La influencia de Estados Unidos en el desarrollo de Cuba como nación independiente (I)

Escrito por César Pueyo

Primera parte – Segunda parte

En 1895 Cuba emprendió la llamada Guerra Necesaria organizada por José Martí para lograr su independencia. Sin embargo, ésta fracasó y no fue hasta 1898, cuando Estados Unidos (EE. UU.) intervino en la contienda, que Cuba logró independizarse de España. Pero la ayuda norteamericana no había sido desinteresada, como pronto demostró su ocupación militar tras el final de la guerra. Desde entonces, y a lo largo de todo el siglo XX, EE. UU. mantuvo su presencia en Cuba, mucho más allá del plano militar, influyendo en el devenir del desarrollo socioeconómico y político de la isla.

(Esta primera parte del artículo abarca la primera mitad del siglo XX, hasta el triunfo de la Revolución Cubana.)

CUBA DESPUÉS DE LA INDEPENDENCIA.

El big stick y la Enmienda Platt.

Desde principios del siglo XX, uno de los factores determinantes del desarrollo político iberoamericano ha sido la influencia de EE. UU. Sirviéndose del “corolario Roosevelt” a la doctrina Monroe (1904), Norteamérica justificó entonces su derecho de intervención en cualquier país del continente americano que no pudiera pagar sus deudas a Europa. De esta forma, EE. UU. se arrogaba el papel de “gendarme del continente” con la intención de construir su hegemonía. Se iniciaba, así, la política del big stick, que se caracterizó por las intervenciones militares norteamericanas, con las que pretendía excluir la influencia de otras potencias en América y llevar a cabo sus objetivos económicos y políticos.

La isla de Cuba no ha estado ausente de tales planteamientos. Al contrario, su desarrollo político se ha visto condicionado por los intereses estadounidenses desde que logró su independencia. Tanto es así que, además de producirse la ocupación militar, en 1901 se incluyó en la Constitución de la isla la Enmienda Platt, por la que los cubanos prácticamente perdían la soberanía de la nación. Este documento impedía a Cuba la firma de acuerdos y el reconocimiento de deudas con otras potencias y atribuía el derecho a los norteamericanos a intervenir en la isla si estaba en peligro su independencia o para proteger a los gobiernos afines.

Igualmente, la privilegiada posición de EE. UU. en la escena política de Cuba facilitó la firma del convenio de reciprocidad (1903), por el que los estadounidenses se aseguraban el control de mercado interno cubano. Asimismo, Cuba les entregó una amplia región en la bahía de Guantánamo, donde establecieron una base militar que todavía mantienen.

Ubicación de la base naval de Guantánamo en el mar de Cuba. Vía Blog de banderas

Por otra parte, ya durante la primera ocupación de las tropas estadounidenses (1898-1902), se sucedieron las luchas ideológicas y políticas entre los distintos grupos de poder de Cuba, lo que reforzó la enorme influencia extranjera durante la transición de colonia a nación independiente y en el devenir del desarrollo político de la isla.

En cualquier caso, desde sus inicios como república independiente, Cuba vio claramente determinada su política por EE. UU., que, haciendo uso de la Enmienda Platt, envió tropas a la isla cada vez que veía peligrar sus inversiones. De esta forma, se produjeron situaciones como la de 1906, cuando las tropas norteamericanas entraron en la isla para ayudar al presidente Estrada Palma a acabar con los disturbios internos, la de 1911, cuando acudieron para sofocar los conflictos raciales o la de 1917 por los disturbios ocasionados por la reelección de García Menocal.

La situación socioeconómica.

Además de la intervención militar, los Estados Unidos tuvieron también una gran presencia económica en Cuba, utilizando la denominada “diplomacia del dólar”, que, con el pretexto de la cooperación financiera, les permitió el establecimiento en Centroamérica y el Caribe, apropiándose de los principales sectores productivos, sobre todo del azucarero. De esta forma, Cuba llegaría a ser su principal abastecedor de azúcar, convirtiéndose en el primer cuarto del siglo XX en un país con economía de monocultivo. Si bien ello incidió en el crecimiento económico de la isla, al mismo tiempo frenó su desarrollo industrial, pues, al depender toda la economía de la producción de azúcar, forzaba la importación del exterior de bienes de capital, alimentos y manufacturas. Asimismo, la mayoría de los cubanos no se beneficiaba de la prosperidad que su economía generaba, lo que desembocó en conflictos sociales que marcarían el devenir histórico de la isla.

Por otro lado, hasta los años 20, las compañías norteamericanas habían invertido en la producción azucarera, pero tras la Primera Guerra Mundial el proteccionismo que llevaron a cabo las potencias beligerantes hizo descender el precio del azúcar y en 1920 y 1921 las exportaciones azucareras se hundieron provocando una crisis estructural.

