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La República Popular China ha experimentado una profunda transformación socioeconómica y militar desde la introducción de la política de reforma económica y apertura al exterior orquestada por Deng Xiaoping en 1978. Los cambios estructurales orientados a promover la liberalización económica y poner fin a la lucha de clases que caracterizó el mandato de Mao Zedong, entre otros motivos, han convertido a China en la segunda mayor potencia mundial. Atrás han quedado los años, entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX, marcados por la sumisión ante las potencias occidentales que se tradujo en la pérdida de soberanía y la decadencia en el plano internacional.

Bajo el mandato de Xi Jinping, la identidad del gigante asiático ha entrado en una nueva dimensión al presentarse como una gran potencia de primer nivel, adoptando una mentalidad mucho más activa en su política exterior. China se ha despertado y ahora su objetivo es materializar la “gran revitalización de la nación” para transformarla “en un país socialista moderno, próspero, poderoso, democrático, civilizado y armonioso”.

La política industrial china ha convertido al país en una superpotencia manufacturera y en el principal desafío comercial para Occidente.
Xi Jinping ha concentrado el poder en China para impulsar el “sueño chino” y convertir al país en la principal potencia mundial.
El repliegue hemisférico de Donald Trump refleja el fracaso del Pivot to Asia para frenar el ascenso estratégico de China.
La importancia geopolítica de Sinkiang explica por qué la cuestión uigur se ha convertido en uno de los mayores desafíos para China.
La milicia marítima permite a China reforzar sus reclamaciones territoriales en el mar Meridional mediante operaciones de zona gris.
El budismo tibetano, la expansión de China y la figura del Dalai Lama explican el conflicto político y religioso del Tíbet.