La relación sino-rusa: una amistad de conveniencia

Vladimir Putin y Xi Jinping en el Foro Económico Oriental celebrado en 2018 en Vladivostok, Rusia. Fuente: Sergei Bobylev

En 2014 se produjo un distanciamiento entre Occidente y la Federación de Rusia tras la decisión de Moscú de anexionar unilateralmente la península de Crimea y dar apoyo a las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk en la guerra civil ucraniana. Si bien Vladimir Putin quedó aislado por el oeste, vio en la República Popular China un aliado perfecto para poder paliar las consecuencias diplomáticas, económicas y comerciales derivadas de las sanciones internacionales. Desde entonces, ambas potencias han establecido un potente tándem simbiótico provocando que las relaciones bilaterales se encuentren en uno de los mejores momentos desde la alianza forjada entre Mao Zedong y Iósif Stalin en 1949.

No obstante, se puede afirmar sin entrar en contradicción, que el acercamiento no está exento de problemas y puntos de fricción. En ocasiones los intereses de las dos potencias son antagónicos y la desconfianza que perdura desde la confrontación experimentada en la Guerra Fría impide una mayor cooperación en ciertas materias y acontecimientos internacionales.

Antecedentes históricos

La historia de la relación entre China y Rusia ha estado marcada por vaivenes, oscilando entre momentos de posiciones encontradas y situaciones en las que sus intereses comunes les han llevado a constituir alianzas de tipo tradicional o asociaciones estratégicas. En un primer momento, tras la proclamación de la República Popular China, Mao Zedong y Iósif Stalin decidieron establecer una alianza ideólogica para difundir el socialismo en el sistema internacional y poner freno, de esta forma, a las aspiraciones del bloque capitalista durante la Guerra Fría. Asimismo, Moscú se convirtió en el principal aliado del Gran Timonel debido a la beneficiosa trasferencia tecnológica, industrial y técnica, así como al envío de 10.000 especialistas a China para ayudar en la reconstrucción y modernización del país.

No obstante, tras la muerte de Stalin en 1953, las relaciones entre Beijing y Moscú experimentaron un progresivo declive. El principal detonante lo constituye la política soviética de desestalinización iniciada con el ascenso de Nikita Khrushchev. Las discrepancias comenzaron a manifestarse desde el XX Congreso del PCUS celebrado en 1956, en el que Khrushchev presentó un informe crítico antiestalinista que repercutió en todo el movimiento comunista internacional y provocó disidencias y autocríticas en países socialistas.

En la conferencia de noviembre de 1957 ya se hizo patente la controversia entre “revisionistas” y “dogmáticos” -términos que utilizaban Beijing y Moscú para desacreditarse, por su particular forma de entender el marxismo-. Frente a la pretensión soviética de que la guerra era evitable a través de la coexistencia pacífica con Estados Unidos, Mao defendía una política de firmeza y confrontación con el capitalismo, con la finalidad de conseguir el predominio del “viento del Este sobre el del Oeste”.

Reunión entre Mao Zedong y Nikita Khrushchev en 1958, cinco años antes de producirse la ruptura de las relaciones sino-soviéticas. Fuente: AFP

Otro aspecto que provocó malestar en China se refiere a la política de Khrushchev en las relaciones entre los Estados de la comunidad socialista. En concreto, su pretensión de aglutinarlos en torno a una dirección única, constituida por la Unión Soviética o, más exactamente, por el PCUS y sus máximos dirigentes, lo que implicaba una sumisión de los intereses nacionales a la política soviética y una reafirmación de la posición hegemónica de la URSS.

Como consecuencia, las desavenencias por ambas partes se sucedieron. El 1958 China comienza a diseñar su política, interior y exterior, bajo el principio de autosuficiencia, renunciando a la ayuda soviética para su programa de desarrollo económico, principio que también predicó en el ámbito militar, al alejarse de los métodos de los asesores soviéticos y, asimismo, actuando unilateralmente, sin consultar con la URSS, en el conflicto con Taiwán -aquel año el Ejército Popular de Liberación bombardeó las islas de Quemoy y Matsu, ubicadas en el estrecho de Formosa-.

