Olvido y silencio. Persecución a los musulmanes Rohingya en Myanmar

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Vista del campo de refugiados de Jamtoli

Cox Bazar, Bangladesh a 23 de Diciembre de 2017

“Tengo diecisiete años, nací en Shamplapur y llevo toda mi vida aquí”. Así se presenta Suhel, el mayor de siete hermanos que como todas las mañanas empuja su pequeña barca hacia el río Naf -Fronterizo entre Birmania y Bangladesh- para comenzar otra dura jornada de pesca de coral e hilsha y así ganar los apenas 300 takas (3 euros) que suele obtener al día. “Mis padres huyeron hace veinte años de Rakhine por los ataques continuos de las Fuerzas de Myanmar”-explica el joven-

Suhel y su familia llevan toda su vida en uno de los antiguos campamentos del distrito de Teknaf, en Cox Bazar, donde rohingyas y bangladesíes conviven a la par en las condiciones más dignas posibles. Tanto a Suhel como a su familia, no les sorprende el actual éxodo masivo de su propia comunidad. “La persecución hacia los rohingya lleva décadas existiendo, diría que desde 1942. Los nuevos exiliados llevan aquí de dos a cuatros meses, pero mi familia lleva aquí 20 años. No es nada nuevo, siempre ha sido así”.

En solo cuatro meses la población rohingya ha protagonizado la crisis más rápida de refugiados que se da en la actualidad, más de 650.000 personas han ingresado en los campamentos de refugiados habilitados por el Gobierno de Bangladesh denunciando violaciones, asesinatos y quema de hogares por parte de las Fuerzas Armadas de Myanmar a raíz de una serie de ataques contra diferentes puestos de control protagonizados por una insurgencia rohingya a finales de agosto de 2017. Campamentos que en el pasado hicieron frente a crisis similares de esta comunidad como Kutupalong, Nayapara o Shamplapur se han visto desbordados ante el éxodo masivo de esta minoría musulmana que alcanza ya casi el millón de personas desplazadas. Por ello el gobierno de Bangladesh se ha visto en la obligación de habilitar nuevos campos de refugiados como Jamtholi o Hakimpara entre otros.

Jamtholi en tan solo dos meses y medio desde su habilitación, ya acoge a 40.000 rohingyas, de los cuales el 54% son niños. La mayoría de las personas residentes en este refugio proceden de Manaung Towship, un municipio situado en el distrito de Kyaukpyu, en Myanmar.

Encadenados en Jamtholi. Historias del bloque G

Jamtholi es un lugar inhóspito donde 40.000 almas vagan sin un rumbo fijo. El simple hecho de caminar entre este laberinto provoca un viaje de miles de años en el tiempo. La ausencia de árboles obliga a todo el campamento a la continua exposición al sol, provocando una bruma que hace la convivencia aún más complicada. El olor insoportable se mezcla con pequeños ríos de aguas fecales y basura acumulada a la vez que cientos de niños juegan completamente desnudos entre el barro provocado por las precipitaciones constantes de un clima tropical. Los techos naranjas de las chozas donadas por la ONG turca Tukki, hechas entre bambú, madera o plástico resaltan entre todo el campamento a la vez que vaticinan la sordidez en la que vive esta comunidad atrapada en años de exilio permanente.

Niño Rohingya en el campamento de Jamtholi / Foto de Jose Mota

La mañana es fría, aún no han salido los primeros rayos de sol que invaden el campamento a lo largo de la jornada. Niños privados de su infancia deambulan descalzos mostrando una desnutrición más que evidente tras un largo y peligroso camino que les condujo a este lugar. Mujeres lavan la ropa en las precarias pilas rojas improvisadas que invaden el campamento y hombres trasladan inmensos cubos de agua hacia sus viviendas a la vez que comienzan a llegar empleados de diversas oenegés para abordar otro día más la gran crisis que sufre la comunidad rohingya.

Campamento de Jamtholi visto desde las alturas / Foto de Jose Mota

Con un omnipresente rezo proveniente de la mezquita improvisada por la comunidad musulmana, el imán llama a los feligreses a la oración y una extensa fila de personas deja deshabitado gran parte del campamento. “Es lo único que nos queda” argumenta con una lúcida sonrisa Ahmed mientras se dirige con su familia hacia la mezquita.

