
La noche del 11 de diciembre, el presidente somalí, Hassan Sheik Mohamud y el primer ministro etíope, Abiy Ahmed, aparecían en una sala de prensa de Ankara flanqueados por el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan. El motivo era el anuncio de un acuerdo para superar las graves disputas que los dos países del Cuerno de África han mantenido durante todo 2024. En su declaración conjunta, se comprometen a “renunciar a las diferencias y las cuestiones polémicas y avanzar de forma cooperativa en la búsqueda de una prosperidad compartida”. En palabras de Erdogan, se trata de una “reconciliación histórica”.
Este entendimiento de mínimos busca evitar que las tensiones entre ambos puedan acabar derivando en un conflicto armado, emplazándose a iniciar conversaciones técnicas no más allá de febrero de 2025 y a acordar una solución definitiva en un plazo de cuatro meses.
Las claves del acuerdo Etiopía - Somalia
En el centro de la disputa se encuentra el Memorándum de Entendimiento que Etiopía firmó el 1 de enero de 2024 con Somalilandia, un territorio independiente de facto que la comunidad internacional reconoce como parte de Somalia. En virtud del acuerdo, Somalilandia debía conceder el arrendamiento a Adís Abeba de una franja costera de 20 kilómetros durante 50 años, cuyo uso podría ser tanto militar como comercial. La contrapartida debería ser el reconocimiento de Somalilandia como Estado soberano.
El texto elaborado en Ankara hace referencia a que ambos mandatarios se comprometen a respetar “la soberanía, unidad, independencia e integridad territorial” del otro. Sin embargo, no menciona explícitamente el acuerdo entre Adís Abeba y Hargeisa, lo que ha avivado las especulaciones. La agencia oficial de noticias etíope tuiteó, y luego borró, que Etiopía conseguía mantener su asociación con Somalilandia. De hecho, según han señalado fuentes presentes en las negociaciones, la delegación etíope se resistió mucho a incluir los términos “integridad territorial”.
Uno de los puntos más relevantes de la declaración es el compromiso a llegar a tratados comerciales “mutuamente ventajosos”, los cuales deben garantizar un “acceso confiable, seguro y sostenible” de Etiopía al mar “bajo la autoridad soberana de la República Federal de Somalia”. Abiy Ahmed ha calificado en diversas ocasiones que el acceso al mar es una “cuestión vital” para el país, ya que, desde la independencia de Eritrea en 1993, ha sido extremadamente dependiente de Yibuti para las importaciones y exportaciones.
El éxito del acuerdo debe pasar por ofrecer a Etiopía unas mejores condiciones que las brindadas por Yibuti o Somalilandia, ambos situados en una posición más estratégica por su control sobre el estrecho de Bab el Mandeb, al tiempo que Etiopía debería renunciar a la construcción de una base naval.
Al día siguiente de la cumbre organizada en Turquía, se producía la toma de posesión del nuevo presidente de Somalilandia, Abdirahman Mohamed Abdulahi “Cirro”, quien durante la campaña electoral se mostró partidario de renegociar los términos del acuerdo con Etiopía. Durante su discurso, optó por no referirse al texto firmado en Ankara, pero reiteró su firme compromiso en la búsqueda de reconocimiento internacional y aseguró que “no rogarán por lo que es legítimo”.
A su investidura acudieron representantes de países como Estados Unidos o Reino Unido, quienes elogiaron el sistema electoral y la estabilidad de Somalilandia. En las últimas semanas, se han acrecentado los rumores de que la administración Trump estaría dispuesta a dar el paso de reconocer oficialmente a Hargeisa, lo que vendría acompañado de una base militar israelí. De este modo, la búsqueda del reconocimiento etíope podría perder relevancia para el nuevo gobierno somalilandés.
Turquía, la gran ganadora
Otro de los aspectos más ambiguos del acuerdo es la permanencia de las tropas etíopes en Somalia en el marco de la Misión de Transición de la Unión Africana en Somalia, que debería llegar a su fin el 1 de enero de 2025 y ser sustituidas por una nueva misión liderada por tropas egipcias. En la declaración, Somalia “reconoce los sacrificios de los soldados etíopes”, pero no hace ninguna aclaración sobre su destino.
Hasta ahora, Etiopía se ha negado a abandonar el país, e incluso Somalia le ha acusado de estar enviando armamento al gobierno de Jubalandia. Este estado somalí dejó de reconocer recientemente la autoridad de Mogadiscio, lo que provocó enfrentamientos armados la misma mañana en que se firmó el acuerdo.
Dentro de Somalia, el acuerdo ha sido fuertemente criticado por gran parte de la oposición. El ex primer ministro Hassan Ali Khaire lo calificó de “profundamente lamentable”, reprochando que se iniciaran negociaciones sin que Etiopía renunciara previamente al memorándum firmado con Somalilandia.
Por su parte, el grupo insurgente yihadista Al Shabab rechazó el texto y acusó al presidente somalí de firmar un “acuerdo idéntico” al que Etiopía estableció con Somalilandia, calificando a Adís Abeba de “fuerza hostil que busca dominar Somalia”. Al Shabab continúa controlando amplias zonas del país, lo que, sumado a la ruptura de Puntlandia y Jubalandia con el gobierno central y a la inestabilidad prácticamente ininterrumpida desde 1991, convierte el entendimiento con Etiopía en un alivio para el gobierno somalí, que difícilmente podría enfrentar tantos frentes a la vez.
Asimismo, también es importante señalar el enorme éxito diplomático que supone para Turquía. Gobiernos y organizaciones de todo el mundo se afanaron en felicitar a Erdogan por la consecución de un acuerdo que él mismo calificó de “un nuevo comienzo basado en la paz y la cooperación entre Etiopía y Somalia".
De este modo, Ankara refuerza su influencia en el Cuerno de África, donde mantiene buenas relaciones con ambos países. Mientras que los drones turcos apoyaron a Adís Abeba durante la guerra en Tigray, la administración de Erdogan también supo aprovechar las disputas entre Somalia y Etiopía para alcanzar un entendimiento con Mogadiscio, por el que Turquía se hace cargo de la seguridad marítima y obtiene una parte significativa de los beneficios económicos de sus aguas.
Aunque el acuerdo representa un importante logro para reducir tensiones, su ambigüedad y falta de compromisos específicos obligan a mantenerse atentos a su evolución.
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