Lecciones de Somalia: causalidad en la piratería contemporánea

Somali piracy maps

La situación de inestabilidad e inseguridad que envolvió a Somalia desde la década de los noventa fue el caldo de cultivo perfecto para propiciar el resurgimiento de la piratería, un fenómeno que se creía extinto de todas todas. Si bien la adopción de medidas de choque por parte de la comunidad internacional sirvió para poner coto a la espiral de abordajes y secuestros hasta entonces descontrolada, con el paso de los años ha quedado patente que la presión no resolvió la raíz del problema y este ha acabado metastatizando en otras regiones como el Golfo de Guinea o el Sureste Asiático.

Contextualización

Con el colapso del régimen de Mohamed Siad Barre en 1991, que derivó en su huida del país tras 22 años al frente del ejecutivo, Somalia se vio abocada al desgobierno y se sumió en un vacío de poder que desembocó en la fragmentación del territorio. Los clanes y tribus que conformaban el organigrama étnico social, en su día afines a Barre y garantes de la estabilidad regional, empuñaron las armas para enfrentarse entre ellos por el control de Mogadiscio y otras zonas del país como la región sureña de Gedo o el antiguo protectorado británico de Somalilandia, al noroeste del país. Las disputas desembocaron abiertamente en una sangrienta guerra civil, y esta a su vez en el desplazamiento forzoso masivo de comunidades agro-pastorales, que tuvo como consecuencia última el inicio de una hambruna en 1992. Si bien los datos varían en función del observatorio, el Comité Internacional de la Cruz Roja (ICRC, por sus siglas en inglés) estimó que medio millón de personas habrían perecido fruto de la desnutrición.

Ese mismo año, bajo el amparo de Naciones Unidas, se aprobaron sendas resoluciones para des escalar el conflicto, desde un embargo armamentístico a intervenciones humanitarias y militares internacionales como la UNITAF y la UNOSOM I y II. Si bien hubo resultados tangibles favorables, especialmente a la hora de atajar la crisis alimentaria, la inestabilidad siguió vigente muchos años más y la ausencia de instituciones se cronificó, lo que de facto supuso etiquetar a Somalia como un estado fallido. No fue hasta 2012 cuando se inauguró el Parlamento Federal de Somalia, el primer gobierno central del país desde el inicio de la guerra civil, casi veinte años antes.

Piratería como modo de vida

La ausencia de un gobierno fuerte para enfrentar los retos y desafíos del país durante décadas provocó que la vasta línea de costa somalí, que se extiende 3.025 kilómetros desde el Golfo de Adén hasta el Océano Índico, quedase completamente descuidada y desatendida. En consecuencia, sus recursos marinos, una de las principales fuentes de riqueza del país, fueron diezmados y expoliados por flotas pesqueras foráneas desde los primeros años de la década de 1990 de forma ilegal, ajenas a cualquier tipo de regulación para la correcta preservación de los caladeros.

En paralelo, el creciente tránsito marítimo por la ruta del Canal de Suez como vía para potenciar un comercio boyante entre Asia, Oriente Medio y Europa tuvo consecuencias en forma de residuos y contaminación de las aguas regionales, lo que supuso la estocada a un sector, el de la pesca tradicional, otrora floreciente y sostenible para las poblaciones costeras somalíes.

A partir de 2005, como consecuencia de todo lo anteriormente descrito, irrumpió con fuerza el fenómeno de la piratería moderna con los primeros ataques a pesqueros extranjeros faenando irregularmente en la Zona Económica Exclusiva (ZEE) de Somalia. Se trataba de pequeños esquifes y lanchas motorizadas cuyos tripulantes iban armados con cuchillos y fusiles Kalashnikov de origen soviético, muy lejos por tanto del tradicional imaginario colectivo que suele asociar a la piratería con fastuosos galeones, tripulaciones de mercenarios y personajes ilustres como Barbanegra o Sir Francis Drake.

Es importante entender, por tanto, que la piratería resurgió como respuesta a la impunidad con la que operaban las flotas pesqueras industriales que amenazaban el medio de vida de los pescadores locales. En ese sentido, un equipo de investigadores de la universidad de Georgetown analizó los vínculos entre la piratería y la pesca extractiva que las multinacionales realizaron en aguas de África o Asia entre 2005 y 2014, y concluyeron que la piratería se disparó especialmente en mares donde las capturas pesqueras de alta incidencia, destructivas e ilegales eran comunes.

Captura total estimada, en toneladas métricas, durante el periodo 2005-2014. La imagen (A) expone las zonas con niveles de captura incidental elevadas mediante sistemas de arrastre demersales que destruyen el hábitat. La imagen (B), las zonas de pesca de pelágicos con elevada incidencia. Fuente: Measuring the global impact of destructive and illegal fishing on maritime piracy: A spatial analysis | Plos One.

La navegación en torno al cuerno de África se volvió especialmente peligrosa, y se emitieron las primeras alertas desde organismos internacionales como la Organización Marítima Internacional, dependiente de la ONU, para alejar las rutas marítimas de la costa somalí. Eso no evitaría que en los años sucesivos se produjesen cientos de ataques a pesqueros y mercantes, desde saqueos a secuestros para solicitar primas de rescate suculentas a través de las compañías aseguradoras. En una primera fase, durante el periodo 2005 – 2009, el grueso de incidencias reportadas (+95%) se dieron dentro de la ZEE somalí.

