
En 1991, tras el progresivo pero rápido colapso militar iraquí en la Guerra del Golfo, las fuerzas aliadas pudieron acceder a distintos tipos de documentos de la administración Baaz –el partido gobernante iraquí– que permitieron a los kurdos, alzados en armas contra Bagdad, probar determinados alegatos que, en Occidente, llevaban tres años siendo considerados como poco más que propaganda partisana.
Tras el hallazgo, tanto el Partido Democrático del Kurdistán (KDP) como la Unión Patriótica del Kurdistán (PUK), que controlaban de facto el Kurdistán Iraquí, podían probar que a lo largo de 1988 se había llevado a cabo una enorme campaña genocida en su territorio, un ataque coordinado contra la población civil que había causado miles de desaparecidos, centenares de miles de desplazados y un número indeterminado de heridos por orden del gobierno de Saddam Hussein.
La campaña había recibido el nombre en clave Al-Anfal, en honor a una sura coránica en la cual Mahoma tiene una revelación poco antes de la primera batalla del recién nacido Islam: la batalla de Badr.
El término se traduce como saqueo o despojos de la guerra contra el infiel y fue empleado por el ejército baazista para darle un cariz religioso a la campaña, a pesar de que los kurdos eran en su mayoría musulmanes suníes, como la élite que gobernaba en Bagdad, y de que Irak era oficialmente un Estado aconfesional.
La pugna con los kurdos
Los orígenes del Estado Iraquí se hallan en la partición de Oriente Medio tras la desintegración del Imperio Otomano. Gran Bretaña reclamó para sí el control de tres de los antiguos vilayatos mesopotámicos del Imperio, Basora, Bagdad y Mosul, que a través de Jordania y Palestina podían conectar al golfo Pérsico y la India con Egipto y el Mediterráneo.
Tras el golpe que instauró la república en el 1958, los conflictos étnicos se reavivaron y con ella la brutal represión llevada a cabo por el Estado central contra distintas disidencias, reales o potenciales, personificadas en la población kurda y árabe chií, al norte y al sur del país, respectivamente.
En el norte, la guerrilla encabezada por el KDP y después también por la PUK –aunque integrada también por otros partidos de distintas características, desde comunistas a nacionalistas y liberales– plantaron cara a Bagdad a través de una cruenta guerra de guerrillas amparada por los Montes Zagros, cuyos valles eran bien conocidos por los combatientes y les permitían burlar constantemente a las tropas iraquíes.
En 1979, Saddam Hussein se hizo con la presidencia de Irak y, al año siguiente, atacó al vecino Irán, al que creía débil y fragmentado por la reciente revolución que había llevado a los ayatolás al poder. La contienda, que ocupó y desgastó al ejército iraquí, permitió a las guerrillas hacer distintos avances en su lucha contra Bagdad, coordinando incluso algunas operaciones con Teherán.
Para el gobierno de Saddam, la situación se volvió intolerable en 1987, cuando a principios de marzo una ofensiva conjunta de Irán y las dos grandes guerrillas kurdas consiguió penetrar ocho millas dentro de territorio iraquí, amenazando, a ojos del baazismo, los campos petroleros de Kirkuk.
El 18 de marzo, las altas instancias del ejército y del partido Baaz, presididas por Saddam, nombraron a un primo de éste, Ali Hassan al-Majid, Secretario General de la Oficina del Norte con la misión de acabar, con plenos poderes, con el problema kurdo.
El preludio del genocidio kurdo
Las órdenes de Ali Hassan eran claras, y están confirmadas por distintos documentos y testigos. Habría que destruir todos los pueblos kurdos y ni una casa debía quedar en pie.
Se hizo un plan, con su respectivo calendario, y se preparó un marco legal en el que encuadrar la acción. En abril de 1987, una gran ofensiva de la PUK en torno a su cuartel general, cerca del lago Dukan, dio pie a las primeras campañas de al-Majid.
El primer objetivo fueron dos pueblos cercanos a la zona previamente atacada por Irán y las guerrillas. Ambas poblaciones estaban en territorio de la PUK y desde hacía cinco años el gobierno negaba la entrada a su territorio de ninguna mercancía. El bombardeo se llevó a cabo desde aviones a última hora de la tarde, cuando los hombres habían vuelto de sus cultivos o de pastorear.