Por su parte, la Unión Soviética también endureció su política frente a China. Durante la crisis de Oriente Medio a finales de los cincuenta Khrushchev impulsó un intento de solución con potencias capitalistas, en el que China estaba excluida, admitiendo, sin embargo, a India y a Taiwán, hecho que molestó notablemente al gobierno chino. En 1959 suspendió el programa de colaboración nuclear con la República Popular, plasmado en el acuerdo firmado entre ambos en 1957, intentando, por otro lado, negociar con Estados Unidos un consenso para evitar la proliferación de tecnología nuclear para fines militares. Ese mismo año practicó una política de acercamiento al gobierno indio en un momento de tensión extrema entre Beijing y Nueva Delhi. En 1960 los soviéticos dieron por finalizados todos los contratos firmados con China de construcción industrial y los proyectos de cooperación científica y técnica.

A comienzos de la década de los 60 la situación se complicó aún más. La rivalidad se manifestó en la Crisis de Albania y en la Crisis del Caribe, al defender Beijing y Moscú posiciones encontradas. El malestar chino se acentuó al añadirse a tales hechos una situación de serios problemas económicos provocados por el Gran Salto Adelante que desencadenó una hambruna y una crisis demográfica que trajo consigo una corriente de migraciones hacia territorio soviético.

En 1961 Albania, en una posición contraria a las directrices de Moscú, había adquirido autoridad y autonomía respecto al Kremlin, que decidió responder incrementando su presión sobre el país, lo que provocó que China se posicionara a favor de los albaneses, para contrarrestar la actuación soviética.

Un año después, fue la crisis del Caribe o la también denominada crisis de los misiles de Cuba la que encendió los ánimos. La instalación en suelo cubano de misiles soviéticos de alcance medio provocó una controversia con Estados Unidos, que respondió desplegando barcos y aviones de guerra con la finalidad de realizar un bloqueo aéreo y naval. En esta ocasión China respaldó a Khrushchev. No obstante, una vez finalizada la crisis, a través de la negociación entre Moscú y Washington, Beijing realizó duras críticas contra la actuación soviética.

En este estado de cosas, en 1963 se puede considerar producida la ruptura de las relaciones entre el PCCh y el PCUS, tras la firma de un tratado entre la URSS y Estados Unidos sobre pruebas nucleares y la Conferencia de los partidos comunistas celebrada en Moscú, en la que ambos partidos se intercambiaron duras acusaciones. Mao llegó incluso a afirmar que “en la URSS había sido restaurado el capitalismo” y que esta se había tornado “social-imperialista”.

A partir de ese momento, con el intercambio de Cartas que el PCCh y el PCUS, en las que oficializan el cisma entre ambos, la controversia alcanza un nivel político y doctrinal superior, al trasladarse la pugna de los Comités centrales de los Partidos por su distinta visión del movimiento comunista a un conflicto entre dos Estados, con intereses contrapuestos y divergencias en su política exterior -lucha por erigirse en líderes del comunismo internacional-.

Boris Yeltsin en Beijing. Fuente: TASS

Con la muerte de Mao Zedong en 1976 y especialmente con la disolución de la URSS en 1991, las tensiones entre Beijing y Moscú comenzaron a disminuir, dando inicio a un proceso de acercamiento. En 1992 el presidente de la recién proclamada Federación de Rusia, Boris Yeltsin, realizó una visita oficial a China, donde se reunió con el líder del PCCh Jiang Zemin para “abrir una nueva era en las relaciones entre Rusia y China”. Seis años después, ambos países firmaron una declaración conjunta para construir una “asociación igualitaria y confiable”.

La relación continuó fortaleciéndose progresivamente con la llegada de Vladimir Putin al Kremlin. En 2001 firmaron el “Tratado de buena vecindad, amistad y cooperación” que, si bien no suponía un acuerdo de alianza, puntualizaba una serie de compromisos como el apoyo político mutuo a la unidad territorial -incluyendo a Taiwán y Chechenia-, la reducción de tropas en la frontera común o la cooperación económica, militar, tecnológica y energética.

En la actualidad, Vladimir Putin y Xi Jinping han decidido “elevar sus relaciones a una asociación estratégica integral de coordinación de la nueva era” con el objetivo de fortalecer el apoyo bilateral en los compromisos internacionales “mientras persiguen sus propios caminos de desarrollo, preservan los intereses centrales y protegen la soberanía y la integridad territorial”.

