
Kamala Harris y Donald Trump se enfrentaron en la noche del martes 10 de septiembre a su primer debate televisado, retransmitido por la cadena ABC desde el Centro de Estudios Constitucionales de Filadelfia. Planteado originalmente como el segundo debate presidencial de la campaña, la retirada de Joe Biden tras su criticada actuación en el cara a cara del 27 de junio había dejado en el aire su celebración.
Trump se había mostrado reacio a acordar un nuevo encuentro hasta que los demócratas no nominasen oficialmente a su candidato. Asimismo, después de la elección definitiva de Harris, se había declarado reticente a celebrarlo en ABC, propiedad de la Walt Disney Company y, por lo tanto, poco afín al Partido Republicano.
Tras una serie de negociaciones, los equipos de ambos candidatos lograron llegar a un acuerdo. El debate tendría lugar en ABC, pero la campaña de Trump logró algunas concesiones significativas: los candidatos permanecerían de pie y sin ninguna clase de apuntes sobre el atril –contrariamente a las intenciones de Harris, que prefería que ambos estuviesen sentados frente a frente y pudiesen usar papeles a lo largo de su intervención– y los micrófonos solo se abrirían durante su turno de palabra –la demócrata pretendía evidenciar la mala educación de su rival permitiendo que el público escuchase sus constantes interrupciones y exabruptos, que podría tachar de mansplaining–.
En cualquier caso, no parece que estos pequeños detalles le hayan servido a Trump para imponerse en un debate sobre el que los medios y observadores han mostrado una opinión prácticamente unánime: que Harris ha salido vencedora. Incluso la cadena Fox News, poco sospechosa de simpatizar con los demócratas, le ha adjudicado a ella la victoria.
La encuesta realizada por la CNN inmediatamente después del fin del debate arrojaba los siguientes resultados: un 63% de los participantes daba a Harris por ganadora, frente a un 37% que pensaba que Trump lo había hecho mejor. Son datos casi opuestos a los ofrecidos por la misma empresa tras el debate de junio entre Trump y Biden, cuando solo un 33% de los encuestados creía que el aún presidente había ganado el debate, y hasta un 67% se inclinaba por reconocer la victoria del republicano.
El triunfo de Harris es todavía más claro si se tiene en cuenta que, antes del debate, el público se encontraba dividido a partes iguales (50%-50%) en cuanto a quién ganaría, y que un 96% de los simpatizantes demócratas se hallan convencidos de que su actuación ha sido mejor que la de su contrincante, frente a un 69% de los republicanos que tienen la misma opinión del papel de Trump.
Las claves del debate Harris-Trump
El cara a cara, en el que los dos candidatos pudieron debatir, a lo largo de una hora y 45 minutos, de los temas centrales de la campaña –aborto, inmigración, seguridad, economía, etcétera– mantuvo un tono especialmente tenso y bronco. Harris, que se había preparado concienzudamente su papel, se lanzó al ataque desde el primer momento y tuvo éxito en su estrategia: en lugar de tratar de rebatir los argumentos de Trump con datos –como habían intentado Biden o Hillary Clinton– prefirió centrarse en ridiculizar al personaje, en responder a sus provocaciones con más provocaciones.
De este modo, no cesó de atacarlo refiriéndose a algunos de los temas que más le afectan, tales como el tamaño de las multitudes que acuden a sus mítines, el modo en que construyó su fortuna personal o su derrota en las elecciones de 2020, que él continúa negando. Harris logró sacar de sus casillas al candidato republicano, que fue mostrándose cada vez más alterado mientras, en lugar de hablar de los temas que preocupan al electorado, empleaba gran parte de su tiempo en defenderse de los comentarios de la vicepresidenta.
Así, fracasó en su intento de responsabilizar a Harris de los fallos en política económica o migratoria que atribuye a la actual Administración, al mismo tiempo que ella sí conseguía poner en cuestión la idoneidad de Trump para la presidencia. Harris trató de transmitir un mensaje optimista, basado en la necesidad de pasar página y abandonar el estado de polarización que ha consumido a la sociedad estadounidense durante los últimos ocho años. Sin renegar del legado de Biden, la vicepresidenta intentó presentarse como el futuro, frente a un pasado, simbolizado por Trump y el actual presidente, que –insistió– es necesario dejar atrás.
Por otra parte, los moderadores intervinieron en el debate mucho más insistentemente que en el celebrado en el mes de junio; en la mayoría de las ocasiones, lo hicieron para negar algunas de las afirmaciones de Trump, a quien hicieron preguntas ligeramente más difíciles que a la candidata demócrata. Los republicanos, por lo tanto, podrán aducir que la cadena tenía un claro sesgo pro-Harris que les ha perjudicado.
El contexto electoral estadounidense
Lo cierto es que el debate llegó en un momento en que la ola de entusiasmo por la candidata demócrata, que se mantenía en el centro de la conversación pública desde la renuncia de Biden, parecía remitir. En los últimos días, los resultados de algunas encuestas de calidad que predecían una victoria de Trump en el voto popular habían desatado las alarmas en el equipo de Harris. Resultaba fundamental que la vicepresidenta aprovechara el debate en su beneficio, pero no estaba claro que pudiese conseguirlo.
A lo largo de su fallida campaña presidencial de 2020 y de sus cuatro años como lugarteniente de Joe Biden, Harris no había destacado precisamente por su oratoria, que, de hecho, le había granjeado duras críticas. No obstante, el arranque de su nueva campaña presidencial ha descubierto a una candidata capaz de comunicar y conectar con el público con mucha más eficacia que la que se le presuponía hasta la fecha, y que ha logrado salir más que airosa de un debate en el que no muchos apostaban por ella. Tal vez era justo lo que necesitaba para consolidar su ventaja en la última fase de la carrera por la presidencia.
De todos modos, es difícil que, en un contexto de polarización como el que vive la población estadounidense en la actualidad, un debate como este pueda alterar demasiado los resultados de las elecciones. Sin embargo, sí es cierto que las encuestas muestran un escenario particularmente igualado en el que un puñado de votantes indecisos tendrá en sus manos la posibilidad de decantar la balanza. En este sentido, es probable que Trump, aun no habiendo perdido votos que ya tenía asegurados, sí haya fracasado en su intento de captar el apoyo de los electores más dubitativos, que habrán percibido en Harris la imagen de una candidata más sólida y solvente.
Por otro lado, el anuncio de Taylor Swift, que se ha decidido a comunicar su apoyo a la candidata demócrata a través de un post de Instagram en el que se describe como una "señora con gatos sin hijos" –en referencia a los comentarios despectivos de JD Vance–, es otra muy mala noticia para los republicanos, que temen el poder movilizador que puedan tener las palabras de una de las mayores superestrellas de la actualidad.
No obstante, todavía queda el tiempo suficiente para que un acierto o equivocación de cualquiera de los dos candidatos, o un acontecimiento externo que escape a su control, pueda alterar profundamente la dinámica presente. Por el momento, no se prevé que se celebre ningún otro debate, aunque Fox News ya se ha ofrecido a organizar uno en el mes de octubre, y el equipo de la vicepresidenta parece estar por la labor. En todo caso, según se aproxima la recta final de la campaña, los enfrentamientos en diferido de Harris y Trump en sus mítines y concentraciones –que tanto han dado que hablar– no harán sino multiplicarse.
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