Incidencia acumulada relacionada con actos de piratería entre los períodos 2005 – 2009 y 2010 – 2014. Fuente: Measuring the global impact of destructive and illegal fishing on maritime piracy: A spatial analysis | Plos One.

A medida que las navieras fueron adquiriendo conciencia de la problemática y las rutas se fueron alejando de la costa, pero, los ataques piratas no se detuvieron, sino que se extendieron también a aguas internacionales (periodo 2010 – 2014), haciéndolas si cabe más peligrosas para la libre navegación.

Intervención de la comunidad internacional

A tenor de la escalada en forma y número de ataques a barcos civiles, entre 2008 y 2009 se pusieron en marcha sendas misiones militares por parte de la OTAN y otros organismos internacionales como la Unión Europea para patrullar la zona y escoltar los convoyes civiles, siendo posiblemente la más importante de todas la Operación Atalanta que sigue vigente hoy en día. Asimismo, se posibilitó que las marinas mercantes pudiesen dotarse de seguridad privada para sus viajes como medida preventiva de cara a evitar ataques de piratería y pillaje.

Un UAV italiano clase Predator en el marco de la Operación Atalanta. Fuente: EU NAVFOR Somalia.

El último barco secuestrado en aguas de Somalia fue en 2012, si bien las tentativas y agresiones menores siguieron vigentes, especialmente en el Golfo de Adén, el Océano Índico y el Mar Rojo, áreas que concentraron el 75% de todos los ataques entre 2005 y 2011. El balance de este sexenio fue de más de 1.150 ataques perpetrados a barcos mercantes y pesqueros, que se saldaron con al menos 38 tripulantes civiles y 10 piratas muertos.

Somalia muestra el camino

Si bien es innegable que la disuasión y confrontación militar resultó caudal para frenar la práctica de la piratería, no es menos cierto que el trasfondo del problema, como se ha expuesto en estas líneas, era mucho más complejo. La ONU tomó conciencia de ello, y a través de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) puso en marcha, en colaboración con la Unión Europea, varias iniciativas de comunidades pesqueras con los gobiernos locales para combatir la piratería. Así, localidades como Bosaso, uno de los enclaves pirata por excelencia años atrás, se han beneficiado de la entrega de barcos de pesca mediante palangre y hoy en día constituyen importantes puertos de pesca artesanal en el norte del país, si bien las capturas somalíes son todavía apenas un tercio de las que realizan buques extranjeros en esas mismas costas.

Con un gobierno central fuerte, reconocido internacionalmente y una ubicación geoestratégica clave en las rutas comerciales del presente y futuro, Somalia tiene el reto de consolidar sus fronteras terrestres y marítimas y poder así beneficiarse internamente de los generosos recursos pesqueros que dispone en sus aguas, cuyo impacto económico a penas representa el 2% del PIB. En paralelo, minimizar la huella del islamismo yihadista encarnado por Al-Shabab en las regiones sureñas es fundamental para estabilizar el país y poder así atraer inversión foránea.

La piratería se internacionaliza

La exitosa gestión de la crisis en Somalia contrasta con el auge de la piratería en otras zonas del globo, como el Golfo de Guinea y el Sureste Asiático. Resulta especialmente preocupante el primer caso, donde solamente en 2020 fueron secuestrados 130 tripulantes en 22 incidentes diferentes, datos a los que habría que sumar otros 60 incidentes menores a buques mercantes. Como sucediese en Somalia, detrás de esta problemática suele haber gravámenes estructurales, y en este caso podemos constatar como por ejemplo en el Delta del Níger, al sur de Nigeria, la proliferación de pozos extractivos de petróleo explotados por las grandes multinacionales ha ido contaminando tanto la tierra como el agua en un ecosistema especialmente fértil y vulnerable.

Niger River Delta in Nigeria devastated as a result of spills from oil thieves and Shell operational failures (Photo: PIUS UTOMI EKPEI/AFP/Getty Images)
Vista aérea del Delta del Níger, en su día un ecosistema prístino, tras décadas de vertidos y contaminación fruto de la explotación petrolífera. Fuente: Getty Images.

Como resultado, las dos principales actividades económicas de la zona, la pesca y la agricultura, han quedado muy mermadas, y las bandas criminales aprovechan la coyuntura para reclutar futuros piratas que lo han perdido todo.

Angola y Nigeria son los dos principales productores de crudo de África, y buena parte de sus economías se sostiene en torno a la exportación del oro negro, que a su vez es la principal entrada de divisa extranjera para los países. Sin embargo, hasta ahora han dado un cheque en blanco a las multinacionales, que han actuado durante décadas impunemente sin medir el impacto de sus actividades sobre el medio ambiente y las economías locales. Es por tanto necesario encontrar un punto de equilibrio que propicie la práctica simultánea de la pesca y la agricultura en la región sin renunciar a las grandes riquezas del subsuelo, de lo contrario los gobiernos regionales corren el riesgo de alcanzar un punto de no retorno y no lograr estabilizar la situación.

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