
Uno de los motivos por los que Emmanuel Macron rechazó a la candidata de la coalición de izquierdas, Lucie Castets, fue para preservar una “estabilidad institucional” en Francia. Cuatro meses después del nombramiento del republicano Michel Barnier, parece que el presidente francés estaba equivocado. El primer ministro y su gobierno han caído en una moción de censura que el propio Michel Barnier ha provocado. 331 diputados –289 constituyen la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional– han rechazado no solo a su gobierno, si no a la Ley de Financiamiento de la Seguridad Social para 2025.
Quizás la audacia, o quizás un hundimiento anunciado, hicieron que el jefe del gobierno activara el mecanismo del artículo 49.3 de la Constitución de 1958, un procedimiento que está pensado para momentos de bloqueo del poder legislativo. Pero el riesgo que implica es lo que ha acabado sucediendo: por primera vez en la historia de la Quinta República, un 49.3 lleva a una moción de censura victoriosa.
La fragilidad de Barnier
Una vez pasadas las elecciones a la Asamblea Nacional el pasado verano, el presidente llamó a la “tregua olímpica”. El gobierno saliente aguantó en funciones durante 51 días. Presionado por la izquierda, Macron no quería nombrar a la candidata presentada por el Nuevo Frente Popular (NFP), la primera fuerza en la cámara baja.
Y así aguantó hasta septiembre, cuando, por sorpresa, nombró al miembro de Los Republicanos, Michel Barnier, como primer ministro a pesar de que su partido obtuvo a penas un 5% de los votos emitidos en los comicios. Y si el principal acometido que debía gestionar el gobierno eran las cuentas para 2025, este ha fracasado estrepitosamente. Pero no son los únicos responsables.
El lunes 2 de diciembre, tras la activación del artículo 49.3 por parte de Barnier, Marine Le Pen ofreció una rueda de prensa para anunciar que su partido respaldaría la moción de censura presentada por la izquierda. Asimismo, informó que su formación también presentaría una moción propia, que no sería sometida a votación en caso de que prosperara la iniciativa de la izquierda.
En dichas declaraciones, Le Pen afirmó que la decisión de votar favorablemente a una hipotética moción de censura se decidió dos horas antes de la confirmación de esta. Y así lo ha cumplido. La líder de Reagrupamiento Nacional consideraba los presupuestos como "injustos para los franceses", al mismo tiempo que aseguraba que su postura había cambiado en discusiones con el gobierno.
En los días anteriores, RN estaba en plenas negociaciones para aprobar los presupuestos de la Seguridad Social. El gobierno cedió, primero a revalorizar las pensiones de cara al próximo ejercicio. Después a revertir la reducción o exclusión de ciertos medicamentos del sistema de reembolso de la Seguridad Social. Pero no era suficiente.
Le Pen, un día antes de la activación del 49.3, exigía que las pensiones se actualicen a la misma ratio que el índice de precios al consumidor (IPC). Y, aunque el ejecutivo estaba dispuesto a subirlas, hacerlo conforme al IPC resultaba un coste demasiado alto. El gobierno dijo basta. Era hora de activar el comodín nuclear, de nuevo: el artículo 49.3 de la Constitución.
Las negociaciones infructuosas
Según recoge Le Point, Marine Le Pen estuvo en contacto con el primer ministro hasta poco antes de la sesión parlamentaria. Cuando el gobierno y los jefes de filas tomaron la decisión de ir adelante con el 49.3, Le Pen llamó a Barnier para ofrecerle en último momento la indexación de las pensiones al IPC. Tras finalizar la conversación, el gobierno concluyó que no podía continuar cediendo, al considerar que ya había hecho suficientes concesiones a las demandas del RN. Ir más lejos resultaba imposible, y tal vez Le Pen era consciente de ello.
Aunque persisten varias incógnitas, lo que sí está claro es que la caída del gabinete francés beneficia a RN. El partido de extrema derecha ha logrado que este fracaso no solo se atribuya a Barnier, sino también a Macron.
Por un lado, el efímero ejecutivo no ha conseguido aprobar algo tan básico como unos presupuestos. Se le escenifica como un gobierno impotente que no es capaz de dialogar con una oposición que pide "medidas sociales". Por otro lado, la oposición puede señalar a Macron como el responsable de que a menos de un mes para 2025 el país siga sin presupuestos. Fue él quien disolvió el parlamento y fue él quien nombró a un primer ministro que ha podido garantizar la estabilidad política.
Cabe recordar que, para la formación de Le Pen, la decisión de convocar elecciones hizo perder el momentum a un RN que salía victorioso de las europeas, alejándolo del gobierno que creía que podía alcanzar. De alguna manera, RN está haciendo pagar a Macron su decisión de disolver las cortes. Porque el foco de todo vuelve a ser el presidente. Se lo responsabiliza por sus acciones, y parece que "pedir su cabeza" es una idea que se va normalizando.
La presidencia, la última opción
En el seno del partido de Barnier también hay discrepancias. Jean-François Copé, alcalde de Maux –localidad ubicada en el departamento de Nièvre– y miembro de Los Republicanos, considera que la salida a esta acreciente crisis es la convocatoria adelantada de elecciones presidenciales. Y no es raro pensarlo. Nombre a quien nombre el presidente, con una Asamblea Nacional fragmentada, el ciclo de inestabilidad puede ir creciendo. De nada sirve designar a un primer ministro incapaz de gobernar.