Asimismo, las sanciones occidentales contra Rusia y la guerra comercial sino-estadounidense han empujado a ambos mandatarios a reforzar los vínculos estratégicos bilaterales, produciéndose, como resultado, un matrimonio de conveniencia. Esta conexión se puede observar en el hecho de que China y Rusia comparten la misma visión en muchas de las grandes cuestiones regionales y globales, dirigidas, especialmente, a limitar las aspiraciones de Estados Unidos. Así, por ejemplo, defienden al gobierno de Corea del Norte, que se presenta como espacio de contención frente a la influencia de Washington, se oponen a las sanciones unilaterales norteamericanas contra Irán o Siria o vetan las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que exigen elecciones en Venezuela.

Ámbitos de cooperación sino-rusa

Energético

El entendimiento bilateral en materia energética se estableció formalmente en 1996 con la firma del “Acuerdo sino-ruso sobre desarrollo conjunto de cooperación en el sector energético”, en el cual se incluían una serie de proyectos como la construcción de un oleoducto desde Siberia Oriental a Daqing. Previamente, dos importantes acontecimientos permitieron este acercamiento. Primero, en 1991 se puso fin a casi tres décadas de confrontación entre Moscú y Beijing tras la disolución de la Unión Soviética. Segundo, en 1993 China se convirtió en un importador neto de petróleo, lo que empujó al gobierno chino a buscar nuevas vías de suministro para satisfacer sus necesidades energéticas.

Desde entonces, ambas potencias han establecido una fuerte cooperación simbiótica. Por un lado, el gigante asiático ha multiplicado progresivamente su demanda energética debido a la transformación socioeconómica que ha experimentado desde 1978. En la actualidad, China es el mayor consumidor de energía del mundo y depende en gran medida de las importaciones de petróleo y gas natural dado que aproximadamente el 60% y el 40% que emplea, respectivamente, lo adquiere del exterior.

Rusia, por su parte, posee grandes yacimientos de petróleo y gas natural en su territorio. La explotación y posterior exportación de hidrocarburos son la base de su economía, que equivale a una tercera parte del Producto Interior Bruto (PIB) y casi la mitad de los ingresos del presupuesto federal. Asimismo, Moscú también necesita inversión y financiación para fomentar el sector energético en el Extremo Oriente y desarrollar una de las regiones más pobres del país.

Gasoducto Power of Siberia. Fuente: Gazprom

En este contexto de interdependencia, Xi Jinping y Vladimir Putin han impulsado proyectos y contratos energéticos conjuntos. El más relevante, debido a sus implicaciones geopolíticas y económicas, es el acuerdo valorado en 400 mil millones de dólares suscrito en 2014 por el que Gazprom suministra anualmente 38 mil millones de metros cúbicos de gas -hasta 2048- a China National Petroleum Corporation a través del gasoducto Power of Siberia. En la inauguración del gasoducto, Vladimir Putin recalcó que se trataba de un “evento histórico, no solo para el mercado mundial de energía, sino principalmente para Rusia y China”.

Asimismo, el gigante asiático ha salvado gran parte de las pérdidas rusas en el sector energético provocadas por las sanciones internacionales que le fueron impuestas en 2014. A través de los préstamos y la inversión directa, China se ha convertido en un financiero clave de los principales proyectos de petróleo y gas de Rusia. Así, por ejemplo, en marzo de 2016 el Fondo de la Ruta de la Seda se hizo con el 9,9% de la planta de gas natural licuado Yamal LNG o en 2015 el Banco de China concedió un préstamo de 2.150 millones de dólares a Gazprom.

Militar

En el campo militar también se ha producido una aproximación entre Beijing y Moscú. No obstante, es importante matizar, con carácter previo, que ambas potencias no buscan establecer una alianza castrense debido a la desconfianza mutua existente. Por un lado, el gobierno chino necesita un entorno pacífico con occidente para fomentar el desarrollo socioeconómico del país, por lo que no quiere verse envuelto en un conflicto armado provocado por una acción exterior agresiva de Vladimir Putin. Rusia, por su parte, quiere evitar una confrontación directa con Vietnam o la India, sus socios en la región, pero fuertes adversarios de China con los que ha protagonizado numerosos choques.