Distintos testigos de este y posteriores ataques con armas químicas dirán que al principio el gas huele a “rosas y flores” o a “manzana y ajo”; otros, a insecticida. Coinciden, sin embargo, que acto seguido impide respirar, la cara a algunos se les vuelve negra, otros vomitan y otros quedan temporalmente ciegos y sufren parálisis localizadas. A lo largo de la campaña genocida se usaron distintos agentes químicos, todos con resultados letales.
Al día siguiente, los jash, paramilitares principalmente kurdos al servicio del gobierno, entraron en el valle y saquearon las casas de sus antiguos habitantes, que ya habían huido hacia las montañas o hacia algún otro pueblo. Dos días después del ataque, un equipo de ingenieros llegó a la zona con dinamita y buldócers y arrasó las viviendas.
Los que huyeron al hospital más cercano fueron trasladados al Hospital de la República, en Erbil. Allí, un comandante del Amn –Directorio General de Seguridad, la policía secreta– se llevó a los pacientes –los médicos que cuestionaron las órdenes fueron encañonados– y los encerró en un cuartel en la misma localidad. Algunos consiguieron huir en el proceso.
A todos los hombres, exceptuando a los ancianos, se los habían llevado en autobuses y los fusilaron tres días después. Los demás languidecían en sus celdas sin acceso a comida, mantas o atención médica. Después, fueron transportados a un lugar llamado Alana, no muy lejos de Erbil, donde los dejaron a su suerte. Se sabe poco del destino de los supervivientes.

Algunos fueron hospedados por antiguos vecinos o por extraños, otros alcanzaron complejos gubernamentales. Cuando el Mullah de uno de los pueblos afectados fue a pedir mejores condiciones para los allí internados a los oficiales baazistas responsables del centro, fue despachado con un escueto: “Vosotros no sois seres humanos”.
Human Rights Watch (HRW) calcula que el número de víctimas mortales del ataque del 16 de abril a Balisan y Sheikh Wasan oscila entre 225 y 400. Este episodio no solo fue el primero en el que se usó armas químicas contra civiles en Irak, sino que marcó el modus operandi del gobierno de Bagdad durante al-Anfal, aunque con matices.
Si bien la población rural kurda estaba acostumbrada a los bombardeos de la aviación baazista –muchos pueblos incluso habían construido refugios antiaéreos–, este nuevo arma les cogió por sorpresa y les llenó de terror.
HRW calcula que en 1987 el gobierno destruyó 703 aldeas y pueblos kurdos, principalmente a lo largo de carreteras importantes y en zonas bajo control estatal. La diferencia principal con la campaña al-Anfal consiste en que en aquel momento se ofreció a los residentes de los lugares que se quería arrasar algún tipo de alternativa: deportación o migración forzosa; algunos consiguieron incluso alguna pequeña compensación.
En mayo y junio, Ali Hassan al-Majdi empezó a publicar órdenes y decretos que allanarían el camino a las masacres que estaban por venir. El método más expeditivo fue el Censo del 17 de octubre.
Este establecía que todos los que no se mudaran a zonas gubernamentales –grandes ciudades, generalmente en el llano– y permanecieran en las “áreas prohibidas” perderían la nacionalidad iraquí, así como todos aquellos que no se identificaran ante los funcionarios que lo estuvieran llevando a cabo. Había que elegir entre “las filas del gobierno” y los “saboteadores”. Es decir, entre “ser kurdo o ser árabe”.
Según los documentos consultados por HRW, el censo de 1977 contabilizó 1.877 pueblos en torno a Suleimaniyah; el de 1987, tan sólo 186. Los demás, oficialmente, habían dejado de existir, y su gente carecía de derechos en Irak. Además, se intensificó el bloqueo económico sobre la zona, comprometiendo la capacidad de la población rural de satisfacer sus necesidades básicas.
La obligación militar de mantener tropas en el frente iraní retrasó sin duda los planes de al-Majid, pero, tras la ofensiva de invierno iraquí y tras las muestras de agotamiento ofrecidas por Teherán, Bagdad ganó cierta capacidad operativa y dio inicio a la campaña de al-Anfal.
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