El conflicto bélico había alterado los pilares del sistema económico de Cuba, pero acabó por consolidar la especialización de la economía y su dependencia del mercado estadounidense, al tiempo que se incrementaba la lucha laboral.

LAS CONSECUENCIAS DE LA CRISIS DEL 29.

El impacto sobre la economía cubana.

Cuba fue uno de los países americanos más afectado por la crisis del 29. Esto se debió a que el 80% de su renta comercial provenía del azúcar y a que el 75% de su comercio estaba destinado a EE. UU., sin casi proteccionismo arancelario y muy dependiente del exterior para conseguir productos alimenticios (el 40% de sus importaciones). Debido al descenso del precio del azúcar desde 1925, se redujeron los ingresos por las exportaciones. La radical reducción de las ventas, junto a la interrupción del flujo de capital extranjero con el que se habían atenuado antes los bajos ingresos, empeoró la situación.

Economistas destacados como Angus Maddison defienden que la recesión se extendió especialmente por la debilidad y desprotección de Cuba y su dependencia de EE. UU. en política económica. El Tratado de Reciprocidad, que regulaba las relaciones entre las dos naciones, hacía posible la libre circulación de dólares, que conformaba la mayor parte de la oferta monetaria de la isla, por lo que Cuba tuvo que hacer frente a la crisis sin control de cambios ni depreciación.

Con la crisis de 1929, se extendieron las tensiones sociales por la ciudad y el campo, afectando a sectores que siempre habían quedado al margen, como el azucarero. Así, se dieron situaciones como la de 1933, cuando, alentados por el Partido Comunista, los trabajadores azucareros ocuparon múltiples centrales para colectivizarlas.

En este contexto, Cuba buscaría estabilizar el mercado para renegociar sus acuerdos con EE. UU., y ese objetivo pasaba por lograr restablecer el orden sociopolítico que se había visto alterado desde las protestas de los años veinte.

Los efectos políticos. La “buena vecindad”.

Al comenzar la década de los treinta, las relaciones entre EE. UU. y el resto de las naciones iberoamericanas cambió radicalmente. En 1933, el presidente Franklin D. Roosevelt proclamó la política de “buena vecindad”, como pilar del sistema interamericano que, en la práctica, conllevó el fin de las intervenciones norteamericanas y el inicio de unas relaciones fundamentadas en la igualdad y confianza recíproca. Este cambio en la política norteamericana se debió a la necesidad que tenía EE. UU. de los países iberoamericanos para mitigar los problemas económicos que trajo la crisis de 1929, así como el temor a una posible guerra en Europa, que hacía necesaria la cooperación.

Para superar la crisis que comenzó en 1929, la economía de EE. UU. debía buscar mercados en el exterior, e Iberoamérica parecía el lugar ideal para depositar sus productos industriales y agrícolas. Pero la depresión había impuesto un cambio radical en el funcionamiento del mercado internacional y las naciones iberoamericanas habían intentado reducir sus efectos aplicando el proteccionismo sobre sus productos y diversificando sus relaciones comerciales. De este modo, se afianzaron las economías nacionales y aumentó el proceso de industrialización, mejorando claramente la economía de las naciones iberoamericanas. Por ello, EE. UU. vio la necesidad de entablar con estas naciones unas relaciones más equitativas para recuperar sus mercados e impedir que estrecharan lazos con estados europeos, más cuando podía estallar una guerra.

Como consecuencia, desde 1933 las tropas estadounidenses establecidas en Centroamérica y el Caribe se fueron retirando progresivamente e incluso en 1934 se derogó la Enmienda Platt en Cuba.

Además, la crisis de 1929 modificó también la esfera política iberoamericana. Muchos gobiernos, como el de Cuba, se mostraban incapaces de superar el deterioro que había ocasionado la Gran Depresión en su economía nacional y las consiguientes protestas populares, lo que dio fuerza a los sectores más conservadores y aumentó la tendencia de los militares a intervenir en la política para revertir la situación. Así pues, el ejército reafirmó su papel de fuerza principal en la política iberoamericana, generalizándose los golpes de Estado. En consecuencia, la oligarquía volvió a aparecer como fuerza dominante apoyándose en los grandes capitales y, en muchas ocasiones, en el gobierno norteamericano, como es el caso de Cuba.

El general Gerardo Machado, como ya hicieran los anteriores presidentes, impuso desde 1925 un gobierno marcadamente autoritario y plagado de corrupción, que se veía favorecido por el capital norteamericano y el aumento de los precios del azúcar.

Ante ello, emergió una fuerte oposición que adquirió mayor fuerza por las terribles consecuencias de la crisis del 29 en la isla y el abandono de EE. UU. al dictador.

En ese clima de inestabilidad, en el que el gobierno estadounidense estaba tratando de encontrar un nuevo gobierno para Cuba, emerge la figura de Fulgencio Batista, visto desde Norteamérica como la única persona en Cuba que representaba la autoridad.