Marine Le Pen, en sus declaraciones el lunes, lo expuso de forma precisa. En este escenario, Macron tiene tres posibilidades: el cambio de primer ministro –lo cual no parece muy viable viendo la aritmética parlamentaria–, disolver la Asamblea Nacional –pero como ya lo hizo este año, la Constitución le obliga a esperar hasta junio de 2025–, o dimitir.
Esta última opción se veía poco probable hace un año. El presidente se mostraba impasible ante las protestas y disturbios contra su reforma de las pensiones, asegurando que él tiene “contrato temporal hasta 2027”. Macron aseguraba que se quedaría hasta el fin de su mandato. Pero con la disolución de la Asamblea Nacional, pilló a su partido por sorpresa. Y el apoyo unánime que rodeaba al dirigente galo empezó a resquebrajarse.
Dentro de sus propias filas surgieron críticas, y algunos le pidieron que se apartara de la campaña electoral para no hacer más daño a su partido. El presidente empezó a aislarse y a ser una carga más que un activo. Macron se convirtió en un problema para el macronismo. Aunque dentro de su formación no hay voces que exijan su retirada, al menos por ahora, en el resto de las organizaciones políticas la dimisión comienza a perfilarse como una salida cada vez más plausible para resolver la crisis del régimen.
Poca unidad en la coalición de izquierdas
En La Francia Insumisa (LFI) hace tiempo que se habla no solo de dimisión, sino de destitución. Hace unos meses, LFI presentaba una moción de destitución del presidente, pero con poco éxito. Si bien es una medida posible, requiere de unas mayorías y unos procedimientos poco probables de conseguir. No obstante, ante la invocación del 49.3 por parte del primer ministro, Jean-Luc Melenchón repetía su posición.
El presidente ha preferido dialogar con la extrema derecha antes que ver a la izquierda parlamentaria como aliada en una Asamblea Nacional fracturada. Por ello, en LFI ven a Macron como responsable de los problemas que los siete últimos años han adolecido el país.

En otro partido de la izquierda, la dimisión del gobierno –forzada por la moción de censura– abre la vía al sector derechista del Partido Socialista. El verano pasado, el Nuevo Frente Popular presentaba a una sola candidata como primera ministra. Pero el nombre de Lucie Castets ya no obtiene un aprobado general. Figuras como las del expresidente François Hollande, contrarrestan a Olvier Faure, secretario general del PS, en descartar a la candidata salida de la coalición.
El PS tiene su congreso general en primavera de 2025. Y la línea que salga victoriosa marcará el avenir de la coalición que, igual que la anterior, puede disolverse por sus desavenencias con La Francia Insumisa.
Lo que está claro es que Hollande, reaparecido en las últimas elecciones, considera que Melenchón no pasaría a la segunda vuelta en unas presidenciales, así que una coalición con LFI no parece que será posible en caso de que su línea política gane en el seno del Partido Socialista. Y con esta idea juega el otro lado del tablero, pues, en Reagrupamiento Nacional, las circunstancias pueden dejar al partido en una posición más favorable.
El peso de ser presidente (o presidenta) en Francia
Como mencionábamos hace unas semanas, Marine Le Pen está sentada en el banquillo ante el Tribunal Correccional de París, acusada de desvío de fondos. La fiscalía ha pedido su encarcelamiento y, en especial, su inhabilitación con ejecución inmediata. Para Le Pen, una inhabilitación de 5 años implica renunciar a su gran oportunidad de convertirse en presidenta en 2027. En este contexto, un avance de las elecciones presidenciales es su único bote salvavidas si la sentencia del Tribunal de Paris no juega en su favor el 31 de marzo de 2025.
Según publicó Mediapart, "[entre las pruebas se encuentra] un correo del eurodiputado Jean-Luc Schaffhauser que mostraba su preocupación por posibles empleos ficticios al tesorero del [entonces] Frente Nacional, el cual le respondía: 'Marine lo sabe todo'". Las pruebas que pesan contra Le Pen son importantes y su única salida puede ser la inmunidad que le otorga el cargo de presidenta, como sostiene el artículo 67 de la Constitución.
Aunque parezca inverosímil, en un contexto donde las decisiones de Macron han generado inestabilidad política y no hay un sucesor claro a la vista, la dimisión del jefe de Estado podría convertirse en la única salida de Le Pen para evitar la prisión y la inhabilitación como candidata en 2027. Más allá de las especulaciones, la renuncia de Macron se perfila como una opción cada vez más plausible, respaldada además por un precedente histórico.
En 1969, Charles de Gaulle decidió dimitir como presidente para apaciguar el descontento social, cristalizado con las protestas del Mayo del 68. El dirigente galo decidió salvar la república que él mismo había diseñado y que apenas contaba con poco más de 10 años a cambio de su propia cabeza. Y funcionó.
En la actualidad, Macron se encuentra cada vez más en la misma tesitura. El régimen de la Quinta República está en crisis. Las instituciones tienen un comportamiento cada vez más anómalo, y parte de ello es por el uso de prerrogativas constitucionales “excepcionales” como herramientas políticas comunes por parte del Jefe de Estado.
El año y medio de mandato restante, con la actual aritmética parlamentaria, apunta a que traerá consigo más inestabilidad. Y el presidente se va quedando más corto de comodines. Y en última instancia, siguiendo los pasos de sus antecesores, si nada funciona, deberá conceder su dimisión, antes que sea demasiado tarde. Aceptar la derrota como hizo de Gaulle en 1969.
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