La frágil cabaña de Ruphan está situada en una de las muchas colinas que desnivelan el campamento y donde se puede apreciar la poca foresta que queda tras la masiva tala de árboles llevada a cabo por Bangladesh para habilitar los enclaves para la población rohingya. En apenas unos metros, convive con sus cinco nietos y una de sus hijas. “Las Fuerzas de Myanmar asesinaron a una de mis hijas y quemaron nuestro hogar” – explica con la voz entrecortada- La señora asegura que su vivienda actual, hecha con palos de bambú y plástico, no aguanta el peso de la lluvia y las noches son una pesadilla, sobre todo para sus cinco nietos ya que el mayor tiene ocho años. Ruphan es de las pocas personas que quiere volver a Rakhine cuanto antes. A pesar de los acontecimientos dramáticos vividos el pasado agosto, su situación actual de miseria se le hace inaguantable. “Entiendo que la gente no quiera volver, a mí me quitaron a una de mis hijas. Pero esto no es forma de vivir, sobre todo por mis nietos ¿Qué futuro les espera aquí? Si las condiciones son aceptables y nos ayudan a empezar de cero, claro que volvería a Rakhine”.

Ruphan lleva cuatro meses en Cox Bazar y recientemente ha tenido que cambiar su ubicación al campamento de Jamtholi. Al asesinato de su hija y la destrucción de su casa en Rakhine se le suma la incertidumbre de no saber cuando podrá salir del campamento para que su familia pueda volver a vivir una vida lo suficientemente digna.

Ruphan y sus nietos en su cabaña / Foto Jose Mota

La vida de cada una de las familias residentes ahora en Jamtholi ha cambiado por completo. Lo normal es que cada familia se componga de entre ocho y diez miembros, algo que explica el continuo tránsito de niños indigentes por todo el campamento. Las historias de viudas y niños huérfanos se suceden a la vez que dan crédito a las palabras del secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, donde se refería a la última oleada de violencia en Myanmar como una más que probable intención de limpieza étnica contra esta minoría musulmana.

Son las dos de la tarde, hora de comer en el campamento. Lo que debería ser una alegría se convierte en una pesadilla para encargados de oenegés y los propios rohingya. Las filas son una quimera a la que personas con tanta necesidad renunciaron hace tiempo. Empujones y gritos se unen a los llantos de los más pequeños que tras varios golpes y caídas han cesado en su intento de conseguir su tan deseado plato de comida. “Hacemos todo lo posible para que a nadie le falte su almuerzo, pero distribuir comida para tanta gente y tal cantidad de niños, no es una tarea sencilla” dice Hasan de 25 años y empleado de la ONG Dreamers Bangladesh.

ONG reparte raciones de comida a los residentes del campamento / Foto de Jose Mota

Tras el almuerzo las familias se resguardan del sol en sus viviendas, y muchas mujeres aprovechan para visitar el centro médico de sus respectivos bloques para recoger los medicamentos que no han podido solicitar por la mañana. Hay más de 7 centros médicos creados por diferentes organizaciones en Jamtholi, los cuales se encargan de entregar las medicinas a las personas enfermas y de la educación nutricional de los más pequeños a través de juegos y cánticos que evaden a los niños de las duras condiciones de su nuevo hogar. El centro médico del bloque G está fundado por la ONG Indonesian Humanitary y está coordinado por los empleados de Dreamers Bangladesh, una organización perteneciente al Gobierno de Bangladesh, aunque el propio gobierno a su vez también aporta en algunas ocasiones determinados servicios.

En el centro médico del bloque G el tránsito de mujeres preocupadas por su salud y la de sus hijos es constante. Yasmin aparece con gesto afligido. Ni en sus peores pesadillas hubiera imaginado esta situación hace apenas 8 meses. Con su bebe Shudidulah en brazos, de aspecto abatido y apenas año y medio se dispone a recoger sus medicinas como cada día tras su correspondiente prescripción. “Estoy preocupada, no come y no está igual de activo que siempre, lleva varios días con tos y fiebre. Solo tiene un año”. El insomnio y la jaqueca se han apoderado de esta joven desde aquella noche de agosto, a lo que se le suma que está embarazada. “Quemaron mi casa y mataron a mucha gente. Acuchillaban o disparaban indiscriminadamente contra todo el pueblo. No nos quedó más opción que escapar, desde entonces la situación en la que estamos es muy difícil”.

