La normalización política entre Arabia Saudí e Israel vista desde Irán

Ubicación de las islas de Tirán y Sanafir
Ubicación de las islas de Tirán y Sanafir. Fuente: Ruth Lapidoth

Las islas de Tirán y Sanafir, en el Mar Rojo, actualmente bajo control administrativo egipcio, pasaran a estar bajo soberanía saudí en los próximos meses gracias a un acuerdo que ambos países ratificaron en 2017. Las islas, de 80 km2 y 33 km2 respectivamente, no cuentan con ningún tipo de recurso natural, aunque su situación geoestratégica es vital para el comercio marítimo israelí. El estrecho de Tirán es el único acceso por vía marítima para acceder desde el puerto de Eliat al Mar Rojo. Las islas estuvieron bajo control saudí hasta 1950, cuando el rey Abdul Aziz al Saud las cedió a Egipto a cambio de protegerlas contra lo que entonces era percibido por parte de Riad como «la amenaza israelí».

Con la derrota  árabe en la Guerra de los Seis Días a finales de los años 70 y el posterior acuerdo de Camp David entre Egipto e Israel, las islas continuaron bajo control administrativo egipcio hasta que en 2016, el príncipe saudí Mohamed Bin Salman, en una visita oficial a El Cairo, volvió a reivindicar su soberanía. Egipto aceptó el plan saudí de 2.000 millones de dólares y 25% de gas y petróleo gratis anual a cambio de la transferencia de soberanía, que debe hacerse efectiva con la aprobación de Tel Aviv.

Este cambio de soberanía es visto con cierta desconfianza por el Ministerio de Asuntos exteriores  iraní, que considera muy posible la aparición de un escenario en el cual Israel tendría la oportunidad de establecer una nueva conexión entre el Mar Rojo y el Mediterráneo mediante la construcción del «Canal Ben Gurion» que conectaría la costa mediterránea con el puerto de Eliat, ciudad ubicada en lo que Teherán llama la Palestina ocupada. La prensa nacional asegura que este canal sería la respuesta al actual Canal de Suez. Además, el proyecto también contempla la construcción de varios hoteles y villas de vacaciones a lo largo del canal. 

Otra preocupación para la República Islámica es que los israelíes podrían tener un acceso ilimitado tanto al estrecho de Bab el-Mandeb como al Golfo de Edén, lo que supondría verse rodeada militarmente por Israel. Por lo todo anterior, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional (CSSN) –órgano encargado de diseñar y analizar las políticas regionales– ve la cesión de las islas como un paso más hacia una «normalización» de las relaciones entre Riad y Tel Aviv. Este proceso de «normalización», nombre que recibe el acercamiento en términos políticos, económicos y securitarios entre Israel y varios países árabes, puede provocar, en palabras del CSSN, «una desestabilización de la región».

Esta inestabilidad se podría materializar, por ejemplo, en una posible adquisición por parte de Arabia Saudí de defensas antiaéreas de fabricación israelí. De hecho, en los pasados meses, ha habido rumores que apuntaban a que Riad podría estar interesado en adquirir el sistema anti-misiles Iron Dome. Otro ejemplo sería la reunión celebrada el pasado mes de marzo en la ciudad egipcia de Sharm el-Sheikh, a la que asistieron representantes de Israel, Arabia Saudí, Emiratos, Egipto, Jordania, Baréin y Catar. Además de objetivos militares –principalmente la implementación de una estrategia conjunta contra el programa de misiles y drones de la República Islámica–, el cónclave contemplaba el objetivo político de afianzar un bloque regional anti-iraní que mantenga la región dentro de la influencia occidental y de esta manera dificultar toda política independiente por parte de Teherán.