Asimismo, en los inicios de la relación, la élite política rusa temía que China pudiera utilizar el armamento para aumentar su poder y anexionar la región del Extremo Oriente. Aún así, el recelo no ha impedido la creación de una estrecha cooperación en materia militar. Durante la década de los noventa y los primeros años del 2000, los líderes chinos y rusos vieron la necesidad de colaborar debido a su propia situación interna -el Kremlin necesitado de capital y el PCCh precisaba de tecnología para modernizar sus fuerzas armadas-. Así, entre 1999 y 2006, China se posicionó como el mayor cliente de Rusia, representando entre el 34% y el 60% de las exportaciones de armas.

Por otro lado, en 1992 y 1993 los ministerios de Defensa de ambos países firmaron el Acuerdo de Cooperación Militar-Técnica y el Acuerdo de Cooperación Militar que sentaron las bases para las transacciones de armamento. A finales de los noventa, asimismo, las dos partes rubricaron el mayor acuerdo de transferencia de tecnología de defensa entre Rusia y China en el cual Shenyang Aircraft Corporation recibió la licencia para ensamblar 200 aviones de combate Sukhoi-27 (Su-27). De este modo, la Fuerza Aérea del Ejército Popular de Liberación (FAEPL) obtuvo acceso a la tecnología militar rusa y desarrolló poco después el caza Shenyang J-11 (Jian-11).

Con el paso de los años y los importantes avances militares llevados a cabo por las Fuerzas Armadas de China, los intercambios de armamentos se redujeron notablemente, aunque eso no impidió la venta de 24 Sukhoi-35 (Su-35) y 4 sistemas de defensa antiaérea S-400 -las armas más avanzadas de la industria rusa- por un valor de 7 mil millones de dólares. Del mismo modo, cabe destacar las maniobras conjuntas Vostok 2018, donde 3.200 efectivos del Ejército Popular de Liberación (EPL) intervinieron por primera vez junto con 300.000 soldados rusos en Siberia Oriental. Los ejercicios militares se presentaron como una clara demostración de fuerza dirigida a Occidente.

Vladimir Putin saluda a un oficial del Ejército Popular de Liberación durante los ejercicios militares Vostok 2018. Fuente: Kremlin

El desafío que supone la lucha contra los “tres males” en Asia Central es otro de los factores que ha empujado a Xi Jinping y Vladimir Putin a colaborar. Ambas potencias han sufrido ataques paramilitares en los noventa y los primeros años del 2000 debido, en parte, al auge de los movimientos independentistas y a los flujos transfronterizos de combatientes procedentes de Asia Central y el Cáucaso. Por este motivo, en 2001, China y Rusia promovieron la creación de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) junto con Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán para “luchar contra el terrorismo regional, el separatismo étnico y el extremismo religioso”.

Comercial

Por último, los lazos mercantiles y de inversión se han intensificado desde que ambas potencias restablecieron las relaciones, especialmente desde la crisis de Ucrania de 2014. Aquel año la recesión acentuada por la fuga de capitales obligó a Vladimir Putin a eliminar las barreras de su mercado energético, de transporte y telecomunicaciones a los inversores chinos que, a través de la nueva Ruta de la Seda, ampliaron su presencia en Rusia con 24 mil millones de dólares de inversión entre 2014 y 2018.

Asimismo, el comercio bilateral aumentó de 10 mil millones de dólares en el 2000 a 110,79 mil millones de dólares en 2019 y tanto Xi Jinping como Vladimir Putin esperan duplicar la cifra para 2024. Por otra parte, Beijing y Moscú pretenden realizar las operaciones comerciales y financieras en sus respectivas monedas en detrimento del dólar estadounidense. Así, en 2017, el 15% de las importaciones chinas fueron abonadas con yuanes y el 9% de las adquisiciones rusas en rublos.

Contrapeso a la influencia occidental

Beijing y Moscú comparten el mismo interés de formar un tándem político que sirva de contrapeso a la influencia occidental, especialmente de Estados Unidos, en el sistema internacional. En 1997 el presidente ruso Boris Yeltsin y su homólogo chino Zemin Jiang firmaron la “Declaración conjunta sobre un mundo multipolar y el establecimiento de un orden internacional”. Si bien no disponía de un marco normativo, en el documento ponían de manifiesto dos ideas principales. Primero, se oponían a “las aspiraciones de hegemonía y políticas de coerción (…) y los bloques militares”, en clara alusión a Estados Unidos. Segundo, proponían como alternativa al orden unipolar -surgido tras el fin de la Guerra Fría- la creación de una estructura multipolar donde ningún país monopolice “los asuntos internacionales”.

