
Desde su desempeño en el debate frente a Donald Trump el 27 de junio –que fue tachado de desastroso por la práctica totalidad de la prensa y los demás medios y líderes de opinión–, la continuidad de Joe Biden como candidato demócrata a las elecciones presidenciales del próximo noviembre está cada vez más en entredicho.
Entre los miembros y simpatizantes del Partido Demócrata preocupan su avanzada edad y los aparentes signos de deterioro cognitivo, que se han agudizado en los últimos meses. Estos signos quedaron en evidencia durante el cara a cara con Trump, en el que los espectadores pudieron observar cómo titubeaba, perdía el hilo de sus argumentos o pronunciaba frases incoherentes en varias de sus intervenciones.
Viendo aquellas imágenes, que el actual presidente de Estados Unidos esté capacitado para servir un segundo mandato de otros cuatro años –que terminaría con 86 de edad–, resulta cuando menos cuestionable. El candidato republicano emergió victorioso del debate y, desde entonces, las posibilidades de Biden de salir reelegido se han desplomado, según la mayoría de las encuestas.
En consecuencia, algunos de los principales donantes demócratas –Abigail Disney, nieta del cofundador de The Walt Disney Company; Reed Hastings, cofundador de Netflix; o el actor George Clooney– han decidido congelar sus contribuciones a la campaña hasta que Biden no se haga a un lado. Los han secundado otras muchas celebrities, desde Stephen King a Michael Moore, que han pedido al líder estadounidense que dé paso a su vicepresidenta, Kamala Harris, u otro candidato. Aunque muchos cargos relevantes del partido también lo han sugerido en privado, tan solo un puñado de representantes y senadores –como Michael Bennet– se han atrevido a alzar la voz públicamente.
Se cree que Biden estuvo sopesando la decisión en las jornadas posteriores al debate, pero pronto comunicó –animado por su esposa Jill y su círculo más cercano– su determinación de continuar al frente de la candidatura demócrata, convencido de que tiene el respaldo popular que le otorga haber ganado las primarias y de que es el más capacitado para volver a vencer a Trump en las próximas elecciones.
Sin embargo, aunque en los últimos días ha tratado de reforzar su agenda, acudiendo a mítines de campaña y a una entrevista en televisión, nada de ello ha servido para despejar las dudas sobre la conveniencia de que siga adelante. Además, sus frecuentes tropiezos y equivocaciones, cada vez más comunes, acaparan todo el foco mediático de sus intervenciones.
La última cumbre de la OTAN, celebrada en Washington del 9 al 11 de julio, fue vista como una oportunidad para demostrarle al mundo que Biden se encontraba en pleno uso de sus facultades. Allí, hubo de someterse a una extensa rueda de prensa, que se había planteado como un reto para él, en la que respondió en repetidas ocasiones a preguntas relacionadas con su vejez y su estado mental y de la que salió más o menos airoso.
Sin embargo, cometió un par de deslices que acabaron eclipsando todo lo demás: se refirió a la vicepresidenta Harris como "vicepresidenta Trump" y presentó a su homólogo ucraniano Volodímir Zelenski como "Putin", aunque se corrigió de inmediato. Desde entonces, las presiones para forzar su renuncia han continuado aumentando, hasta el punto de que su situación en los últimos días se antojaba insostenible.
Asimismo, el atentado sufrido por Trump en la tarde del sábado 13 de julio amenaza con marcar un punto de inflexión en la campaña. Sus repercusiones están aún por ver, pero, si los demócratas se ven forzados a aparcar temporalmente el debate, les quedará cada vez menos tiempo para tratar de reemplazar a Biden. La Convención Demócrata se celebra del 19 al 22 de agosto y, si la fractura se prolonga hasta entonces o si el partido llega a ella dividido, las consecuencias electorales podrían ser aún más perjudiciales que las que pronostican las encuestas si se mantiene a Biden de candidato.
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