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El Ministerio de Asuntos Exteriores iraní enfatiza que el país siempre ha dejado clara su voluntad de solucionar los posibles conflictos recurriendo a la diplomacia intra-regional, entendiendo que son los países de la región los que tienen que discutir las bases de una convivencia política, sin que actores extranjeros, en concreto Estados Unidos, puedan sentar las bases políticas regionales. Uno de los objetivos prioritarios para alcanzar la estabilidad regional en materia securitaria, por tanto, es la reducción o eliminación de toda presencia militar extranjera en la zona. Los órganos encargados de diseñar e implementar la política regional iraní han dejado claro que la construcción de esta estabilidad no puede implementarse desde una visión militar, sino que estaría sustentada en cuatro principios básicos:

  • El establecimiento de canales institucionales regionales que promuevan el diálogo y las soluciones diplomáticas a los posibles conflictos.
  • El diseño conjunto de objetivos regionales.
  • El énfasis en la cooperación regional.
  • La reducción de la presencia militar extranjera en la región.
Arabia Saudí estaría interesado en adquirir el sistema israelí Cúpula de Hierro –Iron Dome– como parte de la normalización política
Arabia Saudí estaría interesado en adquirir el sistema israelí Cúpula de Hierro –Iron Dome– como parte de la normalización política. Fuente: Fuerzas de Defensa de Israel

La República Islámica, desde su instauración, ha intentado construir una identidad política autónoma. En política exterior, esta visión consiste en salir del marco securitario, marco impuesto, según Irán, por la visión occidental que ve cualquier intento de construir una alternativa política como una amenaza a sus intereses regionales. No es de extrañar, por tanto, que el acercamiento entre Riad y Tel Aviv se interprete como una decisión política contraria a esos principios de autonomía e independencia. Para Teherán, además, Israel –o la entidad sionista, en la gramática de la República islámica–, no es visto como un país más de los que componen Asia Occidental, sino como la representación más clara de la ideología occidental y de sus peligros en términos políticos. Como entidad colonial, Israel no es considerado un actor legítimo a nivel político.

También hay que entender la importancia que el significante «Palestina» tiene para la República Islámica. Su importancia como símbolo político en el discurso que articula la propia República islámica, ha estado presente desde sus inicio y ha formado parte del argumentario político de Khomeini, su fundador, desde antes de 1979, año de la Revolución. A este respecto, se puede señalar el sermón dado por Khomeini en la ciudad de Qom en 1963, en el cual denunció públicamente al régimen Pahlavi por sus relaciones con Israel y por su traición a Palestina. Dicha proclama, que provocó el arresto de Khomeini, se sigue celebrando a día de hoy en Irán como uno de los discursos fundacionales de lo que se ha venido a conocer como «visión ummática», es decir, la óptica política que considera Irán el hogar político de los musulmanes.

Desde el gobierno iraní se ha transmitido a las autoridades saudíes en repetidas ocasiones que el acercamiento a Tel Aviv es un error estratégico que no ayuda en nada a la resolución de conflictos como el de Yemen, y que además de impedir una independencia regional, convertiría al reino saudí en un objetivo aún más relevante para todos los grupos que integran el llamado «Eje de Resistencia» (Hezbollah, Hamas, PMU, hutíes…). 

Algunos asesores del Ministerio de Asuntos Exteriores, entre los que se encuentra el profesor Mohammed Marandi, han dejado claro que una vez que Riad asuma su derrota en Yemen y se comprometa a cesar con lo que Teherán califica de «genocidio del pueblo yemení», las relaciones entre ambos países podrán volver a recuperar la normalidad diplomática. También añadió en diversas entrevistas que un acercamiento a Tel Aviv en detrimento de una restauración de las relaciones con Irán mostraría que los saudíes continúan sin comprender la actual configuración política regional. Marandi también ha declarado que el rival estratégico nacional es Estados Unidos y no Arabia Saudí, con quien no tiene ningún problema más allá del actual conflicto en Yemen.

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En la historia de las relaciones entre Irán y Arabia Saudí se pueden diferenciar dos períodos claros: En el momento pre-revolucionario –antes de 1979– los vínculos se caracterizaron por una colaboración y una misma visión política. Ambos países eran los encargados de mantener la «Pax Americana» en la región. Este entendimiento, no obstante, no estaba exento de una cierta rivalidad regional.

