
En el complejo escenario abierto tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, el poder político venezolano ha encontrado una figura de continuidad institucional en Delcy Rodríguez.
Vicepresidenta desde junio de 2018, ministra de Hidrocarburos desde 2024, de Finanzas entre 2020 y 2024, de Exteriores entre 2014 y 2017, de Comunicación entre 2013 y 2014, y ahora presidenta interina por mandato del Tribunal Supremo de Justicia, Rodríguez emerge como el rostro visible de una transición forzada que el chavismo busca administrar sin ruptura formal del orden que ha construido durante más de dos décadas.
Delcy Rodríguez es hija de Jorge Antonio Rodríguez, un guerrillero marxista de los años sesenta cuya muerte bajo custodia policial en 1976 marcó profundamente la biografía política de su familia.
Aquel episodio, que conmocionó a la opinión pública venezolana, convirtió a Rodríguez padre en un mártir para amplios sectores de la izquierda y se transformó en un punto de anclaje simbólico del compromiso político posterior de sus hijos. El hermano de Delcy, Jorge Rodríguez, es también una figura de enorme peso en la arquitectura política de Nicolás Maduro.
Delcy Rodríguez, el pegamento del chavismo
El recorrido político de Delcy Rodríguez ha sido durante bastante tiempo el de una funcionaria orgánica del chavismo, siempre situada en posiciones estratégicas, primero bajo el liderazgo de Hugo Chávez y, más tarde, alcanzando su mayor proyección durante el mandato de Nicolás Maduro. Su designación como presidenta interina la coloca ahora como la primera mujer en la historia de Venezuela en encabezar el Ejecutivo.
La consolidación del poder de Delcy Rodríguez dentro del chavismo no puede entenderse sin atender a su papel en la gestión económica, y en particular, en el sector energético.
Desde agosto de 2024, Rodríguez ocupa el cargo de ministra de Hidrocarburos, una posición clave en un país cuya estructura económica continúa dependiendo de manera decisiva del petróleo, incluso en un contexto de sanciones internacionales –encabezadas por Washington– y restricciones productivas.
Este nombramiento la situó en el centro de las decisiones vinculadas a la producción, comercialización y administración de los recursos energéticos, ampliando su radio de acción más allá del ámbito estrictamente político.
En su condición de ministra, se convirtió en un nexo entre el gobierno chavista y sectores del empresariado privado, en un intento por gestionar una economía severamente condicionada por factores externos y, al mismo tiempo, lograr acuerdos con empresas fuera del país.
Antes de asumir Hidrocarburos, su paso por carteras como Economía o Exteriores reforzó su perfil técnico-político, generando una acumulación de responsabilidades y de influencia política que ha hecho de Rodríguez una figura clave en el manejo de la economía venezolana, especialmente en un momento en que el petróleo sigue siendo el principal instrumento de supervivencia fiscal y de negociación del Estado venezolano.
En ese sentido, su rol no ha sido únicamente administrativo, sino también político: la gestión del petróleo se ha convertido en una herramienta de estabilidad interna y de interlocución externa, y Rodríguez ha operado como una de las principales garantes de esa función estratégica dentro del chavismo. De alguna forma, las funciones de Delcy Rodríguez siempre fueron más allá de las formalmente asociadas a su rol oficial.
La interlocutora que acepta Trump… de momento
En el terreno de las relaciones con Estados Unidos, Delcy Rodríguez ha ocupado un lugar singular. A diferencia de otros altos dirigentes chavistas, no figura en la lista de recompensas de la Administración de Control de Drogas (DEA), ni tampoco su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional.
Este elemento ha sido interpretado como una ventaja comparativa que facilita su reconocimiento como interlocutora válida en el periodo de transición política abierto tras la intervención estadounidense… Algo que, a decir verdad, parece haber sido refrendado por el propio Donald Trump.
Desde el inicio de la crisis, Rodríguez ha mantenido un discurso público exigiendo la liberación inmediata de Nicolás Maduro y denunciando lo que define como un atentado contra la soberanía nacional. No obstante, esta narrativa debe leerse principalmente en clave interna, ya que la dirigente también ha afirmado que busca “avanzar hacia unas relaciones respetuosas y equilibradas” con Estados Unidos.
El propio presidente estadounidense ha señalado explícitamente que la interlocución se establecerá con ella y no con ninguna figura de la oposición, descartando así a otros actores políticos y confirmando que el secretario de Estado ha mantenido contactos directos con la dirigente chavista. Estas declaraciones refuerzan la idea de que Rodríguez es percibida en Washington como una figura pragmática, capaz de encabezar una transición controlada.
En este nuevo escenario, Delcy Rodríguez se posiciona como una figura bisagra: heredera del chavismo, administradora de su arquitectura de poder y potencial arquitecta de una negociación que definirá el futuro inmediato del poder en Venezuela, especialmente considerando que, más allá de la captura del presidente, poco ha cambiado en las relaciones entre la Casa Blanca y Miraflores.
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