
En las últimas semanas, los cinco Estados que conforman Asia Central –Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán, Tayikistán y Turkmenistán– han intensificado sus vínculos con la Unión Europea, tanto a nivel político como económico, elevando esta relación al nivel de “asociación estratégica” y posicionándose en contra de la invasión que realizó Turquía en el norte de Chipre en 1974.
Los días 3 y 4 de abril se celebró en Samarcanda, Uzbekistán, la Primera Cumbre UE-Asia Central. Durante el encuentro no solo se abordaron cuestiones de comercio e inversión –Bruselas ha prometido 12.000 millones de euros en inversiones para la región–, sino que también adquirió una relevancia geopolítica significativa.
Asia Central respalda la posición europea sobre Chipre.
La cumbre trajo consigo una noticia inesperada para Turquía: en el punto cuatro de la Declaración Conjunta publicada al final del evento, los Estados de Asia Central expresan su apoyo formal a las resoluciones 541 (1983) y 550 (1984) del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, las cuales condenan la invasión turca y la proclamación de la República Turca del Norte de Chipre (RTNC).
Esta decisión llega después de que, entre diciembre de 2024 y finales de marzo de 2025, justo antes de la celebración de la cumbre con la Unión Europea, Uzbekistán, Kazajistán y Turkmenistán establecieran relaciones diplomáticas con la República de Chipre. Kazajistán abrió una nueva embajada en Nicosia, mientras que Uzbekistán y Turkmenistán acreditaron a sus respectivos embajadores en Italia como representantes ante Chipre.
De los cinco países centroasiáticos, Kazajistán, Uzbekistán y Kirguistán son miembros de pleno derecho de la Organización de Estados Túrquicos (OET), órgano creado para fomentar la cooperación entre Estados de lengua y cultura túrquicas. Por su parte, Turkmenistán tiene estatus de observador, mientras que Tayikistán, de cultura y lengua iraní, se ha mantenido al margen de la institución, aunque no puede evitar verse afectado por las dinámicas regionales.
Turquía, como miembro fundador de la OET, es también el actor con mayor peso económico e influencia cultural, liderando simbólicamente el mundo túrquico y mostrando un interés comercial creciente en la región. Un ejemplo claro de este interés son los extensos yacimientos de gas de Turkmenistán, incluyendo el segundo más grande del mundo, Galkynysh, solo superado por el de South Pars, en Irán.
Aunque actualmente las importaciones de gas turcomano por parte de Turquía son mínimas, se espera que el yacimiento de Galkynysh juegue un papel clave cuando se desarrolle el gasoducto transcaspiano, que conectaría Turkmenistán con Azerbaiyán, y desde allí con Georgia y Turquía, convirtiendo a esta última en distribuidor del gas hacia Europa.
Revés diplomático para Turquia
En este contexto, la OET representa el escenario en el que Ankara intenta concretar su visión de un mundo túrquico cohesionado y cooperativo. Sin embargo, los acontecimientos recientes han puesto de manifiesto que las prioridades diplomáticas de los Estados miembros y observadores son diversas y no siempre coinciden con las de Ankara.
En las últimas semanas, los países de Asia Central han demostrado que pueden actuar de forma autónoma, sin necesidad de la intervención ni de Turquía, ni de otras potencias con intereses en la región, como Rusia, el principal actor histórico, o China, que intenta consolidar su presencia en los últimos años. Un ejemplo lo encontramos en el primer Congreso Trilateral celebrado el 31 de marzo entre Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán, en el que se firmó un tratado para delimitar las fronteras entre los tres Estados, poniendo fin a disputas de larga duración.
Este acercamiento a Bruselas puede interpretarse como un gesto conjunto para equilibrar sus relaciones con las distintas potencias interesadas en Asia Central. Aunque Rusia y China seguirán teniendo una influencia considerable sobre estos países, la apertura hacia la Unión Europea indica una voluntad de evitar una dependencia excesiva y de preservar cierta autonomía estratégica.
En este nuevo escenario, Turquía aparece como la gran damnificada. Ha recibido un revés diplomático inesperado, especialmente si se tiene en cuenta que Ankara impulsó la admisión de la República Turca del Norte de Chipre en la OET en 2022 y que lleva tiempo intentando que los demás miembros reconozcan formalmente a esta entidad, reconocida únicamente por Turquía.
No obstante, los cinco Estados han actuado con cautela, conscientes de que dicho reconocimiento provocaría un conflicto frontal con la Unión Europea, que asume plenamente la posición de Grecia y de la República de Chipre sobre la unidad territorial de la isla. Cabe destacar que, pese a este revés, Turquía aún no ha emitido una respuesta oficial. En un momento en que Ankara busca mejorar sus deterioradas relaciones con Bruselas, parece que el gobierno prefiere contenerse y evitar una escalada del conflicto.
Quien sí se ha pronunciado ha sido Ersin Tatar, presidente de la autoproclamada RTNC. El 17 de abril, en una reunión con representantes de la Asociación de Agencias de Viaje de Turquía (TÜRSAB), Tatar instó a los Estados túrquicos a actuar con precaución. Aunque reconoció que el acercamiento a Bruselas es comprensible debido a los importantes intereses económicos compartidos, afirmó que “la Unión Europea, que antes mostraba poco interés por la región, ahora está cerrando acuerdos. Eso genera interrogantes”.
Apelando a la solidaridad túrquica, Tatar expresó que “la RTNC valora la relación creciente con Estados como Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán y Turkmenistán”, y reafirmó su posición a favor de una solución de dos Estados en Chipre. También manifestó la esperanza de que se extienda la misma apertura diplomática hacia la República Turcochipriota que la mostrada hacia la Grecochipriota.
En sus declaraciones, Tatar llegó a preguntar: “¿Saben lo que significan realmente estos artículos y las consecuencias que pueden tener?”, en referencia a las resoluciones 541 y 550 del Consejo de Seguridad de la ONU, que condenan como ilegal la existencia de la RTNC.
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