Esta situación cambia de manera radical en el momento post-revolucionario. A partir de la adopción por parte de la República Islámica de un Islam revolucionario y político que cuestiona el statu quo pro-Occidental en la región, Riad comienza a ver a Teherán como su mayor amenaza. Es en este momento cuando Arabia Saudí pasa a tener una política activa anti-iraní, en coordinación con Estados Unidos, cuyo mayor exponente fue la ayuda económica y militar ofrecida al Irak de Sadam Hussein en la guerra que lo enfrentó con Irán en los años 80. Irán, por su parte, siempre ha mantenido que, sin renunciar a sus principios políticos, lo importante es mantener una estabilidad regional y que esto conlleva aceptar la convivencia con lo que se califica como «regímenes pro-occidentales y anti-revolucionarios».

Amir Abdollahian, ministro iraní de Asuntos Exteriores, ha expresado en diferentes entrevistas que a pesar de las numerosas diferencias, es necesario que ambos países lleguen a un entendimiento político. Abdollahian apuntó, igualmente, la necesidad de restablecer relaciones diplomáticas bilaterales, interrumpidas en 2016 por parte de Riad después de que manifestantes iraníes asaltasen la embajada saudí en Teherán en protesta por la ejecución del clérigo chií Nimr Baqir al Nimr. Por otra parte, el máximo responsable del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Ali Shamkhani, en declaraciones al Tehran Times, aseguró que Irán siempre ha privilegiado las relaciones diplomáticas y de buena relación con sus vecinos, Arabia Saudí incluido. Shamkhani también recordó a los actuales dirigentes saudíes, que pactar con Israel es un error político gravísmo ya que «la entidad sionista es la mayor amenaza para el mundo islámico y para los países árabes». 

A este respecto, el actual líder iraní, Ayatolá Ali Khamenei, en uno de sus últimos discursos, entendía que la normalización Arabia Saudí-Israel podría causarle problemas internos al régimen saudí debido «a la traición a la causa palestina» y por la oposición interna del pueblo saudí a la decisión tomada por sus dirigentes. De hecho, los medios iraníes se han hecho eco de una encuesta publicada por el centro de análisis político Al-Maqreez Al-Arabi, con base en Catar, que muestra como un 89% de los encuestados en Arabia Saudí se declaraban preocupados por la situación de Palestina una vez formalizada  la normalización con Israel.

Manifestantes rodean la embajada de Arabia Saudí en Teherán durante una protesta organizada en septiembre de 2015
Manifestantes rodean la embajada de Arabia Saudí en Teherán durante una protesta organizada en septiembre de 2015. Fuente: Atta Kenare / AFP

En esta misma línea, la Oficina del Líder Supremo publicó un informe en el que se apuntaba la posibilidad de que surgiesen protestas ciudadanas y de colectivos religiosos en Arabía Saudí en contra de la normalización de relaciones con Israel. Sería precisamente el miedo a una protesta masiva el que habría llevado al régimen saudí a rebajar el tono y condicionar esta normalización a la creación de dos Estados, uno israelí y otro palestino con capital en Jerusalén Este. Jafar Qannadbashi, autor del informe, entiende que esta condición impuesta por los saudíes refleja que la cuestión palestina continúa siendo un tema vital tanto para la política interna saudí como para la política regional y que cualquier tipo de «traición» a la causa palestina supondría un riesgo de desestabilización interna para quienes decidan ir en contra de la opinión mayoritaria de sus ciudadanos.

En conclusión, la República Islámica considera el acercamiento político-militar entre Arabia Saudí e Israel –proceso que en cualquier caso no ha tenido hasta la fecha la profundidad estratégica buscada por Tel Aviv y Washington–, como la consolidación de un eje anti-Irán y pro-Occidental, que además de ser interpretado como una nueva traición a la causa palestina, supondría dar apoyo al aventurismo israelí en la región, que se traduciría en una mayor conflictividad y una menor autonomía regional en términos políticos.


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