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Entre la cruzada y el faro: el dilema del liderazgo estadounidense

Las administraciones de Biden y Trump reflejan modelos distintos de liderazgo estadounidense que definen la política exterior del país.
Las administraciones de Biden y Trump reflejan modelos distintos de liderazgo estadounidense que definen la política exterior del país. Fuente: CC0 1.0

En el primer capítulo de su obra Diplomacia, Henry Kissinger identificaba dos formas contradictorias de liderazgo seguidas por las sucesivas administraciones estadounidenses en la política exterior: una como faro y otra como cruzado.

La primera hace referencia a esa vertiente aislacionista que trata de ejercer un liderazgo en el escenario global mediante el fortalecimiento interno; la segunda a cómo dichos valores obligan al Estado norteamericano a defenderlos interviniendo a lo ancho y largo del mundo. Es difícil pasar por alto esta dicotomía frente a los cambios derivados de la entrada de la nueva administración de la Casa Blanca a principios de 2025.

Incluso si nos circunscribimos a los eslóganes electorales empleados en las campañas que llevaron a ser presidentes a los dos candidatos podemos observar su encaje: el America Is Back –Joe Biden en 2020– y el America First –Donald Trump en 2024–. A pesar de que el cambio desde la cruzada al faro suponga la principal ruptura en la gobernanza global, es evidente que entre ambas administraciones también existen ciertas continuidades.

En este sentido es esencial diferenciar entre el plano discursivo y el estructural, con la intención de huir de análisis maniqueos contagiados por la resaca electoral en la que la percepción de antagonismo se ha extremado notoriamente.

El cambio en el liderazgo estadounidense

En el plano discursivo, la administración Biden adoptó una postura cercana al idealismo liberal en las relaciones internacionales, defendiendo un orden basado en reglas y rechazando la noción de un sistema internacional anárquico.

Se enfocó en promover los valores occidentales y tuvo una visión universalista, destacando la importancia del multilateralismo y la cooperación a través de instituciones supranacionales. Esta perspectiva refleja la "cruzada moral" de Kissinger, en la que se observa una clara división entre las democracias occidentales y las autocracias de las potencias emergentes, viendo el momento actual como un punto crítico en esa confrontación.  

Mediante su política exterior intentó reposicionar a Estados Unidos como líder global tras la retirada parcial de su predecesor, restaurando el compromiso con el orden internacional y sus aliados, especialmente en Europa. Este enfoque marcó un retorno al multilateralismo y a una política de alianzas.

Sin embargo, este reacomodo se dio en un contexto de creciente competencia entre grandes potencias, especialmente con Rusia y China, lo que obligó a la Casa Blanca a reconocer implícitamente un marco anárquico internacional, que trató de mitigar por medio de las instituciones globales. La política exterior de Biden, aunque centrada en el multilateralismo, también adoptó un enfoque pragmático y realista, utilizando herramientas como la ayuda exterior y reforzando alianzas militares –AUKUS, QUAD y OTAN– para proteger los intereses de Estados Unidos y asegurar su influencia.

Aunque es posible percibir una contradicción entre el discurso y las acciones reales, existe una conexión clara entre la competencia por el poder global y la rivalidad con actores considerados amenazas. Así, aunque los términos de esa rivalidad puedan variar, ambos aspectos se complementan en la práctica.

Para ampliar: Estados Unidos frente al monopolio chino de las tierras raras

Trump, por su parte, refleja fielmente la idea de aislacionismo relacionada con la visión del faro kissingeriana. El discurso de Trump es contradictorio y agresivo, lo que lo convierte en un líder impredecible, en parte debido a su uso estratégico del discurso con fines transaccionales. Parte desde parámetros cercanos al realismo ofensivo, asumiendo un contexto internacional anárquico y entendiendo que la política internacional se basa en alianzas temporales sin importar la coincidencia con sus valores civilizatorios.

Para él la máxima prioridad debe ser aumentar el poder relativo estadounidense como forma de disuasión, entendiendo que los recursos de los que dispone el Estado orteamericano son más limitados de lo que creía su predecesor. En este sentido, las instituciones internacionales son entendidas como un lastre para la consecución de sus intereses, por lo que se aboga por una vuelta al bilateralismo con la intención de reducir sus compromisos y aumentar su margen de actuación.

De esta forma, el discurso trumpista enfatiza un desalineamiento entre la política exterior de sus predecesores y los intereses nacionales estadounidenses, ligada a una visión perniciosa de la globalización, frente a la que propone un repliegue parcial.

Las actuaciones llevadas a cabo por Trump durante los primeros meses de su segundo mandato confirman ciertas rupturas importantes. Como en su primer mandato, la administración ha reflejado la idea de que Estados Unidos no puede garantizar el orden internacional existente iniciando una retirada de los escenarios que no se conciben como prioritarios en cuanto a los intereses directos del país, así como de ciertos organismos multilaterales.

Aunque es previsible un mayor retraimiento de ciertos organismos de gobernanza global, es evidente que Trump intentará instrumentalizar algunos de ellos en la búsqueda de sus objetivos, lo que difiere de la beligerancia de su discurso frente a los mismos. Este retraimiento está ligado a una vuelta a la política transaccional, empleando medios realistas de forma más acuciada e indiscriminada que su predecesor.