Shomshidah esconde a su pequeño Mohamed de 1 año entre varias mantas que lo resguardan del viento que azota el campamento. Tras su velo se esconden unos ojos empapados en lágrimas que hacen prever la amargura y preocupación con la que discurren sus días. “Ha cambiado todo. Ahora ¿Qué? Las noches y los días en este lugar son muy duros y mi hijo está muy enfermo. Eso es lo único que me atormenta cada mañana”.

Apenas unas horas después del almuerzo, comienza la clase de educación nutricional en el centro médico del bloque G. Unos 200 niños comienzan a llegar entre risas y bromas a la vez que los empleados de las ONG’s proceden a repartir huevos que cada joven ha de tomarse durante la jornada.

Clase de educación nutricional en el centro médico del bloque G / Foto de Jose Mota

Sadiq de diez años, aparece en el centro médico cansado, sudando y con una sonrisa contagiosa. Probablemente lleve horas corriendo y jugando con sus compañeros ajeno al lugar que le rodea. Con la enfermera Sri Mulyati presente, natal de Yakarta y empleada de Indonesian Humanitary, el joven procede a contar su historia mientras toma asiento en un pedazo de tierra acartonado. “Las fuerzas de Myanmar asesinaron a mi padre de un tiro y quemaron mi casa. Mi madre, mi hermano pequeño y yo huimos por la noche, pero al no ver nada tropecé varias veces y caí al asfalto”. -El pequeño tiene el cuerpo lleno de heridas aun sin curar-. “No corre peligro porque se las reviso a diario, pero es verdad que controlar a los chicos para que no se ensucien o jueguen donde no deben es complicado, por ello tarda más en curar” explica la enfermera indonesia. Sadiq es un chico educado, algo travieso y feliz. Aunque, según explica Sri Mulyati, es muy probable que en apenas tres meses que han pasado no haya aceptado aun el asesinato de su padre.

Sadiq de 10 años jugando con un tubo / Foto de Jose Mota

La vida en el campamento va más allá de las condiciones a la que tienen que enfrentarse cada día los residentes en Jamtholi. El peso de lo vivido en Rakhine el pasado verano sigue latente en cada una de las conciencias de una comunidad aturdida. “Depresión, ansiedad, estrés…hay muchas mujeres que han perdido a sus maridos y se ven totalmente solas en este lugar con 5 o 6 niños a los que cuidar y alimentar. Los niños son otro drama, aunque la mayoría parezcan ser ajenos y jugar sin parar, muchos tienen historias dramáticas y problemas muy graves para su edad”. Asegura Kutub, encargado del centro médico del bloque G y empleado de la ONG Dreamers Bangladesh. “En un principio esto era un caos, aunque poco a poco estamos mejorando las condiciones. Pero hay cosas más complicadas aparte de la comida y el agua, eso se puede arreglar con relativa rapidez. Lo que ha vivido esta comunidad no es tan fácil hacerlo desaparecer”.

La repatriación, una utopía

Ali Ahmed emerge entre la barahúnda y una incalculable sucesión de chabolas unidas en apenas unos metros. Tiene 45 años, pero su aspecto desgastado delata secuelas de una vida compleja. Lleva cuatro meses en Bangladesh, donde llegó a través de un bote por unas 10.000 takas y esta es la segunda vez que traslada su campamento. Ahora malvive en Jamtholi en una pequeña tienda con sus ocho hijos. Su vida en Rakhine era sencilla y rutinaria, se dedicaba a la agricultura y la pesca con lo que conseguía lo mínimo para sacar a su familia adelante, hasta que las fuerzas de Myanmar los expulsaron. ”Pude presenciar como ejecutaban a una gran cantidad de vecinos en fila india y los tiraban en fosas. Quemaron nuestras casas y se quedaron con nuestras cosechas. Ahora no nos queda nada, ¿Para qué volver?”.

El 23 de noviembre de 2017 los Gobiernos de Myanmar y Bangladesh llegaron a un acuerdo de repatriación de la comunidad rohingya. El pacto se llevará a cabo antes del 23 de enero. Uno de los requisitos es no obligar a nadie a volver si no es por su propia voluntad, aunque a su vez, en el acuerdo se deja claro que para volver es necesario poseer la tarjeta o una prueba de residencia de Myanmar y en cualquier problema que surja, Myanmar tiene la última palabra. Ali Ahmed sonríe y explica que menos de un 4% de la población residente en el campo posee la residencia. ”Es una barbaridad, huimos con lo puesto y encima quemaron nuestras casas, ¿Cómo vamos a tener los permisos de residencia si apenas tenemos ropa?”.

