtió que en anteriores ocasiones todos los dispositivos incautados por el ejército israelí derivaron en una sustracción masiva de información sensible.
La operación de intercepción se prolongó durante casi 10 horas, tiempo en el que las 45 embarcaciones fueron apresadas de manera secuencial. Los últimos barcos –pequeños veleros y embarcaciones a motor como el Florida o el All In– llegaron a situarse a tan solo 28 millas de la Franja de Gaza antes de ser neutralizados.
Una vez en el barco, el ejército israelí nos encañonó y procedió a cortar todas las comunicaciones con el exterior. Cámaras, GPS y sistemas de internet satelital fueron arrancados manualmente por los soldados, impidiendo que imágenes del abordaje circularan en tiempo real y reduciendo nuestra capacidad de documentar el trato recibido.

Una vez asegurados los barcos, los cerca de 500 participantes fuimos trasladados al puerto de Ashdod. Uno a uno fuimos inmovilizados y conducidos por miembros de la policía y el ejército a una zona diáfana de carga y descarga habilitada ad hoc para recibir a la flotilla.
Allí permanecimos varias horas; en mi caso cuatro. Sentados en filas, mirando hacia el suelo con las manos en alto. Todo bajo vigilancia armada y sometidos a amenazas e insultos. “Mira a otro lado, trozo de mierda”, me espetó un soldado por tratar de desviar la mirada. Las figuras más destacadas, incluyendo a la activista climática Greta Thunberg o los dos judíos antisionistas participantes, fueron separadas del grupo y obligadas a permanecer sentadas frente a banderas israelíes.
Ben Gvir y las fricciones dentro del gobierno
El tratamiento que recibimos reflejó una fractura visible dentro del propio gobierno israelí. El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, acudió personalmente al puerto de Ashdod. Allí, frente a cámaras y soldados, nos señaló y nos acusó de ser “terroristas” y de “apoyar el asesinato de niños judíos”. El gesto respondía a una lógica interna: reforzar el discurso del terror y presentarse como garante de la seguridad frente a su base electoral, compuesta por sectores ultranacionalistas y religiosos.
Sin embargo, otros segmentos del ejecutivo –particularmente dentro de la diplomacia y el aparato de seguridad– apostaban por un enfoque más pragmático. Su objetivo era procesarnos rápidamente y deportarnos, reduciendo al mínimo la exposición mediática y evitando tensiones mayores con gobiernos europeos o la comunidad internacional.
La visita de Ben-Gvir fue respondida con cánticos de “Free Palestine” y “Stop the genocide”, lo que provocó que las fuerzas israelíes golpeasen y separasen del grupo a varios activistas. Una de ellas fue lanzada contra verjas metálicas del recinto.
De Ashdod a la prisión de Kétziot
El paso al interior del puerto implicó un proceso burocrático diseñado para despojarnos de cualquier resquicio de dignidad. Cacheos reiterados, escáneres, confiscación de pertenencias –incluidos objetos personales, sustracción de varios efectos de valor y herramientas periodísticas– y la firma forzada de documentos en hebreo e inglés en los que se reconocía una “entrada ilegal a Israel” y la “deportación voluntaria” en 72 horas. La ausencia de asistencia consular y la llegada tardía de los abogados –forzada por el Estado sionista– reforzó nuestra sensación de indefensión.
Desde el puerto, fuimos trasladados en camiones penitenciarios hacia la prisión de Kétziot, en pleno desierto del Néguev. El trayecto, de varias horas, se realizó bajo temperaturas extremas, con el aire acondicionado forzado al mínimo y nosotros esposados con bridas a la espalda.
Esa primera experiencia resumía el trato que se repetiría en el centro penitenciario: una violencia física y psicológica calculada, con la suficiente intensidad para quebrar la resistencia pero sin cruzar líneas que permitieran acusaciones flagrantes de tortura.
La llegada a Kétziot, de madrugada, estuvo marcada por una primera “acogida” simbólica. Hombres y mujeres fuimos separados, los varones conducidos a una jaula metálica al aire libre, bajo la luz artificial de reflectores, antes de ser sometidos a un nuevo cacheo y al registro fotográfico como presos. A las mujeres se las destinó a un módulo donde un cartel en el patio las recibía con el lema “Bienvenidos a la nueva Gaza”, junto a una pintura del enclave palestino devastado.
La elección de Kétziot no fue arbitraria. Esta cárcel, erigida en los años ochenta, se convirtió en una de las principales infraestructuras de control israelí sobre la población palestina. En su época de mayor actividad, llegó a albergar miles de detenidos administrativos, en su mayoría jóvenes varones de Cisjordania y la Franja de Gaza, hasta el punto de que diversas fuentes palestinas sostienen que uno de cada cincuenta hombres palestinos pasó en algún momento por sus instalaciones durante esa década.