El inicio de las negociaciones en Ucrania es el fiel reflejo del fin de la cruzada estadounidense y el establecimiento de prioridades más claras en las que concentrar sus fuerzas, especialmente frente al desafío que supone el ascenso de China. 

La sombra de la cruz

A pesar de las diferencias en los enfoques de Biden y Trump, existen tres continuidades clave en la política exterior de Estados Unidos que reflejan tradiciones persistentes, aunque con ciertas adaptaciones tácticas. En primer lugar, asistimos a una reconfiguración del concepto del destino manifiesto, en la que la idea de civilizar al mundo expandiendo los valores occidentales por parte de Biden se reorienta a la concepción del dominio sobre América del Norte bajo Trump, como se deduce del discurso expansionista hacia Canadá y Groenlandia.

En segundo lugar, la idea de la Doctrina Monroe está presente en ambas administraciones, aunque en la nueva adopte un carácter más confrontacional en base a su política transaccional, bien reflejada por la actitud del nuevo secretario de Estado frente a los países del continente americano.

Para ampliar: La política exterior de Estados Unidos: imperialismo y Doctrina Monroe

Por último, a pesar de pivotar hacia Rusia dejando a un lado a Europa, el acercamiento de Trump puede entenderse como una continuidad en la idea implícita en el concepto del corazón continental expuesta por Mackinder hace más de un siglo, consciente del riesgo que supondría las potencialidades que se desprenden de una alianza entre centroeuropa y Rusia.

Aunque pueda parecer paradójico, en este sentido, se puede observar una continuidad estratégica en la enorme ruptura que suponen los inicios de negociaciones con Rusia, asumiendo la derrota ucraniana en la contienda

Otra clara continuidad es la identificación de China como principal competidor estratégico, así como los desafíos que se derivan de la emergencia del gigante asiático. En su vertiente económica, la necesidad de reindustrializar el país para mejorar la competitividad manufacturera norteamericana y evitar los riesgos asociados a la fragmentación productiva internacional han estado presentes en la política económica de Biden, cuyo caso paradigmático fue la aprobación de la Chips Act (2023), que trataba de reducir la dependencia exterior de los semiconductores críticos.

La política exterior de Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump guarda reminiscencias tanto de la Doctrina Monroe como del enfoque geoestratégico de Theodore Roosevelt.
La política exterior de Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump guarda reminiscencias tanto de la Doctrina Monroe como del enfoque geoestratégico de Theodore Roosevelt. Fuente: U.S. Southern Comman

A su vez, los intentos por relocalizar en suelo nacional ciertos sectores manufactureros, especialmente de alto valor añadido, ha sido una línea a seguir desde el primer mandato de Trump, a pesar de que la administración Biden haya empleado medios diferentes para su consecución. La introducción de nuevas medidas arancelarias por parte del republicano giran en torno a este eje, y seguirá siendo una de las máximas prioridades en esta legislatura.

Por otro lado, en su vertiente política, a pesar de las diferencias frente al primer Trump, el impulso a la proyección hacia Asia-Pacífico ha sido una realidad durante el mandato de Biden. Aunque la vuelta a un tono confrontacional, a la restauración de medios más agresivos de guerra económica y a la política transaccional de Trump son previsibles, todo parece indicar que la región constituirá una prioridad de la nueva administración.

La luz tenue del faro

El cambio de liderazgo estadounidense, a pesar de encontrar un precedente durante el primer mandato de Trump, supone una fractura histórica con la proyección exterior que se venía implementado en Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría. La concepción negativa de la globalización contemporánea plantea la necesidad de realizar un repliegue concebido como necesario para revertir las dinámicas de la economía mundial. Lo que supone la asunción, desde Washington, del fin de la era estadounidense. 

A pesar de la seguridad que muestra la administración Trump respecto del camino a seguir, desde fuera existe cierto escepticismo respecto a si los medios empleados pueden ser contraproducentes con los fines que se proponen alcanzar.

El regreso de una política arancelaria agresiva, en un contexto de fragmentación productiva internacional y sin una política industrial coherente, podría agravar las contradicciones que enfrenta la economía estadounidense, impulsada principalmente por el consumo interno –situado generalmente cerca del 70% del PIB– y sostenido por el papel hegemónico del dólar como moneda internacional.

Para ampliar: Estados Unidos abandona el orden liberal

Con unas medidas parecidas a las que se proponen, el primer mandato de Trump no fue capaz de redirigir el proceso de acumulación interno. Con una inversión estancada estructuralmente y unos costes laborales unitarios elevados, es complicado encontrar la forma de una relocalización de las actividades productivas de los capitales estadounidenses en suelo nacional, especialmente en aquellas de alto valor añadido. 

Por otro lado, el abandono de ciertos escenarios puede hacer a Estados Unidos un actor poco fiable, debido a los últimos virajes derivados de sus resultados electorales. A su vez, el abandono de ciertos escenarios puede ocasionar el surgimiento de nuevos actores estratégicos con la potencialidad de ser rivales estratégicos de Washington en el medio plazo, como en el caso de Unión Europea.

El momento histórico que presenciamos debe llevar a la nueva administración a medir de forma cautelosa sus medidas para evitarse problemas en el futuro, ya que la forma en la que se lleve a cabo este repliegue puede tener consecuencias inesperadas. Solo el tiempo, con su implacable habilidad para dictar sentencia, podrá determinar si el faro aún tiene luz para brillar, o si queda fe para emprender nuevas cruzadas.

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