Entramos en Ucrania: una odisea en tren desde Budapest a Lviv

Centro de ayuda humanitaria en la estación de Budapest-Nyugati. Fuente: Dídac Medrano

Estos días, a raíz de la invasión rusa de Ucrania, los medios se están focalizando en los puntos fronterizos ucranianos con la UE, especialmente en el cruce de Medyka, en Polonia. Desde ese cruce nos llegan centenares de noticias de todo tipo: kilométricas colas, falta de abastecimiento, supuestas políticas migratorias racistas polacas… En este artículo hablaremos de otra de las rutas, menos conocida, esa que lleva desde Ucrania hasta Hungría y que nosotros hemos hecho a la inversa, para llegar a la ciudad de Lviv.

La ruta húngara, situada en el extremo suroeste del país, encuentra la frontera con Ucrania en el Óblast de Transcarpatia, siendo un núcleo de importancia la ciudad de Uzhgorod (usada para la ruta eslovaca también). La frontera en sí se encuentra entre los municipios de Zahony (HU) y Chop (UA). Este cruce ferroviario, al que hay trenes diarios desde Kiev y Lviv (poca frecuencia), era antaño la frontera entre Hungría y la Unión Soviética. Actualmente, la zona de Transcarpatia tiene una gran población de húngaros y rusinos y está ciertamente aislada del resto de Ucrania, pues está al otro lado de los Cárpatos, siendo uno de los lugares más seguros del país en la actualidad. La ruta suele llegar hasta la ciudad de Budapest, la capital de Hungría, por lo que nosotros comenzamos allí.

Los húngaros, volcados con los ucranianos

La Estación de Budapest-Nyugati es hoy en día un núcleo de recepción de migrantes ucranianos, llegados de imprevisto a la capital húngara con todo lo que han podido agrupar. En la misma estación, en el andén 10, contemplamos un puesto humanitario en el que se organizan todo tipo de ayudas a los recién llegados. En esta especie de centro de ayuda, erigido en una parte de la estación con puertas palaciosas, encontramos de todo: traductores de habla inglesa, ucraniana y húngara; carteles ofreciendo alojamiento en casas particulares; bolsas de comida recién hecha; kits con medicamentos; organización de autobuses; enchufes para cargar el móvil y gente que ofrece su propio móvil como hotspot.

En el denominado centro humanitario encontramos personas de todas las edades, portadoras del chaleco de distintas organizaciones, colaborando y entregando víveres a las decenas de migrantes que llegan desde la frontera de Zahony. Constante es, también, la llegada de cajas de comida y bebida, además de diferentes mapas de Budapest con los hostales más baratos de toda la ciudad. Carteles de solidaridad húngaro-ucraniana dan la bienvenida a los que huyen de la guerra, nuevos en un país que les ha recibido con los brazos abiertos.

Cartel ofreciendo alojamiento particular a los recién llegados a Budapest. Fuente: Dídac Medrano

Migrantes de todas las partes del globo

La crisis bélica en Ucrania no solamente ha comportado la llegada de migrantes ucranianos a las fronteras húngaras, sino que encontramos migrantes que forman parte de grandes colectivos en Ucrania, como los Nigerianos o los Indios, que encontraron en Ucrania un lugar cercano a Europa con unas políticas migratorias y residenciales más accesibles. Ahora, desencadenado el conflicto, se ven obligados a abandonar sus estudios o bien todo lo que habían construido durante años.

Manpreet, originario de Delhi, me explica al borde del llanto que la invasión rusa le cogió por sorpresa en Odessa, ciudad en la que lleva trabajando durante varios años, en la que se forjó un apartamento y un negocio. Me explica que estuvo durmiendo dos noches seguidas en el interior de un búnker y que fueron las peores de su vida. Con la irrupción de la guerra se ha visto obligado a abandonar el país sin saber hacia qué destino dirigirse. Me comenta que tiene algunos familiares en Austria pero no sabe si la entrada que le han dado en Hungría aplica para toda la zona Schengen. Recordemos que los países UE que colindan con Ucrania están ofreciendo entrada sin visado a todo el que proviene del país.

Manpreet me explica también que se siente entristecido no sólo por abandonar su vida sino por abandonar el que ha sido durante casi una década su país de adopción. Me dice que, en parte, se siente ciertamente culpable por haber abandonado el país a merced de la invasión rusa y que quizás se hubiera planteado quedarse para defenderlo. No obstante, la guerra significa psicosis colectiva y las decisiones las tuvo que tomar muy rápido, teniendo que sobornar a una especie de fixer con 100 dólares para que le hiciera evitar los kilómetros de cola que hay en la frontera. En el otro lado, un ciudadano húngaro se ofreció a llevarle en coche hasta Budapest de forma gratuita. Se calcula que de unos 20.000 indios residentes en Ucrania ya han podido salir unos 7.000, siendo noticia destacable el fallecimiento de un estudiante de intercambio el otro día en Járkov.