Tras la visita de un ministro de Myanmar a Dhaka a principios de diciembre, Naypyidaw anunció que la repatriación de los rohingyas deberá hacerse sobre la base de la verificación de los refugiados de acuerdo con los criterios acordados por los dos países en una declaración conjunta tras la crisis similar de 1990.

Pero siguiendo dicho acuerdo, solo alrededor de 14,000 rohingyas de lo mas de 800.000 exiliados podrán tener la oportunidad de ser repatriados, si es que lo hacen. Tras largos debates, Naypyidaw acordó que solo podrían regresar a Myanmar los rohingyas que tengan “tarjetas de identidad de ciudadanía de Myanmar o tarjetas de registro nacional u otros documentos relevantes”.

La dificultad para conseguir tales residencias reside en que el gobierno de Myanmar comenzó un proceso de verificación de la ciudadanía en 2014 bajo la ley draconiana de 1982 que privó a los rohingyas de la ciudadanía, algo por lo que llevan luchando desde entonces. Ello permitió a los titulares de las tarjetas de residentes temporales poder solicitar la ciudadanía con la condición de que figuren como bengalíes. Pero en 2015, las tarjetas de residentes temporales también se cancelaron, denegando a la comunidad rohingya su derecho al voto en las elecciones de 2015 que dieron lugar a la vuelta al poder de la conocida Premio Nobel de la Paz Aung Suu Kyi. Más tarde, en junio de ese año, Myanmar comenzó a emitir tarjetas de identidad de verificación nacional. La Comisión Kofi Annan creada por Suu Kyi informó este año que alrededor de 4.000 rohingyas de un millón han sido reconocidos como ciudadanos o ciudadanos naturalizados y cerca de 10.000 más obtuvieron tarjetas de verificación nacionales, consideradas como un paso preparatorio hacia la ciudadanía.

Ante estos acontecimientos la intención de Myanmar es la de no acoger a más de 14.000 personas, de las cerca de un millón que actualmente reside en Bangladesh, además no quedaría ninguna duda tras las declaraciones del ministro del interior de Myanmar en las que aseguró “no estar seguro de que número de personas serán repatriadas”.

ACNUR ya visitó Rakhine durante este año y afirmó que no es un lugar para un retorno seguro y sostenible de la comunidad rohingya. La aparente minoría de personas que quiere regresar a Rakhine, quiere volver a sus pueblos y ciudades, algo más que improbable después de las declaraciones del secretario de gobierno de Myanmar “Todavía tenemos que reconstruir la infraestructura y elaborar planes de reasentamiento para volver a aceptarlos”. Esos reasentamientos a los que alude el secretario de gobierno confirman que Myanmar no permitirá a los rohingyas regresar a su tierra natal en el Estado de Rakhine.

Pero todo esto son suposiciones poco realistas. Ante las exigencias de Myanmar, es evidente que el gobierno solo está dispuesto a acoger a una inmensa minoría de personas que actualmente viven en los campos de refugiados de Bangladesh. Además, solo hace falta pasear por cualquiera de los campamentos de Cox Bazar y hablar con diferentes personas para entender la profunda desconfianza de esta comunidad hacia el gobierno de Myanmar y deducir que la idea de retorno no es una opción para gente tan horrorizada.

Mohamed Aieb muestra su permiso de residencia en Myanmar / Foto de Jose Mota

Mohamed Aieb vive con sus ocho hijos en una pequeña choza. Con una particular perilla blanca y un tono cordial, no duda en enseñar su permiso de residencia, algo inédito en el campamento, a la vez que ofrece té a todos los presentes. ”Yo tengo el permiso y según el acuerdo podría volver, pero le digo que, tras las atrocidades cometidas por las fuerzas racistas de Myanmar contra la población musulmana, nunca volveré. Jamás en mi vida he pasado, ni volveré a pasar tanto miedo como aquella noche”. – Asegura firme y convincente-

Con los últimos rayos de sol abriéndose paso entre el anochecer prematuro del campamento, Mohamed hace su petición personal con la aprobación de todas las personas presentes. “Ya que los ataques de Myanmar hacia nuestra comunidad quedaran impunes gracias al silencio internacional y sobre todo de China e India, lo único que pedimos es que nos dejen tranquilos. Aquí estamos bien y seguros. Allí lo hemos perdido todo”.

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Jose Mota