Las réplicas de un terremoto político

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El pasado 2 de abril se producía la dimisión del octogenario presidente argelino, Abdelaziz Bouteflika, tras casi 20 años en el poder.  Desde entonces parece que el paso del tiempo a redoblado su ritmo en el norte de África. Tan solo un par de días más tarde Khalifa Haftar, general libio afiliado al gobierno de Tobruk, lanzaba una campaña militar sobre Trípoli, la capital del país, tras muchos meses de maniobras a pequeña escala que le permitieron hacerse con el control de buena parte del territorio en el sur y el suroeste del país. Y de nuevo tan solo dos días más tarde, el pueblo sudanés marchaba frente a los cuarteles generales del ejército, dando comienzo a la fase final de la caída de AlBashir, plasmada en el golpe de estado llevado a cabo durante la mañana del 11 de abril.

El norte de África está en movimiento.  ¿Hasta que punto estos acontecimientos están relacionados entre si en una suerte de efecto dominó surgido de las dinámicas regionales? ¿Que podemos esperar de cara al futuro? Tratemos de responder a estas preguntas. 

El ¿Bastión? argelino

El gobierno de Argelia ha mantenido durante años la imagen de ser un bastión inamovible, de ser el país que resiste a toda inclemencia política que se le presente en una región plagada de guerras civiles, insurgencias y gobiernos derrocados. Recordemos que cuatro de los seis países vecinos de Argelia, es decir Libia, Túnez, Níger y Mali, han sufrido al menos una de las inclemencias políticas anteriormente mentadas en la última década.

En consecuencia, no resulta difícil encontrar en prensa artículos que hablan de Argelia como “la última línea de defensa que contiene el caos que asola la región”.

Pero esta aparente capacidad para capear hasta las peores tormentas que, al menos hasta ahora, parecía tener el gobierno de Argelia ha demostrado ser poco más que un tigre de papel con la caída del presidente Abdelaziz Bouteflika ¿o quizá no? 

Para expandir: Argelia en la encrucijada

Lo cierto es que aún no podemos saberlo, en estos momentos, y a la espera de unas elecciones presidenciales rodeadas de incertidumbre que están programadas para el próximo 4 de julio, Argelia se encuentra sumida en un conflicto político entre las distintas facciones de la élite nacional, un conflicto cuyos detalles se nos escapan más allá de cuándo la puntual publicación en los medios de comunicación del estado de órdenes de arresto nos permite conocer quien va perdiendo como ocurría el pasado 4 de mayo con el anuncio de la detención de Said Bouteflika, hermano del expresidente, y de las de Athmane Tartag,  y Mohamed Mediène “Toufik”, en ambos casos exdirectores del Departamento de Inteligencia y Seguridad (DRS, reconvertido en DSS en 2016).

La conexión sudanesa

¿Cómo se conecta la caída de Bouteflika con el golpe de estado en Sudán? En Sudan, las protestas comenzaron el pasado diciembre tras un incremento en el precio del pan, que eventualmente escaló, fruto del descontento generalizado con el gobierno de AlBashir, en una protesta que exigía su dimisión. Las protestas de ambos países se influenciaron la una a la otra, en un eco que ha hecho que algunos hablen de una segunda ola de la Primavera Árabe o Segunda Primavera Árabe. Uno de los ejemplos más claros de esta influencia ha sido el reforzamiento de las protestas en Sudán después de la caída de Bouteflika, como quedo evidenciado después de que los manifestantes protestaran por primera vez frente a los cuarteles del ejercito durante el 6 de abril.

Para expandir: ¿Quien es Omar Al-Bashir?

La prueba más evidente del temor a un efecto contagio aparece el 7 de abril, cuando una delegación de oficiales militares y de inteligencia de Sudán, encabezada por el Lt. Gen. Jalal el-Din el-Sheikh, segundo al mando del NISS, visita El Cairo, donde se reúnen con oficiales de inteligencia egipcios.

Tal y como informaba recientemente AP, un oficial que asistió a la reunión afirma que los sudaneses querían saber cómo reaccionaría Egipto ante una acción de los militares contra Bashir. También querían saber si Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí estaban dispuestos a dar apoyo financiero al país después de la caída de Bashir. Y es que aquí, las dinámicas locales y regionales se cruzan con las rivalidades de Oriente Medio donde el eje pro-Hermanos Musulmanes formado por Turquía y Qatar se enfrenta a la alianza Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Egipto.