Conozco también a un grupo de diez nigerianos que yace aposentado en mi habitación después de cruzar la frontera el día anterior. Ahora están a la espera de saber qué hacer con sus vidas, mientras siguen curiosos en sus móviles las diferentes noticias que llegan de la Invasión rusa en Ucrania. Muchos son los rumores o confirmaciones de que existe una vara de medir según el color de piel en las fronteras colindantes a Ucrania, especialmente en Medyka (Polonia), pero lo que es seguro es que hemos contemplado a mucha gente de color que ha podido cruzar en Zahony (Hungría) sin ningún tipo de problema.

Refugiado de origen indio en uno de los trenes que llevan de Zahony a Budapest. Fuente: Dídac Medrano

El viaje de ida a ucrania

Alrededor de las ocho de la mañana, una de las horas más concurridas en la estación, me encuentro con Adriyana, que viaja con sus hijos hacia Ucrania pero que aún está buscando comprar los billetes de tren. Adriyana se dirige hacia el Óblast de Odesa, donde se encuentra su familia, a sabiendas de que la situación allí es peor que en otras áreas del país. Para los portadores de pasaporte ucraniano, MÁV-Start (ferrocarriles húngaros), ha establecido una política de billetes gratuitos, por lo que el trayecto hasta la frontera, que ronda los 6.000 florines (casi 20 euros) lo hacen gratuitamente.

El tren que nos llevará a la frontera se dirige hacia Mukachevo, un pueblo del Óblast de Transcarpatia. En el tren, nada más llegar, me encuentro con una pareja de ucranianos de Ivano-Frankivsk que se dirigen a Ucrania: Yuri y Tanya. Ella va cubierta con una bandera ucraniana, mientras que él lleva una especie de atuendo militar. No van a la guerra, pero después de 10 meses viajando por Centroamérica decidieron volver a su tierra natal, no para luchar, sino para ‘’estar’’. Después de unos minutos hablando con ellos nos damos cuenta de que, a modo de enorme casualidad, nos conocimos en Guatemala este mismo julio. Quién nos hubiera dicho ese mismo momento la tesitura en la que nos volveríamos a ver.

El tren, operado por los ferrocarriles húngaros, va prácticamente vacío, a diferencia de los trenes que cubren el trayecto de forma inversa. En él hablamos con un revisor que nos desea suerte en inglés, pues es cada vez más común que la población húngara lo hable. Allí también viaja Ashutosh, un periodista de Nueva Delhi que trabaja para el India Today, uno de los programas más vistos del país. Se dirige hacia la frontera pero no sabe si el decreto de supresión de visados por parte de Zelensky le permitirá la entrada al país. En una de las conversaciones que tenemos el compañero indio le pregunta a Yuri en qué día estábamos, a lo que este responde: ‘’es el séptimo día de guerra’’.

El conflicto tiene muchas caras, más allá de todo ese amasijo de gente que huye despavoridamente del país, también estamos los que queremos entrar, algunos por obligación moral, otros por sentimiento de pertenencia y otros, más ególatras, por el imperioso sentimiento de seguir la noticia allá donde esté.

La frontera entre hungría y ucrania

El cruce fronterizo lo realizamos sin salir del tren. Tras poco menos de una hora de espera, suben los oficiales fronterizos húngaros, parsimoniosos, acabando con la faena de sellar el vagón entero en menos de un minuto. Percibo en ellos una mirada compasiva pero indiferente, a sabiendas de que acaban de proveer a todo su pasaje un sello de salida que no se busca durante estos días, el del Espacio Schengen. En el vagón no llegamos a la decena de personas. Después de la irrupción de los policías magiares, nuestro tren se queda con dos vagones y se nos incrusta una locomotora nueva. Allí nos quedamos a la espera de cruzar el río, en unos minutos que parecían horas, sin saber qué vara de medir usarían las autoridades ucranianas para con nosotros. ¿Habría servicio secreto? ¿Nos tirarían para atrás por periodistas? ¿Percibiríamos en sus caras el estado de psicosis colectiva que significa tener a tu país en guerra?

Después de unos minutos la locomotora arranca de nuevo y cruzamos el río que anteriormente dividía Hungría de la URSS. Un camino de cinco minutos alrededor del cual solo hacemos que ver locomotoras y vagones soviéticos carcomidos por el paso del tiempo, respirándose esa esencia tan única de las tierras de nadie. Justo después de cruzar el río vemos un soldado uniformado y un cartel azul y blanco en el que se puede leer Ucrania. Ya estábamos allí, sólo faltaba la tinta negra en el pasaporte. Allí, en Chop, volvemos a esperar bastante rato hasta que suben una mujer uniformada con un inglés impoluto y un hombre de negro que tiene cara de ser del servicio secreto. Se llevan los pasaportes y, al volver, le comentan a mi compañero indio que no puede entrar porque no tiene visado. Nuestros intentos por convencerlos acaban en vano y se lo llevan. Por suerte para mí, siendo portador de pasaporte español, la entrada se me provee sin problema ni pregunta alguna.

