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La República Popular China ha experimentado una profunda transformación socioeconómica y militar desde la introducción de la política de reforma económica y apertura al exterior orquestada por Deng Xiaoping en 1978. Los cambios estructurales orientados a promover la liberalización económica y poner fin a la lucha de clases que caracterizó el mandato de Mao Zedong, entre otros motivos, han convertido a China en la segunda mayor potencia mundial. Atrás han quedado los años, entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX, marcados por la sumisión ante las potencias occidentales que se tradujo en la pérdida de soberanía y la decadencia en el plano internacional.

Bajo el mandato de Xi Jinping, la identidad del gigante asiático ha entrado en una nueva dimensión al presentarse como una gran potencia de primer nivel, adoptando una mentalidad mucho más activa en su política exterior. China se ha despertado y ahora su objetivo es materializar la “gran revitalización de la nación” para transformarla “en un país socialista moderno, próspero, poderoso, democrático, civilizado y armonioso”.

La relación entre la Unión Europea y China entra en una nueva fase marcada por la competencia industrial y el riesgo de una guerra comercial.
Quince años después, el pivot to Asia no ha frenado el ascenso de China y divide a la administración de Donald Trump.
Australia convierte a Fiyi en el eje de su estrategia en el Pacífico Sur con un acuerdo militar y político destinado a contener a China.
China busca asegurar su control de facto sobre los mares adyacentes, incluido el este de Taiwán, mientras Estados Unidos trata de impedirlo.
La ruptura de las relaciones entre China y la Unión Soviética fue uno de los acontecimientos más importantes de la Guerra Fría.
La cumbre de Xi Jinping y Kim Jong-un ha evidenciado el deseo de China de profundizar sus lazos con Corea del Norte.