
Mañana del martes 9 de junio de 2026. El caos llega con el amanecer en el municipio de Las Claritas, uno de los principales centros de la industria aurífera de Venezuela.
Helicópteros y soldados de fuerzas especiales se abalanzan sobre las minas ilegales desatando enfrentamientos armados con las organizaciones criminales que durante décadas han dominado la región. En el proceso, cientos de trabajadores huyen despavoridos de las instalaciones.
4 días después, el 13 de junio, la administración de Donald Trump anunció la ejecución de Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias “Niño Guerrero”, a quien se le adjudicaba el mando del Tren de Aragua. Con este éxito operativo, Caracas y Washington han formalizado su asociación securitaria. Un golpe sobre la mesa que cambia por completo la correlación de fuerzas en el siempre codiciado Estado Bolívar.
La quiebra de la industria aurífera durante el mandato de Hugo Chávez propició el surgimiento de un complejo entramado de organizaciones delictivas, conocidas como sindicatos, que se adueñaron del sector e iniciaron un conflicto sin fin entre sí por el control de las minas. Todo, mientras el Estado venezolano intentaba retomar el control a medida que la crisis petrolera y el enfrentamiento con Estados Unidos arreciaban.
Justo antes de la intervención norteamericana para capturar a Nicolás Maduro, los vaivenes de las guerras criminales habían articulado la siguiente correlación de fuerzas.
El Sindicato de Las Claritas y la Organización R (OR), el más vetusto y el más joven respectivamente de los sindicatos venezolanos, se habían asociado para formar un frente común ante los intentos del Palacio de Miraflores de intervenir en el sector. Todo ello es historia. El Sindicato de Las Claritas ha demostrado ser un objetivo demasiado jugoso para las autoridades.
Por una parte, su dominio sobre la sección sur de la estratégica carretera troncal 10, la principal conexión terrestre con Brasil, hacía de una ofensiva en su contra un movimiento necesario en la pretensión del gobierno de Delcy Rodríguez de recobrar el control sobre la industria. Por otro lado, su liderazgo lo situaba en la mira de Washington.
Yohan José Romero “Petrica”, su actual líder, fue en su día uno de los fundadores del Tren de Aragua. Una asociación, que tal como parece indicar la presencia de “Niño Guerrero” en la zona, se mantiene hasta el día de hoy.
El concepto de reacomodo empapa la coyuntura. A la eventual toma de posesión de las minas por parte del Estado venezolano se le suman las incontables incógnitas que un plausible derrumbe del Sindicato de Las Claritas trae consigo al ecosistema criminal venezolano.
¿Qué postura tomará la OR ante esta nueva realidad? ¿Cómo afectará la muerte de “Niño Guerrero” al conjunto del Tren de Aragua? Pero mientras el intríngulis de la industria aurífera venezolana entra en una nueva fase, sus consecuencias ascienden al plano geoeconómico.
La geopolítica del oro de Venezuela
De Las Claritas a Estambul. 24 horas antes del inicio de las operaciones, Delcy Rodríguez se encontraba en el Palacio Dolmabahçe reunida con Recep Tayyip Erdoğan. De acuerdo con la oficina del mandatario turco, ambos líderes discutieron la expansión del comercio bilateral, poniendo un especial enfoque en la energía y la minería.
Ankara es desde hace una década uno de los principales compradores del oro venezolano. Asfixiado por las sanciones y la caída de los precios del petróleo, el gobierno de Nicolás Maduro vió en Turquía un socio necesario para la subsistencia.
El trato era sencillo. Dicha potencia media se arriesgaba a contradecir los dictados de Washington a cambio de un suministro barato y constante de oro destinado a la refinación y la reexportación. La operación en Las Claritas apunta hacia el fin de esta lógica.
El Palacio de Miraflores pretende sustituir la exportación de oro por la concesión de licencias mineras como el eje rector de las relaciones bilaterales. Un cambio de paradigma que coincide con la evolución de la propia Turquía como actor geoeconómico.
Ankara ya no es un simple reexportador. En el transcurso de estos 10 años, conglomerados como el grupo Çalık o el grupo Cengiz han incursionado en la industria minera. De este modo, Venezuela no haría más que reforzar esta tendencia.
Sin embargo, Turquía no está sola en esta operación. Emiratos Árabes Unidos (EAU), su histórico competidor por el oro venezolano, necesita replicar dicha jugada. Puesto en duda su modelo de desarrollo por la infecunda guerra contra Irán, Abu Dabi necesita preservar desesperadamente su posición en la industria aurífera global.
Para ello cuenta con lazos bien consolidados con el clan Rodríguez y con la compañía International Resources Holding (IRH), propiedad de la dinastía al-Nahyan, que ya opera minas de oro en África.
Pero el principal obstáculo para Ankara proviene del hemisferio occidental. En la reordenación geopolítica que la segunda administración de Donald Trump proyecta sobre América Latina, recursos estratégicos como el oro no pueden tener otro destino prioritario que no sea el gigante norteamericano.
Además, Washington cuenta con una ventaja crucial en esta competición: es el único actor con el músculo militar suficiente como para secundar la pretensión del Palacio de Miraflores de Venezuela de recuperar el control de su industria aurífera.
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