En este escenario, dado el gran peso que tiene Washington en el actual orden neoliberal institucionalizado, Beijing y Moscú intentan reformar la gobernanza global y las organizaciones internacionales, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, para lograr representar mejor su identidad nacional y sus intereses. Muestra de ello es la creación del grupo de los BRICS, que aglutina a las 5 mayores potencias emergentes del mundo -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- y que incluye entre sus metas principales incrementar su participación en la gobernanza global. La Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) o el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (BAII) son otros dos ejemplos de la intención sino-rusa de crear atractivas alternativas a las occidentales.

Por otro lado, Vladimir Putin y Xi Jinping intentan socavar el ideal liberal en lo relativo a los Derechos Humanos y la libre autodeterminación de los pueblos. Los dirigentes sino-rusos consideran que estos principios son utilizados como un arma política orientada a interferir en sus asuntos internos y promover la inestabilidad social. De este modo, tratan de establecer en sus relaciones con terceros principios, reglas y marcos normativos alternativos centrados fundamentalmente en las relaciones comerciales, priorizando la estabilidad política frente a la democratización occidental.

Reunión de Consejo de Ministros de Relaciones Exteriores de la Organización de Cooperación de Shanghái, celebrada en 2018. Fuente: OCS

Los límites de la asociación estratégica

Si bien China y Rusia han establecido una profunda relación de entendimiento y cooperación, existen numerosos puntos de fricción originados por actitudes e intereses contrapuestos. Esta posición se observa especialmente en el bando ruso debido a dos cuestiones principales.

Primero, Rusia desconfía de la creciente influencia que China está logrando en Asia Central, su patio trasero y zona donde tradicionalmente ha ejercido su influencia. Esta fricción se puede percibir en la Organización de Cooperación de Shanghái, donde Rusia ha tratado de evitar las aspiraciones del PCCh de fortalecer la integración económica y política. De hecho, Moscú creó en 2002 y 2014, respectivamente, la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva (OTSC) y la Unión Económica Euroasiática (UEE) para apuntalar su poder e intereses en Asia Central.

Segundo, la élite empresarial energética rusa, a pesar de necesitar financiación para llevar a cabo sus proyectos, no desea que inversores chinos aumenten excesivamente su presencia en el sector y buscan, asimismo, diversificar sus ventas -en 2018, el gigante asiático fue el mayor importador de gas y petróleo ruso-. Lo mismo sucede en el comercio, donde la balanza bilateral se caracteriza por la asimetría y desigualdad. Por un lado, la mayor parte de las exportaciones rusas a China, su segundo mayor socio comercial, son productos energéticos cuyos precios están a merced del volátil mercado internacional. En la actual crisis del coronavirus, por ejemplo, el valor de los hidrocarburos ha caído a mínimos históricos. Por otro, Rusia ocupa solamente el decimotercer puesto en el ranking de los principales destinos de productos chinos, y el 48% de las ventas son bienes de consumo de poco valor añadido.

Por otro lado, el PCCh también tiene sus reticencias con el vecino del norte. Beijing no comparte la actitud agresiva que en ocasiones Rusia adopta contra Occidente, estrategia que va en contra de la “Diplomacia con características chinas”, fundamentada bajo los “Cinco principios de coexistencia pacífica”, que la República Popular intenta proyectar para propiciar el “desarrollo pacífico” del país. Del mismo modo, los inversores chinos temen que puedan sufrir consecuencias por invertir su capital en sectores rusos afectados por las sanciones internacionales.

Asimismo, las dos administraciones prefieren no apoyar al otro en sus respectivos asuntos regionales. Así, el PCCh decidió no reconocer la independencia de Abjasia y Osetia del Sur y la soberanía rusa sobre Crimea en 2008 y 2014, respectivamente, debido a que sienta un peligroso precedente para sus propios intereses en Taiwán. El Kremlin, por su parte, se mantiene oficialmente neutral en las disputas territoriales de Beijing en el Mar del Sur de China y Mar de la China Oriental con los vecinos ribereños y, a su vez, socios de Moscú como Vietnam.

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