
Hasta el 1 de octubre de 2024, la actitud de la República Islámica de Irán reflejaba una clara intención de evitar una escalada del conflicto con Israel, marcada, entre otros factores, por la postura más moderada y conciliadora del nuevo presidente, Masoud Pezeshkian. Esta disposición hacia la moderación permitió que el gobierno israelí continuara tensando los límites sin encontrar una reacción inmediata y firme.
Sin embargo, esta situación llegó a su fin cuando, en medio de diferencias internas entre el ala más radical y la más reformista del gobierno iraní –que ganó las últimas elecciones presidenciales, celebradas en junio de 2024–, el gran ayatolá Ali Khamenei decidió ejercer sus competencias en asuntos exteriores y dar la orden de responder de manera contundente.
Con el lanzamiento de aproximadamente 180 misiles balísticos, Teherán buscaba responder no solo a los múltiples ataques israelíes sobre la Franja de Gaza y Líbano, sino también vengar la muerte de Hasán Nasralá, ex secretario general de Hezbolá; del líder de Hamás, Ismail Haniyeh; y del comandante del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC), Abbas Nilforoushan. Aun así, Pezeshkian expresó que Irán no buscaba la guerra y, por ello, los misiles tenían como objetivos bases militares y de seguridad israelíes y no civiles.
Según fuentes de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), su ingeniería militar, junto con el apoyo estadounidense, logró interceptar la mayoría de los proyectiles. De hecho, el portavoz de las FDI afirmó que, si bien la base aérea de Nevatim, en el desierto del Néguev, y la sede de la agencia de espionaje Mossad, cerca de Tel Aviv, fueron alcanzadas, ningún civil ni ninguna infraestructura crítica resultó dañada. En otras palabras, la capacidad operativa israelí no se vio comprometida. Por el contrario, el IRGC destacó que casi la totalidad de los misiles lanzados habían sido exitosos.
Las opciones del ataque israelí
Tras el ataque, las reacciones verbales no tardaron en llegar. El primer ministro Benjamín Netanyahu declaró que "Irán cometió un gran error y pagará por ello [...] El régimen iraní no entiende nuestra determinación de defendernos y nuestra determinación de tomar represalias contra nuestros enemigos”. Por su parte, altos funcionarios de la administración Biden, como el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan, también advirtieron que la acción iraní "tendrá consecuencias severas y trabajaremos con Israel para asegurarnos de que así sea".
Por un lado, se especula que la respuesta israelí podría estar dirigida a las instalaciones nucleares iraníes. Naftali Bennett, el decimotercer primer ministro de Israel, afirmó que había llegado el momento de destruir el programa nuclear de la República Islámica. Sin embargo, esta opción no cuenta con el apoyo de su principal aliado, Estados Unidos.
Además, fuentes como The Guardian, basándose en la opinión de varios militares, consideran que un ataque de esta magnitud sería imposible sin la ayuda directa de la potencia norteamericana. Esto se debe a que las principales instalaciones donde Irán enriquece uranio, Natanz y Fordow, están altamente protegidas. Fordow, en particular, está bajo tierra, resguardada por capas de roca y hormigón y la única arma convencional capaz de penetrar y destruir esta instalación es el arsenal estadounidense GBU-57A/B, una bomba desarrollada para penetrar hasta 60 metros de hormigón y detonar en instalaciones subterráneas.
Además, un bombardeo contra instalaciones nucleares menores elevaría significativamente la magnitud del conflicto, no solo por el daño físico, sino porque podría empujar a Teherán a acelerar sus esfuerzos para desarrollar una bomba atómica. De hecho, ya hay voces que siguen esta línea, como Alaeddin Borujerdi, miembro del Comité de Seguridad Nacional y Política Exterior del parlamento iraní, quien advierte que están considerando "seriamente" retirarse del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP).
Por otro lado, otra hipótesis sostiene que el próximo ataque podría estar dirigido a una instalación petrolera. Aunque golpear uno de los negocios más lucrativos de Irán podría parecer una idea atractiva dado el delicado estado de su economía, las repercusiones internacionales de llevarlo a cabo serían considerables. La destrucción de refinerías iraníes de petróleo pondría en riesgo la estabilidad de los precios y la seguridad energética mundial, lo que, a su vez, afectaría al Estado sionista como importador de crudo.
Asimismo, atacar algún complejo energético iraní podría llevar a que la República Islámica cierre el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, lo que tendría consecuencias globales de gran envergadura.
Finalmente, el ataque contra altos mandos iraníes e instalaciones militares parece ser el más predecible y viable. Fuentes como Al Jazeera destacan como objetivos factibles tanto la capital, Teherán, como la ciudad portuaria de Bandar-e Bushehr, que alberga importantes infraestructuras energéticas e instalaciones navales iraníes.
A pesar de que muchos analistas consideran que la operación iraní del 1 de octubre estuvo diseñada para causar daños limitados y evitar una escalada del conflicto, ya se han encendido las alarmas sobre una posible guerra regional. En cualquier caso, se espera un ataque contundente por parte de las fuerzas israelíes, que se cree que se llevará a cabo una vez que Washington y Tel Aviv lleguen a un acuerdo.
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