La etapa de Fulgencio Batista (1934-1959)

Para una mejor comprensión de esta etapa y el origen de la siguiente, cabe mencionar que el tiempo de presencia continuada de Fulgencio Batista en Cuba tuvo distintos periodos: el primero (1934-1940), en el que controló el gobierno a través de presidentes interpuestos; el segundo, la fase democrática (1940-1944), cuando gobernó tras ganar las elecciones; y el tercero, la dictadura (1952-1959), que se inició con un golpe de Estado y se prolongó hasta el triunfo de la Revolución.

Durante los primeros años (1934-1940), Batista consiguió la supresión de la Enmienda Platt en 1934 y la aprobación de nuevos tratados comerciales y leyes como la Jones Costigan Act, que permitía al secretario de Estado resolver las necesidades de abastecimiento de azúcar a EE. UU., fijando en cada región productora una cuota fija. Por otro lado, el tratado comercial de agosto de 1934 redujo las tasas sobre la importación de 600 productos norteamericanos y otorgó a la isla ventajas aduaneras sobre sus importaciones azucareras con EE. UU.

De esta forma, los acuerdos entre el gobierno de EE. UU. y los deseos nacionalistas cubanos constituyeron las bases de esta “Segunda República” de Cuba iniciada en 1933.

Como consecuencia del desarrollo azucarero, del turismo y de la relativa estabilidad política, Cuba había conseguido un avance considerable en dos décadas, que permitía valores positivos en los principales indicadores socioeconómicos en los años cincuenta. Pero, al mismo tiempo, entre 1943 y 1953 se redujeron casi 350.000 puestos de trabajo del comercio, sector servicios y pequeñas empresas, actividades que habían pasado a concentrarse en manos de grandes compañías norteamericanas, produciéndose una transformación radical de las áreas comerciales cubanas con la aparición de los extensos espacios comerciales estadounidenses.

Ante la inestabilidad económica debida a la rápida contracción del mercado azucarero mundial tras el fin de la Guerra de Corea, Batista trató de paliar la inflación atrayendo a inversores norteamericanos para lograr la diversificación económica. Entre 1952 y 1953, el dictador decretó la reducción de impuestos a largo plazo en las inversiones industriales y la derogación de tasas aduaneras sobre la importación de maquinaria industrial y materias primas, ofreciendo así ventajas para invertir en Cuba. Entre 1954 y 1956, se multiplicaron por cuatro las inversiones en la isla, pero, la falta de impuestos adecuados y de unas leyes que fomentaran la reinversión de los beneficios, facilitaba que el capital volviera al mercado norteamericano.

Fulgencio Batista con Richard Nixon, 1954. Vía Cuba Debate

Vemos pues, que la Cuba previa a la Revolución no era una nación pobre, pero sí muy desigual. Las rentas de su economía, basada en el azúcar, el café y el turismo, estaban muy mal distribuidas.

En este sentido, las condiciones de la clase obrera no eran buenas, además su concentración en industrias era escasa (no llegaba al 25%). La inflación de esa época y el encarecimiento de la vida que impusieron los tratados comerciales con EE. UU hizo que se redujera la capacidad adquisitiva de las clases medias. Y respecto al mundo rural, el censo agrícola de 1946 evidencia el nivel de la concentración de la propiedad rural que se había alcanzado: un 0,1% de propietarios con cerca del 20% de la tierra y un 70% del campesinado cubano que no poseía la tierra que trabajaba.

Además, los gobiernos de Batista y sus “presidentes marionetas” estuvieron frecuentemente marcados por el nepotismo y la corrupción, y con el comienzo de la Guerra Fría, Batista ilegalizó el Partido Comunista e intensificó la represión.

Toda esta situación llevó a que aumentara la lucha de la oposición, liderada por Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio (M-26-7).

CONCLUSIONES

A lo largo de la primera mitad del siglo XX, la Historia de Cuba viene marcada en todos sus escenarios posibles por la presencia estadounidense.

En lo socioeconómico, Cuba vio condicionada su economía por los acuerdos y obligaciones que tenía con EE. UU., lo que influyó en el desarrollo de las distintas clases sociales y sus respectivas condiciones, así como en el establecimiento de una nueva clase política que no escaparía de la influencia norteamericana. Todo ello provocaba un malestar social que frecuentemente ocasionaba conflictos.

Además, los estadounidenses habían demostrado, primero mediante las intervenciones militares, y luego con una política más diplomática adaptada a las condiciones de la época, que también querían decidir sobre los asuntos políticos de Cuba, y apoyaban y aupaban al poder a quien pudiera servir a sus intereses y lo abandonaban cuando no les beneficiaba, como en el caso de Batista.

Así pues, se podría decir que mientras se analiza la influencia de la presencia de EE. UU. en el desarrollo de Cuba como nación independiente, se pueden estudiar, a su vez, algunos de los factores que más incidieron en el origen de la Revolución Cubana.

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