En 1995, como parte de los Acuerdos de Oslo, Kétziot fue cerrada, precisamente por ser un símbolo del aparato represivo israelí. Sin embargo, con la segunda intifada y el endurecimiento del sistema penitenciario, el centro fue reabierto y reforzado. En la actualidad, alberga a presos palestinos con largas sentencias de prisión y cadenas perpetuas, siendo el complejo penitenciario más grande del país, con capacidad para varios miles de reclusos.
Dentro de Kétziot, el trato que recibimos respondió a un patrón de violencia calibrada. De ahí que el hostigamiento combinara prácticas como la privación de sueño –con recuentos intempestivos a cualquier hora de la noche, acompañados de entradas violentas de comandos armados– y agresiones físicas de intensidad media: empujones, golpes en las costillas, tirones de pelo, escupitajos, encañonamientos con fusiles automáticos y punteros láser dirigidos deliberadamente a partes vitales. El tercer día de cautiverio se sumó a estas prácticas la emisión durante horas de vídeos propagandísticos de los ataques del 7 de octubre de 2023.
Los recuentos se realizaban varias veces al día, a menudo con soldados que entraban con perros y los utilizaban como amenaza. La asistencia sanitaria se reducía a una inspección formal, y quienes padecían enfermedades crónicas quedaban, en la práctica, sin tratamiento.

Los episodios más graves, como la falta de insulina para un detenido diabético de más de setenta años, provocaron protestas colectivas sofocadas con irrupciones violentas en las celdas, palizas selectivas y aislamiento de los participantes más activos. “No tenemos médicos para animales”, afirmó un guardia. A una presa mexicana con patologías cardiacas se le dijo que su reclamación “sería urgente cuando te deje de latir el corazón”.
El suministro de agua potable era inexistente: se nos obligaba a beber de grifos de los que manaba un líquido turbio con regusto metálico. La comida, escasa y en ocasiones caducada, fue rechazada por gran parte de los detenidos, que iniciamos huelgas de hambre en solidaridad con los presos palestinos y como medida de denuncia. La suma de estas prácticas –humillación, privación de necesidades básicas, violencia selectiva– configuraba un escenario diseñado para quebrar nuestra resistencia y provocar escenarios de posible escalada.
Durante todos los días de cautiverio nos fue negado el derecho a realizar llamadas a abogados o familiares. Tampoco los servicios consulares pudieron acceder en circunstancias de normalidad, según denunció el propio consulado español.
En el interior de Kétziot, las condiciones de reclusión estaban marcadas por el hacinamiento extremo. Cada pasillo albergaba dieciocho celdas, con literas de ocho plazas en espacios reducidos, pero donde en la práctica se amontonaban entre doce y quince personas por celda.
En el módulo de mujeres, la situación se agravaba por la prohibición de sacar la basura acumulada, lo que favorecía la presencia de cucarachas y hormigas en el suelo y las paredes. Aquella mezcla de insalubridad y sobrepoblación formaba parte de una dinámica de presión psicológica, diseñada para degradar la resistencia colectiva sin necesidad de una violencia explícita continuada.
El pabellón masculino estaba tapado de forma artificial, por lo que se carecía de luz natural, perdiéndose la noción del tiempo por la ausencia de relojes o referencias visuales.
Israel inicia la deportación
La deportación de los participantes de la Global Sumud Flotilla se ejecutó con una rapidez inusual que solo se explica por el intento de no asumir un mayor coste político internacional. Sin presencia de abogados ni asistencia consular en la mayoría de los casos, fuimos presionados a firmar documentos en hebreo e inglés en los que reconocíamos haber entrado ilegalmente en Israel y aceptábamos una deportación “voluntaria” en un plazo de 72 horas.
Italia, gracias a la buena relación del gobierno de Giorgia Meloni con Israel, consiguió una primera deportación masiva de la inmensa mayoría de sus connacionales. El proceso de expulsión se realizó por países, teniendo lugar primero los europeos. Los vuelos de deportación fueron realizados de forma forzosa con la misma ropa de recluso.
Este pequeño recopilatorio de violaciones de derechos humanos representa solo una parte del relato colectivo de torturas y trato degradante que durante todos estos días comienza a conocerse.
Es una muestra de lo que, a mucha mayor escala, sufre el pueblo palestino y en especial el de la Franja de Gaza. La detención por parte de Israel de una misión humanitaria en aguas internacionales, con 500 personas a bordo, ha tensado aún más las relaciones del Estado sionista con la comunidad internacional, justo cuando se cumplen dos años de la fase de genocidio contra la población del enclave palestino.
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