Cartel de bienvenida a Ucrania. Fuente: Dídac Medrano

Después de Chop nos dirigimos a Mukachevo, donde embarcamos el tren que nos debería llevar a Lviv. En la estación de Mukachevo tengo la oportunidad de hablar con otros dos hombres. Uno de ellos tiene familia en Cherkasy y me dice que al inicio de la contienda había huido hacia Transcarpatia, pero que un sentimiento de culpa y de falta de pertenencia a la zona le han hecho querer volver a casa a pesar de la pésima situación de la región. El otro hombre que conocemos, Yuri, tiene a su madre y a su hija en Kherson, cerca de Crimea, asegurándome que no sabe en qué bando está la ciudad, pues ondean las banderas ucranianas pero las tropas rusas ya desfilan por sus calles. Yuri colabora con las organizaciones de defensa de la ciudad, comentándome que se forman pelotones de diez personas, otorgando el liderazgo de éste al que tenga mayor conocimiento militar, y que luego estos diez se unen a otros hasta conformar grupos de cien.

Embarcamos en un tren de estilo soviético con los colores de la bandera ucraniana, de esos que tienen series de vagones que llegan al kilómetro fácilmente. El olor a gasolina que emana de ellos es ciertamente peculiar, mientras que en cada vagón hay una señora mayor que cuida del pasaje, siempre bien uniformada y con un inglés inexistente. Me llama la curiosidad el hecho de que la encargada del vagón decida cerrar todas las persianas del tren, presumo que para fomentar la discreción y evitar la identificación en el caso de un ataque aéreo ruso.

Llegando a lviv en un tren sin luces y una estación caótica

Conforme nos acercamos a Lviv, la encargada del vagón nos dice que cerremos por completo las persianas y que nos preparemos, pues van a cerrar la totalidad de las luces del vagón, por lo que mi teoría se confirma. Durante media hora nos quedamos completamente a oscuras, sin poder ver el rostro de la persona que tenemos al lado, en una especie de convoy invisible que deambula hacia Lviv, la puerta de salida de Ucrania. Son treinta minutos en silencio, de respeto, de baño de realidad, de saber dónde nos estábamos acercando. Lviv, por suerte, es una de las ciudades más ‘’tranquilas’’ del país, pues, a pesar de intermitentes avisos antiaéreos, no se han perpetrado bombardeos.

La estación de Lviv es una escena que también parece sacada de otras épocas. El frío y la nieve del exterior se juntan con un desespero colectivo en forma de gente que intenta agarrar el primer tren que puede hacia la Unión Europea. Hay niños, adolescentes, personas mayores, hombres en edad de luchar, gente con una maleta enorme que agrupa todas sus pertenencias, incluso gente con sus gatos o perros. Abrigos, máquinas de café con colas, maletas que sirven de silla, infinidad de voluntarios. La estación de Lviv es un ir y venir de gente hacia todo tipo de direcciones, mientras que las taquillas tienen colas gigantescas. En el exterior vemos gente agrupada alrededor de diferentes barriles ardiendo, refugiándose de la nieve y el frío de bien entrado marzo. Tanya, en un ejercicio de humor en un panorama tan caótico, me comenta que los ucranianos tienen la manía de tener problemas durante el invierno. Mirad el Maidán, mirad ahora.

Migrantes esperando el tren hacia la frontera polaca en la estación de Lviv. Fuente: Dídac Medrano

La situación que se percibe es realmente la de una emergencia migratoria y social de calibres jamás vistos en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, quitando el sangriento conflicto de los Balcanes. Trenes largos repletos de migrantes que recuerdan a convoyes del pasado, huyendo de las bombas. La gente no hace más que hablar de otra cosa. Los móviles de algunos están repletos de canales de Viber con noticias al instante, mientras que los de otros tienen apps que informan de las sirenas antiaéreas en las diferentes ciudades del país. Algunos vuelven a casa para ver a la familia, otros deciden alistarse en cualquier tipo de organización de defensa territorial.

Ucrania es hoy en día un país en completa movilización, donde cada uno busca un lugar en el que ayudar a enfrentar la invasión rusa e intenta aprender cómo lidiar con el hecho de tener a familiares en territorios en combates o con amigos alistados en el ejército. Terminamos el día en Lviv, en casa de Yuri, después de que la policía ucraniana nos pidiera las acreditaciones periodísticas en dos ocasiones. La situación es, por razones obvias, de desconfianza y de desespero total. De camino a casa, en medio de una tremenda nevada, tengo la oportunidad de ver un gigantesco cartel al lado de la carretera en el que se lee la ya mítica frase ‘’Barco ruso, vete a la mierda’’, que quedará para los anales de la historia. Termina el día en Lviv, sin saber qué deparará mañana, mientras en el exterior escucho las alarmas antiaéreas retumbando en un vecindario vacío y frío, en la oscuridad de la madrugada.


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