
Aunque el conflicto en la región senegalesa de Casamance se considera congelado desde hace años, sigue resurgiendo periódicamente en la actualidad informativa. Esta vez, la noticia es la firma de un acuerdo de paz entre el gobierno de Senegal y uno de los principales grupos armados, el Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC). El pacto se produjo en la vecina Guinea-Bisáu y contó con la presencia tanto del primer ministro senegalés, Ousmane Sonko, como del presidente guineano, Umaro Sissoko Embaló.
Si bien los detalles del acuerdo no se han hecho públicos, algunos analistas señalan el indulto presidencial a los combatientes encarcelados como uno de sus puntos principales. Sin embargo, es importante señalar que en el proceso no han participado muchas de las facciones que operan en la región, siendo especialmente relevante la liderada por Salif Sadio.
Esta facción mantiene una relación muy tensa con el grupo firmante, encabezado por César Atoute Badiate, y su no inclusión hace suponer que el conflicto está lejos de resolverse. Ambas corrientes llevan tiempo enfrentadas entre las más proclives a las negociaciones y las partidarias de continuar la lucha armada. En este contexto, la segunda acusa repetidamente al gobierno senegalés de “escoger a sus interlocutores” de forma premeditada.
En la región de Casamance viven cerca de dos millones de personas y, excepto por su extremo oriental, se encuentra separada del resto del país por Gambia, lo que implica un sentimiento de aislamiento y olvido entre su población por parte de un gobierno situado en el norte.
Asimismo, la inmensa mayoría de su población pertenece al grupo étnico diola y practican el cristianismo y otras religiones ancestrales, mientras que en el resto del país predomina la población musulmana y la comunidad wolof ha monopolizado gran parte del aparato estatal desde la independencia. A esto se suma una menor inversión en infraestructura y desarrollo por parte del Estado, así como la extracción de sus recursos para el beneficio de las élites del norte y países extranjeros.
Contexto del conflicto entre Senegal y Casamance
A pesar de que las reivindicaciones separatistas se remontan a la misma independencia de Senegal de la metrópoli francesa, la brutal represión de una manifestación en la capital regional, Ziguinchor, en 1982, supuso la ruptura entre el gobierno central y la población de Casamance. Ese mismo año se creó el MFDC como movimiento político y, poco después, declararon el inicio de la lucha armada contra el Estado senegalés.
Desde entonces, se calcula que el conflicto habría causado la muerte de hasta 5.000 personas y unas 60.000 se habrían visto obligadas a abandonar sus hogares. En los momentos más virulentos en la década de los noventa, países como Gambia o Guinea-Bisáu dieron apoyo a la insurgencia del MFDC, mientras que Francia apoyó fervientemente a Dakar.
Tras diversos intentos fallidos de alto el fuego y frecuentes acuerdos con facciones concretas dentro del grupo, el conflicto puede considerarse en la actualidad como de baja intensidad. No obstante, la llegada de un nuevo gobierno a Dakar a principios de 2024 parece haber cambiado el enfoque para su resolución, poniendo el énfasis en el desarrollo económico de la región.
Cabe destacar que el actual primer ministro senegalés fue durante un tiempo alcalde de Ziguinchor. Al poco de anunciarse el acuerdo con la facción del MFDC, el mismo Sonko informó de los avances el conocido como “Plan Faye para Casamance”, una ambiciosa iniciativa de desarrollo para la región que incluye la movilización de fondos para proyectos hidráulicos, el emprendimiento agrícola, la vivienda, la educación o el turismo.
“Este acuerdo histórico marca un giro decisivo para nuestra nación”, declaró el presidente Bassirou Diomaye Faye, quien reafirmó su compromiso con “establecer una paz duradera”. Sin embargo, la rivalidad entre las distintas facciones armadas de Casamance indica que el final de uno de los conflictos territoriales más prolongados del continente aún está lejos. Más aun cuando la región sigue siendo víctima de la marginación económica o del saqueo de recursos naturales. Un ejemplo de ellos es la madera, cuyo flujo diario hacia China a través de Gambia ha provocado un grave problema de desertificación.
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