Cartel publicitario anunciando las operaciones turcas en Suakin

Durante los años previos a la caída de AlBashir, Turquía había comenzado a extender su influencia en el país realizando numerosas inversiones en infraestructuras entre las cuales destaca particularmente el arrendamiento por 99 años de la isla de Suakin, antigua plaza fuerte otomana, para su rehabilitación como puerto. Ante el temor de que Suakin pudiese convertirse en una base militar permanente de Turquía en la región y con Turquía afianzándose también en Somalia, es fácil ver por qué el eje saudí establecería contacto con los militares sudaneses buscando un realineamiento más favorable.  

La guerra estalla en Trípoli

Entre la caída de Bouteflika y la de Al Bashir, un tercer frente se abre en el norte de áfrica. El pasado 4 de abril, el mariscal Khalifa Haftar, comandante de las fuerzas del Ejercito Nacional Libio (LNA) que respalda al gobierno de Tobruk, da la orden a sus tropas de marchar sobre Trípoli, capital del país y controlada por el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) respaldado por la ONU.

Para expandir: Khalifa Haftar, el nuevo hombre fuerte de Libia

Libia es actualmente la encrucijada del norte de África, el tablero donde la rivalidad entre las facciones de Oriente Medio se traduce en combates entre las diferentes facciones que se disputan el control del país mientras sus vecinos tratan de controlar, con cuestionable éxito, la vorágine de caos buscando que esta no se extienda al resto de la región.

Argelia ha tenido durante estos años una posición débil en la crisis libia, su rol ha girado en torno a continuas llamadas a la mediación, preocupada porque una participación activa facilitara su propio colapso debido a la inestabilidad, pero sin nunca poder distanciarse demasiado, por temor a perder influencia frente a Egipto, que ha sido el principal apoyo de Haftar a la hora de combatir contra los grupos salafistas que controlaban ciudades como Derna o Benghazi, pero sobre todo en su búsqueda por desarmar el islamismo político representado por las milicias de Misrata, respaldadas por Turquía y Qatar.

Reunión entre Haftar y AlSisi en el Cairo el pasado 9 de mayo. 

El conflicto libio también está relacionado con Sudán, particularmente con la guerra que el gobierno de Khartoum ha llevado a cabo en la región de Darfur durante las últimas decadas. En los últimos años se ha venido denunciando como facciones rebeldes de Darfur establecían vinculos con fuerzas leales a Haftar para intercambiar entrenamiento, dinero y armas. 

La reforma llega con el miedo

¿Efecto dominó en África?

El temor a perder el poder es una constante para la mayoría de los gobiernos, pero este se ha hecho particularmente vivido para los gobernantes de Guinea Ecuatorial, Togo, Senegal, Uganda y Mali quienes durante los meses de abril y mayo han realizado una serie de cambios legales o constitucionales para asegurar su permanencia en el poder.

El ¿final? de un proceso de acumulación de tensiones, tanto a nivel interno de los países como entre los bloques rivales de Oriente Medio, ha provocado que el mes de abril de 2019 haya estado plagado de eventos clave que definirán el futuro de los países de la región del Sahara. Todos estos eventos pueden ser vinculados entre sí, debido tanto a la conexión existente entre la ciudadanía de los distintos países como a la existencia de dinámicas de rivalidad regionales, cuya escala hace que países enteros sean tableros en los cuales las distintas potencias juegan múltiples partidas de ajedrez simultáneamente buscando ampliar su ventaja sobre sus rivales. 

Sin embargo, resulta difícil imaginar cuáles serán las consecuencias específicas de estos acontecimientos o cuando tendrán lugar las mismas. ¿Puede haber una sucesión de procesos de protesta civil que acaben con la caída de más gobiernos de largo recorrido en África? Es complicado saberlo, pero es algo definitivamente posible. ¿Existe riesgo de que los procesos de transición se descarrilen provocando golpes de estado o quizá incluso guerras? Si, pero está lejos de ser algo certero. Lo único que podemos indicar con plena seguridad es que con estos eventos culmina una era, cuyas dinámicas eran mejor conocidas por el observador atento y se anuncia un tiempo con mayor incertidumbre, caos y oportunidades. 

La región conectada por las arenas del Sahara

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Graduado en Ciencias Políticas por la Universidad de Salamanca. El seguimiento y estudio de la geopolítica es mi principal interés. En proceso de especializarme en Grandes Poderes.

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